De cábalas y arqueros.

POR: Wilbert Torre/ Especial
10 de Julio de 2014
 Excélsior.
Van por su tercera Copa del Mundo. Foto: Quetzalli González

CIUDAD DE MÉXICO, 10 de julio.

No hay argentino –o argentina– que no sea cabalero y apasionado y nervio puro cuando de futbol se trata. Estelia, una abuela hincha del Velez, tiene todos esos atributos o defectos, con un añadido importante: en semifinal de duelo de arqueros, ella estuvo casada con un portero, uno grande, un gran cabalero.

“Dios, no por favor” dice la abuela Estelia. Ella heredó la cabalería del marido y está parada en un rincón de la embajada argentina en el DF, a un lado del monitor, el mismo espacio donde miró todos los partidos previos. Hunde la mirada en las manos. No verá los penales.

En dos salones de la embajada una masa de argentinos se estremece en un largo estertor cuando Holanda se vuelca al final del partido. Una chica coge un rosario cuando Romero pisa como un buscador de minas la línea de gol para enfrentar al primer tirador holandez.

Cuando Romero ataja el balón todo el nervio y la ansiedad encapsulada en este rincón argentino en México estalla en un grito inmenso. Estelia vuelve al salón, mira el marcador y sacude los brazos y la bandera argentina enroscada al cuello.

“Gracias, Dios”, grita la abuela Estelia, jefa natural de la barra argentina de esta tarde de semifinales, como cuando hinchaba por Cruz Azul hace 43 años en un palco junto a Vilma Vera, esposa de Eladio Vera, y las esposas José Antonio Roca y de Alberto Quintano.

Ella iba al estadio excepto cuando Cruz Azul llegaba a la final. Entonces, de acuerdo con la cábala, ella cogía un avión y se iba a Buenos Aires a invocar la buena suerte. Así se coronó la Máquina tres veces. Así alzó la copa su marido, El Gato, el inmenso Supermán de los ojos verdes: Miguel Marín.

“Era un gran portero. Era un gran equipo. No habrá otro Cruz Azul como ese”, dice Estelia Marín.

Los Marín llegaron a México un día de diciembre de 1971, desde Velez. Ya tenían un hijo, Maxi, de un año y medio, y Alejandro, que Estelia llevaba en el vientre cuando se mudaron.

Por ahí entre toda la hinchada argentina está Alejandro, el hijo de El Gato, con una casaca albiceleste. En el salón grande hay un arlequín color cielo con un garrafón convertido en un bombo, un viejo con la cara pintada de azul y la más joven de los hinchas argentinos, una nena de tres meses.

Transcurrido el tiempo reglamentario y el alargue, en la embajada no deben quedar muchos argentinos con uñas. A la hora de los penales muchos salen al jardín a ver los muros y al cielo. No quieren mirar. Igual que Estelia, que ahora, en el segundo penal, está con la cara contra la pared.

Cerca de ahí la chica del rosario se lleva las manos a la boca, besa la cruz y cuando Romero vuelve a pisar con fuerza la línea de gol como si marchara, dice en un susurro: “Ay, por favor. Ay, por favor”.

Romero ataja el segundo penal de la semifinal y las argentinas en el salón pequeñito cantan:

“Vamooos, vamooos/Argentina/vamooos, vamooos/a ganar/que esta baaarra milonguera/no te deja no te deja de apoyaaar”.

Maxi Rodríguez, el que mató a la selección mexicana con un obús salvaje en Sudáfrica 2010, se para frente al balón y cobra el cuarto penal de Argentina. Nadie habla, nadie grita, nadie dice una palabra. El silencio es denso, invasivo. Dos segundos después el balón mece las redes y en los salones de la embajada todos saltan, todos gritan, todos lloran, todos cantan.

La abuela Estelia sacude la bandera albiazul al cuello. Argentina está en la final. En tarde de arqueros, por aquí anduvo el espíritu cabalero del Gato Marín.

 

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