Memoria líquida

Nadieconoceanadie, 17 de marzo, Máspormás.

WILBERT TORRE

–¿Sabes quien fue Colosio? –pregunto a mi sobrina, parte de la generación Obama y Spotify.

–¿Es un nombre? Suena rarísimo.

La memoria es un animal huraño y misterioso, un signo de interrogación, un rompecabezas imposible. Te sucede algo importante y un mes después dudarás de tus recuerdos y quizá tendrás dos versiones de ti mismo. Tal vez borrarás para siempre un recuerdo doloroso. La memoria colectiva es un mecanismo más complejo: es un milagro que los habitantes de un país conserven una imagen sólida de un acontecimiento que debió marcar sus vidas. La memoria colectiva tampoco es incluyente: si una persona nació durante o después de un hecho importante, es probable que jamás lo reconozca. También es probable que la sociedad tienda al olvido como un mecanismo de autodefensa.

El año 1994, hace 20 años, fue un año rarísimo.

Un año irrepetible en la historia moderna de México.

Un año que derribó mitos y paradigmas.

Un año que determinó el curso del país los siguientes años.

En el 94 pasó todo lo que puede sucederle a un país en 100 años.

La última noche del 93 engullimos las uvas de la suerte creyéndonos parte del primer mundo. El gobierno de Carlos Salinas nos había obsequiado acciones de esperanza: la economía crecía a un ritmo modesto pero sostenido, la inflación y la paridad cambiaria estaban controladas y muchos nos hicimos de un crédito, estrenamos un auto, un departamento. El primer minuto del nuevo año nos asociaríamos con Estados Unidos y formaríamos parte de las grandes ligas.

Digeríamos la champaña del futuro cuando en Chiapas un grupo de indígenas desafió al gobierno y nos recordó que éramos un país de contrastes. En marzo el asesinato de Luis Donaldo Colosio abrió la fresca herida de la Revolución y en septiembre el de Ruiz Massieu nos mostró la descomposición del régimen, una fruta podrida que fue antecedente de la violencia criminal que padecemos en estos días.

Cuando intentábamos entender todo lo que había ocurrido, sobrevino la devaluación de diciembre del 94 y las acciones salinistas de ensueño primer mundista se desplomaron.

Veinte años no es nada, canta Gardel. Mexicanizado, el tango debía decir: veinte años es todo.

Dos políticos del antiguo régimen fueron asesinados, la democracia finalmente se abrió, ocurrió una transición gris con Fox y con matices púrpura en la era Calderón. EL TLC tendió un puente a la modernidad: la macroeconomía se consolidó y continuaron aprobándose las grandes reformas económicas. Pero con el paso del tiempo, lo macro se ha estrellado con lo micro: a los ojos del Fondo Monetario Internacional los fundamentos de la economía mexicana son sólidos, pero en la piel de millones de indígenas y de pobres urbanos las demandas sociales reinvindicadas por el EZLN hace dos décadas siguen sin ser resueltas.

“Las cicatrices tienen el extraño poder de recordarnos que nuestro pasado es real”, escribe Cormac McCarthy.

En veinte años los mexicanos hemos acumulado más cicatrices que un veterano de guerra. Suficientes para recordarnos que pese a las estadísticas más incontrovertidas, coexisten el México de la modernidad y el México de Rulfo. Y evadir la tentación de la memoria líquida.

******************************

SÍGUEME EN @wilberttorre

– See more at: http://www.maspormas.com/opinion/columnas/memoria-liquida-por-wilberttorre#sthash.9K4cmSJw.dpuf

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s