El cronista sentimental

Por Wilbert Torre

El cronista sentimental

1

A los cinco años, en los primeros trazos de la infancia, Fidel Samaniego aprendió a transformar los sentimientos en palabras: un 10 de mayo, cuando los demás niños envolvían regalos, alineó cinco letras, encontró ritmos y significados para cada una de ellas, y escribió un acróstico para Evita.

Su niñez transcurría entre música y verbos dramatizados en un departamento de la calle Danubio, donde las ventanas abrazaban el oro desnudo del Ángel de la Independencia. Con frecuencia su hermano Felipe se sentaba al piano y su papá declamaba “La noche arrodillada”, del tío Miguel, un poeta veracruzano que ondeaba como una bandera su amistad con Octavio Paz.

Desde entonces Fidel supo que una de las cosas más dolorosas es almacenar palabras igual que se colecciona estampas o mariposas. Las letras debían cobrar vida y transformarse en emociones, y él se distraía formando versos e inventando historias. Sin compartirlo con nadie alimentó la fascinación que le provocaban los poemas de su tío y sorprendió a todos al ganar el primer lugar en un concurso de poesía de escuelas de enseñanza primaria. Entre la envidia y la incredulidad, un maestro de un plantel rival preguntó:

–¿Cómo es posible que un niño escriba esto?

Evita era una dulce dama de hierro en la casa que compartía con cuatro varones. Mimaba a sus tres hijos como una tía cómplice y los reprendía con el látigo de los argumentos. No había nada que detestara más que imponer una orden. Conversaba con sus hijos todo el tiempo, empeñada en gobernar armada de razones.

A la hora de la cena se hacían bromas y reían como si a la mesa estuvieran sentados unos camaradas. Los fines de semana caminaban sobre Reforma y subían a un trolebús que los dejaba en el bosque de Chapultepec. Por la tarde iban al cine y no se perdían ningún concierto al aire libre. A los hermanos Samaniego –Felipe, Fidel y Arturo– el bigote les creció escuchando cantar a Rafael en la Alameda.

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Lo conocí en El Universal en la década de los noventa. Lo veía pasearse por la redacción sacando pecho, la piel rojiza de sol de playa, la mano derecha surcando el espacio al compás de sus palabras, el imprescindible cigarrillo en los labios.

Yo tenía 22 años, había llegado de Mérida y era reportero de la guardia nocturna. Sin preguntármelo –y me parece que sin proponérselo– me hizo su alumno y su cachorro. Me abrió las puertas de su casa y se convirtió en un mentor paciente y generoso, uno de los últimos maestros dedicados a forjar reporteros. El periodismo exige gastar zapatos, preguntar hasta enronquecer y convertir la escritura en una obsesión. Samaniego se aseguró de que yo entendiera todo eso, recorriendo las calles y sentado horas ante un teclado.

Una de las primeras ocasiones que salí con él lo vi plantarse ante una multitud –la cabeza erguida, el oído atento, la mirada encendida– y girar el cuerpo a izquierda y derecha, despacio, pausado, lento, como si intentara tatuarse en la memoria cada rostro, cada gesto, cada espacio.

–Escribir una crónica es como filmar una película –me dijo retorciéndose el bigote fino y negro–. La vista es tu cámara y apuntas con ella para recabar las reacciones de unos y otros: caras de alegría y caras amargas; victoriosos y derrotados. En el momento preciso haces zoom y atrapas sus gestos, sus palabras, sus emociones.

Era un catador obsesivo de las historias que contaba. Si la tarea de un cronista consiste en iluminar las sombras para revelar cosas secretas, Samaniego no sólo tenía una vista entrenada para los detalles minúsculos, sino un gran olfato –el olfato de una gran nariz–, y un oído de tísico que entrenaba todos los días: dictaba para escuchar el sonido de las palabras y la forma en la que cada idea, adjetivo –eran su debilidad – y metáfora, se acomodaban. Si algo no le convencía, hacía un alto y corregía el rumbo con la habilidad de un viejo sastre que ajusta un saco con el roce de los dedos.

Era un cazador pertinaz de anécdotas y detalles en apariencia sin importancia que con el tiempo podían transformarse en faros que arrojaban luz y ayudaban a interpretar hechos y circunstancias.

El día que Salinas tomó posesión en medio de sospechas de fraude, le acompañó a hacer una visita. “Hoy es día de agradecimientos”, dijo el presidente y llamó a la puerta de la casa de Miguel de la Madrid, que le había entregado la presidencia. “Tras estrechar sus manos, se dieron un abrazo y se quedaron solos”, relató en su crónica de El Universal.

Observarlo recabar material para sus historias era una lección de tenacidad. Observaba, olfateaba y preguntaba impulsado por la necesidad de escarbar, desenterrar, esclarecer. Caminaba alrededor de una escena con la adrenalina de un boxeador que pisa el cuadrilátero y en el estado de alerta de un policía tras la pista de un asesino.

Tomarle las notas era una prueba de resistencia. Antes de acomodarse al teléfono se preparaba un café negro sin azúcar, deambulaba, pellizcaba una galleta. Comenzaba a dictar y diez minutos después se detenía. Iba al baño. Volvía. Algo había hecho clic y dictaba otro tanto. Volvía a pausar. Pensaba. Encendía el televisor, miraba una novela, regresaba. Solía pasar tres horas recitando una crónica antes de decir: punto final.

Había palabras y frases compuestas que le atraían y que repetía como un mantra en sus historias. Una de sus favoritas era El ungido que acuñó tras el ascenso de Salinas. También cultivaba la manía de contar escalones, días y el número de veces que un presidente palmeaba las espaldas de sus ministros.

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Evita, una mujer espigada, de piel rosada y hermosa como virgen de retablo, deseaba que Fidel fuera abogado. Ella pagó los 900 pesos que costaba la prueba de admisión a la Escuela Libre de Derecho y se sintió decepcionada cuando pasó el examen y como quien dice buenas tardes, decidió que ya no estudiaría leyes. Le dijo que había cambiado de parecer y que lo suyo era el periodismo. Semanas atrás, en sigilo, se había inscrito en la escuela Carlos Septién.

En la casa de los Samaniego nada faltaba, pero tampoco vivían con lujos. Evita tenía una caja en la que depositaba su sueldo de maestra. Ahí iban a parar los salarios de sus hijos, Felipe, el mayor, y Arturo, cuatro años menor que Fidel. “Aquí lo ponemos todo, y cuando lo necesitemos de aquí se saca”, les decía. Todos veían que la pila de dinero crecía con mucho esfuerzo y se iba como agua entre las manos.

–Pobre de mi mamá –le contaría Fidel a Olivia, su esposa, años después–. De la cajita salía el dinero para pagar mis clases de periodismo.

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En la era de Carlos Salinas fue el reportero con más poder e influencia. Lo veía coger el teléfono y conversar con secretarios de Estado. Con frecuencia se paseaba por los jardines de Los Pinos tocado por la bendición suprema para abrir puertas y conversar con quien le viniera en gana.

Algunos criticaban su forma de aproximarse al poder. Él disfrutaba de esa cercanía y la aprovechaba para obtener datos, informes y detalles que tenían la particularidad de ayudar a traducir el significado de ciertas situaciones. Una vez Salinas le llamó para compartirle una conversación que acababa de tener con Zedillo.

–Ernesto, ya tenemos candidato. ¡Es Luis Donaldo! – recreó Salinas la charla y le confió a Samaniego que Zedillo, que hacía jogging sobre una banda, había respondido:

–¡A toda madre, señor presidente!”

Pepe Carreño, vocero en la presidencia salinista, lo conoció en el 85. Era subdirector de El Universal y Samaniego se encargaba de la Cámara de Diputados. Lo recuerda como un reportero joven e inquieto, dispuesto a apostar por un diarismo alejado de los caminos trillados del escándalo y el protagonismo.

–Tenía un impulso nato por hacer un periodismo más indagador, más esclarecedor que aparatoso– dirá Carreño, cuya imagen se multiplica en radio y televisión, convertido en un intelectual de la política.

Samaniego lo llamaba para comentarle el curso de un debate y cómo se perfilaba una votación; hacía entrevistas personales para presentar versiones inteligibles de lo que estaba en juego y utilizaba anécdotas para humanizar la política. Al anochecer, Carreño separaba un espacio que Samaniego llenaba con un cálculo milimétrico. Nunca sobraba ni hacía falta una sola palabra.

Palabras. Tenía una vena narrativa y literaria –recordaría Carreño, sonriente, con una barba fina como de azúcar–. El cronista estaba naciendo con gran fuerza.

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Los años de juventud transcurrieron sin dramas ni sobresaltos. El conflicto más relevante que recuerda Evita estuvo asociado con un asunto de modas: Fidel dirigió una pequeña rebelión en defensa de su frondosa cabellera. Las hebras, risadas y negras, le caían sobre los hombros; Felipe y Arturo lo imitaban. Un día Evita le advirtió que tenía una tarde para ir al peluquero a la buena, o tendría que ir por las malas. Salió hecho una furia, regresó con el pelo corto y sus hermanos no tuvieron más remedio que llevar sus melenas a recortar.

Evita era una madre rigurosa y una amiga solidaria que trataba de entender los problemas e inquietudes de sus hijos. Cuando estalló la revuelta estudiantil del 68, Fidel, que estudiaba en la preparatoria número 1, dónde un golpe de bazooka había despedazado una puerta, le dijo que tenía algo que decirle.

–Estoy con el movimiento, mamá. Voy a ir a las marchas.

–Nos sumamos, hijo.

Ella simpatizaba con las demandas de los estudiantes y acompañó a Fidel a marchar por las calles de la ciudad, aunque su marido no estaba de acuerdo. Papá Samaniego era diazordasizta. En esas caravanas Evita conoció a unos jóvenes idealistas: Carlos Monsiváis, Eli de Gortari y Elena Poniatovska, que llegaba en un auto con las placas ocultas por papel periódico. Ella los leía y Fidel comenzó a devorar las historias que escribían.

Un día antes de la concentración del 2 de octubre, Evita tuvo un presentimiento y le dijo a Fidel que no tenía permiso para asistir. Su padre le dijo que desistía de su activismo o que tendría que marcharse al seminario.

Pateó una puerta y maldijo. Pero acató la orden.

Días después, cuando pasaron por Tlatelolco, Evita le dijo:

–Mira hijo, todo lo que hay, es terrible.

Ella lo vio llorar.

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En Señal, una revista católica, escribió sus primeros relatos. Desde joven la tauromaquia lo atrapó. Escribió un retrato de Silverio Pérez y después otros de toros y toreros. Leopoldo Cano, uno de sus maestros de periodismo, lo llevó a El Universal a finales de los setenta.

Reportaba asuntos de policía y espectáculos. Su primera crónica fue el incendio en los almacenes Blanco de la ciudad de México. Regresó a casa con el rostro cenizo. Se había metido por todos lados para estar cerca de aquel infierno.

En ese tiempo se casó con Olivia, descendiente de griegos y palestinos. Se enamoraron el día en que se conocieron en casa de un amigo mutuo, y se casaron unos meses después. Vivían en un departamento de Villacoapa. Como en la infancia, la vida de Fidel palpitaba al ritmo de letras y música. En el diario sus jefes le pedían escribir crónicas sobre cualquier cosa. Leía a Hemingway, León Uris, Rafael Bernal, John Kennedy Toole, Dominique Lapierre y Larry Collins, mientras la radio le susurraba canciones de Enrique Guzmán, los Beattles y Rafael.

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En unos años se convirtió en el cronista de política de El Universal. Cuando Salinas fue designado candidato recibió la orden de ayudar al reportero que tenía a su cargo la campaña priísta. Samaniego comenzó a escribir relatos de El ungido en sus recorridos por el país y en esos periplos creó la figura del narigón cronista. Después de la elección le fue asignada la presidencia.

Era evidente que el poder lo seducía. “Mi droga eran el poder y las apariencias”, contó en una entrevista. Aceptaba invitaciones de políticos, visitaba sus casas y se obsesionaba por hurgar en sus vidas, motivos y circunstancias, aunque ello suponía cruzar algunas fronteras.

Un domingo, Olivia y sus tías prepararon carnitas y barbacoa y engalanaron la casa de Xochimilco para recibir a un invitado especial: el presidente Carlos Salinas. Más tarde, Samaniego se hizo compadre de Colosio y construiría lazos de amistad con innúmeros gobernadores, diputados, senadores y secretarios de Estado.

Un desdoblamiento del tipo Dr Jeckill y Mr Hyde ocurrió en esos años.

El reportero pertinaz se escabullía en los despachos de Los Pinos, rastreaba documentos, no se conformaba con la versión oficial y la declaración de rigor. Un día un funcionario envió a la sala de prensa un documento confidencial y cuando Pepe Carreño llegó corriendo a rescatarlo, era demasiado tarde.

Fidel, que husmeaba entre los faxes, había dado con él. Conversaron, llegaron a un acuerdo y el documento se convirtió en una de sus exclusivas: un adelanto sobre los escenarios del gobierno de Salinas ante la inminente aprobación del Tratado de Libre Comercio. En otra ocasión, recurrió a sus influencias para que le permitieran estar a unos centímetros de Salinas y el Papa Juan Pablo II. Hincado, escuchó y relató lo que se contaban al oído.

El cronista tentado por el poder frecuentaba otros pasadizos y con sus andanzas crecía el mito del periodista todopoderoso: A Samaniego el presidente le hablaba al oído. Samaniego era capaz de todo, incluso de frenar el despegue de un avión de la flota presidencial, tras una noche de copas. Samaniego conocía todos los secretos de Los Pinos. Samaniego podía encumbrar y destruir con una frase.

En esos días de fama y obscuridad, Paco Arroyo, un reportero redondo como una imagen de Botero, le endilgó un apodo.

–¡Cisne! – le dijo un mediodía.

Los reporteros se voltearon a ver.

–¿Por qué?

–¿Conocen un cisne que no sea arrogante? –dijo Arroyo, meciendo la corbata como una lengua de seda sobre la barriga.

Samaniego jamás criticó a Salinas, pero la intimidad, los detalles y las revelaciones de sus crónicas permitieron descifrar y conocer más a fondo a uno de los personajes más controvertidos en la historia moderna. Fue el último de los cronistas del último de los presidentes que gobernó provisto de un poder total.

Fidel pudo contar al detalle los mecanismos y la toma de decisiones de todo un proyecto político –me dijo Pepe Carreño–. A quién tenía cerca el presidente, cómo reaccionaban sus interlocutores, quiénes se resistían a los cambios y quiénes lo acompañaban. Hay que ir a sus crónicas para encontrar las claves de cómo se negociaba y se confrontaba en el ejercicio a fondo del poder.

Años después, cuando ambos vivían desterrados –Salinas de México y Samaniego de los laberintos del poder y del Universal–, Carlos Monsiváis, que no sentía ningún aprecio o respeto por el ex presidente, se topó un día con el cronista. Samaniego y el periodista Raúl Rodríguez, productor de Televisa, esperaban abordar un avión en una gira del presidente Zedillo. Con esa agudeza filosa que lo caracterizaba, Monsiváis disparó:

–Tú nos debes un libro: la gran crónica del poder en México.

Le hizo notar que su cercanía con Salinas le había permitido conocer muy de cerca el ejercicio del poder y que los contactos que había hecho le permitirían reconstruir un relato íntimo sobre cómo se vivía desde las entrañas el poder en esos tiempos. Monsiváis sugería que Salinas era un hombre con auténtica vocación de poder, quizá el último que lo había ejercido a cabalidad, sin contrapesos, y lo asumía como la punta de un modelo de nación que pretendía perpetuar por décadas.

Samaniego le prometió que lo haría y se despidieron.

8

En sus viajes acompañando a Salinas por el mundo comenzó a coleccionar afiches de la suerte. En una iglesia amarilla de Bahía de Todos los Santos compró un brazalete verde y no se lo quitó hasta que se deshizo. Es imposible recordarlo sin la vieja cruz, un pedazo de ámbar o un triángulo de cuarzo bailándole en el cuello. Y golpeando una mesa de madera cuando alguien pronunciaba el número 13.

Pero sobre todas sus manías y supersticiones perdurará ese amor animal que sentía por la crónica.

Georgina Howard, su mejor amiga, recuerda que no soportaba la mediocridad. “El que hace periodismo debe sentir la noticia, olerla y vivirla”, solía decir. Para el cronista que hizo de su nariz una insignia, no había personaje o circunstancia detrás de los cuales no existiera una historia que contar.

En la redacción de El Universal se escuchaba todo el tiempo su voz de barítono. Era un bromista sin remedio. A Ismael Romero le apodó “Beba Galván” y a David Aponte le gritaba ¡Lupishoooo! A Javier Cerón le cantaba la canción de Tizoc y a Emilio Viale, un viejo lobo acostumbrado a lidiar con policías y ladrones, le llamaba “abuelito”.

Compartí con él la tarea de reportar lo que sucedía en la casa presidencial. Él escribía la crónica y yo la nota. Disfrutaba las salidas nocturnas, ir a un bar, escuchar música. Con frecuencia nos desvelábamos y al amanecer estaba listo, perfumado y vestido con elegancia para tomar nota de los detalles en una escena, que escribía con una caligrafía cuidadosa, moviendo la cabeza y los ojos con nerviosismo, como si espantara a un mosquito molestón.

Era riguroso con el lenguaje y no soportaba a un periodista perezoso o mal intencionado. Podía tener ideas extravagantes que llegaban a la hora de mayor tensión, como quien cuenta un chiste en medio de una pelea. Un 16 de septiembre, él y otros cinco reporteros estaban en Palacio Nacional. Era domingo y trabajaban mientras sus familias se divertían. Por la tarde, camino al diario, estaban hartos. Pasaron frente a la Alameda y vieron un circo que anunciaba animales con dos cabezas. Samaniego los invitó a entrar. Cuando salieron, reían.

–Ahora sí, ¡vamos a crear!” –dijo y se enfilaron a la redacción.

Cuando hablaba de Yoab y Nitza, sus hijos, el rostro se le iluminaba. Se refería a Olivia con cariño y admiración. Recordaba con nostalgia a su papá y con tristeza a su hermano Arturo, que había muerto joven. A Evita la visitaba los domingos en la casa de Xochimilco.

Era sentimental y con facilidad sus ojos adquirían el brillo de la emoción. Tal vez tres veces le vi los ojos arrasados. Una noche, por un compadre al que le habían extraído la mitad del intestino. Otra vez, la última noche de 1994: en marzo, Colosio había sido asesinado. Estábamos en su casa y cuando se contaban los últimos segundos del año, Samaniego se levantó de la silla y dijo: “¡Que chingue a su madre el año viejo!”

Lo vi más triste que nunca el día que fue despedido de El Universal. “Voy a comprar cigarros y regreso un día”, dijo al atravesar la puerta.

Fuimos muy amigos varios años. Un día nos encontramos con Joaquín Sabina en un bar de Cartagena de Indias. Otra vez nos extraviamos en unas calles hermosas (y peligrosas) de Brasil. El sol nos sorprendió varios amaneceres en la habitación de Enrique Guzmán. Años después me mudé de diario y de país y nuestros caminos se separaron.

9

Para Samaniego escribir historias no era un oficio, sino una forma de la existencia y un pretexto para la amistad. Más allá del reportero influyente de aquella época, era la pieza central del rompecabezas que formábamos un grupo de reporteros novatos: organizaba comidas, compraba pasteles de cumpleaños y era confidente de las esposas de sus colegas. Con él siempre detrás, fuimos una familia, más que un puño de trabajadores en una empresa.

En los últimos años experimentó una suerte de reconversión. Él, que se había dejado seducir por el poder, perdió influencia en las altas esferas. Ya no era amigo de presidentes y secretarios. Hizo válida la profecía y una tarde ya estaba de regreso en El Universal, con un Marlboro entre los labios. Reeditó sus pasos de reportero iniciático: reportaba marchas de protesta, funerales, crímenes, casamientos gay, corridas de toros y escribía la crónica parlamentaria. Distanciarse del poder lo regresó a sus raíces. Trabajaba con la pasión de un novato.

–Era muy distinto – me dijo Ariadna, una reportera tijuanense alta y con el caballo en una cola.

–¿Cómo era?

–Cálido, humilde, cariñoso.

Distantes los compadrazgos con los poderosos, fundó otra familia: un grupo fiel de lectores que seguía sus relatos en el blog que escribía para el diario. Samaniego estaba conectado con esos amigos virtuales en tiempo y afecto. Los conocía por su nombre, comía pozole con ellos, sabía que Lennon estaba enfermo y estaba al tanto de las penas de amor de una de las blogueras. De día y de noche, en la oficina o en la cama, entraba a ese espacio para responder todo lo que le enviaban. Compartía con ellos sus alegrías, deseos y amarguras: la ausencia de Nitza, la graduación de Olivia, el día que tuvo que dejar la conducción del noticiario del canal 40.

Sus textos de los viernes eran una hoja de vida. Escribió sobre libros, música, películas, vivencias, alegrías, lugares, amigos, tiempos idos y tristezas. Y relató sus últimas vacaciones en Veracruz: terminó de leer las memorias de Neruda y vio Inception, ese filme en el que la vida es un sueño alucinante. Y como no hacía muchos años atrás, bailó con Olivia.

Fue su último danzón.

En el último trago de vida soñó en voz alta con su padre, Evita y su hermano Arturo, y dedicó pensamientos a Olivia y sus hijos. Hasta el final, el niño que jugaba con letras se empecinó en transformar los sentimientos en palabras.

17 de julio:

“Cuando se fue mi princesa a Viena me sentí muy mal. Nos escribíamos por email. Hoy charlé con ella por medio de la computadora. Me conmovió que cuando llevamos a Zeus al despacho y escuchó la voz de mi nena, paró las orejas y la buscó por todos lados”.

18 de julio:

“Siento como si lloviera por dentro. Y es que tu habitación está vacía. Y es que el silencio me grita”, escribió para Yoab, la noche en la que dejó la casa paterna.

23 de julio:

“Nunca es tarde. Recuerdos, para siempre. Felicidades Oly, lo lograste. Y lograrás lo que te propongas. Lo mereces”, escribió para su esposa, que a los 55 años se graduaba en letras hispánicas. Fidel la acompañó a la fiesta de graduación. Bebió vino chileno y sonrientes se tomaron una fotografía abrazados.

5 de agosto, antes de desvanecerse en la habitación de un hotel en Veracruz:

“Le platiqué a Lennon de mi tristeza por el final de las memorias de Neruda: las terminó tres días después del golpe militar y murió nueve días más tarde. Fue un encuentro con la poesía, con su andar, con la vida”.

10

Una semana antes del último de sus viajes, Samaniego se encontró con la reportera Doris Gómora en la redacción del diario. Ella le pidió que escribiera un nuevo libro. Conversaron sobre autores, un amigo en común y la vida. Él habló de ritos judíos y de cómo en ocasiones es necesario decir adiós para que otros hagan su camino.

–La vida continúa. No te ates al pasado –le dijo Samaniego y se despidió como solía hacerlo: con un guiño en los ojos y la mano convertida en puño, cerca del corazón.

Regresó al escritorio y encendió la computadora.

Las palabras volvían a palpitarle en las entrañas.

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7 thoughts on “El cronista sentimental

  1. Juan Cristobal Flores Garcia

    Wilber te conocí en casa de Fidel en villa coapa hace algunas décadas, en esas fiestas en que todos eramos familia, y ahora nuevamente se llena de alegría, admiración y un orgullo inexplicable mi corazón al ver tu desarrollo, continua con tu humildad , Felicidades!

    Reply
  2. Fabiola Guarneros

    Este perfil, mi querido Wilbert, es una lección de periodismo. Un recordatorio para los periodistas ya hechos y para quienes aspiran hacerse un nombre. En tu texto encontrarán las claves que Fidel Samaniego nos heredó para ser reporteros profesionales y con oficio. Y la forma en como lo redactas nos demuestra que se puede cronicar un texto, que la información y la belleza del lenguaje sí se llevan…

    Reply
  3. Claudia G @clausgr

    yo lo conocí como bloguero de El Universal, fui muchas veces al pozole y participé en esa familia cibernética, que hace unas semanas volvió al pozole

    si, aun soy fiel lectora y el pasado viernes 30 de julio, en una librería de viejo, me topé con Las entrañas del poder, su libro de crónicas de 1994

    seguiré leyendo a Fidel

    gracias por contarnos

    Reply
  4. Georgina Howard

    Querido Chilli Willi qué bonito, me hiciste recordar tantas cosas, tantos pasajes, con cariño, con nostalgia, con tristeza. Así era el chinito, así lo queremos, Era y es, mi hermano queridos y siempre estará en mi corazón. Te mando un beso

    Reply
  5. Gloria Calderon Gonzalez

    Yo al igual que Claudia lo conoci blogueando En de confianza con Fidel y personalmente en las reuniones que se organizaban con los blogueros. Ademas lo veia cuando venia a esta ciudad a hacer reportajes de eventos politicos.

    Una gran persona nuestro querido narigon croniasta.

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  6. Debora Montesinos

    Hermoso texto, querido Wil. Hermoso en la forma, en la narrativa, en el ritmo, pero más hermoso en lo que expresa, en el sentimiento, en la amistad que une. Un abrazo

    Reply
  7. Oscar Aguirre

    Pues aunque no lo conocí personalmente, ha sido una persona muy influyente en mi manera de enfrentar la vida. Yo fuí uno de esos blogeros. El relato es muy emotivo. Gracias.

    Oscar Sergio.

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