Alondra de la Parra: La mujer orquesta

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Alondra de la Parra, libro Todo por una manzana, a la venta en Editorial Jus (Donceles 66) y en las próximas semanas en Gandhi, Educal, librerías de Cristal, Conejo Blanco, Bellas Artes y librerías de la UNAM

*Fragmento del libro Todo por una manzana, de Wilbert Torre.

La mujer orquesta.

Un empresario es el híbrido de una bailarina y

una calculadora, escribió Paul Valéry: serlo exige

pasión, carácter y precisión. Alondra de la Parra

es el prototipo del empresario total, con un añadido

imposible de pasar por alto: es tan audaz como para

hacer cosas imprudentes, y tiene eso que Martín Luis

Guzmán llamaba “el genio de la acción”, más buena

suerte que un gato con siete vidas, una suerte que

con frecuencia le permite sortear las dificultades en

las que se mete. Hace algunos años, cuando sospechaba

que tenía talento, no esperó a confirmarlo ni

quiso indagar si sería suficiente para alcanzar la imagen

idealizada del artista que se entrega sin condiciones al arte.

“Nunca fui una niña prodigio”, me dijo un día lejano,

cuando no era la celebridad que hoy

aparece en poses de diva en los espacios nocturnos

de las televisoras y los periódicos más influyentes de

México y Estados Unidos o en Quien y Caras, revistas

dedicadas a dar cuenta de los pasatiempos, modas

y caprichos de los ricos y famosos en México.

A los 23 años, cuando el consulado de México

en Nueva York la invitó a participar en el festival

“México Now” —una semana dedicada al arte mexicano

en la Gran Manzana— sabía que estaba frente a

una de esas oportunidades que sólo se presentan una

vez, y en un desplante de osadía planeó su primer

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Wilbert Torre

concierto, una aspiración legítima en una directora

de orquesta, salvo por un detalle relevante: no era

directora de orquesta. No poseía un nombre, prestigio

y tampoco contaba con los músicos que deseaba

dirigir. Era una desconocida que llevaba algunos años

reuniendo a sus compañeros en la escuela de música

para dirigirlos, cuando en busca de ayuda decidió

tocar puertas a las que algunos políticos y artistas

consumados tal vez jamás habrían considerado llamar.

Una de ellas fue la de Emilio Azcárraga Jean, propietario

de Televisa, uno de los hombres más poderosos

del país. Era una estudiante de piano que desde los

15 años, la edad en la que las chicas abrazan sueños

rosas, anhelaba alzarse en el medio de un enjambre

de músicos empuñando una batuta. En unos cuantos

días pudo reunir 50 mil dólares para aquella presentación

inaugural. Recuerda que fue una circunstancia

curiosa, porque primero tuvo el dinero y después los

músicos y la orquesta.

Fue su primer gran golpe.

“No tuve ningún problema porque sabía exactamente

lo que debía hacer”, dijo un mediodía, con un

aire de suficiencia que en su voz juvenil e impetuosa

no sonaba chocante. Sostenía con la mano derecha un

tenedor con un bocado de pasta en un comedor atestado

de jóvenes estudiantes de música que devoraban

pedazos de pizza y papas fritas. Decidió contratar a

algunos de sus compañeros de la Manhattan School

of Music, la escuela donde estudiaba piano, y celebró

el concierto en septiembre de 2004, en el Town

Hall de Nueva York, con una orquesta formada por

ochenta hombres y mujeres, ante 1,500 personas. Un

crítico escribió una reseña elogiosa y ella pensó que

aquello no podía terminar en una aventura pasajera.

Entonces, en un segundo arrebato de insolencia,

lanzó un proyecto con un doble objetivo: fundar la

Alondra de la Parra

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orquesta que le permitiera ser directora y hacer de

aquélla la primera sinfónica dedicada a música latinoamericana

y a compositores y solistas latinos. Era

una idea surgida de la frustración que le provocaba

saber que en Estados Unidos, un país habitado por

49 millones de hispanos que representan la primera

minoría racial, por encima de los negros, no existía

una orquesta con repertorio latinoamericano, y que

era imposible que las nuevas generaciones de músicos

venezolanos, mexicanos, colombianos, argentinos,

peruanos, chilenos y salvadoreños se presentaran en

la Unión Americana a menos que contaran con un

agente. En los ensayos compartía con sus compañeros

el desencanto por esa falta de conexión y oportunidades.

“Yo no tengo nivel, solíamos decir con tristeza, y

nos conformábamos con ser buenos músicos en nuestros

países, sabiendo que era imposible llegar a las

grandes ligas”, dijo mientras terminaba de dar cuenta

de su pasta a la marinara en un plato colocado sobre

la partitura de In the Water Front, de Leonard Bernstein.

Era mediodía y se había despertado a las cinco

de la mañana para estudiar la pieza que dirigiría en

un concierto en Manhattan.

Decidió bautizarla como la Orquesta Sinfónica

México-Americana —con el tiempo se transformaría

en la Orquesta Filarmónica de las Américas— y para

fundarla tuvo que tocar muchas puertas más que en

aquel concierto de debutante. Creó un consejo que

integró con personalidades del mundo artístico, cultural,

diplomático y empresarial de México y Nueva

York. Durante un año y cuatro meses se encargó de

todas las tareas que conciernen a una orquesta: era

manager, agente de relaciones públicas, presentadora,

productora, recaudadora de fondos y directora.

Habilitó como oficina su pequeño departamento en la

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Wilbert Torre

100 Street de Manhattan, en la frontera con Harlem.

Por las mañanas, mientras estudiaba piano, hacía llamadas

y enviaba mensajes por e-mail para convencer

a más gente a sumarse al proyecto.

En estos días la estructura precaria de aquel concierto

improbable mutó en un jet musical de 1.5 millones

de dólares. Alondra de la Parra se convirtió en

la primera mexicana en dirigir una sinfónica en Nueva

York y ahora tiene una oficina con asistentes que

trabajan sobre varias pistas. Ha dirigido las filarmónicas

de Buenos Aires y Montevideo, las sinfónicas

de Dallas y la Nacional de México; la Orquesta de

Cámara de Los Ángeles, la Orquesta Nacional Rusa

y la Ópera Nacional de Washington, con Plácido Domingo.

En sólo tres años, lo que lleva terminar la

enseñanza secundaria, construyó una orquesta con el

peso específico de una industria, y ella se transformó

en algo parecido a una marca que se replica por

todas partes. Es el miembro más joven del consejo

directivo de los premios Grammy Latinos, maestra de

estudiantes pobres de Harlem y de niños mexicanos

que aspiran a ser músicos. Cuando la imagen de

México se tambaleaba afectada por la emergencia

provocada por una epidemia de influenza, fue investida

“Embajadora cultural” ante el mundo, como si

su batuta tuviese poderes capaces de convertirla en

una salvadora posmoderna de las desgracias nacionales.

Es la imagen del triunfo trasfronterizo en un país

ensimismado y en buena medida habituado a crecer

hacia dentro. Un país que, cuando se expone más allá

de su territorio, ha visto transcurrir con impotencia

una larga historia de fracasos.

La conocí una noche de verano, un año después de

que había fundado la orquesta. Hacía calor y asistía

a un ensayo en la Saint Peter´s Church, una iglesia

Alondra de la Parra

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pequeña y hermosa con un campanario alto que se eleva

en Chelsea, un alegre barrio neoyorquino repleto

de galerías de arte y restaurantes. Es alta y delgada,

tiene unos destellantes ojos verdes y un rostro largo

que, cuando sonríe, adquiere una apariencia infantil

acentuada por un par de dientes separados y grandes

como los de un conejo. Es tan linda como para recibir

silbidos cuando se para en un foro televisivo para ser

entrevistada. Es carismática y tiene una personalidad

llena de vigor y energía. Estaba en el centro del altar,

debajo de un Cristo azul en un vitral. Llevaba el cabello

largo y alborotado. No estaba maquillada ni se

había pintado los labios y vestía zapatos bajos, suéter

rojo y unos jeans negros de estudiante. Situada frente

a la orquesta y de espaldas a una decena de distraídos

espectadores sentados en unas bancas de madera, su

actitud se asemejaba a la de un médico que diagnostica

a un enfermo en estado crítico. “Los violines

suenan retrasados”, advirtió con la cabeza erguida,

cuando la orquesta terminó de tocar el fragmento de

una pieza. “¡Esos metales, más intensidad!” Arqueó

las cejas y con la mirada dio a entender que había

algo que no terminaba de gustarle. Luego movió la

cabeza en desaprobación y alzó la voz para volver

a corregir. A veces gritaba un poco y tarareaba con

frecuencia. Le gusta tararear.

La orquesta estaba compuesta por una singular reunión

de hombres y mujeres: un mexicano de cabello

largo que estudiaba violín en la Manhattan School of

Music (y que por las noches tocababa música veracruzana

para sobrevivir), un venezolano de jeans y sandalias

con un violín, una mujer en sus treinta de origen

holandés que llevaba unas gafas con fondo de botella

y que se aprestaba a celebrar un concierto de Chelo en

Europa, y otro venezolano nacido en Maracaibo. Las

órdenes de Alondra de la Parra —dictadas en inglés

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Wilbert Torre

y ocasionalmente en español— provocaban un súbito

eco que descendía desde los techos elevados de la

iglesia.

“¡No tan alto!” “¡No tan de prisa!” “¡It is very

important that you lean on the beats!”

El ensayo se alargó un par de horas. Al final despidió

a los músicos y les recordó que debían presentarse

vestidos de gala y perfumados, dos días

después, el viernes.

En esa iglesia Alondra de la Parra dirigió por primera

vez una orquesta, en una ciudad que no le era en absoluto

desconocida. Había nacido en Nueva York en

la década de los ochenta, cuando sus padres eran estudiantes

y trabajaban ahí, y desde que era una niña que

estudiaba piano deseó regresar algún día a la Gran

Manzana. Sabía que allá estaban las mejores escuelas

de música del mundo. Se mudó a los 19 años y se enroló

para estudiar dirección de orquesta y piano en la

prestigiada Juilliard School y un año después apostó

por ser solista de piano. Se dio cuenta de que para

dirigir era clave que dominara un instrumento. Llenó

una solicitud en la Manhattan School of Music pensando

que no la aceptarían porque sus aulas suelen

ser ocupadas por muchachos que fueron niños-genios

o que nacieron empuñando un instrumento.

Fue aceptada y pronto se percató de que su técnica

era precaria, así que comenzó a alternar las clases

de piano con la dirección de orquesta. Encontraba la

manera de convencer a sus compañeros de estudio de

que le permitieran dirigirlos. No tenía dinero para

pagarles, así que al final del día compraba una pizza

que todos comían sentados en el piso. Mientras estudiaba

piano, tomaba clases particulares de dirección

y seguía la pista de los compositores jóvenes para convencerlos

de que la dejasen dirigir sus piezas. Un día

Alondra de la Parra

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le dijo a Michael Charry, su maestro de dirección,

que si conocía alguna orquesta que necesitara una

ayudante, ella estaba dispuesta.

Poco tiempo después Charry le habló sobre la New

Amsterdam Orchestra. “Asistí a una entrevista y uno

de los directores me dijo que no tenían dinero para

pagarme, pero que podía estar ahí y ayudar”. Iba a todos

los ensayos y se encargaba de colocar las partituras,

las sillas y los atriles. Trabajaba como tramoyista

y asistente del director, y cuando no estaba llevando y

trayendo cosas, se sentaba entre los miembros de la

orquesta y se concentraba en la pieza que la orquesta

interpretaba. Intentaba comprender lo que ocurría

en el ensayo, tomaba anotaciones de las instrucciones

del director y hacía lo posible por memorizar la

música. “La estudiaba a fondo, como si me preparara

para un concierto”. Después de un año y medio sin

salario comenzaron a pagarle 50 dólares por sesión, y

una noche un tipo joven llamado Eckart Preu, uno de

los directores jóvenes, le preguntó:

“¿Quieres dirigir un minuto?”

En el intermedio, Preu dijo a los miembros de la

orquesta que le daría una oportunidad y ella escaló

la pequeña cúspide desde la cual gobierna el director.

Fue la primera vez que dirigió un grupo de músicos

que no eran sus compañeros de la Manhattan

School of Music y recuerda que fue una experiencia

intimidante. Luego la New Amsterdam Orchestra le

permitió probarse hasta que se convirtió en directora

invitada. Recuerda este episodio con una mezcla

extraña de alegría y tristeza. Dice que en la orquesta

amateur escaló todos los peldaños hasta llegar a la

cima y que ese hecho sintetiza lo que es Nueva York:

uno de los epicentros de arte más visibles y competidos

del orbe, en el que cualquiera que lo intente

puede recibir una oportunidad. “Si das el ancho te

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Wilbert Torre

dicen adelante y si no, te despiden. Eso le da nobleza

a esta ciudad. No importa si eres gordo o guapo, si

eres amigo del director, o parte de una familia importante”.

Meses más tarde, otro director de orquesta le sugirió

presentar una solicitud para participar en el retiro

para conductores de orquesta de Medomak, un

famoso programa intensivo que se imparte en una

cabaña en medio de un paisaje boscoso de Maine.

No estaba segura porque no tenía una maestría en

piano, pero lo intentó. Otra vez, contra lo que esperaba,

volvieron a aceptarla. “Estaba feliz y muerta de

miedo”. El fundador era Kenneth Kiesler, uno de los

directores de orquesta más prominentes de su generación,

un hombre de unos 50 años que era titular del

programa de directores de orquesta del Centro de las

Artes de Canadá, cabeza de la academia de conducción

de Orquesta de Vendome, en Francia, y maestro

en numerosas universidades de los Estados Unidos y

cursos especializados en Londres y Alemania. Llegó

el día en el que le tocó dirigir, y cuando terminó

Kiesler se acercó y le dijo que deseaba platicar con

ella. La llevó a un sitio en medio del bosque, lejos de

todo, y la hizo dirigir por tres minutos. La observó

y le dijo:

“Tienes un don que ni siquiera imaginas. Voy a

ayudarte a desarrollarlo. Sólo tienes que mantenerte

concentrada”.

Fue un instante inesperado, una especie de epifanía

que cambió su vida para siempre. Antes de ese

momento pensaba que todo aquello era “una obsesión

y una idea loca”. Ahora estaba ante la primera

confirmación certera de que se trataba de una aspiración

posible. En los siguientes meses trabajó con

más intensidad y disciplina. Estudiaba la maestría en

Nueva York y viajaba con regularidad a Michigan

Alondra de la Parra

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para continuar sus estudios de dirección con Kiesler

y cuando llegaba el verano regresaba a Medomak.

Lo que más le atraía del retiro era la filosofía que

Kiesler y un puñado de maestros intentaban transmitir

a los alumnos. Siempre creyó que era exactamente

lo opuesto a la vieja escuela en la que el director

de una orquesta es como un dios, un personaje lleno de

ego y autoritario. La filosofía Kiesler consistía en infundir

a los jóvenes directores la importancia de estar

bien preparados y ser respetuosos y serios ante todo;

ser personas íntegras, sin importar de donde vinieran,

conocer las partituras como las palmas de sus

manos y tener la capacidad de expresarlas.

“El mantra de Medomak es: la música es magia y

hay que hacer que suceda —recuerda—. La principal

enseñanza de Ken y su retiro es que el conductor

está para ayudar a los músicos y para hacer todo lo

que esté en sus manos para aportar a la belleza de

la música”.

El viernes Alondra de la Parra llegó puntual a Saint

Peter´s Church. Eran las cuatro de la tarde y tenía

dos horas para ensayar por última vez el programa

que presentaría por la noche, un concierto con un

doble grado de dificultad: no sólo dirigiría la orquesta,

sino que también tocaría el piano. Se colocó en

el proscenio y pidió a los músicos que tocaran una

pieza llena de intensidad y poderío. Tenía los brazos

abiertos de par en par, sus manos volaban a la altura

de la nariz y en algunos momentos se cerraban en un

puño sólido. De repente, las llevó al frente en un movimiento

brusco y pidió a los músicos hacer un alto.

“Estoy escuchando a algunos hacer: candidandidaaa-

darridaaan”, cantó un instante y después, para

dejar claro lo que deseaba, dijo, moviendo las manos

con ritmo, como si sacudiera un objeto invisible:

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Wilbert Torre

“¡No quiero que se escuche así! Quiero que suene:

¡Pan pipipan-pipipan-papapapaaaan!” Es creativa

cuando trabaja en la parte compleja de explicar a los

músicos un tema que desconocen y prefiere demostrarles

lo que desea cantando, en lugar de recurrir

a un disco. En otro momento volvió a ordenar una

pausa y comenzó a bailar con las manos extendidas,

como si se preparara para abrazar a alguien, y dijo

a los miembros de la orquesta: “¡En este instante ella

encuentra a un hombre joven! ¡Tienen que sentir

la misma emoción! ¡Tienen que sentir la música!”

Ensayaron dos horas y decretó un receso. Todos

los músicos vestían pantalón o falda color negro y

camisa blanca. Algunas mujeres llevaban zapatos altos.

Unos minutos antes de las ocho de la noche las

bancas de la iglesia comenzaron a ser ocupadas por

vecinos del barrio, neoyorquinos de traje y corbata,

mujeres en vestidos vaporosos de verano y adolescentes

y niños en bermudas y sandalias. Los músicos

aparecieron en un escenario en forma de herradura

improvisado en el altar y Alondra de la Parra entró

por uno de los pasillos. Llevaba un vestido negro

y ajustado a la cintura y con la batuta blanca en la

mano izquierda parecía un hada futurista. Hizo una

reverencia, saludó al público y sonriendo, dijo:

“¡Vamos a divertirnos!” “¡Vamos a hacer música!”

Su padre, Manelik de la Parra, ocupaba un espacio

en la primera banca. Sudaba como si acabara

de salir de un baño sauna y conversaba con Carlos

Zedillo, hijo de un ex presidente mexicano y novio de

la directora de orquesta, un chico largo y flaco que llevaba

en los brazos un ramo de flores. En el intermedio

De la Parra recordó que desde que su hija era una

niña lo acompañaba a los conciertos de música clásica

y permanecía absorta mirando a los músicos que

Alondra de la Parra

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tocaban el chelo. Un día él le dijo que se concentrara

en el director de orquesta. “¿El que no toca

ningún instrumento?”, quiso saber ella. “Es el centro

de todo”, le respondió. La abuela, Yolanda Vargas

Dulché, una famosa escritora de guiones de telenovelas,

le regaló su primer piano. Me contó que la familia

siempre se movió alrededor de la música, desde

que su madre y su tía, Yolanda y Elba, formaron un

dueto llamado “La Rubia y la Morena”. Los martes

solían reunirse en casa de la abuela a cantar y tocar

el piano. Le pregunté qué rasgo distinguía a su hija

desde pequeña.

Dijo que solía tener una dedicación a prueba de

cualquier cosa. “Si tienes talento puedes dilapidarlo.

Ella es peleadora, machacona y dura. Nunca para,

no deja de insistir. Ahora, como cuando era niña y

tocaba el chelo, puede permanecer horas ensayando

la fracción minúscula de una pieza”. La directora de

los gestos audaces se había curtido en el territorio

implacable de la tenacidad que no admite renuncias.

La orquesta interpretó cuatro piezas en el transcurso

de las cuales Alondra de la Parra alternaba tocando

el piano y dirigiendo desde una plataforma.

Por momentos el concierto parecía mutar en una tragedia

musicalizada en la que ella no sólo dirigía, sino

actuaba: se estremecía, gritaba y estrellaba las manos

en el aire como si el lenguaje corporal fuera un conducto

de sensaciones que le permitieran conectar con

los músicos.

Al final del concierto Carlos Zedillo le entregó el

ramo de rosas y su padre la besó. Ella parecía aún en

estado de trance: estaba entre el público y parte de su

familia, pero todo indicaba que seguía conectada con

la orquesta. Recordó que en esa iglesia había dirigido

por primera vez un concierto y que cuando lo hizo

se enfrentó a una incógnita. Tenía miedo de que las

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Wilbert Torre

cosas no salieran bien. Esa noche, dijo, había sido un

desafío diferente al dirigir y tocar el piano.

“Tuve que soltar a la orquesta y meterme en el

piano. Al final se fueron algunas notas. Lo sé. Es una lección”.

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