Obituarios

Las biografias y los perfiles son dos de los géneros periodístico-literarios que más me han interesado en el transcurso de los últimos años. En medio de los dos hay un subgenero que me ha cautivado: los obituarios. Escribir sobre personas que han muerto es una tradición largamente cultivada por británicos, españoles y americanos. Por desgracia, en México y en otros países de América Latina, donde tenemos una relación tan singular y cercana con la muerte, los obituarios son un ave rara.

Aquí debajo van dos obituarios que no hubiera deseado escribir, pero que un día tuve que escribir. Lo hice por el gran aprecio y admiración que sentía por ambos personajes,  grandes amigos e influencias en distintas etapas de mi vida.

Fidel Samaniego en la plaza de toros México

Aquí: El cronista Sentimental, el perfil de Fidel Samaniego publicado en Animal Político.

Aquí abajo, una versión breve escrita el día de su muerte:

Fue mi primer maestro fuera de casa. Antes lo fue mi padre, que a mi hermano y a mí nos contaba historias de  policías y ladrones, fugas increíbles y terremotos cuando nos preparábamos para dormir. Cuando era un adolescente leía las crónicas de Miguel Reyes Razo, Martha Anaya, Pablo Hiriart y las de Fidel Samaniego. Lo conocí algunos años después en El Universal: era el cronista del diario y yo, que tenía veintidós y había llegado de Mérida un año antes, me encargaba de escribir en una vieja computadora las crónicas que dictaba por el teléfono. Fue muy generoso conmigo. Me enseñó varias cosas que no  olvidaría jamás (tal vez la más importante fue intentar verlo todo, incluso la política, desde la condición humana), y me abrió las puertas de su casa. Sus hijos, que entonces tendrían cuatro y siete años, me decían en broma que era su hermano menor. Después comencé a construir mi propio camino y nos dejamos de ver.

Era un hombre de lealtades y fobias. Hizo a Colosio su compadre y cuando fue asesinado, odió a Manuel Camacho con odio jarocho. Siempre presumió su cariño y amistad con Carlos Salinas. Él, como todos, era una persona con virtudes, defectos, demonios internos y contradicciones. Era un hombre profundamente humano a pesar de que su vanidad –cuidaba su peso y su aspecto como una reina de belleza– y su forma de ser –Paco Arroyo, un viejo reportero, solía llamarle «Cisne» por su condición con frecuencia airosa y arrogante–, lo hacían parecer presuntuoso y lejano. Sospecho que le gustaba que así fuera. Tal vez todo era parte de la leyenda que construyó alrededor de sí mismo.

De esa foma de ser intensamente humana surgió su interés por asomarse a la vida poco conocida de las personas públicas y escarbar en su interior, sus motivos y circunstancias para presentar una mirada humanizada y distinta del poder. No le veía hace por lo menos siete años, aunque con alguna frecuencia entraba a su blog y leía sus textos. Me gustaba que, en medio de tanto escándalo y violencia, se ocupara de cosas más inherentes a la condición humana. Me reencontré con sus hijos, Nitza y Yoab, gracias a Facebook. Ahora ya no está, pero los recuerdos y el cariño persisten.

Siempre lo recordaré con sus brazaletes brasileños para atraer la buena suerte, los amuletos y la vieja cruz y el pedazo de ámbar que se colgaba al cuello, y tocando madera cuando pasaba cerca de un gato negro o alguien mencionaba alguna circunstancia indeseable. Lo recordaré levantándose a las siete de la mañana para llegar a primera hora y tomar nota de los detalles en una escena, que escribía con una caligrafía cuidadosa en las libretas largas que le gustaba usar, moviendo la cabeza y los ojos de un lado a otro con nerviosismo, como si intentara espantar a un mosquito molestón.

En otras ocasiones, cuando era el reportero con más poder, influencia y cercanía al presidente Carlos Salinas, lo veía sentarse en el escritorio vecino al de Emilio Viale, jefe de información de El Universal, y hablar por el teléfono con secretarios de Estado y con bastante frecuencia con José Carreño Carlón, probablemente el último de los voceros presidenciales en México, un tipo al que le preguntabas algo y al responderte tenías la entera seguridad de que estabas escuchando lo que el presidente pensaba y decía sobre determinado asunto. Algunos criticaban su forma de aproximarse al poder. Él disfrutaba de esa cercanía y en ocasiones la aprovechaba para obtener y subrayar detalles que tenían la particularidad de ayudar a comprender ciertos contextos y circunstancias, y que de otra manera se hubiesen extraviado para siempre en el caos que representa el exceso informativo. Recuerdo una vez que Carlos Salinas le llamó para contarle que acababa de conversar por el teléfono con el entonces secretario de Educación, Ernesto Zedillo, para hacerle saber que Luis Donaldo Colosio sería el candidato. Salinas le contó a Samaniego que, al escuchar la noticia, Zedillo, que se encontraba en la máquina para correr, le respondió: «¡A toda madre, señor presidente!»

(En sus crónicas Samaniego jamás criticó al presidente, pero con el paso del tiempo los detalles que revelaría en sus textos, muchos de ellos filtrados por el propio Salinas, contribuirían a traducir y entender algunos aspectos vitales en la compleja personalidad de Salinas, la manera en la que gobernó y lo que sucedió en su gobierno).

En otra ocasión, Samaniego encontró la manera de que le permitieran situarse muy cerca de Salinas y el Papa Juan Pablo II. Hincado a unos centímetros de las sillas que ocupaban, pudo oir y después contar lo que ambos murmuraban. Era un momento clave porque en aquellos días se reestablecía la relación entre la iglesia y el Estado Mexicano.

Era un gran bailarín y había pocas cosas que disfrutara tanto como ir a un show de Enrique Guzmán o a una corrida de toros. Con frecuencia era temerario y de buen talante aceptaba ser uno de los cincuenta fanáticos que ocupaban las gradas del estadio Azteca cuando jugaba el Necaxa en la ciudad de México. Era bromista y a veces se le pasaba la mano. A Ismael Romero le decía que era la Beba Galván y a David Aponte le llamaba por su primer nombre, Guadalupe. iLupishoooo!, le gritaba en la redacción. A Javier Cerón le cantaba la canción de Tizoc y a Emilio Viale, un curtido y viejo reportero que se movía con pericia en la cobertura policiaca, le llamaba «Mi abuelito».

Fue un padre amoroso y siempre se refería a Olivia, su esposa, con cariño y admiración. Casi todos le decían Fidel, algunos (como Carlos Zetina) lo llamaban Sam y sólo Olivia lo llamaba como nadie lo hacía: «Godín». Hablaba con nostalgia de su papá, y con tristeza infinita de su hermano Arturo, al que perdió hace bastantes años. Siempre estaba al tanto de Evita, su mamá, una mujer guapa y altiva.

Fuimos muy amigos seis o siete años. Un día nos encontramos con Joaquín Sabina en un bar de Cartagena de Indias. En otra ocasión nos extraviamos en unas calles hermosas (y peligrosas) de Brasil. En Mérida, de gira con Salinas, él, Joaquín López-Dóriga, Ciro Pérez, Roberto Garduño, Daniel Robles y algunos otros amigos asistimos a la boda de un joven político, vestidos todos de guayabera blanca. Todo mundo nos veía con curiosidad, y no por la vestimenta, sino por la fiesta que tenía lugar en aquella mesa llena de gente que nadie conocía.

Él y López Dóriga eran ya unos periodistas consagrados, y sin embargo se dejaban rodear por los reporteros que comenzábamos a hacer camino en aquellos años. Eran cálidos y generosos; solían contar anécdotas y se esforzaban no tanto por enseñarnos, como por dejarnos ver, a partir de sus experiencias, qué cosas habían hecho, cuáles habían hecho bien, y qué otras jamás volverían a hacer. Y todo el tiempo estaban bromeando. López Dóriga siempre tenía en la punta de la lengua una frase genial en cualquier circunstancia, y Fidel la festejaba con grandes risas.

–Compadre –le dijo Fidel a López Dóriga aquella noche en la boda meridana– la noche está fresca ¿verdad?

–Claro compadre –le dijo López Dóriga– cómo no va estar fresca, si es de hoy.

Nunca pude tutearlo. Olivia se burlaba de mí porque le hablaba de usted.

Así que hasta pronto, señor Samaniego.

Pensaremos, como le gustaba decir para explicar su salida temporal de El Universal, su casa periodística, que salió a comprar cigarrillos, y que pronto volveremos a vernos.

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