Recordando a Samaniego

Fue mi primer maestro fuera de casa. Antes lo fue mi padre, que a mi hermano y a mí nos contaba historias de terremotos, fugas increíbles y de policías y ladrones cuando nos preparábamos para irnos a la cama. Cuando era un adolescente leía las crónicas de Miguel Reyes Razo, Martha Anaya, Pablo Hiriart y las de Fidel Samaniego. Lo conocí algunos años después en El Universal: El era el cronista del diario y yo, que tenía veintidós y había llegado de Mérida un año antes, me encargaba de recibirle las crónicas por el teléfono. Fue muy generoso conmigo. Me enseñó muchas de las cosas que aprendí (tal vez la más importante fue intentar verlo todo, incluso la política, desde la condición humana), y me abrió las puertas de su casa. Sus hijos, que entonces tendrían cuatro y siete años, me decían en broma que era su hermano menor. Después comencé a construir mi propio camino y nos dejamos de ver.

Era un hombre de lealtades y fobias. Hizo a Colosio su compadre y cuando fue asesinado, odió a Manuel Camacho con odio jarocho. Siempre presumió su cariño y amistad con Carlos Salinas. Él, como todos, era un hombre con virtudes, defectos, demonios internos y contradicciones. Era un hombre profundamente humano a pesar de que su vanidad –cuidaba su peso y su aspecto como una reina de belleza– y su forma de ser –Paco Arroyo, un viejo reportero, solía llamarle «Cisne» por su condición con frecuencia airosa y arrogante–, lo hacían parecer presuntuoso y lejano. Sospecho que le gustaba que así fuera. Tal vez todo era parte de la leyenda que construyó alrededor de sí mismo.

De esa foma de ser intensamente humana surgió su interés por asomarse a la vida poco conocida de las personas públicas y escarbar en su interior, sus motivos y circunstancias para presentar una mirada humanizada y distinta del poder. No le veía hace por lo menos siete años, aunque con alguna frecuencia entraba a su blog y leía sus textos. Me gustaba que, en medio de tanto escándalo y violencia, se ocupara de cosas más inherentes a la condición humana. Me reencontré con sus hijos, Nitza y Yoab, gracias a Facebook. Ahora ya no está, pero los recuerdos y el cariño persisten.

Siempre lo recordaré con sus brazaletes brasileños para la buena suerte, los amuletos y la vieja cruz y el pedazo de ámbar que se colgaba al cuello, y tocando madera cuando pasaba cerca un gato negro o alguien mencionaba alguna circunstancia indeseable. Lo recordaré levantándose a las siete de la mañana para llegar a primera hora y tomar nota de los detalles en una escena, que escribía con una caligrafía cuidadosa en las libretas largas que le gustaba usar, moviendo la cabeza y los ojos de un lado a otro con nerviosismo, como si intentara espantar a un mosquito molestón.

En otras ocasiones, cuando era el reportero con más poder, influencia y cercanía al presidente Carlos Salinas de Gortari, lo veía sentarse en el escritorio vecino al de Emilio Viale, jefe de información de El Universal, y hablar por el teléfono con secretarios de Estado y con bastante frecuencia con José Carreño Carlón, tal vez el último de los voceros presidenciales en México, un tipo al que le preguntabas algo y al responderte tenías la entera seguridad de que estabas escuchando lo que el presidente pensaba y decía sobre determinado asunto. Algunos criticaban su forma de aproximarse al poder. Él disfrutaba de esa cercanía y en ocasiones la aprovechaba para obtener y subrayar detalles que tenían la particularidad de ayudar a comprender ciertos contextos y circunstancias, y que de otra manera se hubiesen extraviado para siempre en el caos que representa el exceso informativo. Recuerdo una vez que Carlos Salinas le llamó para contarle que acababa de conversar por el teléfono con el entonces secretario de Educación, Ernesto Zedillo, para hacerle saber que Luis Donaldo Colosio sería el candidato. Salinas le contó a Samaniego que, al escuchar la noticia, Zedillo, que se encontraba en la máquina para correr, le respondió: «¡A toda madre, señor presidente!»

(En sus crónicas Samaniego jamás criticó al presidente, pero con el paso del tiempo los detalles que revelaría en sus textos, muchos de ellos filtrados por el propio Salinas, contribuirían a traducir y entender algunos aspectos vitales en la compleja personalidad de Salinas, la manera en la que gobernó y lo que sucedió en su gobierno).

En otra ocasión, Samaniego encontró la manera de que le permitieran situarse muy cerca de Salinas y el Papa Juan Pablo II. Hincado a unos centímetros de las sillas que ocupaban, pudo oir y después contar lo que ambos murmuraban. Era un momento clave porque en aquellos días se reestablecía la relación entre la iglesia y el Estado Mexicano.

Era un gran bailarín y había pocas cosas que disfrutara tanto como ir a un show de Enrique Guzmán o a una corrida de toros. Con frecuencia era temerario y de buen talante aceptaba ser uno de los cincuenta fanáticos que ocupaban las gradas del estadio Azteca cuando jugaba el Necaxa en la ciudad de México. Era bromista y a veces se le pasaba la mano. A Ismael Romero le decía que era la Beba Galván y a David Aponte le llamaba por su primer nombre, Guadalupe. iLupishoooo!, le gritaba en la redacción. A Javier Cerón le cantaba la canción de Tizoc y a Emilio Viale, un curtido y viejo reportero que se movía con pericia en la cobertura policiaca, le llamaba «Mi abuelito».

Fue un padre amoroso y siempre se refería a Olivia, su esposa, con cariño y admiración. Casi todos le decían Fidel, algunos (como Carlos Zetina) lo llamaban Sam y sólo Olivia lo llamaba como nadie lo hacía: «Godín». Hablaba con nostalgia de su papá, y con tristeza infinita de su hermano Arturo, al que perdió hace bastantes años. Siempre estaba al tanto de Evita, su mamá, una mujer guapa y altiva.

Fuimos muy amigos seis o siete años. Un día nos encontramos con Joaquín Sabina en un bar de Cartagena de Indias. En otra ocasión nos extraviamos en unas calles hermosas (y peligrosas) de Brasil. En Mérida, de gira con Salinas, él, Joaquín López-Dóriga, Ciro Pérez, Roberto Garduño, Daniel Robles y algunos otros amigos asistimos a la boda de un joven político, vestidos todos de guayabera blanca. Todo mundo nos veía con curiosidad, y no por la vestimenta, sino por la fiesta que tenía lugar en aquella mesa llena de gente que nadie conocía.

Él y López Dóriga eran ya unos periodistas consagrados, y sin embargo se dejaban rodear por los reporteros que comenzábamos a hacer camino en aquellos años. Eran cálidos y generosos; solían contar anécdotas y se esforzaban no tanto por enseñarnos, como por dejarnos ver, a partir de sus experiencias, qué cosas habían hecho, cuáles habían hecho bien, y qué otras jamás volverían a hacer. Y todo el tiempo estaban bromeando. López Dóriga siempre tenía en la punta de la lengua una frase genial en cualquier circunstancia, y Fidel la festejaba con grandes risas.

–Compadre –le dijo Fidel a López Dóriga aquella noche en la boda meridana– la noche está fresca ¿verdad?

–Claro compadre –le dijo López Dóriga– cómo no va estar fresca, si es de hoy.

Nunca pude tutearlo. Olivia se burlaba de mí porque le hablaba de usted.

Así que hasta pronto, señor Samaniego.

Pensaremos, como le gustaba decir para explicar su salida temporal de El Universal, su casa periodística, que salió a comprar cigarrillos, y que pronto volveremos a vernos.

Wilbert Torre.

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17 thoughts on “Recordando a Samaniego

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  2. Eileen Truax

    Qué lindo texto, Wilbert. Así, cisne, lo recuerdo yo en esas ocasiones que llegaba a la Cámara de Diputados; no una grabadora, sino una libreta para apenas una esporádica anotación; todo lo demás, ojos, nariz y cabeza en alto. Y sin embargo, generoso con la novata que era yo entonces.

    Qué maravilla que te recuerden así; todos los colegas que conozco han tenido una palabra de reconocimiento para él. Supongo que eso es lo que hace que uno no muera.

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  3. Alberto Lozano

    Muy buena crónica, digna de alguien que estuvo muy cerca de él. Por supuesto que Fidel “La Leyenda” se acordaba perfectamente de cómo se relacionaron ambos. Lo hacía con cariño. Yo también lo aprecié mucho como amigo y desgraciadamente también la distancia y el tiempo nos separó después de que en una campaña presidencial fuimos, no precisamente inseparables, pero sí, muy cercanos. Que viva su recuerdo y como dijera ¡”Fuerza Rayos!”.

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  4. José Arenas

    Excelente crónica Wilbert, escrita con el corazón de la memoria y llena de las pequeñas cosas que hacen grandes obras. Un tributo brillante y sobrio que describe al amigo y a quien le escribe.
    Lo traté una o dos veces, en los inicios de La Crónica, con Hiriart, Felipe González, Eloín y tantos otros, pero no hubo oportunidad de más.
    Saludos!!!

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  5. miguel lahoz

    Excelentes líneas Wilbert; tuve la fortuna de conocer a Fidel en la Cámara, y nuestras largas pláticas se centraban, como podrás suponer, en los toros.

    Te mando un abrazo

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  6. yazmin Alessandrini

    Estoy muy triste, incluso a ti te conocí por mi narigón ¿Recuerdas las Fiestas que le hacía de cumpleaños a mi niño Fidel, Lo quería tanto al igual que a su esposa.
    Curiosamente estaba escribiendo el día que murió mis agradecimientos para mi nuevo libro de entrevistas osadas y le agradecí a él porque se sabía la biografía de todos los políticos. ha sido una gran pérdida no solo como periodista sino como un gran amigo. >Mi pésame para ti que eras como su hermano pequeño

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  7. Fabiola Guarneros

    Chili Wili ¿Te acuerdas?
    Gracias por compartir el perfil de nuestro Fidel. Me hiciste regresar a la vieja redacción de El Uni y verlo ahí, justo como un “cisne”.
    Y bueno, a todos nos dictó sus laaargas crónicas. ¿Te acuerdas?, hasta la oreja se nos dormía y nos dolía el cuello, jajajaja.
    Recuerdo que sí eras su hijo. De todos los que llegamos en esa época a El Universal, tú siempre fuiste el consentido. Y así tenía que ser, porque llegaste con ánimos de aprender y comerte al mundo.
    Y tengo que confesarte que cuando platicábamos de ti, Fidel siempre me dijo que se sentía orgulloso de lo que lograste.
    Un abrazote fuerte y como me dijo el Aponte: “hay que querernos más”.
    Saludos.

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  8. Ricardo Gutiérrez Loyola

    Mi estimado Wilbert: Excelente recuerdo de nuestro maestro y amigo. Lo recuerdo con cariño y admiración. En la última etapa de mi estadía por EL UNIVERSAL solíamos por lo menos dos o tres veces por semana, junto con Romina Román, comer juntos con Don chava. Un abrazo para tí y mi respeto para Narigón Cronista.

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  9. Santiago Jiménez Cardona

    Muchos hemos recordado algunas cosas que vivimos al lado del Narigón, yo tuve la oportunidad de conocer ese “cisne” en La Crónica, sin embargo, lo escrito, lo bien escrito aquí por ti, no puede ser superado, lo has escrito con algo que solo aquel que quiere puede hacerlo, felicidades, hacia mucho que no gozaba una lectura como ésta, gracias por hacerlo y sobre todo gracias por compartirlo padrino…
    P.D. Ya vendiste aquel traje de cuadritos que usabas en La Crónica?

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  10. Susana

    Còmo tù ningùno mi querido Wilbert…maravillosa descripciòn de nuestro compañero Fidel Samaniego, me encantò, te mando besos y abrazos–

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  11. Yoshua.

    Agradezco a Claudia Guerrero, el haber hecho llegar esta nota a los amigos blogers de Fidel a quién él llamaba su Familia Virtual.
    Gracias Wilbert por esta estampa.

    Fidel un día me regaló algunas palabras sobre vidas paralelas, mucho tiempo coincidimos en hechos y lugares, le saludé una o dos ocasiones, pero no sabía quién era, era un hombre que al primer contácto transmitía su buena vibra.
    Teníamos coincidencias de vida, hasta ser empedernido seguidor de causas raras como ser aficionado del Necaxa era una coincidencia de identificación…lo único en lo que diferíamos era que a mí la llamada fiesta brava, pues no, no me gusta, pero no por eso podía privarme de su amistad. En su blog tuve la oportunidad de revelar secretos, algunos que le hicieron reir, otros que me ubicaron en algunas circunstancias, era el hermano mayor que virtualmente enseñaba. No me interesaron sus defectos si los tuvo, simplemente conocí al Fidel Amigo, el que te sonreía y hacía sentir bién, el que te animaba a dejar los recuerdos tristes y te empujaba a seguir.
    Con Él lloramos, reímos, cantamos, … y bueno, ahora el recuerdo de su risa y sus puntadas, es lo que hace llevadera esa ausencia física.
    Quiero recordarlo, verlo en mi mente así, bromeando, riendo, siendo feliz, como nos enseño a muchos. Lagrimas y risas, sí, eso aún logra nuestro Querido Narigón Cronista… que sigue por aquí, no se ha ido…

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  12. Claudia Guerrero

    gracias por este blog
    me gustó muchísimo
    pertenezco a lo que Fidel llamaba su “familia cibernética” en el blog De Confianza en el Universal
    lo conocí como bloguero y nos hicimos amigos
    mi nick en el blog de El Universal es Claudia G
    saludos @clausgr

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  13. Cocuyo

    Cómo definirlo?…Esa fué la actitud que me atrapó, y proyectada en su forma de redactar…Que hubo defectos!! Estos, hoy, sólo logran resaltar sus virtudes…Envio un solidario abrazo para la familia de Cronista Narigón…

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  14. Ismael Romero

    Hola, Wilbert: varias amigas y amigos en común me hablaron de tu texto sobre Fidel. Lo hicieron con emoción y sorpresa profesional, por la forma y el contenido. Lo he leído y veo con solidaria alegría que has madurado como periodista y escritor. Conseguiste regresar la película, contar la vida mirando hacia atrás, arriba de un auto en marcha, como dicen los maestros que lo hacía Faulkner. Muchas cosas se pueden decir de Fidel, del “Cisne” de Xochimilco, como le decíamos algunos, no por mala leche o en revancha por los apodos que nos endilgaba, sino por que él vivió allá hasta que la Ungida Muerte se lo llevó con su guadaña hecha pluma para hacerlo cronista de su triste, pero inevitable tarea. Un abrazo donde quiera que estés echando panza. ismael romero

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