El arquitecto que desarmaba televisores

Enrique-Norten-Cassa-Hotel-NYC

Rascacielos de Norten en NY: Cassa Hotel and Residences.

El arquitecto que desarmaba televisores.

Un miércoles de primavera, Enrique Norten llegó

con prisa a Ten Arquitectos, su estudio en el

último piso de un edificio sin pretensiones de la 25

Street de Nueva York. Lo había visto varias veces en

los últimos años y era el mismo de siempre, un tipo

de movimientos ágiles y precisos, salvo por el hecho de

que me pareció más nervioso que de costumbre y más

concentrado que nunca en su tarea, como si ésta no

sólo lo mantuviese ocupado, sino preocupado en un

grado extremo. “¿Cómo va eso?”, disparó sin saludar

a una de sus asistentes, que revisaba una libreta de

anotaciones junto a un estante que exhibía los modelos

a escala de un museo, un rascacielos y un edificio

universitario. Sin esperar una respuesta, el arquitecto

mexicano vivo con más fama internacional se enfiló a

su escritorio, tomó el teléfono, marcó un número y pidió

a otra persona localizar a un diseñador que había

realizado para él una serie de maquetas. En su agenda

no figuraba ninguna reunión de trabajo, pero se

conducía como si no tuviera un segundo que perder.

Norten viaja con regularidad por todo el mundo, pero

desde el estallido de la crisis financiera de 2008 permanece

el mayor tiempo posible en sus oficinas

de Manhattan y la Ciudad de México. La recesión

sacudió con saña sus talleres y arruinó varios de sus

proyectos, de manera que este arquitecto con fama

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Wilbert Torre

de obsesivo, perfeccionista y un célebre carácter mercurial

parece tener los cinco sentidos en cada uno de

sus proyectos.

Cuando terminó de hablar por teléfono, salió de

su oficina y recorrió los pasadizos de la oficina para

saber cómo marchaban algunos de sus edificios en

Budapest, la Ciudad de México, Corea, Miami, San

Francisco y Nueva York. Una nube de arquitectos

revisaba bocetos en papel y otro grupo numeroso

trabajaba en unas computadoras. Eran tal vez una

veintena y todos parecían jóvenes en sus 30. Uno de

ellos, un hombre de cabello estilizado y rasgos asiáticos,

deslizaba el dedo índice sobre una pantalla líquida

y observaba una luminosa sucesión de imágenes

geométricas que configuraban el diagrama digital de

un edificio. A media distancia, Norten lo dominaba

todo, como un director de orquesta piensa y decide

variaciones para interpretar una obra maestra.

“Quisiera hacer ejercicio, pero no me alcanza el

día. Esto exige concentración absoluta”, dijo y se acarició

con la mano derecha una barriga curtida en restaurantes

neoyorquinos. “Casi todo el tiempo estoy

en mis oficinas. Vivimos tiempos muy complicados

y hay qué hacer lo qué hay qué hacer”, diría más tarde,

cuando el ruido del tráfico neoyorquino comenzaba

a filtrarse por las ventanas y su pequeño ejército

de arquitectos y diseñadores se movilizaba con sigilo

para revisar el plano de un edificio de apartamentos y

supervisar los últimos detalles de Cassa Hotel NY, el

primer rascacielos de Norten en Manhattan, una escuálida

torre de 43 pisos inspirada en un obelisco

egipcio que se estrenaría en el verano.

Su estudio siempre me pareció, desde que lo conocí

hace algunos años, uno de esos laboratorios donde

tienen lugar experimentos y pruebas científicas

avanzadas. Los muros de las paredes están tapizados

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por dibujos de los proyectos en curso, siempre hay

alguien interviniendo o modificando alguna maqueta,

y con regularidad alguno de los arquitectos está inmerso

en una investigación pormenorizada que tiene

que ver con un territorio o una construcción. Los

techos altos, invadidos por una telaraña de tuberías

viejas, las ruinas de lo que fue una vieja fábrica, añaden

un toque de dramatismo al taller. En el despacho

todos trabajan en equipos, siguiendo una ruta

cuidadosamente

establecida por Norten. La mayor

parte de las veces los grupos de trabajo realizan tareas

tan complejas y científicas que su misión se aproxima

de alguna manera a lo que en Estados Unidos se

conoce como perfiladores criminales, esos expertos en

escarbar en la conducta y el pasado para descifrar

la psique de los asesinos seriales.

Norten y sus arquitectos hacen lo mismo con los

edificios. Para cada nuevo proyecto realizan decenas

de estudios sobre las condiciones no sólo físicas, sino

sociales, ambientales y hasta políticas de las zonas

donde se asentará una construcción; llevan a cabo minuciosos

análisis comparativos sobre la arquitectura

y tipología de obras terminadas, y ponen en marcha

prolongadas investigaciones sobre las fachadas, los

esqueletos y las entrañas de los edificios. Para Norten,

hacer arquitectura no es resultado de un instante

de inspiración, sino producto de una serie de eventos

simultáneos que suponen cientos de horas de trabajo

y planeación. Es riguroso, disciplinado y exhaustivo,

una de esas personas que ponen toda su atención en

los detalles, que no suelen dejar cabos sueltos y que

hacen todo lo posible por tener las cosas bajo control.

En 2005, cuando participó en el concurso internacional

para construir el Museo Guggenheim de Guadalajara,

ordenó que se hicieran más de diez estudios

en las galerías de los Guggenheim de Bilbao y Río

Enrique Norten

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Wilbert Torre

de Janeiro, el Museo de Arte de Taichung, el Museo

de Arte Moderno de Nueva York y el Pompidou

de París: estaba empeñado en encontrar el grado de

iluminación perfecto para cada una de las salas del

edificio de Guadalajara.

Norten ganó ese concurso internacional y dejó en

el camino a Jean Nouvel, el afamado arquitecto francés

ganador del Premio Pritzker (el premio Nobel

de la arquitectura) que construyó el célebre Instituto

del Mundo Árabe de París y la Torre Agbar de

Barcelona, un edificio como una bala gigante y cubierta

en tonalidades azules y rosas muy parecidas a

los algodones de azúcar que devoran los niños en las

ferias. Cuando obtuvo el proyecto para construir el

Guggenheim

de Guadalajara, no era una celebridad

de la arquitectura internacional, así que atrajo poderosamente

la atención en Europa, Asia y en Nueva

York, la ciudad donde hace más de un siglo se elevaron

los primeros rascacielos, un gran observatorio de

la vanguardia arquitectónica global.

Había llegado con su estudio a Manhattan en

2001, después de que en México construyó obras

como el hotel Hábita de Polanco, el Centro Nacional

de las Artes y el edificio de servicios de Televisa,

una espectacular concha metálica con un muro

translúcido que obtuvo el prestigiado premio Mies

van der Rohe por primera vez entregado a una obra

latinoamericana. Con sus propuestas rompió con

un largo periodo de tradición arquitectónica mexicana

de edificios horizontales, masivos y cerrados,

impulsó un nuevo modelo con una clara tendencia

hacia la arquitectura high-tech, representada por modernas

construcciones de cristal y acero que provocan

una apariencia etérea, y en sólo unos años cruzó la

línea y comenzó a ser observado como uno de los

arquitectos internacionales en ascenso: un starchitect,

Enrique Norten

25

acrónimo con el que se conoce a las celebridades de la

arquitectura que pasean su fama por el mundo como

si se tratara de estrellas de cine.

En el mismo periodo en el que obtuvo el proyecto

Guggenheim, ganó otros dos importantes concursos

internacionales para reconstruir la ribera de Nueva

Orleans y levantar la Biblioteca de Artes Visuales de

Brooklyn, una propuesta que observada en un modelo

a escala era semejante a la proa de un barco gigante

de cristal. Para alzarse con el primer lugar Norten

compitió con uno de los monstruos de la arquitectura

contemporánea: Frank Gehry, famoso por construir

edificios que se elevan como naves futuristas y

robots en un paisaje terrestre.

La fama de Norten y lo ecléctico de sus edificios

—no hay dos que se parezcan entre sí— crecía y

comenzaba a esplender desde la poderosa vitrina de

Nueva York, hasta que algo inesperado sucedió. Un

evento que él, un obseso de la planeación, no podía

prever: la mayor crisis financiera en la historia contemporánea

estalló en Estados Unidos y sus vibraciones

alcanzaron a todo el planeta. En unos cuantos

meses los proyectos internacionales que había ganado

comenzaron a sacudirse. Hasta que inexorablemente

se detuvieron, castigados por los vientos de la recesión.

La nueva oficina de Ten Arquitectos, un área de

techos elevados y paredes blancas, era visiblemente

menos amplia que el espacio que había ocupado durante

varios años en una calle cercana al legendario

edificio Flatiron, uno de los primeros gigantes que

se elevaron en el cielo de Manhattan, un siglo atrás.

Aquel miércoles de primavera, Norten no parecía alguien

muy distinto al que había visto por última vez

tres años antes. Se comportaba con una serenidad

hiperactiva, revisando proyectos al paso igual que un

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Wilbert Torre

chef se detiene para comprobar si un platillo necesita

un toque de sal. Le pregunté cómo iban las cosas en

el taller y cómo había enfrentado la crisis financiera.

“En Nueva York, cuando las cosas pegan, pegan

durísimo”, dijo sentado en la cabecera de una mesa larga

en un salón austero e iluminado en el que todas las

semanas dirige juntas, revisa estrategias y dicta órdenes.

Vestía pantalón y un suéter café de lana. Sobre

un muro blanco estaban colocados varios trazos y dibujos

de un edificio en construcción en San Francisco.

Me explicó que la crisis lo obligó a mudarse

de oficina porque la anterior comenzó a resultar demasiado

grande. “Hemos enfrentado esto con dolor

y mucha pena. La crisis me obligó a dejar ir a gente

muy valiosa”. Hace dos años y medio, en su periodo

más productivo, el taller de Nueva York llegó a reunir

a medio centenar de arquitectos y diseñadores. Tras

la recesión sobreviven dieciocho. Me contó la manera

en la que algunos planes ambiciosos como el Guggenheim

de Guadalajara, la restauración de la ribera de

Nueva Orleans y un rascacielos en Harlem habían

derivado en intentos fallidos como resultado de la

crisis. Norten, que cree que en un arquitecto no debe

haber espacio para el pesimismo, se veía afectado por

el descarrilamiento de algunos de sus proyectos. Su

rostro largo me pareció sombrío y su voz se volvió

casi un susurro cuando describió las circunstancias

que había debido sortear en los últimos meses.

“Esta terrible recesión lo ha afectado todo. Es

como si de pronto todo se hubiera detenido en el

tiempo. Esto ha sido un desastre”.

Norten se sentía frustrado sobre todo por la manera

en la que se colapsó el plan de construir el Guggenheim

de Guadalajara: “Fue un tema de decisión

política. La gente que gobierna no fue visionaria y

nunca entendió el valor que suponía el museo”.

Enrique Norten

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Fue un niño inteligente, avispado y curioso. Le interesaba

saber cómo funcionaban las cosas, explorarlas,

y si podía, alteraba su naturaleza. Si en casa de sus

padres había un radio viejo, lo abría para observar

los bulbos que se encendían, le interesaba asomarse

a las entrañas de televisor para ver cómo funcionaba

y explorar la mecánica de su bicicleta para indagar

qué hacía que la fuerza de sus piernas transmitiera

esa condición a los pedales e hiciera girar la cadena.

“Mi interés muchas veces era destruir como una

forma de crear”. La gente le pregunta cuándo decidió

que sería arquitecto y en retrospectiva ha descubierto

que tenía una obsesión por los objetos. No

recuerda haber deseado ser arquitecto. Su curiosidad,

técnica y científica, lo llevó a la arquitectura.

Norten mide un metro con 75 centímetros, tiene

una barba entrecana que debe recortar una o dos

veces por semana y unas manos que se mueven rítmicamente

cuando habla. Sonríe con facilidad y su

tono de voz es suave. Las seis ocasiones que lo vi

no llevaba corbata. Prefiere los sacos informales y a

veces porta en la mano izquierda un brazalete color

naranja. En su estudio todos visten de manera casual.

Es hijo de una pareja de inmigrantes de la Ciudad

de México. Ella era hija de ucranianos y su padre un

químico alemán nacido en Berlín, de modo que Enrique

creció en un entorno que desde que niño acentuó

su interés en el mundo. Estudió arquitectura en la

Universidad Iberoamericana y después viajó varios

meses por Europa. Percibió que lo cautivaban las cosas

complejas y comenzó a obsesionarse en la belleza

de los objetos.

Desde entonces convirtió el pabellón alemán de

Barcelona de Mies van der Rohe en un objeto de permanente

estudio y fascinación. La obra del alemán se

transformó en una fuente temprana de inspiración de

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Wilbert Torre

la que abrevó con el tiempo y marcó su devenir como

arquitecto. La influencia de Mies y de La escuela de

la Bauhaus, esos arquitectos revolucionarios que en la

segunda década del siglo xx conmocionaron a Europa

con la arquitectura modernista —que al llegar a América

sería denominada “estilo internacional”— para

hacerla funcional y despojarla de todo rasgo de aburguesamiento,

es evidente en algunos elementos vitales

de su obra: la importancia del concepto de modernidad

y el uso del acero y el cristal como protagonistas

en las estructuras. A Norten siempre lo ha deslumbrado

el destello del cristal y la enorme capacidad de

tonalidades que puede producir no sólo en color, sino

en transparencia y brillos. El cristal es esencial para

otro elemento imprescindible en su trabajo: la luz, que utiliza para definir espacios y

generar esa apariencia de ligereza en la mayoría de sus edificios.__

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