Magos Herrera: La jazzera que quiso ser monja

Todo por una manzana-Magos Herrera-jazz-Colonia condesa-Nueva York

Fotografía de Sharon Cohen - Copy

Cuando sus amigos abren su más reciente CD,

llamado Distancia, y en la carátula interior descubren

una fotografía que la muestra en un vestido

blanco y vaporoso, con la espalda desnuda y de frente

a un hermoso ventanal que se asoma a un edificio

de ladrillo rojo, suelen decirle: ¡Qué vida te das en

Nueva York! Y también: ¡Tu casa de Manhattan es

increíble! Cuando eso ocurre, Magos Herrera sonríe

y divertida explica que ese departamento espacioso y

lleno de luz que aparece en el álbum de canciones no

es el sitio que habita en la Gran Manzana, sino un estudio

que rentó para la sesión fotográfica. El nombre

del disco es un espejo de su experiencia neoyorquina,

una colección de vivencias que ha marcado su

vida para siempre, un diálogo sobre la distancia entre

vida y muerte, entre dos personas que se aman y

no se entienden, entre estar en este mundo y sentir

que no estás.

Ahora estamos en su diminuto apartamento de

Sullivan Street, en el corazón de Soho, y me siento

un poco bobo después de haberle pedido que me

mostrara el estudio donde escribe y compone la música

de sus canciones. Ella se incorpora y tras caminar

sólo dos pasos entra en una habitación muy

pequeña en donde milagrosamente encuentran acomodo

un piano digital, un colchón en el piso cubierto

por un edredón blanco, una lámpara y los artefactos

48

Wilbert Torre

circulares de una “batería muda” que su marido utiliza

para no molestar a los vecinos. Cualquiera que

haya vivido en Nueva York sabe que puede haber

pocas cosas peores que un vecino enojado. Los departamentos

son tan compactos que puedes escuchar

cuando estornuda el que vive al lado. “¡Bienvenido

—exclamó con una risa volcánica— a la habitación-closet-

vestuario-estudio musical!”

Esa noche le pedí que me dejara escuchar alguno

de los temas que se encontraba ensayando en esos

días. Se sentó en una silla de madera, colocó los dedos

largos de sus manos blancas sobre el teclado del Casio

PX110, y con la vista fija en una partitura vieja,

cantó:

Que la noche me robe si quieres

La luz de tus ojos

Que se lleve tu nombre cantando

La espuma del mar

Que en el viento se lleve el perfume

Que deja tu aliento

Que me robe la luna tu sueño

Si quieres soñar

Que se lleven el mar y la noche

La luna y el viento

Lo que quieran de aquello

Que nunca

Será para mí.

“Es una canción de Álvaro Carrillo que nadie ha

grabado —dijo separando los dedos del teclado—.

Álvaro era un genio. Es un capricho del nuevo disco”.

Magos Herrera tiene una risa sonora que posee

la misma cualidad mutante de su voz cuando canta:

puede alcanzar tonos de calibres muy agudos y otros

gravísimos en unos cuantos segundos. Es una voz terMagos

Herrera

49

sa y capaz de evocar alegría, sensualidad o melancolía.

Es alta y delgada, tiene unos ojos castaños y vivaces

y la piel trigueña. Hizo una pausa para explicarme que

el arreglo aún no estaba terminado. “Quiero hacerlo

en Bossa Nova con Romero Lubambo”. El nuevo

disco en el que trabajaba sería grabado por Sony, con

motivo del bicentenario de la Revolución Mexicana:

grandes temas de compositores mexicanos, con música

de jazz, y Magos Herrera estaba en busca de que

el brasileño Romero Lubambo, el más grande guitarrista

de jazz en el mundo, la acompañara a cantar esa

canción casi anónima llamada “Que sea para mí”.

Magos Herrera es una de las más prominentes artistas

dedicadas al jazz en México. Es una de las dos

mujeres más importantes en esa subcultura musical.

La otra es Iraida Noriega, con quien grabó el disco

Soliluna. Durante la década de los noventa, Magos

Herrera se dedicó a cantar casi sin parar todos los fines

de semana en todos los lugares que le abrían las

puertas, y en particular en los sitios dedicados a la

música de Jazz en la Ciudad de México. Al principio

sólo había un club, llamado Arcano. A diferencia de

Estados Unidos, México no tiene una gran tradición

jazzística, y mucho menos una industria poderosa y

estructurada como en Nueva York o Nueva Orleans,

que son familias robustas formadas por agentes, productores,

mánagers y miles de músicos esperando una

llamada para entrar en acción.

En aquellos años, en México sólo había unos

cuantos músicos de jazz. “Era lo que deseaba hacer

con toda el alma y comencé a tocar piedra”, me contó

la noche que la visité en su departamento neoyorquino.

Vestía blue jeans ajustados, un suéter café con

unas mangas anchas que parecían flotar, y el cabello

castaño y combado le caía sobre los hombros, un

50

Wilbert Torre

poco alborotado. Ahora se encontraba de pie frente a

una pequeña estufa y preparaba un té de hierbas. El

departamento no debe medir más de cincuenta metros.

Consta de una habitación, un baño y un espacio

abierto que forma la cocina, el comedor y la sala.

En la recámara hay una ventanita que se asoma a

Sullivan Street, que resplandecía alegre en la primavera

neoyorquina. Vive en un cuarto piso y no hay

elevador. Con seguridad paga una renta de 3 mil dólares.

Nueva York, emblema y paradigma del sueño

americano, el destino inequívoco de miles de artistas

que llegan a probarse, palpita bajo un principio irrevocable:

si quieres triunfar, te va a costar. La Gran

Manzana te devorará.

En el territorio virgen del jazz, Magos Herrera inventó

su propia industria. Las principales estaciones

de radio y televisión no abrían espacios para artistas

como ella, así que en los sitios donde se presentaba

comenzó a recabar direcciones de correos electrónicos

hasta que pudo hacerse de una lista considerable.

Enviaba cientos de invitaciones desde su computadora

personal. Con grandes esfuerzos pudo grabar un disco,

después otro y varios más. Con el paso de los años

se hizo de una feligresía importante de admiradores

y dividía su tiempo entre idear y producir nuevos

discos, tomar clases de canto, dar clases de jazz y cantar

donde pudiera hacerlo. Un día, un directivo del

Canal 22 le propuso dirigir un programa cuya misión

sería promover a los artistas que no tuvieran espacio

en el mainstream nacional.

En un principio, en el estudio de Acústico, Magos

Herrera recibió sólo invitados mexicanos, pero unos

meses después el programa era tan exitoso que llegaron

artistas extranjeros y afamados como El Cigala y

Roberto Céspedes, de manera que se transformó en

un espacio de intercambio cultural y genérico. DesMagos

Herrera

51

pués tuvo otro unitario llamado “Jazz”, en Zinco,

un club en el centro histórico de la Ciudad de México:

era semejante a la idea de un reallity show y consistía

en mostrar al público lo que sucede antes y

después de una tocada. Había sesiones de improvisación

en las que Magos Herrera aparecía en medio,

los músicos la rodeaban y comenzaban a alternar con

ella y entre ellos, mientras una cámara indiscreta lo

grababa todo a corta distancia.

Su carrera creció, el público que la seguía de un

concierto a otro se multiplicó y ella siguió grabando

discos y haciendo conciertos en sitios cada vez más

importantes. Un día se le presentó la oportunidad de

cantar en el Teatro de la Ciudad: lleno total. Para

ponerlo en sus palabras, fue un “esfuerzo kilométrico”

que con el tiempo produjo resultados: en una década

grabó siete discos y con su banda de jazz viajó

a China, Nueva York y Brasil. Era como haber alcanzado

el cielo al que aspira todo artista, pero algo

singular comenzó a sucederle. Lo que estaba viviendo

era increíble y aún así comenzó a sentir una gran

inconformidad. Tenía dudas. No tenía un punto de

comparación que la desafiara y la hiciera ver hasta

dónde podía crecer su carrera.

“Todos los días me veía en el espejo y me decía:

me falta mucho por aprender. Tengo que retarme”.

Su suegro murió justo cuando la abrumaban todas esas

cavilaciones y esa circunstancia representó un momento

crucial de rompimiento. Ella y Ale, su marido, decidieron

que él presentaría una solicitud de beca para

estudiar música en Nueva York. Ella conoció a una

persona que comenzaba a abrir una oficina de planificación

musical y juntas organizaron una estructura

más o menos estable para que pudiera aventurarse

a la ciudad que nunca duerme. Deseaba ponerse a

prueba en la Gran Manzana, la meca del jazz interna52

Wilbert Torre

cional, aprender una nueva forma de ver y hacer las

cosas. Encontrar una respuesta a por qué en México

no existía una industria dedicada a ese género musical

y era tan complicado ser artista alternativo. Quería

evolucionar. Pero al mismo tiempo volvían a embargarla

algunas dudas. ¿Valía la pena poner en riesgo

todo lo que había logrado en México? ¿Y si se equivocaba?

¿Qué sacrificios supondría dejar su tierra?

Cuando dejó su casa en la colonia Condesa de la Ciudad

de México para mudarse a Manhattan, la asaltó

una ráfaga de pensamientos.

Estaba asustada.

Bebió el último sorbo de su té y un minuto después

entró por la puerta Alexandre Kautz, su marido.

Él la llama Magos y ella siempre se refiere a él

como “Ale”. Es un brasileño alto, corpulento, lleva

una barba de candado y tiene la piel apiñonada.

Se conocieron en Los Ángeles cuando ella estudiaba

música. Ale también es un músico dedicado al jazz.

Toca la batería y han estado juntos quince años. Los

dos tienen buen sentido del humor y siempre están

haciéndose bromas y jugando. Ale tiene unas manos

enormes y a veces la abraza muy fuerte o le pega una

palmadita en el trasero.” ¡No soy uno de tus platillos!”,

le reclama, muerta de risa, cuando lo hace.

Ahora es media noche en Nueva York y en la calle se

dibuja un reducto pintoresco de restaurantes y bares,

un ajetreo de parejas de jóvenes que después del invierno

crudo parecen ansiosos de fiesta. Magos y Ale

prefirien quedarse en casa. En la mesa hay tres velas

encendidas y un plato con quesos.

La conocí en la primavera de 2007. Ella acababa de

llegar a Nueva York y yo me preparaba para dejar la

ciudad después de vivir aquí cuatro años. Eran los

días en los que ella estaba explorando el territorio

Magos Herrera

53

de Manhattan como una gigantesca máquina musical.

Una tarde conversamos por teléfono y me invitó a

escucharla cantar por primera vez en un bar neoyorquino.

Me dijo que se sentía como una niña descubriendo

algo nuevo: Brice Rosenbloom, un promotor

artístico que había conocido en México, la llamó para

decirle que tenía un lugar listo para que se presentara.

Era como si de pronto regresara a los días en los

que era una cantante inexperta y llena de una ansiedad

novilleril: quería cantar en todos los lugares que

le abrieran las puertas. Me citó en Alphabet City, un

barrio de alemanes, latinos y judíos a un costado del

East River que en los años ochenta era un hoyo negro

repleto de lugares que vendían heroína. Tras la era

Guilliani, la política de tolerancia cero lo transformó

en un vecindario aséptico, similar al Lower East Side

—sólo que menos trendy— y atestado de restaurantes

y bares razonablemente baratos.

Un miércoles de abril a las siete de la noche Magos

Herrera llegó al número 34 de la Avenida A de

Alphabet City a bordo de un clásico taxi neoyorquino,

acompañada por Ale y dos rubios. Todos se movilizaron

para bajar el equipo musical y se enfilaron

a las escaleras del Mo Pitkins, que se preciaba de ser

el único lugar en la ciudad que servía comida “judíolatina”.

Subieron al segundo piso y se dieron a la tarea

de instalar sus instrumentos en un escenario casi

tan diminuto como el baño de un avión. Las mesas eran

de madera y estaban adornadas con unas velas color

marrón.

Cantó una docena de canciones en portugués, inglés

y español para una audiencia formada por dos parejas

de asiáticos, un hombre gordo y solitario y dos

mujeres jóvenes. La acompañaba Ale en la batería y

dos amigos de la escuela de música de Berkeley, Asen

Doskin al piano y Peter Slavov en el bajo. Los cinco

54

Wilbert Torre

asistentes al concierto hacían lo que hace casi toda

la gente que va a un restaurante donde hay música:

conversaban entre ellos, comían, bebían y ocasionalmente

ponían atención en la banda. Arriba del

escenario, Magos y sus tres músicos acompañantes

se esforzaban por dejar una buena impresión. Ella

sonreía y antes de comenzar una nueva canción explicaba

cuál era la historia y quién era el compositor. Al

final, hubo un aplauso regular. En realidad no se trataba

de un público conocedor: el Mo Pitkins no era

un club de jazz, sino un restaurante que abría su pequeño

escenario a los músicos que quisieran presentarse.

Ese concierto no tendría un gran significado

para Magos Herrera —años después descubriría que

olvidó incluirlo en la lista de sus presentaciones en

Nueva York— pero le sirvió para dos cosas: darse

cuenta de que no deseaba hacer decenas de tocadas

como esa en la Gran Manzana, y recordar los años

cuando recorría bares europeos con una guitarra.

Magos Herrera no creció en una familia de músicos,

pero desde niña vivió rodeada por un ambiente

intelectual que la expuso al mundo del arte. Su papá

era arquitecto, pintaba, poseía una gran colección de

discos de sones y jazz, y había deseado ser cantante

de ópera. Su mamá era terapeuta y escribía la mayor

parte del tiempo. Cuando viajaban a Estados Unidos,

antes de visitar los parques de diversiones sus padres

la llevaban a recorrer todos los museos que podían

encontrar a su paso. Durante algunos años estudió

flamenco. Deseaba ser bailarina, así que aprovechaba

cualquier festival escolar para bailar y a veces también

para cantar.

Tenía quince años cuando se mudó con su madre,

que había decidido cursar una maestría en Amberes.

Recuerda que el día que llegaron, le dijo: “ahora te

cuidas tú sola hijita, porque voy a estar muy ocuMagos

Herrera

55

pada”. Se dedicó a recorrer Europa, visitar museos

y escuchar música. Ese viaje le enseñó a ser independiente.

Dos años después regresó a la Ciudad de

México, terminó de estudiar la educación secundaria

y comenzó la preparatoria. Regresó a Europa y eligió

Italia para estudiar diseño de modas y pintura. Estuvo

sola un año, lo suficiente para descubrir que no

quería ser diseñadora ni pintora. Sabía que la atraían

las artes, pero estaba perdida y no lograba descubrir

qué era lo que deseaba hacer. La atraían varias cosas

y le gustaba bailar, pero no había descubierto una

que en realidad la apasionara. Regresó a México,

terminó la preparatoria y poco después ya estaba de

vuelta en Italia. Vivía en Florencia, esa hermosa ciudad

en donde caminar es como recorrer un museo al

aire libre.

“Para sobrevivir recorría bares y restaurantes pequeñitos

tocando mi guitarra chuntatera”. Era una

guitarra que le habían regalado unos amigos después

de una fiesta. Aquellos eran tiempos de trova, así

que en su repertorio incluía música de Pablo Milanés,

Silvio Rodríguez y Violeta Parra, además de algunos

boleros. Un domingo recorría una placita donde tenía

lugar un festival de música y descubrió a una mujer

que cantaba acompañada por una banda de jazz. Recuerda

que improvisaba y lo hacía con destreza.

“Me quedé muda. Durante algunos minutos no

pude dejar de escucharla”. Para Magos Herrera fue

una epifanía. Cuando la mujer terminó de cantar,

pensó: “esto es lo que he buscado tanto tiempo. Es lo

que necesito hacer”.

Tenía 18 años y decidió estudiar música pese a

una de esas paradojas que suelen presentarse en las

familias: su padre, que había deseado estudiar ópera

y no pudo hacerlo porque su padre se lo impidió,

ahora se oponía a que ella eligiera ese camino. Ma56

Wilbert Torre

gos Herrera volvió a marcharse del país para estudiar

en el New England Conservatory de Boston y The

Mucisians Institute de Los Ángeles. Cuando estaba

a punto de graduarse de la escuela de música en LA,

unos amigos la invitaron a una fiesta y asistió acompañada

de su novio de aquellos años, un estudiante

brasileño que le presentó a Ale. “Somos amigos. Él

nació en Sao Paulo y vive en Ciudad de México”, le

dijo. Recuerda que le pareció guapo, pero no lo volvió

a ver en esa época. Dos meses después regresó a vivir

a México y un año más tarde tuvo que viajar a

Los Ángeles para vender su auto, un Chevy gris por

el que llegó a tener cierto aprecio. Llegó a casa de una

amiga que tenía como compañero de departamento

a Ale. Comenzaron a salir y decidieron vivir juntos.

Han pasado quince años desde entonces y casi no han

dejado de verse un solo día. Cuando no están en casa

suelen estar en algún club de Nueva York, Sao Paulo,

China o la Ciudad de México, escuchando o tocando

jazz.

Una mañana de primavera, tres meses después de haber

llegado a vivir a Nueva York, Magos Herrera

estaba en su departamento cuando recibió una llamada

telefónica que le causó sorpresa. Era Tim Ries, el

saxofonista de The Rolling Stones. En esa época, Ale

ya se encontraba estudiando la maestría de jazz en

The Queens College y ella cursaba algunos estudios

en el mismo lugar. Al principio tomaba dos clases:

una de improvisación que le resultaba muy divertida,

porque eran lecciones para saxofonistas. “En el

aula estaban diez hombres y mujeres con sus saxos,

y yo tratando de hacer lo mismo que ellos, con mi

voz”. La otra era más complicada. Se trataba de un

curso de lectura para cantantes de ópera a un nivel

extremo. Es lectura de música a primera vista, que

Magos Herrera

57

para un vocalista siempre es más difícil que para un

instrumentista. En México nunca había tomado una

clase tan avanzada por falta de tiempo.

Magos Herrera escuchó la voz de Tim Ries al otro

lado del teléfono. Se habían conocido en Ciudad de

México y ella había tenido la oportunidad de hacer

un “palomazo con él, en un club de jazz chilango.

—Mañana tengo una tocada para ti. Quiero que

cantes un tema de mi próximo disco de canciones

de The Rolling Stones con música de jazz.

—¿Y cuál rola voy a cantar?

—Tú cáele en el estudio y cantas, le dijo Ries.

Al día siguiente, Magos Herrera llegó a un estudio

en New Jersey. En una sala estaban ensayando Tim

Ries en el saxofón, Gregory Hutchinson en la batería,

John Patitucci en el contrabajo y Ben Monder en

la guitarra. Eran músicos a los que había admirado

siempre. Patitucci comenzó a tocar el bajo eléctrico

a los 10 años y no se detuvo hasta que dos décadas

después fue elegido el bajista acústico más valioso de

los Estados Unidos. Tiene su propia banda de jazz

y ha grabado discos con B.B. King, Wein Shorter,

Winston Marsalis, Natalie Cole y Sting. Y Monder

era miembro regular de The Maria Schneider jazz

Orchestra y The Paul Motian Octet; había grabado

más de cien discos con artistas como Jack McDuff,

Marc Johnson, Lee Konitz y George Garzone. Nada

que agregar sobre Tim Ries, que llevaba décadas tocando

con “Sus Satánicas Majestades” y aprovechaba

los paréntesis de las giras para poner en marcha experimentos

musicales como el disco de los Rolling a

ritmo de jazz.

Magos estaba nerviosa porque no sabía si sería

capaz de grabar sin ensayos previos ni tiempo para

preparar nada. Tim Ries le dijo que cantaría Salt of

the Earth, con Lisa Fisher, una negra cantante de

58

Wilbert Torre

Rythm and Blues y ganadora de un Grammy. Todos

se reunieron en el estudio para intercambiar ideas y

después de un rato decidieron grabar, como si siempre

hubieran estado preparados para hacerlo. La canción

le encantó a Tim Ries. Magos recuerda que al

final se sintió aliviada y se marchó a casa pensando

en las lecciones de esa experiencia.

“Fue la mejor bienvenida que pudo darme la

ciudad. Me di cuenta de que la exigencia es una:

se trata de estar listo siempre. La gente espera lo

que espera de ti”. Después de grabar aquella canción

con Tim Ries, Magos Herrera creyó por un momento

que esa experiencia representaba un momento de

transición en su carrera. Que había un antes y un

después de ese momento. “En mi ingenuidad llegué

a pensar: este es un brake trough”. Más pronto de

lo que pensaba, la ciudad se encargaría de aclararle

cómo eran las cosas.

Nueva York es un planeta musical y cualquier distrito,

vecindario, parque y rincón de la ciudad está

tocado por la música. Existen cientos de clubes de todos

los géneros imaginables en Manhattan, Queens,

Brooklyn y El Bronx. Hay 350 músicos con permiso

que todos los días cantan en las entrañas del metro

neoyorquino, y con seguridad dos veces más lo hacen

sin autorización, y con frecuencia son arrestados.

En el metro hay una dama —Natalia Paruz— que

interpreta música clásica con una sierra metálica y

un negro que hace todo un show de percusiones con

siete botes de plástico y la tapa de un basurero. Por

las tardes, hay música de jazz en los vestíbulos de los

museos, en los hoteles y hasta en algunos hospitales.

La orquesta sinfónica de Nueva York celebra conciertos

al aire libre todos los años en el mes de julio,

y en el verano los mejores músicos del mundo tocan

Magos Herrera

59

en el Central Park, el Prospect Park de Brooklyn,

el edificio federal de Harlem y en el muelle 17. De

acuerdo con el censo del año 2000, en Estados Unidos

había 160 mil músicos; miles se trasplantan cada

año a Nueva York, un territorio inconmensurable en

el ámbito de la industria de la música.

Aquí nació el hip hop y durante décadas han desfilado

por sus clubes y auditorios los más grandes

músicos de jazz, salsa, blues y rock and roll. En Manhattan

se levanta la legendaria Julliard School, una de

las instituciones con más fama y prestigio del mundo:

cada año recibe tres mil solicitudes de ingreso y no

acepta más de 200. Nueva York es la tierra prometida

y también puede ser la peor pesadilla de miles

de artistas. Hay músicos que egresan del Berkelee

College Of Music —otra de las grandes escuelas de

música, un micro mundo de cuatro mil alumnos de 80

países y 600 profesores— y cuando llegan a la ciudad

permanecen un año o dos: Nueva York los devora y

los hace olvidarse para siempre de la música. La competencia

es descarnada, y cientos libran una batalla

imposible para ganarse un espacio. Hay pocas cosas

tan equivocadas como la idea de que llegar a Nueva

York equivale a poseer un boleto VIP para vivir la

versión dorada del sueño americano.

No había manera de que Magos Herrera escapara

a todo eso. Los primeros meses fueron difíciles,

pero el primer año fue un tormento. Por principio de

cuentas, Ale y ella tuvieron que olvidarse de su casa

de Ciudad de México y acostumbrarse a vivir en el de-

partamentito de Soho, un espacio en donde no sólo

dormían, sino en el que trabajaban casi todo el tiempo.

Nunca habían estado juntos en un lugar por tanto

tiempo y en circunstancias complicadas: ninguno de

los dos era un joven que llegaba a probar suerte, sino

artistas maduros con un discurso, una carrera, ambi60

Wilbert Torre

ciones y egos. Y eran muy críticos con el otro.

“En algunos momentos tenía la sensación de que

esto era una versión de big brother, con la cámara

encima de nosotros: háganse pedazos si pueden”, recordó.

La muerte de su suegro recién había ocurrido,

ambos estaban sensibles y para acabar de fastidiarlo

todo, no tenían dinero. No era raro que con cierta

frecuencia el menú comprendiera sopa de fideos y

verduras. Preferían ahorrar para salir a escuchar música

el fin de semana en algún club de jazz.

A veces Nueva York la asfixiaba y la dejaba en un

limbo desconcertante. La abrumaba y al mismo tiempo

le resultaba inspirador ver el ímpetu de miles que luchan

incansablemente y con pasión, pero no soportaba

la competencia y el individualismo tan arraigados en el

espíritu neoyorquino, donde lo único que parece importar

es lo que hagas y no quien seas. En esa época se

encontraba leyendo La Era del Vacío, del filosofo y ensayista

francés Gilles Lipovetsky, una colección de

ensayos sobre consumo e individualismo contemporáneo.

En ocasiones lloraba cuando leía el libro en el

metro. Un día leyó un pasaje que advertía que llegaría

el día en el que las personas estarían aisladas de todo,

conectadas a unos audífonos, y a su alrededor veía decenas

de jóvenes enviando textos con sus teléfonos.

“Era estremecedor. Hay cosas que me asustan de

Nueva York. Nadie te pregunta cómo estás. La gente

dispara siempre las mismas preguntas: ‘¿Who are you

working for? ¿Do you have a busines card?’ Aquí,

todo parece reducirse a la reafirmación individual del

ego”. El peso de todas esas cosas la hizo tocar fondo.

Perdió peso. Se enfermó. “Llegó el día en el que me

quebré”. Le pregunté qué pensó en ese momento.

“Todo esto fue revelando mi voz, una voz que

no conocía. De pronto me levanté; era como si me

hubieran dado con todo, por todos lados. Llegó un

Magos Herrera

61

momento cuando estaba hecha pedazos en el que

pensé: ‘esto no es obligación. Mañana puedo recoger

mis cosas y regresar a México’. Y en esa circunstancia

compleja, en la que me cuestionaba y devaluaba

todo el tiempo, me di cuenta de lo que quería. No

me interesaba ser la mejor, ni hacer de esto una obsesión.

Simplemente I love music. I love to express myself

trough music. Descubrí entonces que Ella (Fitzgerald)

ya existió, que Sarah (Vaughan) ya existió, que Billy

(Holliday) ya existió, y que yo soy la única Magos

Herrera que ha existido en el planeta. Y nunca existirá

otra como yo. Fue una revelación muy fuerte.

Me di cuenta de que no tenía que transformarme

en la máquina más cabrona de música del mundo.

Que debía ser muy buena y tener una preparación

que me permitiera experimentar la música como deseo

vivirla, y que nadie va a decir lo que yo tengo que

decir, como yo lo voy a decir”.

Advertisements

2 thoughts on “Magos Herrera: La jazzera que quiso ser monja

  1. David García

    Sin duda se llega a una posición con esfuerzo, y Magos se la ha ganado… excelente crónica y sin duda seguiré escuchando esas canciones que me mueven y que ahora que conozco un poco más de lo que hay detrás de ellas, me parecen mucho más interesantes. Felicidades por el escrito y felicidades a Magos por tener una carrera tan importante.

    Reply
  2. Paco Brown

    Sin duda alguna, Magos en su gran humildad inunda de belleza al mundo con su voz y contenidos. Me gusta del relato que da dimensión al humano a la vez que refleja la travesía de alguien que ama su arte.

    Reply

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s