Capítulo 9, Obama Latino, fragmento.

Cuauhtemoc Figueroa entrenando organizadores latinos durante la elección.

Cuauhtemoc Figueroa entrenando organizadores latinos durante la elección.

Este capítulo describe los choques entre los grupos de Obama y Hillary Clinton y su efectos en los votantes latinos; narra la forma en la que organizadores comunitarios vinculados con Obama y Ganz se desplazaron a todo el país para entrenar a cientos de hispanos en los métodos de organización de electores en cada precinto y ciudad, y detalla la forma en la que operaban las latino calls, una ingeniosa y efectiva estrategia de llamadas semanales que enlazaban a unos 2 mil líderes latinos y que servían como unos improvisados cuartos de guerra para ajustar estrategias, controlar daños y acometer con urgencia algunos asuntos y temas preocupantes en la estrategia del voto latino.

 

 

Latinos, prioridades

y tiempo de definiciones

 

La política estadounidense es como el animal entrenado de un circo: en cualquier momento puede deparar una sorpresa desagradable, un escándalo, una situación alarmante y bochornosa, pero mientras eso no ocurra es sorprendentemente civilizada. Eran los últimos días de julio y un calor perturbador recorría la mayor parte del país, mientras demócratas y republicanos se preparaban para celebrar sus convenciones. Gracias a esos códigos de extraordinaria convivencia y cortesía, Barack Obama y sus hombres empezaban a contar con un arma sorprendente, y si funcionaba como deseaban, también letal: Hillary Clinton, que sólo dos meses atrás era una aliada improbable de Obama, reanudaba sus recorridos por el país asistiendo a eventos dedicados a registrar votantes demócratas y proclamar ante auditorios enfurecidos que era hora de que el daño hecho por George Bush llegara a su fin y que un gobierno demócrata sacara a Estados Unidos de esa larga pesadilla. Lo que se pensaba imposible estaba sucediendo: Hillary no sólo había reconocido su derrota, sino que hacía campaña por Obama. Aún así las huellas de la épica batalla que los había enfrentado no se habían desvanecido, y las desconfianzas entre los dos grupos permanecían como esos pleitos de familia que con frecuencia son irreconciliables.

Uno de los núcleos más involucrados en esa circunstancia eran los latinos, que habían apoyado de manera abierta y entusiasta a la senadora Clinton —por un margen de dos a uno en las primarias— arrastrados en buena medida no sólo por la popularidad de “la Hilaria”, como la llamaban muchos con aprecio y camaradería, sino por el recuerdo que tenían del gobierno de Bill Clinton: una época de estabilidad y bonanza económica que había beneficiado a sus comunidades, y que ahora todos echaban de menos. Conforme los días pasaban y se aproximaba la convención demócrata, un rumor comenzó a transitar con fuerza por todos lados: la senadora por Nueva York estaría siendo considerada por Obama como posible candidata a la vicepresidencia. En el cuartel general y particularmente en la campaña por el voto latino, la especie había sido recibida con dosis de escasa credibilidad. Ahí dentro nadie la veía como una aspirante con posibilidades de alcanzar la nominación, porque no la identificaban en modo alguno con el cambio político que abanderaba Obama.

Era un jueves 24 de julio, Cuauhtémoc Figueroa estaba montado en un avión rumbo a Las Vegas y en su ausencia el cubanoamericano Carlos Odio se encontraba a cargo de dirigir otra estrategia de campaña: las Latino calls, unas llamadas telefónicas en conferencia en las que

Figueroa y compañía se enlazaban con más de dos mil quinientos líderes de vecindarios hispanos de todo el país, los jueves de cada semana. Odio era un muchacho espigado, de veintisiete años y piel apiñonada que se había unido a la campaña como voluntario dos años atrás, en Brooklyn, el barrio neoyorquino del aclamado escritor Paul Auster. Venía de Miami y hablaba con perfección inglés y castellano.

Esas llamadas eran el último eslabón de una herramienta semejante a un cuarto de guerra discreto y efectivo en donde se ventilaban los avances y los problemas que implicaba la ardua tarea de atraer a los electores hispanos, y se delineaban posibles soluciones. Para entonces a los hombres de Obama comenzaba a mantenerlos ocupados la necesidad de responder con celeridad y eficacia a un instrumento de campaña que los republicanos habían aprendido a manejar con destreza en las últimas elecciones: la guerra sucia, una sucesión de mentiras o medias verdades lanzadas por radio y televisión para desacreditar a sus adversarios demócratas. El éxito reciente más paradigmático de una mentira que había mutado en una verdad instantánea había ocurrido en 2004 cuando John Neil, líder de un grupo de veteranos de guerra, difundió una historia que desacreditaba el pasado heroico de John Kerry en Vietnam. Con el tiempo se descubrió que el relato era falso, pero el daño estaba hecho: fue un golpe brutal que terminó por hundir las aspiraciones del candidato demócrata.

Cuatro años después los republicanos abrían fuego contra Obama, que acababa de emprender un viaje que lo llevaría a visitar varios países de Europa. Ese jueves Odio dirigió la llamada, evaluó situaciones y lanzó algunas alertas. Informó a los latinos enlazados por el teléfono que el senador había estado en Irak y Afganistán y que ese día llegaría a Alemania. “La bienvenida en todos lados es extraordinaria”. Dijo que la candidatura continuaba en ascenso en las encuestas nacionales y el voto latino también se consolidaba a favor de Obama: el Pew Hispanic Center lo ubicaba con una ventaja de sesenta y seis puntos por veintidós de McCain. A esas alturas de la elección el primer comercial en español había salido al aire en Florida, Colorado, Nuevo México y Nevada: llevaba por nombre “Nuestro Propio Camino”, y tras una breve presentación dirigida por Obama en un español con acento gringo, advertía que mientras unos tenían poder y conexiones “la mayoría de nosotros construimos nuestro propio camino igual que el hombre que puede ser el próximo presidente”. El anuncio recordaba que el candidato creció sin padre, fue criado por su madre y con grandes esfuerzos se graduó en la universidad. “Obama no ha olvidado sus raíces”, hacía notar el promocional. Terminaba subrayando que Obama había trabajado con las iglesias para entrenar a las familias en el cuidado de los niños y que a pesar de la presión política en el Senado había respaldado la reforma migratoria y el regreso de las tropas en Irak. “Es tiempo de tener un presidente que entiende que todos merecemos la oportunidad de crear nuestro futuro”, advertía una voz en off. Odio puso en el teléfono a Vince Casillas, uno de los voceros del voto latino, que mencionó que aun cuando las encuestas ubicaban al senador ganando entre los hispanos a razón de tres a uno, aún era mucho el trabajo por delante. “Debemos reforzar el mensaje en el público latino”, dijo Casillas, un moreno con un tórax de barril y un cuerpo sólido y compacto. Ya habían cubierto la compleja tarea de acercar a Obama a los hispanos y poner a éstos en contacto con sus valores y logros, y ahora resultaba indispensable fortalecer su imagen como el candidato que comprendía la comunidad latina y los temas latinos.

Mientras tanto Figueroa llegaba a Las Vegas acompañado por Marshall Ganz, el profesor de Harvard que un año antes participó en los campos donde fueron entrenados cientos de organizadores que ordenaron y guiaron el esfuerzo de miles de voluntarios en todo el país, y por Juan Soto, un organizador comunitario de Chicago que conoció a Obama cuando en el Senado de Illinois apoyó una ley que permitió a los estudiantes indocumentados ingresar a las universidades como residentes. Soto era director de Pielsen Neighboors, una organización comunitaria afiliada a Fundación Gamaliel, que había nacido en 1968 inspirada en los “consejos comunitarios de los patios traseros” que en los años treinta creó un organizador radical llamado Saul Alinsky para movilizar a los vecindarios de Chicago asfixiados por la pobreza y la falta de organización y poder de acción ante las autoridades. En 1985, después de graduarse en la Universidad de Columbia de Nueva York, el joven Obama regresó a Chicago y entró en contacto con Jerry Kellman, un organizador que trabajaba para el Proyecto de Desarrollo de Comunidades asistiendo por medio de las iglesias a obreros negros y latinos que habitaban unos vecindarios asolados por la clausura de las plantas acereras del sur de la ciudad. Obama fue entrenado en las tácticas de lucha de Alinsky: organizar a la gente para adquirir poder y confrontar

a las autoridades.

Ganz movilizó a los campesinos de César Chávez cuarenta años atrás y Soto había pasado casi la mitad de sus cuarenta y un años asistiendo comunidades vulnerables. Ahora estaban en Las Vegas para ayudar a Figueroa en un objetivo: implementar la decisión de la campaña de tratar a la comunidad latina como al resto de los vecindarios de Estados Unidos. Para lograrlo era necesario reclutar y entrenar en tácticas de liderazgo y organización a cientos de personas que entendieran a las comunidades hispanas. La idea no era movilizarlas sólo alrededor de la candidatura de Obama, sino que los métodos que aprendieran ahí permanecieran en sus barrios, incluso si Obama perdía la elección.

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One thought on “Capítulo 9, Obama Latino, fragmento.

  1. Alfredo Acosta Figueroa

    Estimado Senor Torre,

    Soy tio de Cuauhtemoc “Temo” Figueroa y mi hija es Patricia Figueroa Pinon y queremos que usted nos diga cuando podrar venir a California para organizar un “Book Signing” tal vez en la Universidad de Riverside, California.

    Tambien le agradecira si me pudiera vender 5 libros o donde pudeo consigirlos.

    Nosotros estamos afilados con Radio Bilingue de Fresno, California que es un red de mas de 55 estaciones Bilingues aqui en los Estados Unidos y cuarto en Mexico y Samuel Orozco de linea abierta jefe de toda la programacion quiere un libro para entrevistarlo a usted y a Temo.

    Por Favor comuniquese conmigo, Gracias.

    Reply

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