Los habitantes de la mansión Macveagh

Los habitantes de la mansión MacVeagh

La mansión Macveagh en Washington DC.

La mansión en la que Carlos Fuentes pasó parte de su infancia en la capital de Estados Unidos. Su padre era un diplomático mexicano. Aquí, en el mural de Roberto Cueva del Río, Fuentes es el niño de sombrero, el primero a la izquierda.

Wilbert Torre.

 

Washington. – En la parte noroeste de Washington, en la calle dieciséis, un camino arbolado que conduce a la Casa Blanca, se levanta Columbia Heights, un vecindario con pasado aristocrático que en años recientes mutó en un alegre y ruidoso vecindario de familias negras y Latinas. Justo ahí se encuentra una esquina con frecuencia inadvertida de México: una mansión con pisos de madera, techos altos con candelabros de cristal de baccarat, un órgano con filos en oro de 14 kilates y un desfile de coloridos murales que se extiende sobre muros gigantescos. Es una vieja de cien años que esconde una pila de historias de tiempos remotos.

La Mansión MacVeagh tiene ese aire de misterio que envuelve a las casonas antiguas y una historia que por décadas permaneció extraviada en un limbo gris y desconocido, entre la desmemoria oficial, testimonios, cartas y fotografías inéditas y archivos dispersos. Es un pasado laberítico cruzado por episodios del México revolucionario; la era del nacionalismo cardenista; el florecimiento del muralismo mexicano; la amenaza de una nueva guerra con Estados Unidos; la sospecha de  una mácula ligada al conservadurismo de los años cuarenta, y en estos días el resurgimiento de la cultura mexicana en el mundo.

Un deseo de millonarios la construyó en 1910, en el estallido de la Revolución Mexicana; años después se convirtió en la Embajada de México en Estados Unidos y más tarde en el Instituto Cultural Mexicano en Washington. En estos días es un edificio gris, elegante y masivo, como un elefante soñoliento en una esquina de la capital de los Estados Unidos.

Durante décadas el pasado de la mansión fue como un tunel mal iluminado: algunas partes de su historia eran nebulosas y otras estaban repletas de incógnitas. Se contaba que había sido construida por una pareja de americanos aristócratas y que había sido visitada por Reyes y Presidentes, y se rumoraba que una historia de censura había ocurrido en sus muros. Pero nadie sabía si esas versiones eran ciertas. La casona, una extraña y suntuosa fusión de arquitectura italiana, británica y francesa, era el enigma de la calle 16.

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En el verano de 2006 comenzó a tomar forma el rompecabezas de la mansión, cuando Mercedes Lemp, una activista en la comunidad latina de la calle 16, sugirió al gobierno mexicano reconstruir su pasado. La alcaldía de la ciudad financió una investigación histórica de 10 mil dólares y no transcurrió mucho tiempo antes de que comenzaran a surgir pistas, algunas anunciadas y otras insospechadas, casi tan casuales como los descubrimientos accidentales del Conde Serendipit, el príncipe de Ceilán que hallaba siempre lo que no buscaba.

Era el inicio de una serie de descubrimientos que fueron sucediendo poco a poco. Las primeras pistas confirmaron que la mansión fue levantada por el arquitecto Nathan C. Wyeth en 1910 y tuvo un costo impensable para la época: 120 mil dólares. El arquitecto Wyeth dividió su tiempo entre la construcción de la casona y otro proyecto que en esos días lo vestía de fama: la ampliación de la West Wing de la Casa Blanca, esa parte donde se levanta la Oficina Oval del Presidente de los Estados Unidos que aparece en las películas de Hollywood. La construcción de la mansión fue planeada por Emily Macveagh como un regalo de Navidad para su esposo, Franklyn Macveagh, secretario del Tesoro en el gobierno del Presidente Taff.

Sus dimensiones provocaron escándalo en aquellos tiempos: tenía 26 habitaciones, una colección de baños de todos los tamaños posibles, una sala revestida con muebles franceses del siglo XVII y un comedor que comenzó a despertar envidias entre los millonarios americanos: era el más amplio de la capital de los Estados Unidos. Emily Macveagh murió en 1916 y la casa fue rentada por Breckinridge Long, asistente del Secretario de Estado en el gobierno del Presidente Woodrow Wilson. La casa comenzó a recibir a una plétora de huéspedes distinguidos. En  1919 el Rey Alberto y la Reyna Elizabeth de Bélgica pasaron un periodo vacacional en ella.

Un año después el gobierno posrevolucionario de Alvaro Obregón ordenó que la casona fuera comprada para convertirla en sede de la Embajada de México en los Estados Unidos. Parecía ilógico que un país que se sobreponía a una revolución que lo dejó empobrecido y llorando un millón de muertos colocara entre sus prioridades la compra de una residencia que le costó 330 mil dólares, dos veces el valor del proyecto original . Pero no lo era a los ojos de Obregón: Estados Unidos se había negado a legitimar su gobierno y para el general que perdió un brazo en la batalla de León resultaba clave estrechar relaciones con el país vecino.

Obregón logró el ansiado reconocimiento de los Estados Unidos a su gobierno con la firma de los Tratados de Bucareli de 1923, con los que aceptó no aplicar los terminos del artículo 27 de la Constitución a los derechos de propiedad de los norteamericanos en México. También reconoció por primera vez la deuda externa con los americanos: 1,500 millones de dólares de aquellos tiempos.

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El primer embajador que habitó la mansión Macveagh fue Manuel Téllez, un diplomatico de carrera que años después asumiría como Secretario de Gobernación y Canciller en el gobierno de Pascual Ortiz Rubio. En el primer piso se adaptaron oficinas diplomáticas, el segundo mutó en sitio de reuniones y cenas oficiales y el cuarto piso se dedicó a hospedar al embajador y su familia. La  belleza de la casona iluminaba la calle 16, que en los años veinte era conocida como Embassy Road (Paseo de las Embajadas). Era un vecindario aristocrático repleto de representaciones diplomáticas, pero ninguna resplandecía tanto como la sede de la Embajada mexicana.

En 1924, convertido en Presidente Electo, Plutarco Elías calles viajó a Washington. Era el primer Presidente que visitaba la mansión, que no había dejado de provocar comentarios en los círculos politicos y periodísticos de los Estados Unidos. “El embajador Téllez preside una de las sedes diplomáticas más activas del país”, publicó The Washington Star en su edición del 11 de mayo de 1930. “La representación se asemeja a un edificio bancario perfectamente habilitado y lleno de subdivisiones para que todas las operaciones sean resueltas en minutos”.

La investigación rescató algunos testimonios de la época. De acuerdo con uno de ellos, Calles dijo que la casa era hermosa, “pero debe parecer más mexicana”. Ordenó que se construyera un patio de talavera interior y que se planearan varios murales monumentales. Terminada la era obregonista, se anunciaban tiempos de relaciones tempestuosas con Estados Unidos. Calles rechazó los Tratados de Bucareli y ordenó revisar el artículo 27 para que las tierras poseídas en México por extranjeros fueran expropiadas y formaran parte del Estado. La nueva ley enfureció a algunos magnates petroleros norteamericanos y el Embajador de Estados Unidos en México, James Rockwell Sheffield, llamó “comunista” a Calles.

Hacia 1925 el Gobierno mexicano contrató al artista guatemalteco Rafael Yela Gunther con la idea de que pintara los murales que Calles había imaginado para “mexicanizar” la Mansión. Las relaciones entre México y Estados Unidos habían entrado en una fase de tensión en aumento. En junio de 1927 Calles decretó un embargo comercial contra Estados Unidos. En México hubo sospechas de que Estados Unidos planeaba una nueva invasión.

Mientras eso ocurría, Yela Gunther trabajaba en la casona. Pintó cuatro murales en los muros del comedor: retrató un mundo de paisajes rurales, mujeres con faldas campesinas, niños morenos, árboles frutales y el nacimiento de un niño surgido de la tierra, en medio de dos maizales, como ocurre en la literatura maya del Chilam Balam.

Yela Gunter, un pintor y escultor que para crear sus obras se internaba en un aislamiento de observación de indígenas y paisajes naturales, no sospechaba que sus murales de la Mansión Macveagh tendrían un final trágico.

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El proyecto de dotar a la mansión de un aire más mexicano siguió su marcha y hacia finales del gobierno de Calles, Diego Rivera fue invitado a pintar otra serie de murales en la Embajada de México en Washington, pero en esos tiempos estaba demasiado ocupado planeando las obras que pintaría en varias ciudades de los Estados Unidos.

El 6 de enero de 1930 Rivera, director de la Escuela Nacional de Bellas Artes, firmó una carta de recomendación sobre el artista que se haría cargo. “Me permito recomendarle al joven pintor poblano R. Cueva del Río, ex alumno de la escuela que dirijo, cuyo talento, voluntad y trabajo ha demostrado plenamente”, escribió Rivera en la misiva que dirigió al gobernador de Puebla, Leonides Andrew Almazán.

Cueva del Río, un zurdo delgado y quebradizo, pintó los murales entre 1933 y 1941, divididos en varios planos:  las Fiestas de Tehuantepec, los volcanes mexicanos, los tractores, las fábricas y las plantas hidroeléctricas del mexico moderno de esa época; la solidaridad panamericana, imágenes de George Washington, Miguel Hidalgo, José Martí y Simón Bolivar, y la conquista, representada por Cortés y Colón. Cueva del Río trabajaba sentado en una plataforma elevada de madera y siempre que pintaba llevaba puesta una levita azul y un pantalón obscuro con tachones de pintura. Con frecuencia utilizaba corbata mientras cubría de colores las paredes de 15 metros de alto.

El artista, uno de los discípulos más brillantes de Diego Rivera, convenció a varios empledos de la Embajada de que le sirvieran como modelos. El Embajador en Washington era Francisco Castillo Najera, un hombre que solía pasar tardes enteras jugando al ajedrez en la sala donde reposa como un gigante pájaro dorado el órgano ribeteado con hojas en oro. Castillo Nájera tenía un pasado casi tan místico como la mansión que habitaba: participó en las filas revolucionarias y después fue médico, poeta, diplomático, político y autor de corridos mexicanos. Condujo la relación bilateral en el periodo álgido del gobierno de Lázaro Cárdenas y  sus negociaciones permitieron un reconocimiento tácito de Estados Unidos a la nacionalización petrolera.

Una de las modelos fue Ema Nájera, sobrina del Embajador. Es una Hermosa morena de cabello largo y negrísimo que se asoma en el segundo piso de la mansión, montada en un caballo color arena. En otra escena del mural aparece un niño con sombrero de palma y un trajecito azul de tirantes, avistando un desfile de caballos. Es Carlos Fuentes, que vivió en Washington entre 1934 y 1939, cuando su padre, Rafael Fuentes, fue asignado como consejero diplomático. La familia Fuentes vivió en un hotel sobre la calle 16, enfrente del Meridian Park.

“Este es mi padre, montando un caballo. Incluso yo, a la edad de nueve años, fui incluido en esta celebración”, escribió Fuentes sobre los murales de la Mansión Macveagh. En los escritos, rescatados por la investigación histórica, recuerda que en aquellos años muchos americanos se oponían a la Revolución, lo que lo llevó a perder varios amigos de infancia en la escuela a la que asistía en la capital de los Estados Unidos.

“La Revolución mexicana alcanzó su punto culminante en el gobierno del Presidente Lázaro Cárdenas. La reforma agraria devolvió tierras a los campesinos y afectó intereses americanos” refiere otro de los escritos de Fuentes. “En 1930 el Presidente Cárdenas nacionalizó el petróleo. Pero en vez de enviar barcos invasores a Veracruz, el Presidente Franklin Roosvelt decidió respetar la decisión soberana de México. Cárdenas y Roosvelt iniciaron una nueva etapa en la relación bilateral: cooperación en vez de confrontación, negociación en lugar de intervención”.

“Todo esto fue celebrado por los murales de Cueva del Río –continúa Fuentes-. América Latina y América del Norte se dan la mano bajo la aprobación de Juárez, Lincoln y Bolivar; la nueva identidad de México como país moderno es celebrada con aviones, fábricas y tractores”.

A lo largo de siete décadas, 14 embajadores despacharon en la Mansión Macveagh, hasta que en la década de los noventa fue transformada en sede del Instituto Cultural de México en Washington. Convertidos en detectives, algunos funcionarios de aquel instituto localizaron decenas de fotografías, afiches y documentos inéditos que permitieron conocer los pasajes desconocidos de la historia de la casona.

En su búsqueda por mercados de pulgas y archivos empolvados tropezaron con el destino serendipity del prícipe de Ceilán: hallaron cosas que no esperaban encontrar.

Primero encontraron cuatro fotografías que reproducen los murales pintados por el guatemalteco Yela Gunter, los paisajes de indios mayas, en el comedor de la mansión. Fue un descubrimiento extraordinario. Luego dieron con otra fotografía de particular valor en la investigación histórica: Es una instantánea en blanco y negro, bien conservada a pesar del tiempo, que despliega la escena de un banquete en la mansión Macveagh. Era el año de 1947 y en las mismas sillas francesas que aún se conservan hoy día en la mansión, estaban sentados los invitados: las mujeres llevaban vestidos largos y negros y los hombres vestían de etiqueta.

En el centro de una mesa larga el Presidente Harry Truman estaba de pie, con la cabeza inclinada y una copa de cristal en la mano derecha. El Presidente Miguel Alemán se incorporaba para sumarse a un brindis. Unos pasos detrás, dos oficiales del Estado Mayor Presidencial, en uniformes militares, montaban guardia erguidos como estátuas, al pié de un marco rectangular, un espejo monumental que ocupaba casi toda la pared, repleto de adornos y tejidos de distintas formas. En los extremos de esa figura artesanal se aprecian, nebulosos, como vistos a través de un cristal turbio, los filos en punta, como si fueran espadas, de unas espigas doradas y las copas redondas de unos árboles  frutales.

Era el mural monumental pintado por Yela Gunter veinte años atrás en la cabecera del comedor, el que representaba la cosmogonía maya del nacimiento del maíz-hombre parido por la tierra. El mural había sido censurado y sus extremos aparecían semiocultos y borrosos, detrás del gran espejo, en la cena que Alemán ofreció al Presidente Truman. Poco después, todos los murales del artista guatemalteco serían cegados para siempre: terminarían sus días sepultados bajo una espesa nube de pintura blanca.

Hoy día el gran comedor conserva el hermoso patio de talavera, pero sus paredes son albas y están desnudas, sin colores, ni árboles, ni indios, ni espigas. Sólo es posible avistar un resto del mural de Yela Gunter, rescatado por un experto en obras de arte. Es del tamaño de una mano y se asoma por una de las esquinas, como si quisiera emerger de la pared.

Es el sobreviviente silencioso de la Mansión Macveagh.

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