Capítulo 8 Obama Latino, fragmento

 

 

La ciencia de tocar puertas

    y ajustar el mensaje

 

 Obama sombrero
 
 
En este capítulo podrán ver a Obama y a McCain medir fuerzas ante el público latino y conocerán cómo Temo Figueroa y sus directores de voto latino tomaron la decisión de adoptar una estrategia inédita para hacer ganar a un negro entre los hispanos: tratar a la comunidad  latina como al resto de las comunidades de los Estados Unidos. La comunidad hispana había sido ignorada siempre, como una presencia maldita.

 

 

“¡Obámanos unidos!” La frase se multiplicaba en los automóviles y adornaba las camisetas de los adolescentes que caminaban en las ciudades latinas del país. También había visto, con menos frecuencia, pegatinas y sombreros con la leyenda “Latinos con McCain”. Los candidatos no podían abstraerse del mundo hispano: en el verano visitaron las convenciones de cuatro de las organizaciones más importantes del país, practicaron su español y en ocasiones probaron manjares latinos. A Obama, sobre quien corrían versiones de anorexia, lo había visto devorar con glotonería una torta de carne con ají en Brownsville.

El primer domingo de julio McCain fue recibido por la Liga de Ciudadanos Unidos de Latinoamérica (LULAC) en la capital del país, en un auditorio ocupado por hispanos más próximos a la veteranía que a la juventud. Era un público adormecido y tibiamente animado de veteranos de Vietnam, maestros y propietarios de negocios pequeños. El discurso del republicano también se quedó a la mitad, atrapado entre dos muros: las presiones de su partido y la urgencia de su campaña por acercar a los votantes hispanos. El candidato se refirió a los miles de latinos que habían perdido el empleo, explicó cómo reactivaría la economía y ofreció una reforma migratoria que en realidad parecía una anti reforma: reforzar las fronteras, respetar los derechos de los habitantes legales de Estados Unidos y tratar “humanamente” a quienes llegaron de manera ilegal. Era mediodía cuando un aplauso desganado lo despidió. Un ánimo de decepción recorría a los líderes latinos: ni siquiera había mencionado la posibilidad de abrir un camino a la legalización de millones de inmigrantes. El discurso no había demorado ni diez minutos y, más allá de su oratoria sedante, McCain no había proyectado un compromiso convincente. Parecía como si tuviera prisa por retirarse.

En la hora del almuerzo, en espera de que llegara Obama, los líderes de Lulac conversaban sobre la situación del país y el voto latino. Pablo “Paul” Martínez, un dirigente de Nuevo México, advertía que no tenían claro por quién votarían. “Los hispanos tienen tres prioridades: economía, guerra y educación, y apoyarán al candidato mejor posicionado en esos temas”. Max Martínez, un veterano de Vietnam, intervino: “nunca había visto una crisis económica tan fuerte como esta, ni siquiera en los tiempos de Reagan. Los latinos estamos hartos de estar siempre al final de la cola… Ojalá este año el voto hispano despierte”. Dos horas después apareció el candidato demócrata. El salón lucía al tope: habían llegado más jóvenes, profesionistas, mujeres y hasta algunos nietos de quienes habían escuchado a McCain. En la atmósfera flotaba un ambiente de euforia y emoción provocada por el fenómeno popular en el que Obama se había convertido. Comenzó por mencionar al alcalde de Los Ángeles, Antonio Villaraigosa —un hijo de mexicanos— y al legendario líder campesino César Chávez como ejemplo de una lucha por hacer al país más justo e igual, y advertir la importancia de un gobierno que reflejara fielmente la diversidad de Estados Unidos. No se trata —dijo— sólo de que los hombres y mujeres de cada raza, religión y contexto estén representados en cada nivel del gobierno, ni tampoco de enviar un mensaje a nuestros niños de que todos podemos ser líderes y podemos servir. Eso es importante, pero lo es más que un gobierno reconozca que cuando hay una niña hispana que se gradúa sin saber leer o no se gradúa, no es un problema hispano, sino un problema de Estados Unidos. Cuando los hispanos pierden sus trabajos más rápido que cualquier americano, ese no es un problema hispano, sino un problema de todos. Cuando doce millones viven escondiéndose y cientos de miles cruzan las fronteras de manera ilegal cada año; cuando las compañías contratan indocumentados para evadir el pago de horas extras y cuando una madre es separada de su bebé, es un problema que todos nosotros, negros, blancos y cafés, debemos resolver como una sola nación.

Obama empleó un recurso que había probado ser eficaz para acercar a los votantes: contar historias. Narró las de una madre en Los Ángeles que pensaba que el sistema educativo no estaba hecho para gente como ella y la de Cristina, una joven a la que conoció en una ceremonia de aceptación de nuevos ciudadanos en la iglesia de Pilsen, en Chicago. Ella le contó que estudiaba políticas públicas y él dijo a sus padres que deberían sentirse orgullosos. Mientras ella traducía sus palabras tuvo algunos pensamientos: “recordé que en medio de todo el ruido y la furia que con frecuencia nublan la discusión sobre el tema migratorio, Estados Unidos no tiene nada que temer de los recién llegados. Han venido aquí por la misma razón que otras familias siempre han venido aquí, por la misma razón que mi padre vino desde Kenia muchos años atrás, en la esperanza de que en este país cualquiera puede lograr lo que se propone”. Terminó su mensaje recordando que había participado en las marchas a favor de la reforma inmigratoria dos años atrás. “Entonces decíamos: ‘hoy marchamos, mañana votamos’. Ahora viene el tiempo de votar y estoy seguro de que si podemos registrar más latinos viejos y jóvenes, pobres y ricos, y si votan en noviembre, no sólo cambiaremos el mapa político del país y ganaré la presidencia, sino que ustedes al fin tendrán un gobierno que representará a todos los americanos.”

Obama abandonó el escenario cubierto por una ovación voluminosa. De pie lo aplaudían viejos y jóvenes, mujeres y veteranos de guerra, empresarios y estudiantes.

Muchos llevaban camisetas blancas con su apellido inscrito en letras azules y alzaban cartulinas con las palabras “cambio” y “Latinos con Obama” escritas en mayúsculas. Odio, el director adjunto del voto latino, me explicó que durante semanas se había discutido cuál debería ser la estrategia de acercamiento a la comunidad hispana y que se había tomado una decisión arriesgada e inédita: abordarla como a cualquier otra comunidad y ver a los latinos como a cualquier habitante de Estados Unidos: gente con sueños y problemas, con frustraciones y anhelos.

En el día a día de la campaña el significado de esa decisión implicaba un reto descomunal: tratar a los vecindarios latinos igual que a los demás vecindarios. Generalmente se les trataba como algo aparte que no podía ser comprendido y lo mejor era poner en sus barrios un poco de publicidad aquí y allá y lanzar algunos mensajes. “Históricamente los dos partidos habían optado por excluirlos en las elecciones”, me explicó Odio. “Los dejaban fuera de todo: no tenían presencia en sus barrios, no instalaban oficinas de campaña ni enviaban organizadores para escucharlos y tratar de convencerlos”. En la historia de las campañas presidenciales los latinos habían sido casi una presencia maldita, algo que existía pero que todos preferían ignorar en vez de comprender y aceptar. Obama estaba decidido a terminar con la tendencia de marginar a la comunidad latina y Figueroa sería el encargado de asegurarse que así fuera. Cada uno de los directores de voto latino que había designado se encontraba trabajando con intensidad en la organización de las comunidades de sus estados y para hacerlo comenzaban a aplicar la experiencia acumulada en la elección interna de Iowa. Eso significaba replicar el mismo esfuerzo extraordinario: emplear a los miles de voluntarios que se habían aproximado a través de las redes sociales en internet para organizar a la comunidad dividiéndola en segmentos y trabajar el estado entero, barrio por barrio, construyendo cientos de equipos vecinales dedicados a transmitir el mensaje de Obama de un hogar a otro. En ese objetivo sería fundamental la participación de cientos de organizadores sociales para comandar todos esos esfuerzos y Figueroa ya se encontraba planeando cómo hacerlo.

Cuando la segunda semana de julio estaba en marcha Figueroa aprovechó una visita que el candidato había decidido hacer a la organización latina más influyente de Estados Unidos, el Consejo Nacional de la Raza, para reunirse con sus directores en varios estados latinos. La convención anual de La Raza se celebraba en San Diego, a unos treinta kilómetros de la ciudad fronteriza de Tijuana. Fuera del centro de convenciones en donde se realizaría el encuentro, Obama fue recibido por los gritos y protestas de una veintena de miembros de Minute Man, una organización que hace algunos años decidió armarse y perseguir inmigrantes a cuenta propia. Una niña negra de unos ocho años, que coreaba a todo pulmón ¡O-bama O-bama!, se había convertido en una solitaria defensora del senador por Illinois, en medio de la furiosa embestida de los cazadores de inmigrantes.

Como había ocurrido en Washington las dos semanas anteriores, Obama y McCain volvían a compartir escenario frente a un público hispano. Esta vez fue Obama el telonero. Pronosticó que el voto latino decidiría las elecciones de noviembre y prometió que atendería la reforma migratoria en los primeros 100 días de su gobierno, sin pasar por alto el blindaje de las fronteras. En el discurso liberado una hora antes a la prensa sobresalía una frase que el candidato decidió excluir: “no podemos y no debemos deportarlos porque eso convertiría a Estados Unidos en algo que no somos”. Después repitió la idea de que el país y el sistema no funcionarán mientras existan desigualdades que afectan a los latinos. Fue despedido como una estrella de rock.

McCain se presentó un día después ante los miembros de La Raza. Reiteró la preocupación por la pérdida de empleos latinos y sus planes para reducir los impuestos a los pequeños negocios de dos millones de propietarios hispanos. Cuando se refirió a la reforma migratoria su propuesta fue la misma de Obama: “sólo cuando hayamos cumplido el desafío de tener unas fronteras seguras deberemos implementar una práctica, justa y necesaria reforma migratoria”, dijo.

Pero el público reunido en la Convención de La Raza no reaccionó con McCain como lo había hecho con Obama. Era evidente un resentimiento vinculado con la campaña antiinmigrante alentada desde el Partido Republicano, la vigencia de las redadas que separaban a madres hispanas de sus hijos y cientos de ordenanzas antiinmigrantes impulsadas por gobiernos estatales. Así que cuando McCain terminó su discurso y abrió la sesión de preguntas, algunos abucheos fueron el inicio de una tormenta de reclamos. El candidato republicano permanecía en el escenario de pie, con el micrófono en la mano derecha y la vista puesta en una decena de latinos que a dos metros de él se atropellaban y lanzaban preguntas de manera desordenada. El espíritu rebelde de McCain se reveló: tenía el entrecejo tenso y el rostro colorado cuando balanceó el brazo derecho hacia arriba y como si se preparara a encestar una pelota de basquetbol, lanzó el micrófono a las manos del más vociferante de sus interlocutores, Enrique Morones, un hombre corpulento que vestía una camiseta con la leyenda “Ángeles de la Frontera” en el pecho. “Quieren hablar, okey, vamos a hablar”, dijo McCain desafiante.

“¿Si es presidente emitiría una orden para frenar las deportaciones en su primer día de gobierno?” preguntó Morones.

“Vengo de Arizona, un estado fronterizo, y sé que las drogas entran por la frontera y están matando a los americanos. Estados Unidos debe asegurar la frontera, aún si usted no está de acuerdo”, respondió McCain. Estaba más rojo y tenía las mandíbulas apretadas.

La estrategia puesta en marcha  por el Temo Figueroa puso en fin una larga tradición en la que los hispanos eran incomprendidos e ignorados por demócratas y republicanos.

La estrategia puesta en marcha por el Temo Figueroa puso en fin una larga tradición en la que los hispanos eran incomprendidos e ignorados por demócratas y republicanos.

  En este capítulo podrán ver algunas escenas de McCain y Obama midiendo fuerzas ante el público latino y  la estrategia que decidieron poner en marcha Figueroa y sus directores para convencer a millones de hispanos de votar por un negro. Lo que decidieron hacer  fue tratar por primera vez a la comunidad latina de Estados Unidos como al resto de los vecindarios de este país, lo que significó hacer lo que usualmente no hacían con los latinos: enviar organizadores a sus vecindarios para tocar sus puertas y conocer sus deseos y preocupaciones, y no ignorarlos como ocurría antes.

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