Capítulo 12, Obama Latino, fragmento.

Florida, una guerra latina

 

Temo Figueroa y Obama en la Florida

 

 

Un sábado de octubre cuando la elección estaba “en llamas”, para decirlo en jerga cubana, Patrick Hidalgo, director del voto latino en Florida, reunió a unos setenta voluntarios; casi todos jóvenes y la mayoría de origen hispano. Era mediodía y se enfilaban a tocar puertas a Hialeah, un barrio conservador de Miami habitado por americanos de clase media y varias generaciones de cubanos, cuando de pronto se detuvo y les dijo: “¡alto aquí!” Bañados por un sol furioso pararon en una esquina.

Hidalgo les pidió que desplegaran las mantas con leyendas sobre el cambio y los pendones con el rostro del candidato. “¡Obama-asereeee-Obama!”, gritaban y aplaudían al paso de hombres y mujeres en sus automóviles y vecinos que los observaban con sorpresa. Algunos voluntarios —los americanos que hablaban sólo inglés— no entendían cuál era la razón de armar un alboroto que podía molestar a los vecinos de Hialeah, un vecindario como los imperturbables suburbios americanos que uno encuentra en cualquier ciudad del país: escuadras perfectas circundadas por casas de dos pisos, automóviles impecables y hermosos jardines sin cerca. Los que hablaban castellano, descendientes de puertorriqueños, colombianos, mexicanos y venezolanos lo comprendían porque en los países de sus padres y abuelos la política es una cosa (supuestamente) seria que con frecuencia se transforma en un carnaval en el que las calles son adornadas con fotografías de los candidatos y los mítines se transforman en jolgorios de comida y grupos musicales, una tradición ajena a las costumbres políticas anglosajonas. “Tuvimos que hacer un trato con ellos: primero embullar y después tocar puertas”, recordó Hidalgo. Con paciencia explicaba a los voluntarios lo importante que era para la gente ver a decenas de hispanos ahí, alegres y estoicos bajo el sol. “Les pedía que confiaran en mí y creyeran que estar ahí, con una emoción y una convicción tremenda, tenía un significado especial para la vida de la comunidad.”

Florida vivía en un estado de guerra que por momentos se transformaba en una fiesta de pequeños colectivos. Con creatividad e ingenio, Patrick Hidalgo se había dado a la tarea de impregnar el ambiente de un inconfundible sabor latino para acercar a miles de simpatizantes. Dos tercios de los hispanos en Florida hablaban español, así que decidió hacer algunos ajustes para combinar el sistema frenético y casi militar de la campaña — tocar puertas, registrar votantes y hacer miles de llamadas a las casas de los electores— con algunas costumbres latinas. Cuando un grupo de hispanos salía a conversar con los vecinos, al regreso era recibido con charolas humeantes de arroz con pollo y maduros. En los barrios de Miami se sirvieron decenas de lechones horneados. En el otoño se rentaron cinco camiones equipados con unos parlantes gigantes: al final del día los simpatizantes que habían pasado un sábado haciendo llamadas o contactando electores se trepaban en ellos y recorrían la ciudad cantando y bailando salsa, en una ruta bautizada como “muévete por Obama”. El deber se convertía en celebración, entre los voluntarios se robustecía el sentido de pertenencia a la campaña y en la opinión pública cobraba fuerza la idea de que todo aquello era sobre todo un movimiento ciudadano.

No se trataba simplemente de armar bulla. Patrick Hidalgo, un americano de origen cubano nacido en el setenta y ocho, miembro de una familia de presos políticos en el régimen castrista, pensaba que si en el resto del país era importante transmitir el sentido de comunidad de una campaña que pretendía huir de los intereses, en Florida, donde parecía imposible revocar un estado de cosas invariable por décadas, era indispensable mostrar una actitud distinta: salir a las calles para escuchar a los vecinos y establecer una conexión genuina en los barrios. “No veíamos a los electores como un número”, me dijo una noche de invierno. “Preferíamos la interacción, hablar con ellos para conocer sus deseos y frustraciones, algo que requería presencia, trabajo y paciencia”. Después de todo, Patrick Hidalgo era lo que en la campaña recibía el nombre de “súper voluntario”: una persona que había decidido abandonar por un tiempo su trabajo o sus estudios para dedicarse por completo a apoyar la candidatura de Obama.

Para el equipo del candidato Florida era la piedra angular de la elección. “Si ganamos ahí, la Casa Blanca es nuestra”, solía decir Figueroa y cuando tocaba el tema transmitía una energía desbordante. Desde junio, unos días antes de que Hillary Clinton reconociera su derrota en la elección interna, el equipo estratégico tuvo claro que iba a pelear con todo ese territorio, incluyendo Miami, que al paso del tiempo ya no tenía tanto de Pequeña Habana como de capital latinoamericana de Estados Unidos. En los últimos años, tal vez sin que los viejos cubanos se dieran cuenta, aquí comenzó a bailarse salsa al estilo puertorriqueño, a la botana de tostones se unieron las arepas colombianas y las mesas comenzaron a llenarse de tequila.

En su oficina del cuartel general de campaña en Chicago, un espacio con paredes decoradas con pósters de César Chávez, Figueroa estudió a fondo el cambio que, sospechaba, estaba por asomarse. Ocho años atrás, en la primera elección de George Bush, siete de cada diez latinos registrados para votar eran cubanos que durante décadas habían constituido el bastión republicano más sólido del país, desde que el exilio volteó la espalda a los demócratas acusando al presidente John F. Kennedy de la fallida invasión de Bahía de Cochinos. Pero las cosas cambiaron en los últimos años. Ahora una parte de ellos, que habían vivido para derrocar a Fidel Castro, eran viejos o estaban muertos. Una nueva generación de hombres y mujeres nacidos en los ochenta, o que llegaron en los años noventa, no pensaban igual que sus abuelos. Muchos tenían familias en Cuba, así que el embargo y la política de restricción no era para ellos sólo un tema político o filosófico, sino un problema íntimo que tenía que ver con la imposibilidad de enviar dinero a la tía que pasaba apuros para sobrevivir el día a día o visitar al abuelo moribundo. Para ellos, el régimen castrista era una referencia histórica que languidecía ante el peso de otras angustias más urgentes: la economía, la guerra en Irak, el desempleo, la educación. A esa realidad se añadía un cambio demográfico inocultable: la Miami cubana había comenzado a mudar de piel años atrás, con la llegada de miles de puertorriqueños, colombianos, mexicanos y venezolanos. En menos de una década los cubanos registrados para votar se habían reducido a 4.5 de cada diez y los electores con otros orígenes latinos ahora eran la mayoría.

Todo ese panorama representaba un coctel explosivo que no podía estar ahí sin que Figueroa se acercarse para agitarlo. Desde el verano su equipo comenzó a trabajar en una tarea extraordinaria: tratar de comprender a cada uno de los grupos hispanos que conformaban ese mundo aparte que era Florida. Las preguntas que se hacían con más frecuencia eran: ¿cómo hacer frente a la comunidad latina que no era una comunidad uniforme? ¿Cómo escuchar a tantas voces distintas al mismo tiempo? ¿Cómo entender al peculiar colectivo que representaba un millón de cubanos dividido en incontables facciones e intereses? Vistos en el papel, tantos números e interrogantes no decían todo lo que significaban observados en la realidad de los vecindarios. ¿Cómo aproximarse a tres generaciones de cubanos? ¿Los puertorriqueños de Orlando eran iguales a los del sur de Florida? ¿Cómo desmantelar la invencible estructura de poder que los congresistas republicanos Lincoln y Mario Díaz Balart habían levantado hacía más de dos décadas? Patrick Hidalgo apareció en el radar de Cuauhtémoc Figueroa y Carlos Odio desde las primarias demócratas. Estudiaba en la escuela de gobierno John F. Kennedy de Harvard y organizaba estudiantes para viajar como voluntarios a Nueva Hampshire, uno de los estados claves al inicio de la batalla contra Hillary Clinton. Desde junio de 2008 se instaló de tiempo completo en Florida: era organizador y su tarea consistía en entrenar a cientos de voluntarios para salir a las calles. Marshall Ganz, el maestro de Harvard que tomó parte en la fundación de los campos de entrenamiento Obama, lo ayudó a organizar a las comunidades de Miami, una tarea en la que Hidalgo incursionó cuando tenía veintidós años.

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