Capitulo 10 del libro Obama Latino (Fragmento)

P1130509 - Copy

El estadio de los Broncos de Denver, la noche que Obama se convirtió en candidato.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las convenciones,

la cuenta regresiva

 

La última semana de agosto, en Denver, una ciudad iluminada por el sol trescientos días del año, famosa por sus montañas color ladrillo y unos espectaculares cielos azules, la convención demócrata se disponía a ungir a su candidato. Los desafíos eran monumentales: proclamada como “histórica” y “única”, no parecía la gran fiesta que se pensaba unas semanas atrás: Obama llegaba tras haber visto cómo se evaporaba la ventaja que había disfrutado en el verano sobre McCain. Todo indicaba que habían causado efecto los misiles republicanos que lo pintaban como una estrella frívola y proclive a elevar el gasto gubernamental y los impuestos.

Una encuesta realizada por The Washington Post y ABC News revelaba algunos datos sobresalientes: Los electores consideraban a McCain mejor preparado para ser comandante en jefe (61-29) conducir al país en una crisis inesperada (52-41) y manejar los impuestos (45-44), pero una mayoría opinaba que Omaba era un líder más fuerte (49-44). Opinaban que el senador por Illinois estaba mejor preparado para manejar la economía (50-39) y McCain para abordar el tema migratorio (46-40), e interrogados sobre el asunto más importante a la hora de elegir presidente el tema más votado era el empleo y la economía. Los sondeos revelaban una tendencia: los electores encontraban en McCain cualidades para convertirse en un presidente con autoridad y fuerza de mando, pero veían al candidato demócrata más cerca de los asuntos que les preocupaban día con día.

El gran espectáculo de la convención, levantado con ciento cincuenta millones de dólares, era equiparable a los desafíos que Obama enfrentaría en los siguientes días: resolver lo antes posible las diferencias que lo separaban de Hillary Clinton y sentar los cimientos de una coalición demócrata como la que llevó a Franklin Roosevelt a alcanzar la presidencia en 1932, tras doce años de gobiernos republicanos. Roosevelt unificó a los trabajadores sindicalizados, los negros, los intelectuales, los liberales, los habitantes de las grandes ciudades y los blancos sureños. Obama había logrado atraer a una combinación distinta formada por blancos profesionales, votantes independientes, republicanos fastidiados, mujeres, jóvenes que votarían por primera vez y ejércitos de estadounidenses que se habían aproximado a su candidatura a través de internet. Pero aún había segmentos electorales con los que no había podido conectar: los hombres blancos, la clase trabajadora y los electores mayores de sesenta años.

Los delegados que ungirían a Obama tenían clara la urgencia de extender esa coalición a otros segmentos que se resistían a apoyar al candidato. Algunos demócratas pensaban que se habían encendido los focos rojos y que era necesario hacer ajustes para evitar que en las diez semanas restantes las encuestas continuaran por el mismo sendero: Obama en descenso y McCain en franco repunte. La preocupación era comprensible: un sondeo realizado por Zogby, que en julio le otorgaba siete puntos de ventaja, ahora favorecía a McCain por cinco puntos porcentuales. Los días previos a la convención había anunciado que su candidato a vicepresidente sería el senador Joe Biden, un viejo representante del mundo político de Washington al que había criticado tanto en la campaña.

CNN, que un mes antes colocaba a Obama liderando la elección por siete puntos, ahora declaraba la contienda en empate técnico.

En esas circunstancias el voto latino volvía a cobrar una importancia notable y los demócratas estaban decididos a recuperarlo. Parecía que habían aprendido la dolorosa lección de 2004, cuando los hispanos decidieron apoyar al presidente George Bush. Había algunos gestos de cortesía evidentes: la convención demócrata tenía la representación latina más grande en la historia, con 9.8 por ciento de los delegados —quinientos de cuatro mil doscientos— en tanto que los negros equivalían al 9.5 por ciento y los asiáticos al 3.8 por ciento. Pero esos números acaso representaban sólo buena voluntad ante los problemas y desafíos que enfrentaban el partido y el candidato.

Las preocupaciones daban a la reunión una densidad grave: ¿Obama sería capaz de unificar al partido? ¿Hillary lo apoyaba sólo en apariencia? Si no era así, ¿por qué nadie la había escuchado pedir a sus millones de simpatizantes que votaran por Obama? ¿Qué tan confiables eran las encuestas que otorgaban al candidato una abrumadora ventaja entre el electorado latino? ¿Cómo lograría atraer a los miles de hispanos que atestaban los mítines para ovacionar a Clinton? Eran demasiadas las dudas y el ambiente de la convención podía cortarse con tijeras de jardinero.

El lunes 25 de enero Denver despertaba iluminada por un sol apabullante y la convención demócrata transcurría entre cientos de reuniones de todos los grupos imaginables: negros, mujeres, jóvenes, blancos, trabajadores, veteranos de guerra, estudiantes, latinos. Desde temprano fue inaugurado el Caucus Hispano, una congregación formada por un millar de congresistas, sindicalistas y activistas. Dos horas antes del mediodía los teléfonos de algunos comenzaron a timbrar con una noticia: Hillary Clinton se aparecería por ahí en cualquier momento.

Los hispanos congregados en un salón del tamaño de un almacén conversaban animadamente y escuchaban los discursos de una caravana de oradores. Casi todos se referían al orgullo de ser latino en Estados Unidos y con emoción desbordada a la posibilidad de que los hispanos pudieran decidir la elección. Pero al final los discursos terminaban invariablemente relacionados con esos asuntos que en Estados Unidos son catalogados como “temas de mesa familiar”: el precio de la gasolina, las tarifas de electricidad, los padres, hermanos, hijos, primos y tíos acantonados en la guerra de Irak, algún muchacho que tuvo que renunciar a estudiar la universidad por falta de dinero, una familia sin cobertura de servicios de salud.

Sólo de vez en cuando aparecía alguna mención a la reforma migratoria, convertida más en un asunto de dignidad y justicia, que en un tema vigente en una realidad compleja. Mientras escuchábamos a los oradores Figueroa me dijo que la migración sería un tema, pero era muy debatible si se convertiría en un catalizador en la elección. “El tema número uno es la economía porque cuando se trata de empleos perdidos, hipotecas en quiebra y falta de oportunidades, los latinos están en lo más alto de la lista.” Pero advirtió que no podía obviarse la realidad de algunos estados del suroeste (California, Texas, Colorado, Nevada, Nuevo México, Arizona), en donde la migración era el asunto más importante. “No es exagerado decir que casi cada familia tiene a alguien esperando por la reforma.”

“¡Ahí viene!” Un grito le avisó a Cuauhtémoc Figueroa, que posaba para la cámara de una señora de California, que ella estaba por llegar. “¡Fantástico!”, exclamó en inglés. Se colocó al fondo y en el medio del salón y cruzó los brazos. Hillary Clinton entró al caucus hispano como un huracán en el centro de un nudo de fotógrafos, voluntarios que le abrían paso y seis agentes del Servicio Secreto. Si a Obama los auditorios lo recibían con la atmósfera estentórea que acompaña a una estrella de rock, la senadora por Nueva York tenía al público rendido antes de que abriera la boca. “¡Hi-lla-ry, Hi-llary, Hi-lla-ry!”, rugía el auditorio repleto de latinos. Subió a una plataforma y bañada por la lluvia de neón de cientos de camaritas digitales saludó: “¡mis queridos amigos!”

Había elegido al Caucus Hispano para pronunciar un mensaje que las horas siguientes tendría una resonancia significativa. “Les pido con todo mi corazón que trabajen tan duro por Barack Obama como lo hicieron por mí”. Las estructuras del salón se estremecieron sacudidas por una ovación tremenda. Clinton hizo una pausa. “¿Saben para qué estamos luchando? No sólo para tener un presidente demócrata, sino para que nos devuelvan el país. No podemos aceptar cuatro años más de políticas fallidas. Lo que está en juego no es la Casa Blanca, sino el futuro de Estados Unidos.”

En el fondo del salón, Cuauhtémoc Figueroa aplaudía casi con furia. Era el discurso que el equipo de voto latino estaba esperando: sin regateos, Hillary había pedido a sus queridos aliados hispanos, un ejército poderoso y leal, que apoyaran a Obama con la misma pasión que lo hicieron por ella. La noche siguiente Hillary apareció ante un auditorio visiblemente mayor, el salón principal de sesiones de la Convención Demócrata, para proclamarse ante unos quince mil demócratas como una “orgullosa simpatizante” de Barack Obama.

Estaba sentado en las galerías altas y a donde quiera que mis ojos volteaban se encontraban con la misma escena: mujeres jóvenes, mujeres viejas, mujeres niñas, mujeres y más mujeres alzando pendones con la firma de Hillary, con la nariz roja y las mejillas húmedas. También había hombres conmovidos. Las pantallas gigantes disparaban acercamientos de la senadora en el momento en el que decía a los miles de demócratas reunidos ahí que hubieran votado por ella o por Obama, había llegado el tiempo de unir al partido. “Obama es mi candidato”, dijo en un tono que me pareció hueco, como un niño obligado a decir algo que no desea. Pero después se metió poco a poco en el papel que le correspondía. “¡No way, no how, no McCain!” (¡De ninguna manera, de ningún modo, no McCain!), exclamó y la arena se incendió. “Debemos elegir a Obama como nuestro próximo presidente.” Observado desde las pantallas gigantes, su rostro no decía lo que sus palabras. Después de todo en su largo discurso no dedicó un solo elogio para Barack Obama.

La noche siguiente el orador estelar fue Bill Clinton, todo un espectáculo sobre el escenario. Si los micrófonos fueran balones, Clinton sería el Maradona de la oratoria. Lo domina todo: el lenguaje corporal, los brazos que se abren para dirigir al auditorio antes de pronunciar una frase elocuente, los tonos de la voz, que aumentan y disminuyen al ritmo de las ideas, los silencios deliberados, la forma en la que lleva al público hasta donde lo desea. “Estoy aquí antes que nada para apoyar a Obama”, saludó y los demócratas se pusieron de pie para ovacionarlo. Michelle Obama, vestido azul cobalto, se incorporó para aplaudirlo. Clinton llenó de elogios a Obama y construyó un discurso que transitó entre un recuento de la herencia del gobierno de George Bush —el sueño americano amenazado por la pérdida de oportunidades y un tambaleante

liderazgo americano en el mundo— y el horizonte de posibilidades que representaba la candidatura de Obama para restituir lo perdido. Dos fueron los momentos climáticos, por sus significados y simbolismos. El primero llegó cuando Clinton advirtió que “el mundo siempre ha estado más impresionado por el poder de nuestro ejemplo que por el ejemplo de nuestro poder”. El Pepsi Center se venía abajo. El segundo ocurrió al final, después de citar los valores americanos de libertad y equidad: “Si ustedes siguen creyendo que Estados Unidos debe ser un lugar llamado Hope, entonces deben elegir a Obama presidente de Estados Unidos”. Clinton nació en un pueblo de Arkansas llamado Hope, que en inglés significa esperanza, y un día de verano de 1992 aceptó la nominación de su partido con un discurso que tituló “Creo en un lugar llamado Hope”. La frase se convirtió en lema de su campaña y en motivación de su gobierno. Hope, que había sido el símbolo del último gobierno demócrata, abría sus puertas para recibir a Barack Obama.

El día siguiente llegó el momento esperado con ansiedad. El Pepsi Center estaba lleno hasta el techo cuando los cuatro mil delegados se reunieron para ungir a Obama.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s