Central Park, mapaches, corredores, fantasmas blancos…

 

El parque de juegos

más grande del mundo

Medio maratón un sábado otoñal de hace varios años

Medio maratón un sábado otoñal de hace varios años

 

 

 

 

WILBERT TORRE . CORRESPONSAL

El Universal

Miércoles 28 de marzo de 2007

 NUEVA YORK.- En Manhattan existe un lugar sin igual, donde una misteriosa mujer corre todos los días con el rostro pintado de blanco; un mapache hurta los sandwiches de los turistas; un hombre de 94 años hace abdominales en el mismo sitio donde solía trotar con Jacky Kennedy; unos patinadores descienden a gran velocidad, como una parvada con alas en los pies y un grupo de africanos tocan sus tambores junto a unos bailadores matutinos de tango.

Es un sitio repleto de caminos laberínticos y lagos, que existe casi por milagro en medio de esa selva de rascacielos llamada Nueva York, donde todo transcurre de prisa. En este sitio todo ocurre a otro ritmo. Se trata del neoyorquino más longevo de la isla: tiene 150 años y su nombre es Central Park.

Es un referente imposible de pasar por alto en Manhattan: no sólo es el pulmón de una ciudad asfixiada por el tráfico y el ruido de los cláxones, sino también un oásis de diversión y relajamiento para los neoyorquinos, en realidad tan obsesivos como esos personajes de las películas de Woody Allen.

Es además un ejemplo de una milagrosa conversión urbana: hace 20 años era escenario de cruentas batallas entre pandillas que violaban y asesinaban y se disputaban su territorio boscoso. Hoy es un gigantesco jardín abarrotado de niños y familias que organizan picnics y fiestas con globos y confeti.

El Central Park es una babel de prados color menta: Cualquier domingo en una de sus bancas puedes encontrar, sentados uno junto al otro, a un polaco, un estadounidense, un africano, un suizo, un japonés, un indio musulmán (con turbante) y un argentino. En un planeta donde todo parece macado por brechas sociales y diferencias de clase, el parque es un micromundo donde todos, al menos por un rato, juegan a ser iguales: con frecuencia cohabitan en el mismo espacio un vagabundo y una de esas neoyorquinas adineradas que trotan con sus ipods.

En verano, en un óvalo de arena junto a la Quinta Avenida, a la altura de la calle 100, en el Central Park puedes ver a unos jóvenes que corren tras un balón y que visten camisetas amarillas a rayas blancas y rojas y otras con un puma en el pecho: son los mexicanos que cocinan y sirven mesas en los restaurantes de Manhattan.

El Central Park es un recuerdo de aquellos tiempos cuando los arquitectos no sólo construían edificios de cristal y concreto con ventanas que tocan el cielo. Cuando uno visita sus hermosos lagos y trota en sus prados y escala sus muros de roca grisásea piensa que se trata de un parque natural, cuando en realidad es la creación de una pareja formada por un superintendente llamado Frederick Law Olmsted y un arquitecto inglés que llevaba por nombre Calvert Vaux, que por encomienda del gobierno y unos comerciantes millonarios construyeron un paisaje urbano a semejanza de los parques que hace dos siglos se levantaban en Paris e Inglaterra.

“El Central Park es mi casa. Sin el parque no hubiera vivido tanto”, dice Alberto Arroyo. Tiene 94 años y comenzó a correr en el lago rodeado por rascacielos hace siete décadas. “Mi compañera de trote no era cualquiera. Era la misma Jacky Kennedy”, exclama Arroyo.

Pero el parque no sólo representa un rectángulo virtuoso para los corredores. Posee una colección de cosas increíbles: 10 kilómetros de caminos pavimentados, zonas boscosas donde habitan más de 200 especies de pájaros salvajes avistados desde 1886, dos famosos halcones de cola roja, Pale Male y Lola, que habitan en la cornisa de un edificio de millonarios en el Upper West Side, un castillo, una fosa habitada por viejas tortugas, dos pistas de patinaje, varios teatros y un viejo carrusel que no deja de girar ni en el invierno.

Witold Ribczinski, historiador y profesor de urbanismo, dice que Nueva York no podría imaginarse sin la magia del Central Park.

“Es el cuarto de juegos más grande del mundo”, ha dicho Ribczinski.

 

 

 

 

 

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