Un vecino singular.

  

Maki, Nicolás y Namika frente a la oficina Oval de la Casa Blanca. Esa figura difusa en la ventana del medio,  junto a la bandera de las barras y las estrellas, es el Presidente Barack Obama.

 

 Mi vecino el Presidente.

 

 La elección del primer presidente negro cambió a Estados Unidos y modificó al mundo entero.

¿Cómo se ha transformado el vecindario de la Casa Blanca con la llegada de su nuevo huésped?

 

Wilbert Torre

 

 Lo teníamos a unos diez metros de distancia, pero su figura espigada era inconfundible detrás de las ventanas transparentes de la Oficina Oval. Vestía un suéter azul y no cabía duda de que era él, aunque algunos se resistían a creerlo. Me parece que fuimos los primeros en avistarlo, porque unos segundos después de que Maki y yo comenzamos a discutir si era él, se nos unieron una docena de personas que empuñaron sus cámaras digitales, apuntaron hacia los cristales y comenzaron a disparar con desenfreno, mientras exclamaban “¡Wooooow!”, invadidas por la emoción. Observaban la escena con cierto arrobo, hasta que un grito las sacudió. “¡Atrás!”, ordenó un gigante negro del Servicio Secreto a quienes intentaban regresar unos pasos para acechar. “¡Atrás!”

Nicolás, que caminaba dando tumbos haciendo suertes de malabarista con su sombrilla roja en las manos, preguntó: “¿Dónde? ¡No le veo!” Y justo en ese momento, él se incorporó del sillón, se asomó por la ventana y levantó la mano derecha para saludar a quienes pugnaban por un espacio como una parvada de pájaros escandalosos en primavera.

Nicolás tenía tres años cuando en su universo de trenes, coches y superhéroes irrumpió un personaje cuya imagen veía multiplicarse en libros, posters y afiches metálicos por toda la casa: Barack Obama. Aprendió a pronunciar el apellido del candidato demócrata antes que a decir correctamente mi nombre, aunque debo decir que a veces lo confundía con Mohamed Ali. Meses después le expliqué que Obama había ganado la elección y se había convertido en presidente de los Estados Unidos, y le dije que en vista de que algún día tendrá que cumplir con sus responsabilidades de ciudadano, tal vez debería contar de una vez con esa información. Siempre me escuchaba atento, mientras observaba el rostro del Presidente con gran curiosidad. “¿Por qué está por todos lados?, me preguntó un día. Así que la mañana en la que le anuncié que iríamos a visitar la casa de Obama, abrió con desmesura sus ojos sonrientes y dijo: “¡That´s awesome!”

Era el tercer sábado de octubre, un día frío, gris y lluvioso, y una pandilla de arrojados inconscientes desfilábamos bajo el cielo encapotado de Washington, tiritando con las manos entumecidas aferradas a unos paraguas inútiles que sucumbían bajo una llovizna pertinaz. La mayoría eran adolescentes y parejas de americanos jóvenes, pero también había unos cuantos abuelos y tres familias de padres irresponsables –entre las cuales nos contábamos nosotros– que no sólo se habían atrevido a salir a la calle en ese clima de perros, sino que lo habíamos hecho acompañados por nuestros bebés y pequeños herederos. Namika tenía las manitas heladas y Nicolás avanzaba con las botas empapadas, cargando con enormes sacrificios su sombrilla de niño. Pero todos nos encontrábamos (o fingíamos con perfección) felices de la vida de caminar con absoluta libertad por los jardines de la Casa Blanca.

Con increíble frecuencia se escucha decir que la elección de Barack Obama cambió a los Estados Unidos, rompió una barrera racial que se pensaba insuperable y alteró el orden de las cosas en el mundo. Para mí, un distraído habitante de un suburbio a veinte minutos de Washington, un barrio blanco de jardines podados con esmero y más centros comerciales que cines y bibliotecas, la dimensión y los alcances de la elección del primer presidente negro se reducen a una curiosidad más banal: ¿Qué significa ser vecino del Presidente? ¿Qué representa para algunos tener a la familia Obama tan cerca de su puerta? ¿Lo quieren todos sus vecinos? ¿Cuándo lo ven, lo saludan? ¿Es un vecino ejemplar?

Podría jurar que ni una sola de los dos centenares de personas que estaban ahí había llegado solo para ver los prados como recortados por un estilista y las jardineras perfectas de la Casa Blanca. Por el entusiasmo y la alharaca que hacían todos a pesar del frío y de la lluvia, me parecía que habían llegado movidos por un impulso mayor. Los recorridos para turistas y las familias que habitan Washington y sus suburbios han existido por décadas (con un intervalo decretado tras los atentados terroristas de 2001), así que había algo misterioso en la desmedida euforia de esa caravana de visitantes.

La llegada del nuevo huésped de la casona que se levanta en la Avenida Pensilvania cambió algunas cosas y conceptos. Me parece que miles de turistas y americanos ya no van sólo a tomarse la clásica fotografía de postal con el paisaje de la mansión resplandeciendo a sus espaldas. La Casa Blanca nunca dejará de llamarse Casa Blanca, pero entonces ¿Por qué ahora es llamada con familiaridad “la casa de Obama?” A la Casa Blanca ya no se va solo a observar un frío edificio oficial. El acto de visitarla ha dejado de ser protocolario y en él van inmersos otros motivos más desenfadados y aun celebratorios. Para corroborarlo bastaba con leer el aviso que se alzaba en las fronteras del prado sur, una mullida alfombra verde: “Cerrado hasta después de la Fiesta Latina, el 13 de octubre”

“Ahora todo es más amable, más alegre, más divertido. No es lo mismo tener de vecino a Bush que a Obama”, me dijo un extranjero que vive en la calle O, a unos dos kilómetros de la Casa Blanca. El vecindario ha rejuvenecido con la llegada de la familia Obama. El Presidente es comensal asiduo de varios restaurantes, visita con Michelle algunos bares del centro y asistide con sus hijas a los juegos de basquetbol en el Verizon Center.

La lluvia había arreciado cuando él se aproximó a la ventana y sacudió la mano derecha para saludar a los visitantes. A sus espaldas era posible observar un cuadro de Abraham Lincoln y a su izquierda una bandera de los Estados Unidos, situada en el medio de dos sillones, en la Oficina Oval.  A diferencia de la euforia manifiesta en quienes nos rodeaban, Maki se comportó con una serenidad digna de su raza japonesa, se plantó con Namika y Nicolás frente al agente del Servicio Secreto que continuaba gritando “¡atrás!” y entonces fue ella la que ordenó: “Tómanos una foto con Obama al fondo”. Alcé mi cámara, la blandí frente al gigante de ébano y alcancé a escuchar click.

Nicolás estaba feliz de estar en la casa del Presidente y de haberlo visto sentado en su oficina, trabajando en sábado. Más alegre se puso unos metros adelante cuando pudo tomarse una fotografía en el área de juegos al aire libre en donde suelen divertirse Malia y Sasha. Después pasamos junto a una cancha de basquetbol que con seguridad es frecuentada por el Presidente y visitamos el Jardín de los Niños, en donde una fuente circular rodeada por hermosas flores parecía saludar al Monumento a Washington, el viejo obelisco gris que ese día se observaba como un viejo faro en medio de una tormenta.

Han pasado algunos días desde que fuimos a la Casa Blanca y Nicolás no deja de recordar aquel sábado. Ayer cuando estaba viendo la televisión y apareció el Presidente en un noticiero, dijo en su simpático spanglish:

“¡Yo he visto a Obama en el window!”

¿Lo recuerdas? –le pregunté–.

“¡Claro que le recuerdo! Hoy le dije a mis amigos: ¡Hey guys! ¡He visto a Obama en el window de la blanca casa!”

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