Harlem, gospel, negros endomingados, misa..

  

 

Harlem al borde de

un ataque de Gospel

 

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Wilbert Torre/El Universal.

Lunes 4 de septiembre de 2006

NUEVA YORK.- Kevin R. Johnson es un negro atlético y con una voz poderosa que cada domingo, cuando Nueva York apenas se despereza, mantiene a cientos de familias negras que visten traje y sombreros anchos, a despreocupados turistas alemanes y japoneses y a algunos neoyorquinos conversos, al borde de un ataque de blues sincopado.

Kevin R. Johnson tiene 40 años, el cráneo afeitado con esmero y una túnica larga y oscura que le cubre los zapatos.

Son las nueve de la mañana, y en el centro de una mansión de Harlem, Johnson alza la voz y dice al público que el mundo no está para tonterías. Que es urgente tener fe, creer que todo en la vida es posible; que es necesario luchar hasta el final, combatir con fuerza, pelear, no rendirse jamás.

Quien no lo conociera podría decir que Johnson es un político en campaña o un general que pronuncia un discurso de guerra. Pero hacia arriba de sus anchas espaldas se eleva una imagen de Jesús y a la izquierda otra de san Juan Bautista, en un hermoso vitral de colores.

Johnson no grita, canta sus súplicas, y lo hace moviendo las manos con fuerza. Echa el cuerpo hacia adelante, se para en las puntas de los pies y mece las caderas con un ritmo tremendo.

Johnson es el reverendo encarga do de liderar la misa de nueve en la iglesia bautista de la calle 138, en el corazón de Harlem, una enorme nave color arena que cada domingo repletan unas 600 personas para orar al ritmo de la música gospel.

Aquí los rezos abandonan el rito del silencio y se convierten en un melodrama en el que las oraciones son lanzadas con una fuerza descomunal y por momentos desgarradora.

Los rezos mutan en canciones que son coreadas a ritmo de blues, con el acompañamiento rítmico de las palmas, y en esta iglesia bautista la regla es permanecer de pie cantando, moviendo la cabeza y meneando las caderas y las manos.

En el centro de la iglesia hay un coro formado por 15 mujeres y 10 hombres. Todos son negros y cantan de pie. Aba jo, en lo que podría ser un altar rodeado por un vestíbulo breve, están el reverendo Johnson y muy cerca Gloria Patri, una negra alta y de cabello trenzado que lo asiste en las oraciones, con los ojos cerrados.

En los extremos del salón destacan un piano que toca un joven, también negro, y un órgano al que está sentado un viejo de barba blanca.

Johnson entra en acción apenas al comenzar la misa. Cuenta la historia de un hombre enfermo de lepra que estaba atrapado sin poder orar y pedir ayuda a Dios.

“¡Todo lo que necesitamos es ser tocados por Dios!” exclama, y la iglesia bautista de Harlem se estremece.

“¡Puedes ser latino! ¡Puedes ser di vorciado! ¡Puedes estar enfermo! ¡Y puedes hablar con Dios!”, grita Johnson y en seguida repite la misma frase, sólo que cantada con un ritmo de blues: “¡Y puedes hablar con Dioooos!”. Luego pregunta: “¿Quieren ser tocados por Dios?”

Las familias negras responden con un ¡sí! sonoro, también cantado. Algunas mujeres de sombreros anchos se levantan y cantan con las palmas de las manos abiertas al frente, como si tocasen un cuerpo no visible. En el segundo piso, los negros del coro bailan y aplauden con fuerza, y en sus lugares los rubios neoyorquinos y los turistas se unen y mueven las caderas.

Es casi el mediodía en Harlem y a la vuelta de la esquina, en el bulevar Malcolm X, una larga fila de turistas espera un lugar para la misa de 11:00. Hay familias de blancos que no se forman: decidieron hacerse miembros hace tiempo y ahora forman parte de la comunidad de la iglesia bautista.

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