Capítulo 13 (Final), Obama Latino, fragmento.

 

El país de los imposibles

 

Los ejércitos de Obama el día de la elección; activistas en barrio latino de Chicago; los periodistas, en el Grant Park de Chicago

 

Dos patrullas dieron la vuelta a toda velocidad y rodearon la escuela Bailey´s, en la ciudad de Little Falls, Virginia. Era sábado y los oficiales que iban a bordo querían cerciorarse de que todo estuviese en orden: les habían informado que unas 500 personas estaban reunidas en el traspatio. En los alrededores, dominicanas mulatas y adolescentes de origen mexicano recorrían el vecindario para recordar a la gente que debía votar por anticipado y pedirle que lo hicera por el senador por Illinois. Sobre una pequeña plataforma, en el patio del colegio, destacaban el torso y la cabeza de George López, un tipo alto, con un tono de piel café con leche y la sonrisa de un niño el día de su cumpleaños. Llevaba meses recorriendo el país convertido en ariete del voto latino. Solo una persona provocaba más revuelo entre los hispanos que Barack Obama: George López. Ese día vestía blue jeans y una camiseta negra con el rostro del candidato iluminado en azul y rojo y la palabra “Progreso” al calce. Era el mexicoamericano más famoso, quizá el único que había trascendido el mainstream de la cultura popular americana en los tiempos recientes con un popular show televisivo que llevaba su nombre. Más que un comediante dotado de un ingenio y una boca-ametralladora que a gran velocidad disparaba chistes y frases en doble sentido, era un paradigma entre los latinos, un líder carismático que arrastraba multitudes. Por esa razón George López formaba parte de una estrategia dirigida a atraer a miles de electores hispanos –y de paso registrarlos como demócratas– por medio de actos a los que asistían dos clases de aliados que recorrían el país pregonando que era hora del cambio: los políticos –figuras como Hillary Clinton y el gobernador Bill Richardson– y artistas como Cynthia Nixon – la Miranda de Sex and the City – y Rosie Pérez, la actriz de origen puertorriqueño que encarnó a la amante de Javier Bardem, el siniestro Romeo de Perdita Durango. Sin duda George López era el más comprometido de todos. Antes de llegar a Little Falls había emprendido un largo recorrido para arengar a miles de latinos en California, Nevada, Nuevo México, Colorado, Texas y Michigan. Se había convertido en un embajador itinerante del país que prometía Barack Obama.

El fantasma del racismo se había revelado con más fuerza mientras la elección se aproximaba y en ciertos sectores crecía el temor de que los latinos votaran en contra de Obama. Aquel sábado George López saludó al público con un chiste: “si sus abuelas no quieren votar por Obama porque es negro, díganles que es Dominicano”. Las risas estallaron antes de que pusiera una cara muy seria por unos segundos. “Hay quienes dicen de manera despectiva que él es un negro, pero quiero decirles que yo soy más obscuro que él. La raza no tiene nada qué ver con esta elección; los colores que cuentan son el rojo y el azul, los colores del país”. En febrero de 2008 George López era uno más de cientos de latinos –políticos, artistas e intelectuales– que se habían sumado en automático a la candidatura de Hillary Clinton. Pero un día lo llamó Obama y le preguntó si quería que las cosas cambiaran en verdad, si deseaba que el país fuese sacudido por un auténtico cambio. “Cuando las cosas se ponen feas hay que hacer algo, así que lo pensé y decidí unirme a su movimiento”, me contó aquella mañana en Little Falls. Los unían algunas afinidades extraordinarias: “los dos crecimos sin papá. Es más, yo nunca conocí al mío”. Su padre, Anastasio López, había nacido en Nayarit, un estado situado en el occidente de México, y llegó a Estados Unidos para trabajar como campesino en los años 60. Como sucedió con Obama, George López creció con sus abuelos y tuvo problemas cuando era joven: “tú sabes, los mismo problemas de siempre entre nosotros, la sangre, el color de la piel”. Además ambos tenían hijas más o menos de la misma edad. “Quiero que ella tenga todas las oportunidades, no quiero que sea menos que nadie”, dijo al público que alternaba risas y silencios profundos. “¿Saben que después de la elección una palabra desaparecerá para siempre? –preguntó–. Es la palabra minoría. A partir del 4 de noviembre solo habrá mayorías. Pero el cambio no vendrá a nosotros fácilmente. Obama necesita ayuda. ¿Están listos?” En un rugido la multitud respondió que sí. Eran cientos de latinos eufóricos y parecían decididos. Jennifer Mauskopf, una puertorriqueña linda, menuda y de rostro afilado que estaba junto a mí creía que las cosas podían ser diferentes en esta elección. “La gente está más informada y mejor organizada”, dijo con el puño en alto. “Si antes se criticó la tibia participación de los hispanos, ahora están involucrados al 100”. George López lanzó vivas a los puertorriqueños, los mexicanos, los salvadoreños, los argentinos, los colombianos, los peruanos y hasta a “dos gringos gueros” que andaban por ahí antes de irse con un alarido. “¡Es hora de que los latinos salgan de las sombras! ¡Es tiempo de hacer historia!”

Cuauhtémoc Figueroa dormía cada vez menos. Se levantaba cuando amanecía y se iba a la cama de madrugada concentrado en Pembroke Pines, el área territorial bajo su responsabilidad, una ciudad de 150 mil habitantes al norte de Miami donde vivían miles de puertorriqueños. Todos los días recibía informes de cómo iban las cosas con el registro de votantes, que se había cerrado la primera semana de octubre. Los reportes eran positivos: en 2004 los demócratas tenían en La Florida 370 mil electores inscritos más que los republicanos y aún así perdieron la elección. Ahora casi duplicaban aquella cifra. En Colorado, donde habían sido rebasados cuatro años atrás, ahora tenían 111 mil electores más. La misma tendencia prevalecía en la mayor parte de los estados con población latina: Nevada, Colorado, Nuevo México, Pensilvania y Virginia. En Pensilvania, un estado que McCain había convertido en epicentro de su ofensiva los días finales de la elección, los demócratas superaban los 4 millones de electores registrados, un número que ningún partido había alcanzado antes. Todo indicaba que las campañas millonarias para sumar votantes latinos habían funcionado. Desde La Florida, Figueroa movía las piezas del tablero latino con la meditación y el cálculo letal de un campeón invicto de ajedrez: Obama estaría por tercera vez en la cabina de Eddie “Piolín” Sotelo, conductor del programa de radio en español más sintonizado del país. Lo escuchaban millones de latinos y la última vez que lo visitó en su estudio de los Ángeles Obama cantó con su voz de barítono un fragmento de la canción “México Lindo y Querido”. Robert Kennedy Jr. Se preparaba para una entrevista en castellano con CNN y más tarde el candidato estaría en Orlando, en un mitin con miles de puertorriqueños. En esos días Figueroa lo arregló todo para que Obama participara en la última de las “latino calls” de los jueves, la llamada en conferencia que servía como un improvisado cuarto de guerra para evaluar estrategias y tomar decisiones sobre la marcha. Agradeció a los miles de hispanos trabajar tan duro en la elección. “Su comunidad, es mi comunidad”, les dijo antes de despedirse diciendo en español: “¡Sí se puede!”

Faltaban 10 días para la elección y McCain había anunciado que se retiraba de Michigan, donde no veía ninguna posibilidad de ganar. Además, la dura campaña contra Obama había llegado demasiado lejos y ahora se convertía en un boomerang: tres cuartas partes de los electores no estaban de acuerdo con la forma negativa con la que el veterano de Vietnam atacaba a su adversario. Un día la virulencia en los actos republicanos se desbordó y el país entero observó a un atribulado McCain arrebatar el micrófono a un militante que lanzaba calificativos contra el candidato demócrata. Declaró que lo consideraba una persona decente y con las palmas al frente, como quien intenta detener a una turba enardecida, pidió que terminaran las diatribas. Más tarde, desesperado por evitar la catástrofe, salió de su internamiento casi permanente en La Florida y Pensilvania para viajar a Carolina del Norte, fortaleza conservadora que había votado por el Partido Republicano las últimas siete elecciones presidenciales. Mientras tanto, los ejércitos de Obama se multiplicaban. Unos abordaban autobuses que los llevaban a los territorios más competidos y otros repletaban las oficinas de campaña de Illinois o California – que los demócratas daban por ganados – para llamar a los votantes en los estados donde los candidatos pelearían cada voto. En algunas ciudades eran miles y como se les veía por todas partes, parecía que de pronto se habían incorporado al panorama cotidiano. “Cuando la vemos en marcha, ahora nos damos cuenta de que esta organización popular no hubiera podido ser imaginada por nadie”, dijo Figueroa. El movimiento había llegado a ser tan grande que con frecuencia los altos mandos de la campaña debían hacer ajustes a toda velocidad y desarrollar nuevas estrategias para utilizar a los voluntarios de la mejor forma posible. Cuando la elección se encontraba a la vuelta de la esquina, Figueroa estaba seguro de una cosa: había sido un acierto apostar por liderazgos construidos desde abajo, en el último peldaño de la estructura. “Confiamos en que nuestros simpatizantes serían capaces de ser líderes en las ciudades, estados y barrios. Corrimos un riesgo alto pero valió la pena”.

Cuando salía a tocar puertas en los barrios hispanos de La Florida, un ritual que cumplió hasta unas horas antes de la elección, Patrick Hidalgo seguía el método de compartir historias que Marshall Ganz enseñaba en los campos Obama. Tenía un repertorio amplio y convincente forjado por una vida familiar intensa y una ruta zigzagueante por mundos distintos: su madre permaneció presa 38 días en el régimen castrista –junto con dos tías y uno de sus abuelos– y su padre salió de Cuba para ser sacerdote jesuita, pero al final terminó casándose con ella. Tenía el privilegio de asistir a la Universidad de Harvard, pero algunos de sus familiares pasaban serios apuros económicos; como organizador comunitario conoció la vida de los barrios empobrecidos de Estados Unidos y después vivió en países tan distintos como Colombia, Dubai y México. Así que cuando salía a conversar con los vecinos sobre la necesidad de cambiar al país votando por Obama, Hidalgo, un muchacho espigado y con la apariencia de un niño gigante, tenía varias historias para contar. Si estaba en una casa habitada por cubanos se decía partidario de cambiar la política de Estados Unidos hacia Cuba, mencionaba que había visitado aquel país y que tenía una prima allá, de manera que la situación lo afectaba personalmente. En otras ocasiones, reunido con latinos de clase media, contaba que tenía la fortuna de estudiar en una de las mejores universidades del mundo, pero que su madre había llegado a los 64 años como millones de personas en el país: sin un seguro médico. En el sur de la Florida, donde los electores estaban más atentos a la relación de Estados Unidos con sus países de origen, fue preciso armar a los voluntarios con talking points para explicar por qué Obama no estaba a favor del tratado de libre comercio con Colombia, por qué estaba dispuesto a negociar con Hugo Chávez y qué motivaba su posición sobre Puerto Rico. La estrategia de tocar puertas no consistía en bombardear a los vecinos con estadísticas y peroratas infumables sobre la plataforma del candidato. Los voluntarios iban respaldados por argumentos precisos y en general tocar puertas representaba algo mucho más íntimo: “en treinta segundos debías compartir con los electores pasajes importantes de tu vida, tus problemas y frustraciones”, sonrió Hidalgo al recordar aquellas jornadas. “Al final la cita en el marco de una puerta no era más un encuentro entre extraños, porque terminabas compartiendo cosas en común”. Catapultados por sus historias personales, en una misión tenaz y persistente, en La Florida y el resto del país millones confluían alrededor de la candidatura de Obama, que en esos días se había transformado en un tornado alimentado de frustraciones y una furia colectiva. Las encuestas parecían confirmarlo –en promedio todas lo colocaban con una ventaja de 7.3 puntos sobre McCain– pero en el ambiente flotaba la misma pregunta: ¿sería suficiente para que se convirtiera en presidente?

El día de la elección, desde que un sol rotundo se asomó para iluminar a La Florida, Cuauhtémoc Figueroa, Carlos Odio y Patrick Hidalgo estaban metidos hasta la médula en una misión que involucraba a los mandos altos y medios de la campaña en todo el país: dirigir la mayor operación de traslado de electores en la historia de los Estados Unidos, y probablemente del mundo. Los cálculos de Steve Hildebrand eran que en la misión de trasladar votantes participarían ese día 6 millones de personas, el equivalente a la población de Dinamarca o Paraguay. Era una tarea que en cada elección cumplían trabajadores de las iglesias y los sindicatos y que significaba una inversión de decenas de millones de dólares. La campaña había decidido prescindir de ellos y dejar esa misión en manos de los ejércitos de Obama, apoyados por millones de personas que de manera espontánea habían acudido al llamado días y horas antes de la elección.

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One thought on “Capítulo 13 (Final), Obama Latino, fragmento.

  1. Rosario

    Wil, te envie lo de Obama para la FIL lo viste? Hay cambios? Empiezo de nuevo otra propuesta?.. Manda mail canijo.
    Beso. R

    Reply

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