Producciones Ponchito presenta…

Nadieconoceanadie, 8 de abril 2014, Máspormás.
Wilbert Torre

En enero, cuando escribía un perfil de Andrés Bustamante que publica este mes la revista Esquireel creador de Ponchito abrió su clóset para mostrarme su último disfraz: una peluca de patillas anchas, un sombrero Stedson y una panza de hule. ¡Ah!, y dos detallitos que olvidaba: un relojote de oro y un fajo de dólares.

Para crear a don Cuino Meléndez de la Popocha ­–un político cochinazo, de ahí el origen de su nombre­–, personaje de El crímen del cácaro Gumaro, su primera películaBustamante pensó en López Portillo y sus patillas anchas. En Fidel Velázquez y sus anteojos entintados esconde-intenciones. Reunió lo peor del político ignorante, abusivo, gandalla, corrupto, tramposo y buenísimo para los negocios. Se inspiró en políticos de los 70, pero esculpió un retrato actual de políticos priistas, panistas y perredistas del siglo XXI.

 Cuando El crímen del cácaro Gumaro se convertía en el séptimo mejor estreno del cine mexicano, el Frankestein político creado por Bustamante se materializó en Cuauhtémoc Gutiérrez, presidente del PRI en el DF, creador de una red de prostitución con dinero de los impuestos que tú y yo pagamos con sangre, sudor y lágrimas.

El caso de Gutierrez es un café expresso quintuple sin cortar en la barra de la política mexicana. Una condensación de lo más oscuro. Un hijo más de las relaciones perversas que el PRI ha apadrinado durante décadas. Como en El Padrino y la mafia, su caso concentra elementos de impunidad –se escurrió una década en ese laberinto de no-pasa-nada que es la política– de corrupción, de ignorancia, de cacicazgos, de abuso y complicidades.

Don Cuino es quizá el ejercicio de humor intelectual mejor logrado de Bustamante y la película de Emilio Portes y Daniel Birdman es una parodia del cine mexicano que puede disgustar a los críticos (en el cine la gente se ríe todo el tiempo). Pero el Crimen del cácaro Gumaro es mucho más.

Es un microcosmos del país: piratería, un político transa, un sacerdote sospechoso, una familia dividida por la ambición, un gobierno corrupto e inepto, una sociedad indolente. Incluso hay una escena que retrata la habitual intervención de Estados Unidos: en el Pentágono se planea un ataque sobre ciudad Guepez, el pueblo de don Cuino. Todo un coctel de problemas servido con una alta dosis de risa.

Una prima me dijo que no le gustó la película: “Ay Dios, no soporté a ese viejo naco y gordo, corrupto, perverso y corriente”.

Pues sí. Justo de eso se trataba.

Bustmante, Birdman y Portes montaron una comedia sin pretenciones que barre parejo en un país con cantidades industriales de basura sobre el piso. Tiene el mérito de mostrarnos las vergüenzas de una nación y de recordarnos lo ridícula y peligrosa que es la política.

México es un país de leyes que no se cumplen. Es posible que Cuauhtémoc Gutiérrez siga impune gracias a las complicidades en el poder. La estupenda actuación de Bustamante nos hará recordar que este país ha cambiado para seguir siendo el mismo y que los ciudadanos tenemos los políticos y los gobiernos que nos merecemos.

Vayan al cine a ver a don Cuino en acción. Ríanse hasta que les duela el estómago y vuelvan a casa a pensar en todo lo que vieron.

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