Mapas (lo que pasa en Vegas) y un bonus track de Carlos Fuentes.

El Universal de México se ocupará este domingo de Sam no es mi tío,  la antología de relatos de veintucuatro cronistas sobre las relaciones de América Latina y la América de Estados Unidos, entre latinos y gringos, entre legales e ilegales, entre primer y tercer mundo. La revista Domingo del diario publicará *Mapas (lo que pasa en Vegas)*, la crónica que escribí para esta antología.  Aquí tienen un bocado breve de esta historia, y un bonus track, un relato que escribí –y que publicará el mismo diario en un suplemento especial– sobre Carlos Fuentes. Este texto describe la otra gran pasión de Fuentes: caminar. El autor de Aura hacía paseos largos en Londres, frecuentaba cementerios, visitaba barcos-casa y hacía equipo con un trío de jóvenes aventureros.

*Mapas (lo que pasa en Vegas)

Cuauhtémoc Figueroa viaja con una colección de mapas. Unos del tamaño de un muro, otros como la página de un libro.

Los mapas son la cartografía de su vida. O de muchas: sin ellos estaría perdido.

   Es un viernes de invierno y en la oficina de Cuauhtémoc en Washington D.C.—cubo de cuatro por cuatro, limpieza militar, neón y dos ventanitas que miran a la Casa Blanca— el aire está cargado de urgencia.

   Cuauhtémoc está sentado en una silla, junto a una radio que le susurra música ranchera. Afina los adjetivos de los discursos que dará más tarde ante promotores de causas sociales, gente que quiere verbos motivacionales, frases alegóricas, un profeta. Cinco mapas —cinco estados— se disputan el escritorio. Se deslizan por sus manos, van y vienen, se mezclan. Cuauhtémoc los observa como si conociera sus reductos desde siempre y les reconociera los olores: aquí una escuela, allá una clínica, allí ese bar.

Coge un bolígrafo y traza dos círculos sobre un mapa: el mayor cubre el estado de Nevada; el más pequeño, Las Vegas. Lo estudia en silencio: no puedo dejar de pensar que está echando todo a la suerte de sus cartas.

   Afuera espera un millonario que no ha encontrado obra filantrópica ni comunitaria mejor donde hundir billetes que el plan de Cuauhtémoc de registrar votantes para darle una segunda oportunidad a un presidente que perdió su carisma. Estamos a la mitad del mandato de Barack Obama, a la vuelta de las elecciones legislativas del 2 de noviembre de 2010, que serán una cachetada para el gobierno demócrata.

Pero eso aún no lo sabemos.

   En la radio y por ahora, guitarras, acordeones y un violín murmuran con melancolía.

***

Las andanzas de Carlos Fuentes

Cuando estaba en Londres y anochecía, Carlos Fuentes se iba a la cama deseando que amaneciera para volver a escribir. Se levantaba a las cinco de la mañana, se bañaba, se afeitaba y recortaba el bigote y se vestía con esa elegancia que José Saramago llegó a confesar que le despertaba sospechas. Después, escribía entre seis y siete horas –una pausa breve para tomar un café o un té inglés y un desayuno ligero– y al mediodía terminaba de trabajar. Entonces se preparaba para disfrutar una de sus grandes aficiones: caminar.

Para Fuentes, caminar entrañaba una experiencia casi mística. Tenía nostalgia por la ciudad de México de los años cincuenta, cuando la gente salía a pasear por las calles –las parejas tomadas del brazo– y le gustaba recordar cuando era un estudiante universitario y visitaba barrios desconocidos con sus amigos y maestros. Varias décadas después podía caminar durante horas en Londres con la curiosidad de un niño que desea descubrir un tesoro en cada rincón de su casa.

Caminar y escribir fueron dos placeres que Fuentes descubrió cuando era un niño. Desde entonces una cosa y otra se vincularían de manera estrecha a su vida, desde el principio hasta los últimos días.

***

Tenía seis años cuando llegó a vivir a Washington DC. Su padre era un diplomático comisionado en la embajada de México en Estados Unidos, en la calle dieciséis de Columbia Heights, un vecindario de árboles frondosos y mansiones en un arroyo ancho conocido como la avenida de las embajadas. La familia Fuentes vivía a tres calles del edificio, en un lujoso hotel frente al Parque Meridian. Ocupaban un apartamento de siete habitaciones a cambio de una renta de ciento diez dólares en los días de la Gran Depresión.

Carlos era un niño flaco, de cabello castaño y ojos brillantes. Acompañaba a su padre con frecuencia a la embajada, una casona que antes de pertenecer al gobierno de México era conocida como la Mansión MacVeagh. Había sido construida por una pareja de millonarios –llegó a ser la más imponente de la ciudad – y en los inicios del Siglo XX el Rey Alberto y la Reina Elizabeth de Bélgica habían pasado una temporada ahí. El hijo del diplomático solía visitar algunas de las veintiséis habitaciones que componían el edificio. En el último piso sobrevive una biblioteca con libros antiguos y un tablero de ajedrez. Por las tardes, la familia salía a caminar al Parque Meridian.

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