Un recuerdo de Pepe Galán

Au revoir, mon cher ami

Un recuerdo de Pepe Galán

Era alto y flaco como un espagueti al dente. Era genial y tenía un gran sentido del humor que hacía disfrutar a quienes escuchaban sus bromas y comentarios, que solían ser lúcidos, salpicados de sarcasmo e ironía. Lo conocí hace tal vez 15 años, cuando ambos trabajábamos de reporteros para diferentes diarios y cubríamos el Congreso. Lo recuerdo llegando todos los días más o menos temprano y preguntar antes que nada cómo me encontraba y si todo estaba bien, con esa entonación y jerga singulares que le distinguían y que me recordaba tanto a mis primos mayores –un acento de chavo crecido en la colonia Roma o en la Del Valle en la era post beatles–.

Nos seguimos viendo después de que se mudó de diario y dejó El Economista para trabajar en La Jornada. Era cariñoso y solidario. Le fascinaban el jazz y la poesía. Nunca dejó de ser un poco niño y cumplidos los 50 decía que su personaje favorito de Disney era Campanita. Era atento, amable y tenía una enorme sensibilidad.“¡Pónganse almejas, buzos caperuzos, vivos y no bajen la guardia!”, solía decir. Era un optimista y un romántico sin remedio.

Después hubo una distancia física entre los dos, cuando dejé el país para venir a vivir a Estados Unidos, hace cerca de ocho años, pero nos reencontramos gracias a Facebook. Un día cuando me asomé a mi muro me encontré con un mensaje que me recordó sus saludos alegres de cada mañana en la Cámara de Diputados:

“¿Qué onda, Wilbert? ¿Cómo estás, chavo? ¿Qué dice la Gran Manzana?”.

Le contesté unos minutos después contándole algunas cosas y por la tarde me respondió compartiéndome parte de su vida reciente. Me dijo que había renunciado a La Jornada y que en esos días estaba a cargo de la Gaceta Politécnica. Conversamos sobre esas cosas de las que conversan todo el tiempo los reporteros y al final me dijo que siempre sería Jornalero, a pesar de que no estaba de acuerdo con muchas cosas que ocurrían en el diario. Dijo que editar la gaceta le divertía como enano y que estaba desarrollando algunas destrezas en el territorio de la edición, pero dejó claro que no pensaba abandonar para siempre el diarismo. “Es sólo un breake”, me dijo.

          Unos días después se volvió a aparecer en el muro de Facebook como para que no tuviera ninguna duda sobre lo que habíamos conversado. “En estos momentos Washington debe estar muy interesante, a sólo unos días de las elecciones y con Obama poniéndole soberana friega a MacCain y a la tal Palin. ¡Qué caso de mujer ésta!…Pasa corriente”. Me  quedó clarísimo que estaba dedicado a la misión científica, pero su corazón seguía latiendo al ritmo de las cosas que hacen vibrar a un reportero.

          Días más tarde volvió a aparecer en mi pared para felicitarme por mi cumpleaños, el día de Santa Cecilia: “Feliz cumpleaños, Wilbert. ¡Salud!”, escribió.

          La última vez que conversamos fue sobre otro tema que, como reporteros respetables, nos apasionaba: las cantinas y sus tragos y manjares. Un amigo mío que hace bastantes años vive en Nueva York visitaría la ciudad de México con un chef de Nueva York, y quería llevarlos a un buen lugar. Luego de pensar mucho a quién recurrir, pensé que no podía haber muchas personas con autoridad en el asunto como Pepe Galán. Le escribí y me respondió con una andanada de nombres y barrios que me hizo avergonzarme de mi desarraigo. Más que recomendaciones se trataba de una ruta emocional y entrañable de amistad. Los lugares en los que se reunía con quienes quería para contar bromas, conversar y siempre lanzar la misma pregunta: “¿Cómo estás, hermano?”

         En mayo comenzó a sentirse mal y se preguntaba por qué si hacía siete meses había dejado de fumar, el cuerpo lo traicionaba. Se hizo varios exámenes y probó con todo tipo de doctores. Aún cansado y enfermo, no perdió nunca ese humor extraordinario y a veces ácido que lo caracterizaba. “Me sacaron sangre –escribió en su muro– y por fortuna salió de color republicano”.

       Ayer en los muros líquidos de Facebook me enteré de su muerte y no podía creerlo. ¿Por qué él? Este año la muerte se ha llevado a tres grandes amigos. ¿A dónde escribo para preguntra por qué? ¿A quién?

       Luego de ese instante convulso de tristeza y desazón que provoca una muerte pensé que a Pepe Galán, un tipo alegre, lleno de vida y de optimismo, le gustaría ser recordado de otra manera. Así que un día en los próximos meses pasaré por las cantinas que me recomendó y me tomaré un trago y me comeré una torta de pollo recordándolo. Debajo de cada nombre de cantina, Pepe Galán escribió un comentario al pie, como esas reflexiones que le gustaban tanto a David Foster Wallace:

       -El Centenario:

       unas tortas de chorizo –sin albur– de poca madre.

      -Bar Nuevo León, en La Condesa:

      cabrito y la torta de pollo son la especialidad.

      -Xel Ha, de la Condesa: la cochinita pibil.

       -El Salón Puebla de la Santa María la Ribera, cerca del Kiosko:

        se come chingón, pero es una cantina de arrabal, guey.

        -Y alguien me cuenta del Salón del Bosque, que no conozco. Me lo dijo una nena fresona.

        Aquella vez me preguntó cómo estaba –como siempre– y se despidió con algo que me hizo reír y recordarlo (también como siempre): “¡A revoir, mon cher ami!…”

PD: Confío que quienes vayan a despedirse de Pepe Galán tengan el buen tino de hacer dos cosas: las mujeres vestir de negro (mucho mejor si son  faldas cortas) y sus amigos y amigas  reunirse más tarde en una cantina para beber, comer y recordar sus disparos brillantes y llenos de ironía. Aquí les dejo una  charola repleta de sus frases, ocurrencias, pensamientos y un poco de poesía:

Como los periodistas sin nota, futbolistas sin goles  valen madres.

No vuelvo a ir a un velorio, ni muerto. (Aunque reconozco que las mujeres vestidas de negros tienen sex appeal)

Tanto dinero y tiempo invertido en fumar puros, para que al final chupara faros.

Si me caigo en ese escote ya no salgo.

Letrero en camión materialista: “Si manejo mal, tócame el pito”.

Se doma y de gorra. El Goloso de Rorras.

Si pudiera decirte todo lo que siento por ti. Pero me temo que esta pasión tiene como destino la penumbra del silencio.

No creo que haya algo más divertido que hacer el amor.

Hacienda nos exprime como naranjas agrias y ni siquiera existe una institución que sirva de colador.

El candidato priísta tiene más de evil o devil que de Eviel.

Dice el ortopedista que me ponga unos fomentos de agua caliente. ¡Entonces de que chingados sirve que uno vaya al ortopedista!

Duermo con pijama de ositos.

En contra de los fascistas aunque Garzón se comporte a veces como un verdadero mamón.

Sin ilusiones, no habrá decepcionados.

Prefiero la realidad al sueño, aunque duela.

Las chicas, ni duda cabe, tienen una educación sentimental más romántica.

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2 thoughts on “Un recuerdo de Pepe Galán

  1. Martha Anaya

    Hola Wilbert!
    ¡Que lindo texto! Voy en unos momentos al velorio de Pepe, le llevo una copia de tu escrito a Lucía, su compañera de vida. Gracias por tus recuerdos.
    Hasta pronto.

    Reply
  2. SANTIAGO JIMÉNEZ

    un gusto como siempre leerte will, ayer estuvimos en el velorio del buen pepe y hubo buena convocatoria, tus comentarios son como siempre una buena oportunidad de reconocer a nuestros amigos,,, un abrazo

    Reply

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