Presentación de Narcoleaks, Palacio de Minería.

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Sábado 2 de marzo, Palacio de Mineria.

Moderador: Enrique Calderón.

Presentadores: Guillermo Osorno, director de Gatopardo, Luis Astorga, académico e investigador de la UNAM y Alfredo Corchado, jefe del buró de Dallas Morning News en México.

Guillermo Osorno:

No es la primera vez que presento un libro de Wilbert.

Presenté el libro anterior, Todo por una manzana, una serie de perfiles sobre mexicanos en Nueva York. Esta vez Wilbert regresa después de muchos años a un ámbito que le fue conocido que es el de la política. Durante muchos años Wilbert fue uno de los mejores reporteros de la sección política del periódico Reforma y con este libro regresa a este ámbito después de diez años de estar intentando con éxito perfiles de otra naturaleza, y regresa con una lección aprendida de esos años y haciendo otra clase de perfiles. Me gusta mucho este libro, en el que como ocurre con en el anterior, Wilbert aprovecha una posición que no tenemos la mayoría que es vivir en Estados Unidos. Su vida en Estados Unidos ha marcado los últimos tres libros de Wilbert, entre ellos, Obama Latino, que se construyó con un primer reportaje que publicamos en Gatopardo. Pero esa mirada de un mexicano que vive en Estados Unidos se refleja muy bien aquí. El libro está construido a partir de las filtraciones de Wikileaks, pero en el fondo no sé si Wilbert coincida conmigo, no son muchas, es un material valioso pero lo que Wilbert hizo y eso para los estudiantes de periodismo es importante, es que sólo las usó como punto de partida para construir una narración de cómo un presidente decide iniciar una guerra contra las drogas, las circunstancias internas en que se dio este asunto, de la mala decisión original de emprenderla de esa manera, porque evidentemente había la sensación de que había que hacer algo y emprenderla de esa manera resultó la peor, y de las tensiones que provoca en la relación con Estados Unidos y de cómo los norteamericanos cambian la jugada y dejan al presidente Calderón solo en una guerra en la que ya también estaba solo en su país. Este relato que se construye a partir de Wikileaks en realidad lo que hace Wilbert es tomarlo como partida pero reconstruir a partir de entrevistas y un acceso privilegiado que no he visto en el periodismo nacional a las fuentes en Estados Unidos y a las fuente de seguridad y justicia en México.

El libro puentea bien entre Estados Unidos y México para hacer esta narrativa que me pareció impresionante. Lo que me parece diferente a los años en los que Wilbert estuvo experiementando con otros temas, es que es un libro que se lee muy bien, que tiene momentos literarios fascinantes. Uno de mis favoritos es cuando el reportero va a Baltimore a indagar quién maneja las drogas en Estados Unidos, cuáles son los cárteles norteamericanos y qué sucede cuando llegan a Estados Unidos, porque hay un mito sobre quién las distribuye. Me parece que hay una tensión narrativa y hay descripciones detalladas, por ejemplo las reuniones del presidente Calderón con Obama y Hillary Clinton.

Luis Astorga:

Quiero decir que acabo de conocer a Wilbert. Muchas gracias por la invitación a participar en esta celebración porque siempre es una celebración cuando uno publica un libro y después de todo el trabajo de documentación, entrevistas, poner orden en las ideas y construir un discurso que como dice Guillermo se lee de corrido. Como académico no puedo dejar de hacerme una serie de preguntas. Este material es muy útil como material de discusión que se agrega a otros materiales sobre diversos aspectos de la política de seguridad y anti drogas en la administración pasada. Creo que la visión que Wilbert y los documentos en los que se apoya esta visión coinciden con otros libros publicados y agrega esa experiencia suya como periodista y el puenteo de lo que pasa entre Estados Unidos y México.

Quisiera llamar la atención en algunos puntos que quiza en un trabajo posterior serían muy útiles para dinamizar el debate sobre lo que sucedió en el sexenio anterior y lo que está sucediendo todos los días. No se acabo con Calderón, es un proceso histórico y cada uno de los presidentes, gobernadores, alcaldes, funcionarios de seguridad y miembros de la seguridad civil han dejado su huella en este proceso de alguna manera.

En un antecedente, Wilbert menciona que la iniciativa Mérida fue una insistencia del gobierno de Calderón. Yo tengo mis dudas. Hay un documento que es el de la iniciativa de los congresistas Cuellar y Reyes. Es importante este documento porque incluso en las discusiones que se tuvieron cuando no se sabía cómo le iban a poner al bebé, me consta porque con otros académicos participamos con gente de Relaciones Exteriores cuando no se tenía el nombre y nos preguntaban qué nombre sugeriríamos. Esta iniciativa de Henry Cuellar y Silvestre Reyes, hay que decir que Reyes era el presidente del comité de inteligencia de la Cámara de Representantes, donde estaban Biden y Obama que apoyaron la iniciativa. Son detalles que es bueno conocer para que se vea que hay procesos que son más complicados de lo que uno piensa.

Esta iniciativa tenía un nombre que traducido era Alianza para un vecino próspero y seguro. Tenía cinco puntos: profesionalización de policías, tecnología para las policías, reforzar el poder judicial con entrenamiento de jueces y fiscales, apoyo a programas anti corrupción y quinto, reducción a la pobreza con financiamiento para el desarrollo social, incluyendo microcréditos y capacidades para el comercio.

En las negociaciones previas a la iniciativa Mérida jamás se mencionó este documento y alguna influencia tuvo porque si ven los puntos que menciono, con excepción del quinto todos están incluyendo en la Iniciativa Mérida al cual se le agrega el financiamiento para fuerzas armadas. Eran 170 millones de dólares de 2008 a 2012: 40 millones para profesionalización de policías y 50 millones al punto cinco, que tenía que ver con la pobreza.

En todo este proceso que menciona bien Wilbert no hay mención sobre esto y el punto quinto se abandonó. Cuando se trata de entrevistar como hizo Wilbert, ellos construyen la historia y las versiones de cómo la historia será conocida. La ventaja de los documentos de Wikileaks que analiza Wilbert es que no hay que esperar varios años para que sean desclasificados. No es ninguna novedad encontrar ese tono de los funcionarios de los departamentos de Estado, yo diría que son tibios comparados con otros que yo conocí, que eran racistas, y los de Wikileaks son suaves comparados con eso.

Daría la impresión de que las decisiones de Calderón fueron de él y de su grupo más cercano, y de que la decisión para tener esta actitud con el embajador Pascual eran resultado de Wikileaks cuando todos sabían en la prensa mexicana la falta de coordinación y los pleitos en el gabinete de seguridad y lo que hacía Pascual era una síntesis de la prensa y de sus conversaciones con políticos sobre lo que se percibía. Es probable que estudios posteriores y el análisis de documentos que se empiezan a desclasificar nos darán una perspetiva más equilibrada del papel de Estados Unidos y hasta que punto fue una decisión autónoma del gobierno mexicano. En la historia hemos visto memorándums de negociación entre México y Estados Unidos donde en ciertos temas sensibles para el público mexicano, Estados Unidos le deja la cancha al gobierno mexicano para que lo maneje políticamente y no dar la impresión de que está moviendo los hilos.

Yo sinceramente tengo mis dudas de que fue una decisión autónoma. Estados Unidos tiene una política de seguridad nacional y hemisférica y México forma parte de ella. El papel de las fuerzas armadas no inició de la noche a la mañana, ni con el gobierno de Calderón, ni se va a acabar ahora. Es una medida que el gobierno de Estados Unidos promovió desde la administración Reagan por medio de la iniciativa de seguridad nacional 221 que considera el tráfico de drogas como un asunto de seguridad y desde la visión de Estados Unidos las policías de América Latina no estaban a la altura de lo que ellos querian que se hiciera en tráfico de drogas. De ahí que México haya sido laboratorio para la intervención de los militares desde los años setenta, con la famosa operación Condor en México, el primer gran operativo militar para la destrucción de droga en América Latina. Después vendrían operativos en Colombia, en la región andina, y finalmente Estados Unidos regresa a México con la Iniciativa Mérida.

Parecería en algunas ocasiones que las versiones de los funcionarios de Estados Unidos particularmente Pascual, son más creíbles que las versiones de los funcionarios del gobierno mexicano. Parecería que hay cierto desequilibrio en la actitud crítica frente a las autoridades estadounidenses y mucho más razón en la crítica sobre las autoridades mexicanas. Creo que como decía antes, todos los funcionarios tratan de vender su versión de las cosas y aparecer como los buenos muchachos, pero no a la Scorsese.

Sobre el lavado de dinero también hay algunos puntos que quizá estarás de acuerdo conmigo. El caso Wachovia y HSBC, cuando vemos las presiones de Estados Unidos para que países como México establezcan medidas y una serie de analistas espontáneos surjan diciendo que esa será la solución. Se olvida que los mayores escándalos se han dado a través de HSBC y que incluso legalmente la DEA tiene autorización para lavar dinero y nadie sabe datos públicos e la DEA sobre las cantidades que han lavado en México.

El libro de Wilbert se complementa muy bien con otras publicaciones para animar más este debate. No ha sido dicho todo lo que tendría que decirse sobre el gobierno anterior y esta administración.

Alfredo Corchado:

En el aeropuerto de DF rumbo a ciudad Juárez encontré un periódico y leí una crónica de un hijo dedicada a su padre. Me enganchó y no sabía quién la había escrito. El final decía:

“A finales de los 90 se retiró y vivió los últimos años en Mérida. Tocaba el piano al amanecer, tomaba cafe en Santiago, nadaba en Progreso, miraba box los sábados, y los domingos iba a misa. Me parece que nunca votó. Se hizo amigo de varios boxeadores: prefería a Fredie Castillo, campeón efímero, por encima de Miguel Canto, que reinó toda una década”.

“No heredé todas las cosas que hubiese deseado de mi padre. No aprendí a tocar el piano y jamás voy a misa. Me apasiona el box y desconfío de los poderosos y los vencedores, tanto como de los juicios sumarios. ¿Qué es el poder sino un juego de mentiras? ¿Qué es un triunfo sino una derrota en espera? ¿Quién puede arrojar la primera piedra?”

“A veces sueño con él. Está sentado al piano tocando Smoke gets in your eyes”.

El autor es Wilbert y al leer Narcoleaks estas frases resaltan en varias capítulos. Es una crónica hermosamente documentada a través de los cables de Wikileaks. Yo por oficio y compromiso llevo años cubriendo este tema y se perciben como fantasmas de día o de la noche, pero poco a poco te das cuenta de que todo tiene rostro. Narcoleaks lo comprueba. Es un relato histórico que pone nombre a esos fantasmas en la administración de Calderón y sus homólogos en Estados Unidos, particularmente Bush, Obama y los embajadores Garza y Pascual. Parte de la gran riqueza de Narcoleaks es el conocimiento largo y extendido de Wilbert, su esperiencia en ambos lados de la frontera, su arte como cronista humaniza a hombres y mujeres capaces de cometer errores que han dejado más de 70 mil muertos y 16 mil desaparecidos con instituciones débiles e incapaces de superar la impunidad. Los resultados de una decisión que se tomó en la Casa Blanca en noviembre de 2006, días antes de que Calderón tomara posesión.

Cito a Wilbert y algunos detalles maravillosos de su libro:

“En el ocaso de su gobierno, George W. Bush vestía un sobrio traje negro ycorbata amarilla otoñal. La vestimenta de Calderón era una metáfora de los contornos que adquiriría su gobierno: traje negro, corbata carmesí”.

Estuve yo esa tarde de otoño precioso en DC y recuerdo que Calderón salió y se reunió con periodistas y para que se viera más alto le pusieron un banquito y habló con nosotros del futuro de la relación bilateral.

Wilbert también nos lleva a citas privadas entre Calderón y Garza que son muy interesantes para saber como se tomó esta decisión:

“Calderón estaba consternado por la violencia que recorría al país. Le dijo a Garza que era descorazonador ver lo que ocurría todos los días: ejecuciones, secuestros, desapariciones y que la seguridad sería uno de los ejes fundamentales de su gobierno. El embajador Garza dijo que era imperioso que eligiera a los miembros de su gabinete de seguridad lo antes posible”.

Hay otras partes inolvidables del libro. Esta es una de ellas:

“Una noche fuera de grabadoras, los periodistas le preguntaron a Calderón: –¿Por qué sacar a la calle al ejército, presidente? —¿Está convencido de que es el camino adecuado? Calderón se detuvo en los grupos de periodistas: Yo —el primer presidente panista del país se apuntó al pecho con el índice— no podía hacerme pendejo.” Después empuñó el caballito de tequila, el único tequila que bebió esa noche, lo bebió de un trago y se marchó.

Hay otra anécdota que nos ayuda a entender mejor a Calderón:

Cuando era niño, Felipe Calderón jugaba futbol en la calle con sus ami- gos en un barrio clasemediero de Morelia. Le gustaba competir y lo hacía con intensidad: detestaba perder. Y cuando perdía, se enojaba. Y cuando se enojaba se entristecía o se esfumaba sin decir nada. Sus hermanos se preocupaban por él —sobre todo su hermana Cocoa— pero lo dejaban solo. No lo molestaban. Sabían que cuando no quería estar con nadie, debían dejarlo en paz. Después, cuando todo pasaba, bajaba del árbol en el jardín de la casa: el refugio de Felipe era un pino”.

Vemos a través de Wilbert a un hombre solitario, jetón, tan rencoroso que se negó a admitir a la novia del embajador porque era la ex esposa de uno de los amigos más cercanos de Calderón. La relación era tan mala y tan perversa y personal, que Pascual después tuvo que renunciar.

En Narcoleaks Wilbert me hizo recordar reportajes que no son fáciles de olvidar y que quiza son muestra como un espejo de la relación entre Estados Unidos y México y sus personajes. Por ejemplo Eduardo Ramírez Peyro, el famoso Lalo. Yo dediqué un año a esta cobertura en Ciudad Juárez. Lalo era un ex policía federal de caminos y llega a la oficina de ICE y dice que tiene información del Cártel de Juárez. Durante meses, con su ayuda, los americanos pudieron capturar a más de cincuenta miembros de ese cártel, pero lo hicieron de manera muy cuestionable para un país que exige tanto en derechos humanos. Lalo participaba cuando mataban a una persona, estaba ahí, con una grabadora escondida y captaba ese momento. Lalo a veces ayudaba después a enterrarlos en una casa. Luego iba a El Paso y los policías escribían lo que habían escuchado. Lo que me sorprendió es que no les importaba que habían matado a un ser humano, lo único que les importaba era la información. Después cuando a mis fuentes les preguntaba porque no lo habían reportado o le habían dado el pitazo a la PGR decían: es que los vemos como mexicanos.

El último ejemplo de Wilbert es lo que pasó en Villas de Salvarcar. Tengo claro ese día, 31 de enero. Llegué seis horas después y recuerdo que en la casa donde mataron a los estudiantes era una fiesta de jóvenes y los sicarios del Cártel de Juárez los confundieron con los rivales. Llegan y matan y entre los estudiantes había gente muy brillante. Fue el día más triste de mi vida de reportero, ver la sangre mezclarse con el agua. Para los lectores de hoy Narcoleaks es un libro muy importante para leer y nunca olvidar la larga noche que hemos compartido en México bajo la constante sombra y a veces la indiferencia de Estados Unidos.

Wilbert Torre

(Lo que hubiera querido decir en la presentación de Narcoleaks y que no pude porque el tiempo, ya se sabe, puede ser un tirano).

Muchas gracias a todos por estar aquí en la presentación de un libro, cuando pudieran estar comiendo una torta y bebiendo una cerveza. El único reclamo del doctor Astorga cuando aceptó la invitación fue una pregunta: “¿Tres de la tarde? A esa hora hace hambre”. Así que seré breve. Muchas gracias a Random House, a Andrés Ramírez, Enrique Calderón, Claudia Orozco, Pamela y Jessica, las chicas de prensa.

Dice el doctor Astorga que tiene dudas acerca de que el presidente Calderón haya tomado la decisión de proponer la Iniciativa Mérida de manera autónoma. Yo no tengo ninguna duda de que fue una decisión absolutamente influenciada, apoyada y compartida por Estados Unidos. En el primer capítulo, Martes 13, hay varias escenas que ayudan a ver esto con claridad. Quizá es un capítulo tan largo que esta parte esencial de la responsabilidad del gobierno estadounidense, antes y después del inicio del gobierno de Calderón, se diluye. En un diagnóstico documentado en los cables de Wikileaks que envió al gobierno de Washington en los meses finales del gobierno de Fox, el embajador Tony Garza escribió que si bien se habían logrado avances importantes en temas de cooperación en seguridad con el gobierno foxista, sería preciso lograr que el nuevo gobierno autorizara una serie de medidas que ningún gobierno, ni los priístas, ni el encabezado por Fox, habían aceptado, y entre las cuales destacaba un aval del gobierno mexicano para que la DEA realizara en México operaciones controladas de droga y de dinero del narcotráfico. En esa misma parte, el libro cuenta cómo en plena campaña por la presidencia el embajador Garza se reunía con los tres candidatos y la manera en la que altos funcionarios de la embajada preguntaban a los jefes de los partidos y a influyentes periodistas si creían que había llegado el tiempo de lanzar una versión mexicana del Plan Colombia. Más revelador todavía es que quince días antes de la elección, el embajador Garza envió un memorándum a Washington con una conclusión escalofriante: “Ha llegado el momento de que México se despoje de los cuantes para enfrentar a los cárteles”. Y en la recta final de la campaña por la presidencia, reunido con periodistas una noche de cervezas y plática sin grabadoras, Calderón confiesa que pese a ser un anti yanqui, no podría obviar la importancia estratégica de Estados Unidos, y que si llegaba a Los Pinos recurriría a Estados Unidos para combatir al narcotráfico.

Sin embargo, considerando relevantes todos estos elementos reveladores de la presión y la insistencia de Estados Unidos, me parece que si a Calderón no le hubiera convenido e interesado aliarse a su vecino y negociar la iniciativa Mérida, no lo hubiera hecho, ni hubiera animado y permitido la mayor cooperación en temas de seguridad en la relación bilateral, una cooperación histórica por los acuerdos y las operaciones que abarcó entre ambos gobiernos. Hay que recordar que durante décadas los gobiernos nacionalistas del PRI se resistieron a que el país se abriera a una cooperación estrecha con Estados Unidos en materia de seguridad, tomando como bandera un argumento de soberanía. Ni siquiera Fox se atrevió a romper esos candados. Calderón quebró esta frontera al derribar una serie de fronteras políticas y modificar una serie de enunciados y conceptos de soberanía para permitirlo. En la decisión de declarar la guerra y pactar esta sociedad con Estados Unidos no sólo intervinieron la presión norteamericana y la urgencia de Calderón por encontrar una vía de legitimación, sino también una serie de motivos personales y profundos que me interesaba retratar y que están conectados con la complejísima personalidad de Calderón, el hijo de Luis Calderón de la Vega, fundador de la corriente doctrinaria del PAN, que creía genuinamente que el narcotráfico debía ser enfrentado como no lo había hecho ningún gobierno del PRI ni tampoco el gobierno de Fox, a quien nunca consideró un panista, pero también Calderón el presidente nacionalista, y Calderón el anti yanqui pragmático que decide aliarse a su vecino para enfrentar al narco. Otra parte del libro tiene que ver con algo importante que mencionaba el doctor Astorga y que es esta forma de operar de los Estados Unidos con un tacto de cirujano para que el paciente apenas sienta que lo está tocando cuando en realidad le ha abierto el pecho y está interviniéndole el corazón. Como decía aquí el doctor Astorga es frecuente que Estados Unidos deja la cancha al gobierno mexicano en temas sensibles para evitar la apariencia de que no está moviendo los hilos, cuando sí lo está haciendo. En el capítulo tres, Las Órdenes de Dios, se cuenta cómo ocurrió la negociación del equipo y el entrenamiento y la tecnología que Estados Unidos transferiría a México y aquí podemos ver claramente esto: unas reservas muy claras de la parte mexicana, en especial del Ejército, para aceptar ayuda de este país, y de parte de los norteamericanos una presencia suave, casi imperceptible, pero en el fondo constante y persistente para que se avanzara en lo que al final representaban sus prioridades e intereses, como la seguridad hemisférica.

Creo que un ejemplo de esta compleja personalidad de Calderón y de cómo decidió enfrentar al narcotráfico no desde una visión integral y profunda, sino coyuntural y superficial, es el tema del dinero al que se refiere el doctor Astorga. En la iniciativa de Reyes y Cuéllar que menciona, el presupuesto era de acaso 200 millones de dólares. Cuando decide aliarse con Estados Unidos para enfrentar al narco, Calderón parte de un principio simplista: el que la hace, la paga. Para él, Estados Unidos no podía seguir desentendiéndose de su responsabilidad directa en el narcotráfico al representar el mercado de consumo más importante. Por eso negocia con Bush que el presupuesto de la Iniciativa fuera de 1,400 millones de dólares, una cantidad casi 10 veces superior a a lo que Estados Unidos estaba habituado a aportar a la lucha anti narco –250 millones de dólares en los seis años de gobierno foxista– y de manera evidente el gobierno norteamericano no tuvo ningúna reserva al decir que sí a un presupuesto de esa magnitud. ¿Por qué? Porque, como dice el doctor Astorga, sus intereses de seguridad hemisférica son muy claros y al inicio del gobierno de Calderón era una alta prioridad blindar la frontera, vigilarla y operar desde México, algo que no había sido posible lograr en el gobierno de Fox, una posibilidad que en el gobierno de Calderón se abría como un tesoro recién descubierto con la iniciativa Mérida.

No conozco la iniciativa de los congresistas Cuéllar y Reyes a la que se refiere el doctor Astorga, que como todos los congresistas en Estados Unidos presentan una cantidad extraordinaria de propuestas. Pero me parece que esta iniciativa es importante en dos sentidos: el primero es que refuerza la idea y la tesis principal de escribir Narcoleaks que consiste en retratar a partir de escenas y episodios reconstruidos la responsabilidad política de Estados Unidos en la guerra contra el narco en los miles de muertos y desaparecidos, y también ayuda a ver de manera más clara cómo esta iniciativa a semejanza del Plan Colombia desplazó los programas sociales y se convirtió en un instrumento profundamente militarista y de fuerza. Para mi era muy importante reconstruir escenas que me parecen inéditas y simbólicas para representar esta responsabilidad de la que hablo. Una de ellas, la que me parece más clarificadora, es la escena del pacto de la guerra en la Casa Blanca, cuando Calderón visita como presidente electo a George W. Bush y en el despacho oval recita a Churchill, le dice que está decidido a enfrentar al narco y sus intereses políticos como ningún presidente lo había hecho, y le advierte que no puede solo: “I need you on board”. Bush desde luego se compromete a aliarse con Calderón movido por una urgencia esencial conectada con los intereses más sensibles de Estados Unidos en esos años: blindar la frontera con México al ingreso de células de grupos terroristas que intentaban cometer nuevos en Estados Unidos.

Es posible, como dice el doctor Astorga, que la iniciativa de los congresista haya tenido influencia en la construcción de la Iniciativa Mérida. Hay una parte del libro que refiere la influencia de Estados Unidos en la negociación de la iniciativa, y más aún cómo los gobiernos de Calderón y Bush, que enfrentaron los problemas de muchos gobiernos en países políticamente divididos, decidieron convertir Mérida en un memorandum de entendimiento carente de obligaciones jurídicas para evitar que pasara por la autorización de los Congresos, donde tal vez hubiera sido frenado.

En el libro me propuse superar por una parte la abstracción que supone decir que somos el patio o el aliado o el socio de Estados Unidos, y traducir con hechos, escenas y episodios lo que esto significó en estos años. Para mi era esencial mostrar cómo las instituciones mexicanas se transformaron estos años a partir de influencias y doctrinas norteamericanas. El Ejército mexicano es uno muy distinto al que era hace seis años, y lo es de las botas y los uniformes, elaborados con tecnología estadounidense, al equipo, el armamento, tácticas, doctrinas y estrategias empleadas en las guerras recientes de Irak y Afganistán e importandas del Pentágono y otras instituciones de Estados Unidos. Más de 100 protocolos se firmaron entre el Pentágono y el Ejército.

Pregunta Guillemo Osorno acerca de cómo y por qué regresé a la crónica y el relato político después de diez años de intentar otros perfiles. No soy experto en narcotráfico y este como mis otros libros han partido de la inquietud y la curiosidad que me provocan ciertos personajes y temas y la necesidad por lograr cierta inmersión en ellos para contarlos desde dentro e intentar explicar sus entrañas y entretelones. Guillermo tuvo el gesto de hacerme una entrevista para una serie de videos sobre libros no ficción para la revista Gatopardo y aquella vez, hace tres años, le comentaba al final que tenía en la cabeza la idea de escribir algo sobre la relación México-Estados Unidos, pero digamos que desde su lado menos público y quizá más nebuloso: dos vecinos que se aman y se odian, que no se entienden pero se necesitan; un vecino que espía y subyuga y otro vecino que se comporta con resentimiento, con revanchismos, en una relación que como muchos matrimonios sufre un gran desgaste y pese a ello está llamada a dar pequeños saltos de tiempo en tiempo para salir del pantano. Cuando decidí escribir Narcoleaks me movía la urgencia de investigar, excarbar y conocer qué había detrás de la iniciativa Mérida, porque lo poco que los gobiernos de ambos países nos permitieron ver fue sólo la fachada, como en la mayoría de decisiones tomadas desde el poder, de las cuales el público tiene escaso o nulo conocimiento. En esta intención, como dice el doctor Astorga, puede ocurrir que los funcionarios intenten siempre contar su parte de la historia. Ese es un camino y un riesgo que con frecuencia debemos tomar los periodistas ante la necesidad de tener un conocimiento más profundo de las cosas. No es una novedad que los hombres en el poder utilicen a la prensa, como no es novedad que los periodistas utilicen a los hombres del poder. Janet Malcolm ha dicho que “todo periodista que no sea lo bastante estúpido o engreído como para no ver lo que tiene delante de las narices sabe que lo que hace es moralmente insostenible. Su trabajo consiste en aprovecharse de la vanidad, la ignorancia o la soledad de la gente para ganarse su confianza, y acto seguido, traicionarla sin el menor remordimiento”.

Yo prefiero correr el riesgo y pensar que en el camino podré encontrar gente dispuesta a contar quizá su versión, pero sobre todo parte de la información resguardada y que no conocemos para arrojar luz sobre los pasadizos obscuros y secretos de los que está repleto el ejercicio del poder.

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2 thoughts on “Presentación de Narcoleaks, Palacio de Minería.

  1. Pingback: Con su guerra contra el narco, Calderón quiso ser Jack Bauer | Revolución Tres Punto Cero

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