El comediante de los crímenes perfectos.

Eugenio Derbez/La Bella y la Muy Bestia

Eugenio Derbez/La Bella y la Muy Bestia, obra que se presentó solo una vez en Nueva York.

Pocas cosas había que Eugenio Derbez disfrutara tanto como viajar en metro en Nueva York. Prefería recorrer la ciudad bajo tierra, antes que atravesarla en taxi y convertirse en rehén del tráfico infernal. Con frecuencia bajaba trotando las escaleras de una estación que colinda con el Central Park, hacía fila en una máquina y compraba una tarjeta que le obsequiaba uno o dos viajes. Algunas ocasiones lo acompañaba su novia Dalilah y otras Aislinn, la mayor de sus hijos, pero casi siempre lo hacía solo. Cuando un tren se aproximaba, acechaba el interior de los vagones y elegía el que iba medio lleno. A veces se sentaba y no leía The New York Times, como algunos vecinos de travesía. Se dedicaba a observar con la curiosidad de un niño que visita por primera vez un circo. No se trataba de un simple recorrido urbano, ni Derbez actuaba como un mirón insulso: el metro era para él un improvisado teatro móvil que le permitía mantener la mente en movimiento. Es un observador tenaz de cosas que a primera vista no tienen importancia, y que al entrar en el territorio de su imaginación pueden transformarse en extraordinarias.

El otro día, en uno de sus recorridos matutinos, descubrió a una mujer negra, simpática y medio locuaz que se movía con frenesí y decía cosas que hacían pensar o reír a los que viajaban en el vagón, y pensó que podría ser uno de los personajes de sus programas de televisión. Cuando escuchaba una conversación o presenciaba una escena rara, trágica o ridícula como las que suelen ocurrir en las esquinas de Nueva York, se inclinaba para buscar una libreta en el equipaje rodante que lo acompañaba siempre, y hacía algunas anotaciones con una caligrafía apresurada.

Lo conocí una mañana de febrero de 2006. Vestía blue jeans, camisa polo negra, una chaqueta de invierno y zapatos deportivos. Tenía el cabello alborotado y un mentón gris de tres días sin afeitar. “No me he bañado”, confesó alzando las cejas y abriendo los labios más de la cuenta para acentuar sus palabras, un gesto característico en él, que denota nerviosismo. Acababa de cumplir 45 años y andaba por las calles de Manhattan con la libertad de un distraído vendedor de camisetas o hot dogs. Dos meses antes, una amiga me preguntó si lo conocía y añadió que estaba viviendo en Manhattan.

“Es un tipo raro, como un genio incomprendido”, me dijo. Se trataba del comediante más popular de México y uno de los más influyentes de América Latina, un artista que hacía de su hiperactividad un acto de escapismo sin pausas que lo llevaba a despojarse en un instante de los personajes que interpretaba para mutar en director, escritor y productor de todos sus programas. En tiempos en los que millones han abandonado la religión televisiva para sumarse a una sorprendente feligresía cibernética, no dejaba de llamar la atención que cada semana veinticinco millones siguieran con puntualidad suiza Derbez en cuando, uno de sus programas de televisión.

Derbez me suscitaba cierto asombro que no tenía que nada que ver con su fama. Vivía una ironía que se acentuaba en Nueva York, un imán que atrae a millones que llegan decididos a forjar su propia versión del sueño americano: madres, tíos, hermanos y padres que se separan de sus familias para construir un futuro a larga distancia. Son millones los que llegan para no volver jamás al país donde nacieron. El caso de Derbez era diferente: él, que había hecho una fortuna en México y era una de las figuras que brillaba con mayor intensidad en Televisa, el gigante del entretenimiento televisivo de América Latina, había decidido desterrarse.

En México era una celebridad que vivía rodeada de éxito, lujos, fama y caprichos. En Nueva York, que simboliza los valores que rigen en los Estados Unidos (individualismo, competencia y éxito), era casi como cualquiera. ¿Qué lo había llevado a la decisión de emprender un viaje en sentido opuesto?

“Vine a recuperar un sueño perdido”, me dijo sentado a una mesa con lunares de salsa cátsup de un McDonald´s, en la parte oeste de Manhattan. Su tono de voz es agudo y cuando habla lo hace con énfasis y claridad en cada palabra, como si deletreara. El cabello negrísimo, lacio y un poco largo, le caía sobre la nuca. Me contó que cuando era niño se sentaba con su madre a mirar la ceremonia de entrega de los Premios Óscar y pensaba: “¿Qué se sentirá ganar uno?” Le decía que no había nada que deseara más que ser actor y llegar a Hollywood. Derbez se graduó de la universidad, se enamoró, se casó a los 22, tuvo hijos y su carrera comenzó a crecer, hasta que se convirtió en uno de los actores estelares de la televisión.

El sueño de Hollywood jamás llegó a realizarse y hasta se olvidó de él durante sus años de éxito. Pero de pronto, como si los astros se hubieran alineado, varias situaciones inesperadas se presentaron. “Debo aclararte que yo no creo en estas cosas –me dijo en un tono grave que contrastaba con la imagen del comediante que en la televisión cuenta chistes y dispara frases en doble sentido– pero tras la muerte de mi madre comenzaron a suceder extrañas coincidencias que me trajeron hasta aquí”.

Un día de marzo de 2002, cuando su mamá se encontraba en la etapa terminal de una larga enfermedad, la visitó en su casa de la Ciudad de México. Quería compartir con ella algunas dudas que lo habían asaltado los días previos. Tenía una oficina privada con cuarenta y tres personas, contratos millonarios con Televisa, un grupo de escritores y maquillistas, dos choferes y dos agentes federales que cuidaban de él hasta en la puerta del baño; una casa, una novia, varios automóviles y una larga lista de mujeres que siempre estaban apareciendo en su camino. Tenía una vida que muchos envidiarían, pero él, que vivía de hacer reír, se moría de aburrimiento.

Recuerda que cuando dirigía uno de sus programas pasaba largos ratos distraído: reflexionaba sobre su vida de actor y el deseo por conocer cosas nuevas, desafiarse, evolucionar. Tenía éxito, pero sabía que se estaba repitiendo. Cada temporada era lo mismo: crear un nuevo programa, alcanzar los ratings más altos de audiencia, y comenzar a planear otro. Se sentía frustrado y con frecuencia pensaba que estaba comenzando a estancarse y que pronto iniciaría una curva de descenso en su carrera.

Tenía inquietudes vinculadas a su vida de actor afamado: a veces quería mandar todo al diablo y tener la libertad de salir a un parque, sentarse en una banca, ir a un restaurante y pedirse una hamburguesa sin que decenas lo tomaran por asalto para pedirle un autógrafo. Hacer las cosas que nunca hizo cuando era un estudiante. “Estaba obsesionado con ser una persona normal”, me confiaría más tarde. Su cabeza era un nudo de pensamientos y aquel día decidió contárselo a su madre.

–Quiero hacer otras cosas. Estudiar, crecer, hacer cosas nuevas. ¿Recuerdas el viejo sueño de trabajar en Estados Unidos?

–Ten cuidado Eugenio, no arriesgues tu futuro. Televisa te trata muy bien. Te quieren mucho.

–El que no arriesga, pierde, mamá.

Su madre murió un mes después. Derbez regresó a los programas que dirigía en ese momento, XH Derbez y La Familia P. Luche, y a la planeación de una serie que grabaría en la Copa Mundial de futbol 2002. Tres días antes de viajar a Japón, recibió una llamada en su oficina en el Desierto de los Leones. Era un agente llamado Mark Schulman y trabajaba para 3 Arts Entertainment, una empresa que representaba a artistas como Keanu Reeves y Chris Rock.

Le dijo que quería representarlo en Estados Unidos. Se vieron un mes y medio después, en Los Ángeles, en la escala de un vuelo que traía a Derbez de vuelta desde Asia. Schulman le confesó que no sabía mucho sobre él, pero le advirtió que los latinos de Estados Unidos enloquecían con sus programas. “Hay cosas que podemos hacer juntos”. Llegó a proponerle que hiciera una gira por los Estados Unidos, con un show de comedia en inglés. En el avión que lo llevó a México, Derbez pensó que todo era una extraña casualidad.

No hablaba más inglés que el suficiente para ordenar en un restaurante. Una tarde en su oficina, cogió la sección amarilla y llamó a Berlitz. Le asignaron un profesor particular y después asistió a unas clases de grupo. Alguien le sugirió que tomara unas lecciones intensivas en los Estados Unidos y días más tarde se encontraba en Los Ángeles para asistir a un curso con una maestra americana que recuerda como rubia, delgada y bien conservada. Una tarde, cuando se despedían, la maestra le preguntó a qué se dedicaba, y cuando le respondió que era actor, le dijo que si era latino no podía irse de Los Ángeles sin ver una obra llamada Latinologues.

Esa noche llegó al Coronet Theatre y compró una entrada. Era un teatro pequeño en Cienaga Boulevard. La obra le pareció divertida y pensó que debía ser increíble hacer comedia en inglés. En el reparto de actores descubrió a Fernando Carrillo, un amigo venezolano al que no veía desde hacía unos años. Al final se acercó a saludarlo y Carrillo lo presentó con el creador de Latinologues, Rick Nájera, un actor mexicoamericano que también había filmado algunas películas. Nájera le dijo que cuando se le antojara, pasara por el teatro para actuar algún monólogo.

Derbez regresó a México y un buen tiempo tuvo la idea en la cabeza. Quería hacerlo, pero tenía miedo. Pensaba que no sería capaz de pararse solo en un escenario y monologar en inglés. Lo conversó con los escritores de sus guiones y al final con Aislinn, su hija. Ella le dijo que no se preocupara, que era un teatro pequeño y si algo salía mal, el público entendería que el inglés no era su primera lengua.

Derbez habló por teléfono con Rick Nájera y le dijo que haría un par de monólogos en su teatro. Nájera le envió por fax un guión que no ha podido olvidar: tenía faltas de ortografía y otros errores importantes. Le habló un par de veces para comentarle que creía que algunos parlamentos estaban mal escritos, pero Nájera no le hizo ningún caso. Ensayó los monólogos varias semanas y ambos acordaron que se presentaría el viernes 22 de agosto de 2003.

Ese día salió temprano de su casa rumbo al aeropuerto. Lo llevó uno de los choferes, en una camioneta Murano que había estrenado unos meses atrás. Cuando llegó al mostrador de la aerolínea, la mujer que estaba a cargo le dijo que le obsequiaría un espacio en primera clase. Habló con dos de sus secretarias para atender asuntos de última hora y aterrizó en Los Ángeles al mediodía. Rentó un automóvil, llegó al Coronet Theatre, bajó el vestuario de sus personajes y lo llevó hasta el escenario. Ahí preguntó dónde estaba el camerino y le señalaron un espacio sin puertas de dos metros por tres, donde una docena de actores se vestían y maquillaban detrás de unas cortinas que los separaban del público. Recuerda que nadie le dio la bienvenida. Notó que algunos actores lo miraban con recelo y pudo escuchar algunos comentarios.

–¿Y éste quién es?

–Un actor famoso que viene a hacer un monólogo.

–¿Va a actuar parte de nuestros monólogos?

–Pues sí…Es amigo de Rick”.

Las dos únicas mesas del vestuario estaban ocupadas, así que colocó sus cosas en el suelo, una encima de la otra. Una hora después, salió al escenario. “Me moría de los nervios como nunca en mi vida”, recordó. El cuerpo le temblaba y tuvo un ataque de diarrea. No comió nada a lo largo del día. El teatro no tenía butacas, sino unas sillas plegables de madera, y esa noche habían llegado a ver la obra unas setenta personas.

Actuó sólo uno de los monólogos y ya no salió al segundo, porque se sentía fatal. Nadie lo reconoció. Recogió sus cosas y se fue con Rick Nájera y los actores a un restaurante de sushi a unos pasos del teatro. Les sirvieron unos pedazos de pescado crudo que no le apetecieron y prefirió no cenar. Luego se fue a su hotel, un Days Inn que había reservado su secretaria.

Al amanecer se levantó y cuando salía del baño sintió que el piso se le movía. Sudaba y se sentía mal. Había llegado hasta Los Ángeles persiguiendo un sueño largamente pospuesto, y ahora lo único que lo perseguía era un mareo terrible y la sensación de que se desmayaría en cualquier momento. Como pudo alcanzó el teléfono y marcó a la recepción.

“Señorita me siento mal – dijo– ¿Puede llamar a un médico?”

“En este hotel no hay médicos y no nos hacemos responsables de los huéspedes. Marque el 911”.

Pensó que era un mal chiste. ¿Cómo iba a marcar el 911? “Es algo que sólo sucede en las películas”, pensó. Le parecía demasiado gringo. La idea de marcar el número de emergencias lo hacía sentir ridículo. Cogió el teléfono y llamó a un escritor de guiones de sus programas en la Ciudad de México. Le dijo que temía un infarto. ¿Pero qué podía hacer por él a cinco horas de distancia en un avión? Se despidieron. Tenía la nuca empapada y sudaba frío. Entonces extendió la mano y cogió el auricular. Marcó 911. Lo siguiente que recuerda es que la puerta se abrió de golpe y unos paramédicos entraron a la habitación, lo subieron a una camilla y lo llevaron por uno de los pasadizos del hotel. Pudo ver a los huéspedes asomando la cabeza por las ventanas. Llevaba puesto un pijama y no se había bañado en dos días.

–¿De dónde es? Preguntó uno de los paramédicos.

–Soy mexicano.

–¿Qué drogas usa?

–No bebo y jamás he probado una droga.

–Sí, claro.

–A qué se dedica?

–Soy actor.

–Sí, desde luego.

–Le estoy diciendo la verdad…

A toda prisa, una ambulancia le trasladó a un hospital.

Aviso oportuno: Eugenio Derbez, creador de decenas de personajes e ideólogo de un imperio de risa, es un tipo de cuidado. Es reservado, tímido y puede llegar a ser irascible. Con frecuencia su humor no tiene nada que ver con el humor de sus series televisivas. Es obsesivo, exigente y disciplinado como un militar. Tiene un carácter variable que puede ser dulce (cuando está con sus fans) y violento (cuando algo no le parece y eso usualmente ocurre cuando está trabajando). Habría que agregar que es un abstemio natural y que no fuma.

Su padre no fue ningún general, sino Eugenio Salas, un afamado publicista, y su madre, Silvia Derbez, una de las grandes actrices de la época de oro del cine mexicano. Fue un niño inteligente, precoz y disciplinado. No acostumbraba ir a fiestas y cuando sus amigos jugaban futbol, él veía películas, conversaba con los compañeros de su madre y pensaba en prepararse para ser actor. Antes de que cumpliera 15 años ella lo había inscrito en clases de piano, acordeón, órgano, guitarra, batería, canto y ballet, contra los deseos de su padre, que cuando lo veía salir de su casa para ir a sus lecciones, solía gritar: “¡No quiero ver a mi hijo metido en unas mallas de mujer!”

Durante varios años el niño Derbez soportó sin protestar esa suerte de maratón de aprendizaje al que estaba expuesto ocho horas al día, de lunes a sábado. A veces terminaba tan cansado que al día siguiente le costaba trabajo despertar para ir a la escuela secundaria en el Centro Escolar Panamericano, en la colonia del Valle de la Ciudad de México. Después estudió la carrera de director en el Instituto Mexicano de Cinematografía, donde tuvo como compañeros a Ivonne, la rubia que formaría parte de Flans, el trío que popularizó las tobilleras y los flecos en los años ochenta, y Rodrigo Prieto, que décadas más tarde sería nominado a un Óscar por la fotografía de la película Brokeback Mountain.

Tenía 22 años y una hija recién nacida cuando comenzó su carrera de actor, en una telenovela que se llamó Ana del Aire, una historia de amor protagonizada por una aeromoza (Angélica María) que se enamora de un piloto (Fernando Allende). Participó en otras telenovelas y en programas como La Telaraña y Casos de la Vida Real. Era un actor secundario, hasta que un día el productor Luis Sevillano lo invitó al programa de comedia Anabel, de Anabel Ferreyra. Recuerda que improvisó e hizo algunas bromas, y Luis Sevillano lo invitó otras dos veces. Después le dijo que se quedaría como parte del elenco.

Estaba feliz porque hasta entonces había saltado de una telenovela a otra, sin éxito. “Nunca había hecho comedia y descubrí que era capaz de hacer reír”. Televisa lanzó su primer programa, Al Derecho y al Derbez, en noviembre de 1993, y dos años más tarde la telenovela No tengo Madre y Derbez en cuando casi de manera simultánea. Siete años después estrenó XH-Derbez y La Familia P. Luche. Vivía el mejor momento de su carrera. Una noche tuvo como invitado al presidente Vicente Fox y en el último capítulo lo visitaron la esposa del presidente, Marta Sahagún y el futbolista Cuauhtémoc Blanco. Fue un episodio que rompió récords de rating en el horario nocturno de Televisa.

Rating. Para un actor que como Derbez es casi un one man show, la audiencia lo representa todo. Un actor de series sin ratings es como un escritor afamado que no es un bestseller. Derbez es cuidadoso en extremo de la producción de sus programas y de sus fans. Aquella mañana de nuestro encuentro en un McDonald´s suspendió la charla cuando dos lindas dominicanas se acercaron para pedirle que se tomara una fotografía con ellas. Otras veces lo vi comportarse con la paciencia de un monje cuando hordas de mexicanos lo rodeaban en Nueva York: se detenía donde fuera que estuviese, sustraía decenas de fotografías de su equipaje, las firmaba y las repartía.

Siempre se muestra dispuesto cuando se trata del público y a veces su tolerancia parece a prueba de cualquier cosa. Una vez cuando visitaba la Asociación Tepeyac en la 14 Street de Manhattan, una organización dedicada a ayudar a los inmigrantes indocumentados, un muchacho le puso en la mano su teléfono celular. “Es mi esposa –le advirtió–. Dile que estoy contigo”. Él cogió el teléfono.

“Habla Eugenio Derbez. ¿Quién por allá? (silencio breve). ¡Hola! Pues nada, aquí en Tepeyac y me encontré con tu marido. ¿Cómo? Sí, claro que puedo”. Dos segundos después personificó a Eloy Gamenó, uno de sus personajes más famosos: “¡Óigame-no! ¡Óigame no!”, exclamó, abriendo los ojos con desmesura. Los trabajadores que lo rodeaban estallaron en risas. Antes de devolver el teléfono, interpretó al Lonje Moco, una figura bizarra, entre monje y bruja, que cuenta historias de terror a las costillas de gente famosa: “fue Horriiiiiible, fue horrible”, dijo adelgazando la voz.

A Derbez siempre hay alguien que llega a pedirle: “una broma, por favor”. Le ha sucedido en todo tipo de lugares y en las circunstancias más extrañas. Recuerda una ocasión que visitaba a un amigo en un hospital y un enfermo le pidió que hablara con su esposa. Cuando dijo que era Eugenio Derbez, ella le gritó que dejara de hacerse al payaso. Le han pedido hacer las voces o imitar los gestos de sus personajes en un restaurante, en un cine, en la ventana del auto y hasta en el baño. A veces no está de buen humor, pero nunca ha maltratado a un admirador ni le ha cerrado la puerta en las narices a nadie. “Hay ocasiones en las que estás peleando con la novia y alguien llega y te pide que hagas una chistosada. Y tienes que hacer algo para hacerlos reír”.

A Eugenio Derbez se le admira o se le odia casi siempre en la proporción en la que su humor es celebrado o despreciado. A él no le preocupa lo que opine la gente sobre su forma de hacer reír, sus bromas, sus frases en doble sentido y su estilo, que puede llegar a ser excesivo y rudo. Suele ser un provocador. Le atraen las experiencias que significan un riesgo y parece disfrutar cuando las cosas se desbordan y se produce un escándalo. Hace tiempo se ganó la enemistad de Jorge Ortiz de Pinedo, otro de los comediantes mexicanos más populares y actor principal del programa La Escuelita VIP, donde una maestra llamada Canuta enseña a sus alumnos a punta de golpes de una regla de madera.

En el capítulo final de uno de sus programas, Derbez tuvo como invitada a Marta Sahagún, la esposa del presidente Vicente Fox, una mujer famosa por el dominio que tenía sobre su marido y por sus aspiraciones presidenciales. Era un sketch en el que iba a buscarla para pedirle un consejo porque el director del canal deseaba hacer algunos cambios.

–Yo te recomendaría que hagas tus chistes más sencillos, son muy rebuscados, como muy intelectuales y no los entiendo para nada”, le dijo Marta Sahagún.

–¿Como cuáles?”, preguntó Derbez.

–Por ejemplo: si tengo paperas, tengo pamanzanas ¿Qué es eso? (largo e intenso silencio de fondo) ¿Ya lo ves? ¡Nadie se ríe! En cambio fíjate en esto –dijo Martha Sahagún y con una regla escolar comenzó a golpearlo–. ¡Niño Eugenio! ¡Siéntese! ¡Que se siente! Jajajajajá. ¿Ya lo ves, Eugenio? ¡Esto sí funciona! ¡Es el ingenio mucho más simple y tonto!

Ortiz de Pinedo estaba furioso. Llamó hipócrita a Derbez y dijo a un reportero que esperaba no encontrárselo en los pasillos de Televisa, porque le daría su merecido. Derbez dijo que no lo había hecho con dolo. “Somos comediantes y hay que saber reírnos de nosotros mismos”. En otra ocasión, durante la Copa Mundial de futbol de Alemania, Derbez y Omar Chaparro, un actor con el que hacía mancuerna, tuvieron un altercado con Javier Alarcón, conductor de un programa especial de Televisa. Frente a las cámaras, los comediantes le reclamaron que no participara en sus bromas.

“¡Yo me voy!”, gritó Derbez, se despojó de una peluca y sacudiendo las manos abandonó el set de grabación. Chaparro lo siguió. Alarcón les recordó que estaban al aire y a Derbez le dijo que tenía un contrato. “Qué pena que estemos haciendo este numerito frente a las cámaras”. Derbez lo retó: “¿Ah, tengo un contrato? Okey. ¿Quieres que lo discutamos frente al público?” Alarcón le pidió que se tranquilizara y Derbez se fue al fondo del estudio, cruzó los brazos y permaneció en silencio. Alarcón pidió disculpas al auditorio.

El episodio provocó un alud de chismes. Desde la Ciudad de México, decenas de reporteros buscaron a Derbez, mientras crecía el rumor de que el foro de Televisa se había convertido en un ring de box. Derbez juró que todo había sido una broma. “El chiste era hacer algo diferente al humor que habíamos hecho los otros días –dijo en una entrevista– así que decidimos hacer un sketch que se llamara ‘no voy a trabajar’, en el que contábamos chistes malos y nos enojábamos porque nadie los festejaba. Era una fórmula arriesgada y el problema fue que lo actuamos demasiado bien”.

Otra vez, en la búsqueda de hacer cosas atrevidas, llegó más lejos: invitó a su estudio a la campeona olímpica Ana Guevara. La charla fue grabada y antes de que saliera al aire, Derbez intervino en el trabajo de producción: se suplantó y en lugar de que fuera él quien hiciera la entrevista, un perro apareció a cuadro conversando con la atleta. La broma encolerizó a Guevara. Derbez le envió flores.

Hay un motto que rige la vida de Derbez en la comedia: “Sin víctimas, no hay humor”.

Cuando la ambulancia llegó a la zona de urgencias del hospital, Eugenio Derbez estaba consciente. Lo llevaron a un cuarto donde una enfermera le dijo que le sacarían sangre para examinarla y él avisó que cada vez que ve una aguja, se desmaya. Ella no le hizo caso y poco después entró acompañada por dos enfermeros que a Derbez le parecieron novatos, porque ella les preguntó si sabían lo que debían hacer. Le clavaron la aguja en uno de los brazos y minutos más tarde algo debió suceder porque de pronto todos se movilizaron a su alrededor.

Lo sacaron del cuarto y a gritos un médico ordenó que lo llevaran a la sala de terapia intensiva.

Recuerda que le arrancaron la camisa del pijama, le rasuraron el pecho y alguien llegó con uno de esos aparatos que sirven para resucitar a la gente. Estaban a punto de utilizarlo cuando uno de los médicos se dio cuenta de que había abierto los ojos. Permaneció algunas horas en el hospital y luego le dijeron que podía irse. Le entregaron lo que quedaba de su ropa y lo hicieron pasar a una ventana donde pagó una cuenta de 3,500 dólares con su tarjeta de crédito.

Ese día desventurado en Los Ángeles marcó el inicio de una doble vida para Derbez. El año siguiente vivió entre Nueva York y la Ciudad de México. En el Distrito Federal trabajaba de lunes a jueves, y los viernes tomaba un avión que lo llevaba a Manhattan, donde permanecía el fin de semana. Con frecuencia, cuando podía terminar la producción de los programas de televisión, se abría un espacio para estar más tiempo en Nueva York.

Vivía en un departamento de una recámara en la zona del Lincoln Center, a un costado del Central Park. Se dedicó a tomar clases de actuación, canto, dicción, baile y unas lecciones especiales de inglés.

Meses después volvió a presentarse en el Coronet Theatre y la historia fue diferente. Había ensayado con más tiempo sus monólogos, corregido los guiones y depurado su inglés. Con él en el reparto, Latinologues tuvo un giro interesante. Introdujo nuevas bromas, improvisaciones y algunos personajes que creó para la obra, un recorrido picante e ingenioso por los estereotipos latinos, las reinas de belleza latinas y la inmigración latina a los Estados Unidos.

El sueño hollywoodense comenzó a perfilarse. En unos meses, la obra rompió todos los récords previos de audiencia y los principales diarios del país comenzaron a hablar de ella, hasta que el rumor llegó a Nueva York. Latinologues se presentó en Broadway, en octubre de 2005. Se trataba de la primera puesta en escena creada, escrita, producida y dirigida enteramente por latinos, y actuada por latinos.

El escritor era Rick Najera y Derbez intervino como productor alterno, aunque en realidad se metió por todos lados. Llegó un momento en el que la figura de Nájera como creador de Latinologues casi desapareció, mientras Derbez hacía de la ubicuidad un acto costumbrista apareciendo en los ensayos, en conferencias de prensa, creando escenas e invitando a algunos artistas a incorporarse para actuar nuevos monólogos.

A Jaime Camil lo llevó una semana como actor invitado, en el papel de un “Chico Menudo”, un sketch que había escrito para la obra.

Latinologues se presentó 140 ocasiones, en cuatro meses. Derbez interpretó el papel de una viuda católica que tenía un hijo vampiro, y un diálogo entre él, que personificaba al padre de Elián González, el famoso balserito cubano, y Fidel Castro. Latinologues fue todo un éxito. Una noche fui ver la obra al Helen Hayes Theatre. Derbez era el encargado de cerrar la noche y el público que abarrotaba el teatro lo recibió con silbidos, aplausos y aullidos cuando apareció cantando una canción católica llamada La Guadalupana, vestido de mujer, con la cabeza cubierta por unos tubos plásticos para ondular el cabello y un crucifijo enorme sobre el pecho. Un instante evocaba al Derbez provocador de las ideas extremas: antes de despedirse, la viuda se levantó la falda y mostró las nalgas al público.

Al término del espectáculo, una casa de tequila convocó a una fiesta para celebrar el éxito de Latinologues. Derbez estaba feliz. “Broadway es al teatro lo que Hollywood al cine –me dijo–. Hacer teatro en Nueva York ha sido la mayor experiencia de mi vida”. Llegó acompañado por su novia, Dalilah Polanco, una actriz en sus treinta, bajita y curvilínea, cabello negro y largo y una dentadura perfecta. Se encontraban en uno de los extremos del salón, acompañados por Rick Nájera, el actor Jaime Camil y otras cuatro personas.

Derbez, que vestía suéter blanco de mangas anchas, jeans y zapatos italianos, se tomó un refresco en toda la noche. Uno pensaría que el comediante más popular de la televisión mexicana es el alma de una fiesta, un tipo extrovertido que hace bromas y es el centro de la atención. No en el caso de Derbez. Conversó con Camil y Nájera y el resto de la noche platicó con Dalilah. Un día me contó que en las reuniones es discreto, callado y casi siempre elige un rincón. “Soy una decepción para las fiestas –sonrió y entrecerró los ojos–. Jamás cuento chistes. Lo que sí hago es observar todo el tiempo”.

Derbez cree que la creatividad nace de la observación. Hace la distinción entre ver y observar, y dice que para lo segundo hay que tener oficio. Del acto de observar a una persona han surgido algunos de sus personajes más famosos y algunas escenas que luego aparecen en sus programas. “Me gusta observar al señor que se está emborrachando, al mesero que se está echando los chupes, a la señora que se está encuerando”. La mente de Derbez siempre trabaja, incluso cuando está relajado y pasando un buen rato. Una vez estaba en una cena con un amigo que monta escenografías para empresas. Le dijo que estaba harto de los comerciales y que lo que más deseaba era hacer una escenografía teatral. “Si algún día haces teatro llámame por favor”. Luego se dirigió a su esposa, que conversaba con la novia de Derbez:

–Mi amor, dile a Eugenio qué es lo que más me gusta.

–¿Los hot cakes?

–No, no, mi amor, ¿Qué te he dicho que siempre he deseado hacer?

–¡Esquiar!

–¡No, no, no! Acuérdate, el otro día que estábamos en la cama te dije: ¡Esto es lo que siempre he soñaaadoooo!

A la mitad de la cena, la pareja comenzó a pelear. El marido le reclamaba que no tuviera memoria y la esposa no sabía qué hacer. Estaba angustiada. Un momento de tensión puede ser una descarga en la cabeza de Derbez: pensó que era una situación ideal para la Familia P. Luche, un programa que retrata la vida de una singular familia en momentos de tensión que con el tiempo resultan cómicos. Los guiones del programa siempre están basados en anécdotas y circunstancias reales que vivieron él y sus escritores con sus novias y sus esposas, o amigos y familiares que las comparten con ellos. Meses después, Derbez utilizó la riña del restaurante para escribir uno de los episodios del programa.

Derbez tiene un equipo de escritores y creativos que salen a la caza de anécdotas, leyendas, personajes y otras cosas que puedan ser utilizadas en los programas. Aclaración pertinente: es raro que los insumos de su humor sean cosas graciosas. Derbez cuenta que la gente tiene la idea de que es necesario pensar cosas chistosas para hacer chistes. “El humor nace de la tragedia, siempre. Si trato de hacer algo cómico con algo que ya es chistoso, no sale. Para que haya humor, debe haber víctimas”. Esa forma de hacer comedia le ha generado problemas. Hay personas que piensan que sus bromas son irrespetuosas, vulgares o excesivas. Él piensa que para sorprender “hay hacer cosas inesperadas y ver las cosas con una mirada que no es normal”. Un fin de semana, uno de los miembros de su equipo creativo paseaba por un pueblo de la provincia mexicana, cuando avistó un anuncio que decía:

Asilo para el anciano

Cuando llegó a la oficina donde Derbez se reúne con su equipo, el anuncio resultó en lo siguiente:

Así-lo-para-el-anciano. O sea, que ni tan anciano…

Otro día me encontré con Derbez en medio de una tormenta perfecta: estaba hasta el tope de trabajo en México, tenía varios proyectos en Nueva York y debía planear los programas cómicos que presentaría en la Copa Mundial 2006. La presión lo agobiaba, se le veía cansado y no estaba de muy buen humor.

Era una mañana fría de marzo y me citó en el 1541 de Myrtle Avenue, en Brooklyn. La dirección correspondía a un bar frecuentado por albañiles que construyen rascacielos y mujeres que cobran 8 dólares por bailar salsa con los clientes. Derbez había despertado a las cuatro de la mañana para llegar al “Vaquero Chicano”, un bar que se había transformado en set de la película Padre Nuestro, una producción de Cinergy Pictures, Panamax Films y Two Lane Pictures, tres compañías independientes de cine de Nueva York. Se trataba de la primera película dirigida por Christopher Zalla, un joven director nacido en Kenia, hijo de una pareja de americanos comunistas que antes había escrito el guión de Marchin Powder, un filme que transcurre en una prisión boliviana, para Plan B Entertainment, la productora de Brad Pitt. A Derbez le hacía una gran ilusión formar parte del reparto. Si con Latinologues alcanzó una parte de su sueño llegando a Broadway, Padre Nuestro le permitía participar en uno de los proyectos del celebrado cine independiente neoyorquino.

Transcurría el cuarto día del rodaje y el director había ordenado que por novena ocasión se filmara una escena, en la barra del bar. Derbez estaba harto.

“¿Por qué no pones a una persona del equipo de producción a servir las cervezas?”, preguntó dirigiéndose al director. Alzó las manos al cielo y se rascó la cabeza con fastidio.

“El cantinero no ha hecho bien su trabajo una sola vez”, lo secundó Jesús Ochoa, uno de los más prominentes actores del llamado nuevo cine mexicano. “¡Nos estás bombardeando con cervezas, compadre!”

Derbez dirigió una mirada de rencilla al cantinero, un trabajador habilitado como “extra”, y le reclamó:

“¡No has dado una en toda la mañana!”

Derbez tiene un carácter volcánico. Con facilidad puede enfurecerse y cuando eso ocurre, no es de las personas que disimulan o se guardan las cosas. Si algo no le parece, lo dice sin rodeos, y sin detenerse a pensar en las consecuencias. En el mundo de los actores de teatro y la televisión tiene una fama de tipo duro. También de ser poco predecible. En un momento puede estar haciendo bromas y riéndose, y un minuto después estalla porque alguna cosa no le parece y puede gritar y reprender a los miembros de su equipo o a los actores con los que trabaja.

Es, para utilizar sus palabras, “un perfeccionista sin remedio”, y con frecuencia sus métodos de trabajo le han provocado problemas y enemistades. Omar Chaparro, el comediante con el que ha hecho mancuerna en los mundiales de futbol, una vez declaró que no volvería a trabajar con él:

“Es Derbez o mi salud. Trabajar con él es muy estresante”.

En un receso nos sentamos en la barra a conversar. De los techos pendían tiras de papel de colores como las que adornan las casas mexicanas en la época de Navidad y en las paredes había anuncios amarillentos con fotografías de Tintán, Sonia Furió, Capulina y Los Temerarios. Derbez bostezaba y abría la boca como si fuera a comerse un coco entero.

Me dijo que estaba trabajando en los segmentos cómicos que serían transmitidos desde Alemania y que sólo era el principio de un mes de trabajo casi sin pausas, durante la Copa del Mundo. “No se lo deseo ni a mis enemigos”. Era algo que había hecho en los mundiales de futbol y las olimpiadas. Por si la tensión no fuera suficiente, estaba mudándose porque la renta del departamento en los alrededores del Central Park le resultaba muy costosa.

“El fin de semana vacié los closets y llené 21 cajas”, dijo sobándose la espalda. Decidió que ya no mantendría su casa en Nueva York y que viajaría todos los fines de semana. Timbró su celular. Era una de sus asistentes en la oficina de la Ciudad de México para recordarle que tenía unas citas en Televisa para revisar un par de nuevos proyectos. Cuando terminó, le pregunté por qué había decidido formar parte de Padre Nuestro. Dijo que la historia lo había enganchado: relataba la travesía de un adolescente que decidía cruzar la frontera para venir a Nueva York en busca de su padre, al que no conocía, y en el camino otro muchacho le roba una carta y lo suplanta.

La historia era un pretexto para retratar la vida precaria y las ansiedades de la mayoría de los inmigrantes en los Estados Unidos, un ejército de millones de hombres y mujeres que viven como fantasmas, en las sombras de un incierto sueño americano. La génesis de la película había sido la experiencia de un argentino amigo del director Zalla que trabajaba en la cocina de un restaurante que empleaba indocumentados mexicanos: le había contado que como los bancos no le permitían abrir una cuenta sin documentos, había guardado su dinero en un escondite de su departamento.

En la película, un trabajador mexicano sepulta miles de dólares en las paredes de su casa de Brooklyn.

La otra razón de Derbez era personal y tenía que ver con una ironía en su carrera: era un comediante que siempre había deseado ser actor dramático. En la película, Derbez no era el actor estelar: desempeñaba un papel secundario, personificando a un ayudante de cocina. “Por eso estoy aquí –se levantó de la silla y volteó hacia donde el actor Jesús Ochoa mostraba a los actores un tatuaje del pie de su hija recién nacida en uno de sus brazos–, a pesar de que hacer cine es una locura. Ahora en el cine se filman las caras de cada actor, en cada escena, muchas veces. Después el director elige las escenas y las junta como si fueran las piezas de un rompecabezas. Es una experiencia que no conocía y me gusta enfrentar cosas nuevas”.

La filmación se prolongó unas siete horas y al anochecer, los actores lucían exhaustos. Cuando el director decretó que era la última escena, todos aplaudieron. Derbez se relajó y comenzó a bromear.

–¡Me voy al mundial!, exclamó Jesús Ochoa, con una enorme sonrisa.

–Que Dios te bendiga. Nos vemos mañana, si Dios nos da licencia, le dijo otro actor.

–¿Licencia? –dijo Derbez– ¿En qué delegación trabaja Dios?

Todos rieron y entre las risas sobresalió la de una guapa española que formaba parte del equipo de producción. Se reía como si estuviera asfixiándose y con cada carcajada, gritaba un poco.

–¿Puedo reírme como Amanecer?, preguntó Derbez y después comenzó a hacer caras, abriendo los ojos más de la cuenta y enseñando los dientes.

Antes de irse, el director Zalla convocó a los actores a la parte trasera del bar, donde hizo un brindis y agradeció a todos su esfuerzo y soportar las llamadas al amanecer. Hizo especial mención del trabajo de Derbez. Todos aplaudieron. Zalla le hizo un regalo: una colección de películas de Martin Scorsese. Jesús Ochoa dio dos pasos y lo abrazó con fuerza.

“Gracias, Chuchito. Sé que en cine no hay oportunidad para la gente que trabaja en la tele, así que muchas gracias”.

“Esperamos que para la próxima yo pueda venir a extrear”, dijo Jesús Ochoa y soltó una carcajada cavernosa.

Nos volvimos a encontrar cinco meses después. Era agosto y una ola de calor asfixiaba Nueva York: en Spanish Harlem, el barrio puertorriqueño que a finales de los noventa comenzó a ser habitado por mexicanos, los niños se refrescaban a la mitad de las calles con las bombas de agua para apagar incendios, y en los prados del Central Park las chicas se doraban al sol en bikini. Derbez se había ausentado desde antes del inicio del mundial de futbol y ahora estaba de vuelta con nuevos planes. Se había propuesto abandonar casi por completo la televisión para concentrarse en proyectos de cine y teatro. Además de Padre Nuestro había participado en otra película llamada La Misma Luna, donde también desempeñó un papel dramático, ésta vez en un rol estelar: el de un inmigrante hosco y solitario que se sacrifica por un niño que va en busca de su madre a Los Ángeles.

Ahora se encontraba de regreso en Manhattan para inaugurarse como director de teatro.

Había aterrizado un día antes y un miércoles por la tarde llegó a un teatro experimental del Lower East Side para supervisar el primer ensayo. Era un escenario pequeño, con unas cuantas butacas de madera y algunas luces precarias. Vestía una camisa blanca y ajustada y unos jeans obscuros. Lo acompañaban dos actores argentinos: Mariana Buoninconti y Emyliano Santa Cruz. Me dijo que había elegido una obra argentina llamada Fraternidad, de Mariano Moro, pero como creía que el nombre no decía nada, había decidido crearle un título nuevo y sugerente: La Bella y la muy Bestia. Sería actuada en español y contaba la historia de dos hermanas cuarentonas que pelean todo el tiempo: una es íntegra y apocada y la otra era descrita por Derbez como “una hija de la tiznada”.

Era una historia real que le recordaba a los capítulos de la Familia P. Luche. “Cualquiera que tenga una hermana así, se identificará con la obra”. Era una tragicomedia que de tan trágica, se volvía cómica.

Derbez se levantó de la silla en la que estaba sentado y caminó al escenario. Había un espejo, dos sillones y una mesa, la ambientación de una sala. Acomodado en uno de los sillones estaba Emyliano, un actor joven, corto de estatura y rollizo. Llevaba un vestido ceñido que le llegaba a las pantorrillas, zapatillas, una peluca y un maquillaje recargado. Lo observó con detenimiento.

“No me gusta el largo de la falda –dijo Derbez inclinándose–. Vamos a levantarla para que resulte más acorde con el personaje”. Cogió un par de alfileres y la subió a la altura de las rodillas. Después se acercó hasta que su rostro casi rozó el de Santa Cruz y examinó un buen rato el maquillaje. Tomó un lápiz labial color rojo y remarcó los labios. Después caminó a donde estaba de pie Mariana, que interpretaría a Lucy, la hermana tímida. Vestía una falda larga, zapatos bajos, una blusa blanca abotonada hasta el tope y suéter gris. La miró de arriba abajo, poniendo atención en todos los detalles.

Derbez tenía una larga trayectoria en televisión y cine, y en menor medida había hecho teatro en 25 años de carrera. Participó en varias obras como actor y productor, y en los últimos años comenzó a pensar en la idea de ser director. Cuando llegó a vivir a los Estados Unidos eligió algunos cursos de arte dramático. En Los Ángeles había estudiado con Judith Weston, una reconocida maestra que en las últimas tres décadas preparó a una nueva generación de actores americanos, europeos y latinos, y en Nueva York llevó un curso con Ellen Novak, profesora de drama por la Universidad de Yale y actriz, productora y directora en la escena neoyorquina los últimos años.

Observó sentado en la última butaca el ensayo de tres horas. Hizo algunas sugerencias de entonación a los actores y les pidió repetir algunas escenas. Dijo que lo más difícil en teatro es sostener el ritmo. “El desafío consiste en que dos personajes mantengan entretenido al público –explicó mientras recorría el escenario para supervisar la escena–. Tienes que ser creativo y a la vez certero y ágil para llevar la obra a un paso y no soltarlo. Si lo sueltas, pierdes al público”.

Cuando maduraba la idea de ser director se dedicó a ver todas las obras de Broadway, durante un año. Sólo le faltaba una: The Drowsy Chaperone. Tiene una lista de obras que le gustan, pero hay una que prefiere por encima de todas: El Método Gronholm, del argentino Jordi Galcerán, una obra que aborda los pequeños efectos colaterales del capitalismo por medio de una historia que relata las peripecias de cuatro candidatos a obtener una plaza de ejecutivo en una multinacional, que son sometidos a unas pruebas finales que rayan en lo absurdo y que nada parecen tener que ver con el puesto que disputan. Dijo que era la mejor obra que había visto jamás.

Derbez estaba consciente de que la televisión lo había catapultado a la fama. Le debía muchísimo al público que seguía sus programas y amaba los personajes que había creado en el paso de los años, pero también creía que hacer televisión representaba un ritmo infernal que le dejaba más frustraciones que satisfacción. Para él hacer teatro era algo más espiritual que estaba asociado con la necesidad de crearse desafíos y evolucionar. Me dijo que deseaba retirarse como actor en diez años y dedicarse a ser director de teatro. Cuando terminamos de conversar se despidió de Mariana y Emyliano y se marchó. Eran las siete de la noche y las calles de Manhattan aún destellaban bajo el sol veraniego.

La Bella y la muy Bestia se estrenó la noche del 5 de septiembre en Repertorio Español, un teatro dedicado a promover obras latinas en Manhattan. Se trataba de una gala para la prensa neoyorquina y Derbez llegó una hora antes: volvió a supervisar la vestimenta y el maquillaje de los actores, y cuando sonó la tercera llamada se colocó detrás del escenario, donde permaneció de pie las siguientes dos horas. En las butacas había trescientas personas entre periodistas, críticos, artistas mexicanos que viven en Nueva York e invitados especiales.

Cuando la obra llegó a su fin, estalló una ovación. Las cortinas se levantaron y en el escenario volvieron a aparecer Mariana Buoninconti y Emyliano Santa Cruz, que sonreían y agradecían con reverencias. Derbez salió de su escondite atrás del escenario y se colocó en medio de los dos, con las manos entrelazadas. Se llevó las manos al pecho e inclinó la cabeza, con los ojos entrecerrados. Tenía la barba crecida y lucía un poco despeinado. El aplauso fue en ascenso y de la galería surgieron silbidos y gritos entusiastas. Parecía un final al estilo Hollywood, pero no se trataba del final que Derbez había preparado. Dios dos pasos al frente y cruzó los brazos antes de pronunciar un discurso breve.

Estaba molesto. Creía que la compañía teatral le había faltado al respeto al no comprometerse con la obra como esperaba y alzó la voz para decir que sólo le permitieron celebrar un ensayo, dos horas antes del estreno, sin luces. “No habrá más funciones. Es una lástima, porque la obra tenía un gran potencial”. Dijo que ya estaba en busca de que Círculo, el teatro experimental donde se realizaron los primeros ensayos, presentara la obra en octubre. Un silencio abrumador invadió el teatro. El público parecía confundido. ¿Se trataba de una de sus bromas atrevidas? ¿Era un exabrupto? ¿La compañía lo había defraudado?

Una mujer le preguntó si estaba hablando en serio.

Derbez no estaba para humor negro. “Esto es absolutamente en serio y estoy muy triste –dijo en un tono apesadumbrado–. Ustedes saben que soy como soy y digo las cosas como son, aunque a muchos no les parezca”. Lo flanqueaban Mariana y Emyliano. Él se había quitado la peluca. Ella tenía los brazos en la cintura y no dejaba de mirar al piso. La noche del anhelado estreno de Derbez como director de teatro terminó sin brindis. Los invitados se retiraron en silencio y nadie se acercó a solicitarle un autógrafo. Conversó con los periodistas sobre el escenario. Les dijo que adoraba sus programas de televisión y que sus personajes eran como sus hijos, pero que no había marcha atrás en su decisión de dedicar más tiempo al teatro. “Estoy empeñado en una búsqueda que tiene que ver con otros puertos creativos”, dijo. Unos minutos después se marchó solo, arrastrando el equipaje en el que solía llevar sus cosas.

Sin víctimas no hay humor, es el motto del comediante culpable de que millones mueran de risa. Con frecuencia me pregunté si al implacable, serio y formal señor Derbez no le convendría ser su propia víctima. Reírse de sí mismo. Aunque sólo fuese Derbez en cuando.

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3 thoughts on “El comediante de los crímenes perfectos.

  1. Santiago Jiménez

    Guauuuuuu!!!!!, me encantó saber este lado de Derbez, un actor comediante que no estaba en mi lista de favoritos. Saludos…

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