El día que la nieve devoró Washington

Escenas de una ciudad de nieve.

Ha nevado sin cesar cuatro de los últimos siete días. La noche del martes, a través de la ventana, todo lo devoraba la nieve: los autos, la calle, los techos de las casas, los árboles, las madrigueras de las ardillas, las pistas del aeropuerto. No había sol ni sombras y todo lo dominaba un blanco absoluto, como un río inabarcable de espuma. El miércoles al amanecer la tormenta de nieve era tan densa que ni siquiera era posible ver la puerta de mi vecina, la adorable señora Johnson, mientras en la capital de los Estados Unidos y las ciudades que la rodean se sucedían escenas de zona de desastre, entre la nieve acumulada, las compras de pánico y la ansiedad del encierro.

La tarde del martes, con el auto compacto deslizándose sobre el asfalto congelado como si fuera una enorme pastilla de jabón, llegué a un Home Depot donde vi a un hombre y a una mujer a punto de liarse a golpes por un costal de sal para derretir hielo. Es comprensible: si no tapizas de sal la entrada de tu casa y el cartero resbala, puedes ir a la corte a encarar una demanda por varios miles de dólares. Esa tarde decenas de habitantes de Washington y sus suburbios salían cargando sobre los hombros, como si fueran fusiles, cientos de palas para asear sus casas.

En el supermercado, cuatro días antes de que comenzara a nevar, una fila de personas con cochecitos repletos de alimentos y botellas de agua tardó veintisiete minutos en desaparecer. Ayer había mucho menos gente y era claro por qué: el área destinada a las verduras estaba vacía. Los estantes de frutas habían sido saqueados y sólo quedaban por ahí tres bolsas de uvas y unos racimos de plátanos verdes –disputadísimos, por cierto –. En las casas, incluso si en ellas habitan niños, el clima no era de una alegría desbordante por la llegada de la nieve. El domingo, cuando debían preparar hamburguesas y hot dogs para el esperado Super Bowl, adolescentes acompañados por sus padres paleaban muros de nieve tan altos como un automóvil mediano para asear sus cocheras y abrirse paso en ese mar como de leche. Todos estaban sorprendidos por la cantidad de nieve y no parecían muy alegres. Sólo Santos, un trabajador salvadoreño, parecía feliz caminando torpemente con sus botas gruesas. Siete casas aseadas, a 130 dólares cada una, eran la medida de su felicidad. Finalmente, cuando el ejército de niños, padres y abuelos terminó de limpiar las entradas de sus casas, la nieve volvió a caer, inexorable, indiferente, como un visitante indeseado.

Esta es la capital del país más poderoso del mundo y sin embargo la cantidad de nieve que ha caído en los últimos días lo ha paralizado todo: el gobierno, las Embajadas, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional suspendieron actividades. Más de medio millón de empleados no asistieron a trabajar, en la ciudad de la burocracia mundial. Las escuelas se declararon cerradas lunes y martes, y ayer anunciaron que en vista que el cielo no deja de enviar nieve, los niños no asistirán a clases toda la semana. Nicolás, que tiene cuatro años y con cierta frecuencia reniega cuando llega la hora de asistir a clases, ayer preguntó: ¿Cuándo voy a ir a la escuela? No ha salido de casa desde el sábado, cuando metido en un traje como de astronauta jugueteó un rato en un muro de nieve. El teléfono no para de timbrar con avisos del condado. El último, a las nueve de la noche, avisó que los camiones recolectores de basura no pasarán en una semana. Por la noche escuchaba –las montañas de nieve frente a la ventana me impedían verlos – varios tractores limpiando las calles del vecindario y pensaba que Obama tenía razón: esto es un verdadero snowmageddon.

Estas líneas finales las escribo el jueves al mediodía. Amaneció soleado y la nieve que adornaba las ramas de los árboles comenzó a desvanecerse. Maki quiso abrir la puerta de la casa y fracasó. Pudo hacerlo en un segundo intento, con un fuerte empellón para encontrarse con un muro de nieve, de unos dos metros de altura, justo frente al camino de entrada. Llevo una hora paleando y apenas he logrado arrancarle medio metro a esa pared alba y con partes duras como una roca. Unos metros más allá veo a un viejo y a varios hombres retirando nieve febrilmente de sus casas.

La señora Johnson también está paleando, aunque anoche un grupo de latinos, armados con unos tractores enanos le asearon la cochera. Todo está en silencio. Solo se escucha el ruido metálico de las palas al estrellarse contra la nieve, que ha comenzado a convertirse en hielo.

Cerca de casa,  en Bethesda, medio kilómetro hacia el sur, en la calle Dickens hay un campo de beisbol que durante el invierno está desierto y que súbitamente es invadido por adolescentes y padres con sus hijos de todas edades cuando la nieve aparece y forma capas tan altas y espesas como para engullir, hasta la rodilla, la pierna de cualquier americano con una altura regular.  Esa tarde había un grupo de niñas cubiertas de pies a cabeza con ropa térmica y chaquetas y pantalones aislantes. El campo está situado sobre una colina, cuyos linderos forman un tobogan natural de unos veinte metros de ancho que termina en el asfalto de la calle Dickens.

Cerca de las niñas habia un padre de familia  joven con sus hijos, un bebé de dos años y otros dos que debían tener cinco y siete. Todos llevaban consigo unos deslizadores plásticos de colores pastel -verdes, azules y rosas-  a los cuales se subían por turnos para deslizarse colina abajo. Los más hábiles para navegar nieve abajo lograban llegar con la tabla hasta el medio de la calle. Otros sólo alcanzaban la mitad del recorrido porque se atascaban o el deslizador se volteaba, y entonces salían volando por el aire congelado niños, padres, bufandas y gafas contra la nieve. En Dupont Circle, uno de los sitios más simbólicos de Washignton DC, unas 2 mil personas se habían reunido gracias a Facebook para jugar guerras con la nieve.  En los jardínes nevados de las casas de Bethesda, los niños salían con sus trajes especiales, se tumbaban de espaldas y movían las manos y las piernas de arriba hacia abajo, como si intentaran volar. Poco a poco sobre la nieve fresca aparecía una imagen: un angel blanco y alado.

Esa fue, sin duda, la parte divertida del snowmaggedon washingtoniano.

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