Aprendiendo de Karl Rove. Capítulo once, Obama Latino.

La oficina de campaña de Bethesda —suburbio del demócrata estado de Maryland— se había transformado en cuartel alterno de Virginia, territorio republicano desde 1968. Era una tarde de septiembre y al menos diez empleados a sueldo (por supuesto entrenados en los campos Obama) y unos ciento cincuenta voluntarios caminaban en los pasillos con los ojos extraviados en listas de potenciales electores. En una mesa cientos de teléfonos celulares cargaban energía, cerca de un cuarto colmado de latas vacías de Coca Cola y cajas de Pizza Hot. El estado crítico de la elección no admitía placeres momentáneos: era impresionante el número de adolescentes (quinceañeros y casi niñas en jeans y camisetas con la leyenda de Obama) que debían estar en el cine y estaban sentados ante decenas de computadoras seleccionando nombres y teléfonos. En una habitación con ventanas a la avenida Wisconsin se apiñaban veintiún hombres y mujeres en un espacio dedicado a la cacería de electores latinos. Gonzalo, un empleado a sueldo, se encargaba de dirigirlas: a cada una le entregaba un listado y un guión. Había jóvenes, una anciana, señoras, hombres maduros y un par de americanos que hablaban español. El más animado de todos era Tomás Silver, un tipo flaco, con el cabello y la barba blanca, que vestía con elegancia. Parecía un vendedor de biblias cuando recitaba por el teléfono su letanía ensayada, con un acento marcadamente argentino.

—Muy buenas noches, desde este lado del teléfono le saluda Tomás Silver, soy un voluntario en la campaña del senador Barack Obama. ¿Puedo hacerle unas preguntas? ¿Sí? Okey: ¿Ha decidido por quién va a votar? ¿Por Obama? ¡Extraordinario! ¡Fenomenal! Gracias por apoyarnos, el país se lo agradecerá. ¿Su apoyo es sólo de tendencia o sólido hacia Obama? Es sólido, entonces debo decirle que esta campaña está basada en voluntarios que dan su tiempo para cambiar al país. ¿Podría ayudarnos en esta loable misión?

Cada persona dedicaba el tiempo que le fuese posible a hacer llamadas a electores previamente seleccionados. Unas dedicaban toda la tarde y otras al menos una hora. Un hombre que estaba a las espaldas de Tomás Silver hizo decenas de llamadas a distintos barrios de Virginia, donde se esperaba una de las cinco batallas más intensas de la elección; tres por ciento de sus electores eran latinos. Muchos vecinos no respondían en sus casas. Seguramente estaban trabajando o en el camino de regreso. Al final de su tarea puso en manos de Gonzalo los resultados de las conversaciones que había sostenido:

“Una hora, cincuenta llamadas, seis hogares latinos de Virginia: Nava, Jorge, cincuenta y ocho años, sólido por Obama; Pilares, Edgar, sesenta y seis años, sólido por McCain; Ergueta, Nilda, setenta y ocho años, sólido por Obama; Fernández María, cincuenta y cinco años, sólido por Obama; Martínez, Danilo, cincuenta años, sólido por Obama; Martínez Milagros, cincuenta años, sólido por Obama. Dos dijeron que ya habían trabajado como voluntarios, uno declinó, al otro no le pregunté (el que favoreció a McCain) y dos más dijeron que lo pensarían”.

Era la guerra. No había un minuto que perder y los ejércitos de Obama atestaban los centros de llamadas y ocupaban las calles con la velocidad con la que una plaga invade un sembradío. Faltaban menos de sesenta días para la elección y la fuerza comunitaria formada por cientos de organizadores de campo, miles de coordinadores vecinales y casi un millón y medio de voluntarios se movilizaba sacudida por un súbito sentido de urgencia. En el cuartel del voto latino la bitácora de trabajo de Figueroa proyectaba la dimensión de lo que se gestaba: había abierto oficinas en casi todos los estados, desde el más insospechadamente hispano, como Alaska —cuatro por ciento de cuyos electores eran latinos— donde tenía seis centros de operación, hasta el más emblemático de todos, Florida, que vivía una invasión de simpatizantes repartidos en decenas de sedes dedicadas a realizar el milagro de la multiplicación del voto de la nueva generación de cubanos y un grupo emergente de puertorriqueños, venezolanos y mexicanos. Las huestes de Figueroa se entregaban con ímpetu a lo que unos días antes él había definido como “el corazón de la elección”.

“A donde quiera que vayan verán a nuestra gente concentrada en una tarea: registro de votantes, registro de votantes, registro de votantes y registro de votantes”, dijo en un tono grave frente a unos mil latinos reunidos en Denver. “Debemos cambiar el mapa electoral del país y eso exige ampliar el universo de electores. Es la única forma de ganar esta elección.”

El diagnóstico presentado ese día no tenía nada de alentador y en algunas partes el panorama era sombrío. En los cuatro gigantes latinos donde la campaña se había concentrado con la precisión de un rayo láser, una metáfora que le gustaba emplear a Figueroa, se detectaban señales de alerta. En Nuevo México, que se había perdido en la elección anterior por cinco mil novecientos ochenta y ocho votos, más de doscientos mil latinos no estaban registrados para votar. En Nevada el número ascendía a cien mil y en Colorado a ciento ochenta mil. Para una comunidad que exigía no ser excluida, eran demasiados los latinos que permanecían en sus casas cada vez que había votaciones. “¿Quién no recuerda Florida?”, provocó Figueroa y un abucheo recorrió el salón. “Tal vez deba decir: ¿quién puede olvidar lo que sucedió en Florida? Miren el porcentaje de votantes latinos”, alzó la mano derecha y señaló unas columnas de números en las que se leía: once por ciento de 10.5 millones. “Ahora vean los que no se han registrado para votar: 629 mil 702 personas. ¿No les parece horrible?”

Desde su oficina acristalada de la jefatura de campaña en Chicago, David Plouffe había dedicado meses a identificar el número de votantes no registrados: cincuenta y cinco millones en todo el país. Los cálculos del equipo de Figueroa coincidían con la Liga de Ciudadanos Unidos de Latinoamérica (LULAC): al menos seis millones de ese total eran hispanos que no se habían enlistado para votar. La lista de los latinos que se resistían a involucrarse en las elecciones se extendía a estados importantes: setenta mil en Virginia y ochenta y cuatro mil en Carolina del Norte. Otros como Georgia tenían un significado particular: los electores latinos sumaban sesenta mil de seis millones registrados, pero la comunidad hispana había crecido trescientos por ciento en los últimos años, más que en ninguna otra parte del país. Una tercera parte de la población en edad de votar no estaba registrada y la mitad de esos potenciales electores eran negros, hispanos o jóvenes.

Esa era la razón que tenía a miles de voluntarios peregrinando en las calles de cientos de ciudades, desde que amanecía hasta que caía la noche —sobre todo los fines de semana— en busca de persuadir a los electores de registrarse lo antes posible. Para Figueroa no había votos inútiles ni estado sin importancia. Con frecuencia le preguntaban por qué le obsesionaban comunidades latinas tan diminutas como la que vivía en Alaska. “Si ganamos ahí con el voto latino, tenemos tres votos. ¿Tres votos?, me preguntan algunos como diciendo ‘qué coño es eso’. Pero si juntamos los tres votos de Alaska y con el voto hispano ganamos Dakota del Norte y Montana, tenemos nueve votos electorales. La idea es asfixiar a los republicanos donde sea posible para cambiar el mapa político del país.” La estrategia era abrir distintos caminos a la victoria para evitar un escenario que Figueroa describía mejor que nadie: “No vamos a irnos a dormir una noche antes deseando que los votos electorales de Ohio y Pensilvania nos caigan del cielo para ganar la elección, como ocurrió antes. Vamos a abrir muchas más opciones de triunfo. Si Obama quiere ganar la elección, necesita ganar también en esas comunidades pequeñas”.

John McCain había tomado la iniciativa después de las convenciones, un periodo que suele revelar la condición de favorito de uno de los candidatos. La designación de Palin había sido una jugada arriesgada, pero en lo inmediato había tenido efectos apabullantes y las campañas eran el mundo al revés: la republicana emergía en una atmósfera de seguridad y optimismo y la de Obama transpiraba un ambiente de nerviosismo y cierta desazón. Era lógico: no estaban habituados a que las cosas se salieran de control, y en una circunstancia adversa comenzaban a surgir ansiedades. La principal inquietud que los asaltaba era cómo contener la gigantesca ola de atención y popularidad en la que Palin estaba montada. La estrategia de respuesta emanó de dos núcleos distintos pero indispensables: la esfera cerebral del candidato, compuesta por sus hombres más próximos —(David) Axelrod, (David) Plouffe, Robert Gibss y Valerie Jarret— a cargo de las decisiones estratégicas, y la maquinaria de la campaña, conducida por los mandos altos y medios y ejecutada por los ejércitos de organizadores y voluntarios.

El primer núcleo consensó una respuesta inequívoca: reforzar la idea de que Bush y McCain representaban lo mismo. “Deben pensar que los electores son estúpidos”, dijo Obama en un mitin celebrado en esos días, al referirse al intento republicano por colocar a sus candidatos como los promotores de un “cambio verdadero”. McCain recorría el país acompañado por Sarah Palin, que desde los días de la convención atraía públicos de cinco y diez mil personas, algo inaudito en los mítines desangelados y con frecuencia faltos de público que solía presidir el candidato. En algunos de ellos daba la impresión de que el héroe de guerra era un espectador más de un show en el que la estrella sobre el escenario era Palin.

Los ejércitos de la campaña recibieron una instrucción: acercar más voluntarios entre sus amigos, familiares, compañeros de trabajo y escuela. La campaña estaba en el proceso de afinar la puntería para ser más selectiva en la elección de vecindarios y el registro de nuevos votantes y necesitaban todo el apoyo posible para ejecutar el plan. En 2004 Karl Rove había desarrollado el microtargeting, ese método consistente en ubicar comunidades y convertirlas en un blanco de los esfuerzos de aproximación a los votantes, sólo que se había concentrado en los grupos más proclives a votar por George Bush. El equipo de Obama había perfeccionado una estrategia que todos llamaban “aprender de Rove”, con el propósito de romper el cerco del electorado demócrata. Les tomó varios meses avanzar en una faena minuciosa: comparar listas de votantes registrados con listas más amplias de potenciales electores separados por su historia electoral, es decir su preferencia partidista, la frecuencia con la que votaban, si acostumbraban servir como voluntarios o hacer aportaciones a las campañas —la misma técnica que emplean las compañías de tarjetas de crédito para monitorear el gasto de la gente— para concluir que dos tercios podían ser convencidos de votar por Obama. El siguiente paso era que los voluntarios les llamaran y realizaran visitas puerta a puerta.

A eso se refería Figueroa cuando mencionaba la urgencia de extender el universo de electores para cambiar el mapa electoral del país: registrar a millones representados por minorías, votantes jóvenes, mujeres de los suburbios, ancianos y gente que de una elección a otra se resistía a registrarse y votar porque no creía en la política. Este último grupo era especialmente importante: representaba a los electores que podrían ser atraídos por un candidato como Obama, un tipo con un pasado de organizador que había construido una carrera breve y casi independiente, versus los políticos profesionales de siempre. En el voto latino, eran abrumadoras las posibilidades que ofrecía sólo uno de esos grupos de posibles electores: los jóvenes. En el año previo, 1.4 millones de personas habían tramitado su ciudadanía; ochocientos mil eran hispanos en espera de ser admitidos y la mayoría de ellos eran menores de treinta años. Alrededor de un millón de latinos cumplirían dieciocho años los meses previos a la elección.

“Estamos a la caza de millones de latinos para lograr que se registren y después saldremos para llevarlos a votar. Si es necesario ponerles un brazo al cuello y arrastrarlos, lo haremos”, dijo Figueroa una tarde, momentos antes de viajar a Nevada, Nuevo México y Florida, donde el equipo de Obama estaba decidido a pelear con furia cada voto a los republicanos. “No voy a dar ni un solo voto por descontado. Necesitamos el voto de cada hispano para ganar.”

McCain y Palin continuaban recorriendo el país impulsados por el efecto de la convención y la admiración de miles que hacían fila para contemplar el ascenso de una nueva estrella republicana. Los conservadores la adoraban y Palin paseaba su imagen de mujer apacible, madre con problemas como millones —un hijo enfermo, una hija soltera y embarazada, un hijo a punto de irse a Irak— una esposa cariñosa, una política con una carrera forjada lejos de la politiquería de Washington, una devota creyete de Dios. Por esos días Obama continuaba atrayendo grandes concentraciones de simpatizantes en ciudades importantes y pueblos diminutos de Estados Unidos, mientras Hillary viajaba de un estado a otro convertida en una aliada incondicional: donde el candidato no podía estar, ahí estaba ella para convocar a miles a no dejar de pelear, a votar por un cambio de rumbo hacia un país más progresista y abierto al mundo. Ambas campañas competían con tanta determinación en algunos estados, que varios de ellos parecían escenarios de una lucha sin tregua. El número de eventos en cada lugar sería reflejo de una metódica selección vinculada a la idea de cambiar el mapa electoral: de los territorios en poder de los republicanos, Obama se había concentrado en Ohio (cuarenta y siete eventos), Florida (cuarenta y cuatro), Nevada (treinta y nueve), Virginia (treinta), Indiana (treinta y cuatro) y Colorado (diecisiete). McCain también visitaba con mucha frecuencia Florida y los estados de batalla electoral. Sin duda esos primeros días de septiembre eran los más intensos de una batalla entre dos hombres que, más que adversarios, eran la encarnación de múltiples voces, pensamientos y caras de un mismo país, dos opciones radicalmente distintas: un héroe de guerra y un neo político con fundamentos de activista.

Un lunes de mediados de septiembre, cuando las encuestas habían regresado al estado previo a las convenciones y decretaban un empate, los estadounidenses almorzaron con un plato amargo: la crisis financiera había estallado, detonada por la quiebra del banco Lehman Brothers —la mayor en la historia del país— y las noticias sobre el catastrófico estado de la aseguradora AIG y Merrill Lynch. Era una situación tan grave que algunos comenzaron a llamarla el 9/11 financiero de Estados Unidos, un gigantesco charco de lodo a la mitad de las elecciones. En un acto en Florida, McCain fue el primero en meter los pies: “los fundamentos de la economía son sólidos”, dijo cuando el país comenzaba a ser sacudido por un estado de zozobra. Para Obama, que desde la designación de Palin había permanecido bajo un fuego republicano intensificado por mensajes televisivos con acusaciones que despertaban sospechas de falsedad —por ejemplo que deseaba promover la educación sexual en niños en edad preescolar— las palabras de McCain fueron un regalo. En un mitin en Pueblo, Colorado, una ciudad habitada por más de un tercio de latinos, utilizó un tono de inusual rudeza al advertir que no creía que al candidato republicano no le importara lo que estaban viviendo millones, sino que simplemente no se daba cuenta de lo que estaba sucediendo: “¿de qué economía está hablando, senador?”

Fue un momento de giros y definiciones en la campaña. Obama, que en las semanas previas había alternado el optimista “Yes we can” y la arenga sobre el cambio con algunas advertencias sobre el déficit presupuestario, modificó casi por completo el contenido de su mensaje para concentrarse en el estado de la economía y la crisis financiera. McCain, en contraste, parecía errático y confundido, como si no tuviera claridad sobre cómo enfrentar un momento como el que se vivía. Una semana más tarde propuso la creación de una comisión para investigar lo que había sucedido. En un evento en Las Vegas, Obama recibió el balón que le había dejado su rival, en zona franca y sin arquero: “McCain dice que la solución a esta crisis es —volteó a ver al público y le pidió que se ajustara los cinturones de seguridad— ¡una comisión investigadora! No necesitamos una comisión que nos diga cómo ocurrió ese desastre. ¡Necesitamos un presidente que nos conduzca a salir de él!”

Para entonces los ecos de la guerra sucia habían alcanzado el territorio latino. La tercera semana de septiembre tuvo lugar una mini cumbre de diputados, senadores y miembros de la campaña de origen hispano para formar un frente contra la embestida de McCain. “No más mentiras, ya basta”, advirtieron. Un día antes, el New York Times había criticado la campaña publicitaria de McCain fundada en argumentos falsos. “Es un fraude”, había declarado sin medias tintas cuando se refirió a un último anuncio, íntegramente en español, señalando a Obama y sus aliados en el Congreso como responsables de que no hubiese sido aprobada una reforma migratoria. Dijo que Obama apoyó enmiendas de las que no dependía la sobrevivencia de la reforma. “Al final no fueron esas enmiendas las que causaron que se rompiera la frágil coalición. La reforma fue asesinada por el partido de McCain”, advirtió el influyente diario.

Los congresistas hispanos estaban furiosos con McCain. Algunos de ellos, como Bob Menéndez, de Nueva Jersey, no podían creer que estuviera utilizando las mismas estrategias con las que George Bush destruyó su candidatura en el 2000. Federico Peña, que se había erigido en el vocero hispano de la campaña, opinó que los republicanos estaban desesperados porque McCain no estaba recibiendo el apoyo que Bush obtuvo de la comunidad latina y dio a conocer un plan de respuesta: comenzarían a difundir en Florida, Nevada, Nuevo México y Colorado una serie de anuncios para advertir a los electores latinos que McCain había abandonado su posición a favor del tema migratorio para satisfacer a los grupos conservadores. Pero no sólo eso. El alcalde Antonio Villaraigosa, que tenía acceso a Obama y su primer círculo, dijo que varios anuncios dirigidos al público hispano versarían sobre el estado de la economía, trabajo, educación y cobertura de salud. “Miles de nuestros hermanos están perdiendo sus casas y trabajos”, advirtió. Convinieron que el crítico estado de la economía debería estar ubicado en el centro del mensaje empleado por Obama para conectar con la comunidad hispana los restantes días de la campaña.

La última semana de septiembre las cosas empeoraron para McCain. En una decisión quizá provocada por la desesperación —la mayoría de las encuestas ahora lo colocaban con una desventaja de tres puntos en promedio— desdeñó una invitación de Obama para que ambos presentaran un mensaje unificador en torno a la crisis y anunció que suspendería su campaña y se concentraría en El Capitolio para construir un plan de rescate financiero. También propuso cancelar el primer debate, programado para celebrarse unos días después. Obama declaró que no era necesario poner en vilo las campañas y que los estadounidenses necesitaban escuchar más que nunca a los candidatos. La jugada de McCain se convirtió en una pifia inolvidable: jamás pudo lograr el propósito de convertirse en artífice del salvamento financiero y fue incapaz de liderar a su propio partido. La mayoría de los congresistas republicanos votaron en contra de la iniciativa de rescate presentada por el presidente Bush, que fue aprobada días más tarde, tras una serie de negociaciones de la que McCain permaneció marginado.

La elección estaba a menos de treinta días y Obama encabezaba la mayoría de los sondeos con una ventaja que podría diluirse en los días restantes, o derrumbarse el día de la votación. En el ambiente, silencioso y constante, flotaba el espectro del racismo, una sombra que podría interponerse y frustrar las expectativas del primer negro nominado a la presidencia de Estados Unidos. Era indiscutible que Obama se había mostrado sereno, prudente y estable cuando la tormenta financiera sacudía al país, un momento capital en la campaña, pero la raza era un tema que no dejaba de estar presente en el ciudadano común, los políticos, los académicos, los politólogos. Era imposible abstraer al voto latino de esa realidad. Cuando le mencionaban las tensiones entre negros e hispanos y algunas personas llegaban a advertirle que los latinos no votarían por un negro, Cuauhtémoc Figueroa recordaba que era un niño cuando en 1972 desfiló por las calles de Los Ángeles apoyando la candidatura de Tom Bradley, el primer alcalde negro de Los Ángeles. “Mis padres estaban muy orgullosos”, sonreía antes de citar una lista de los candidatos negros que habían sido apoyados por los latinos de Chicago, Washington y Dallas. “Nuestras comunidades han compartido sueños y problemas y han aprendido a apoyarse. Él (Obama) nos conoce a los latinos. Debemos asegurarnos que ustedes lo conozcan a él.”

El argumento de Figueroa parecía estar fundado, sobre todo, en una fe inmensa de que así fueran las cosas; la historia del alcalde negro que él recordaba era la misma que millones de americanos tenían presente a cuatro semanas de la elección: Tom Bradley se postuló a la gubernatura de California en 1982 y cuando todas las encuestas lo ubicaban diez puntos adelante, perdió sorpresivamente ante un candidato blanco. La conclusión de los expertos fue que los electores no habían revelado sus verdaderas intenciones de voto. Desde entonces en Estados Unidos se acuñó el término efecto Bradley para describir el racismo oculto en los sondeos.

El equipo de campaña tenía claro que no debía cruzarse de brazos y esperar para descubrir si el efecto Bradley, o el factor Palin o el efecto Obama-inexperiencia o el efecto latino o cualquier otro impactarían la elección y en qué medida. Un miércoles de octubre David Plouffe envió un mensaje urgente a miles de simpatizantes enlazados por email y a través de mybarackobama.com —que para entonces ya conectaba a tres millones de personas—.

“Hemos construido un extraordinaria organización comunitaria gracias a ti. Ahora dependemos de los recursos financieros para movilizarla. Necesitamos cubrir 842 mil 252 plazas de voluntarios en los estados de batalla electoral. Tenemos que seguir peleando cada voto. No podemos rendirnos cuando la meta está a la vista. Esperamos tu apoyo. Gracias por hacer tu parte”. La campaña había invertido millones de dólares en el entrenamiento de los organizadores de campo y en los estados de batalla. Sobre todo en uno: Florida, en donde Plouffe había calculado que la elección costaría al menos treinta y nueve millones de dólares. Para los demócratas Florida era una historia maldita, una pesadilla sin liberar, una cuenta pendiente. Así que Plouffe no sólo puso millones de dólares en camino: una mañana de mediados de septiembre los gurús de la organización comunitaria de la campaña se ajustaban los cinturones de un avión con destino al corazón del exilio cubano: Steve Hildebrand y Cuauhtémoc Figueroa.

Los mariscales del general Plouffe estaban listos para dirigir a sus ejércitos en el campo de batalla más significativo de todos. Ambos tenían su misión tan clara como frescas las palabras que Plouffe había pronunciado hacía meses, la noche en la que Obama perdió la elección de New Hampshire, cuando todo mundo esperaba una victoria: les dijo que nunca había estado tan orgulloso y que nunca había confiado más en todos ellos, y al despedirse los aguijoneó: “¡let´s go win this fuckin thing!”

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