Obama Latino, Capítulo 7, fragmento.

Cuauhtémoc Figueroa reunido con latinos.

Cuauhtémoc Figueroa reunido con latinos.

En este fragmento se asoma una de las dos explicaciones que Obama Latino intenta sobre la histórica elección de 2008.  Como dice Jorge  Castañeda en el prólogo, se ha dicho hasta la saciedad que el voto latino fue uno de los factores explicativos del triunfo de Obama, pero no se había explicado cómo se realizó la auténtica hazaña de que un candidato negro obtuviera una parte abrumadora de un creciente voto latino, presuntamente reacio a votar por otras minorías. En este fragmento podrán darse cuenta de que los hombres de Obama tenían muy claro que debían ser audaces para ganar el voto hispano, y que Cuauhtémoc Figueroa no solo trazó una estrategia inteligente, sino que se convirtió en un perro de caza tras cualquier huella y rastro latino. La escena de Figueroa pidiendo a los meseros  que no llevaran ni agua y casi encerrando bajo llave a cientos de latinos a los que había reunido para hablarles de Obama, no es una metáfora.  La escena muestra cómo preparó Figueroa a los hispanos para la guerra.

 

 El despertar del gigante

 

Era un domingo de verano y en el sótano del hotel Renaissance de Washington D.C. se asomaban las huellas de una batalla. Los rostros de Barack Obama y John McCain sonreían desde algunos folletos y decenas de banderitas adornaban unas mesas, olvidadas por algunos de los siete mil latinos que se habían reunido para escuchar a los dos candidatos. La mayoría se había retirado y una parte de los que se quedaron abarrotaban una fiesta donde se servía guacamole y se escuchaba música de mariachi. En la habitación vecina, en contraste, se respiraba una atmósfera de tensión y concentración absoluta. Con la cabeza recién afeitada, metido en un traje color canario, Cuauhtémoc Figueroa sudaba como un pura sangre inglés y se conducía con la energía descontrolada de un adolescente aficionado a los videojuegos. Su actitud era semejante a la de esos seres obsesivos que sólo pueden ser descifrados a través de la pasión que los mueve. Desactivó el aire acondicionado, pidió a los camareros que por favor no llevaran agua ni café a la habitación y poco faltó para que cerrara la puerta con llave.

“Aquí no hay sándwiches ni cerveza, no hay aire acondicionado ni música. Pero tenemos un plan, y si lo siguen ustedes llevarán a Barack Obama a la Casa Blanca.” Figueroa desplegó una sonrisa encantadora que se encontró con las miradas de un centenar de hispanos que lo veían y lo escuchaban en un estado casi hipnótico. Estaban acomodados en una habitación del tamaño de la sala de una casa modesta; decenas no habían alcanzado una silla y ocupan los pasillos. Otros encontraron un espacio en el suelo.

Figueroa hizo una breve pausa y apuntó con la mano a una pizarra que se asomaba a sus espaldas. Un reflector disparó una leyenda que antes de alcanzar un fondo blanco le iluminó el cráneo brillante. Más que una simple frase, parecía una fecha fatal: 129 DÍAS PARA LAS ELECCIONES DEL 4 DE NOVIEMBRE.

“No hay mucho tiempo para despertar al gigante”, dijo Figueroa en inglés y caminó sin pausa por los pasillos de la habitación, deteniéndose con frecuencia para asegurarse que la gente reunida ahí no sólo lo escuchaba, sino que entendía lo que deseaba transmitir: “No importa cuántas manos debamos estrechar, cuántas llamadas telefónicas debamos hacer y cuántas puertas debamos tocar, el gigante latino de este país se va a levantar para convertir a Barack Obama en presidente de Estados Unidos.”

En el salón estaban reunidos simpatizantes del candidato, ciudadanos comunes, curiosos y hasta un par de funcionarios con pedigrí demócrata. Había decenas de mujeres de veinte y pocos años que portaban carteles de “Latinos con Obama”, jóvenes en jeans y camisetas de verano y hombres de traje y corbata. Sentada en una de las últimas filas estaba Mary Herrera, una mujer a la que todos trataban con cortesía. Era la secretaria de Estado de Nuevo México, la funcionaria más poderosa después del gobernador de ese estado, Bill Richardson, que había desertado temprano de la campaña de Hillary Clinton para unirse a la causa de Obama.

“Necesitamos hombres y mujeres que estén decididos a saltar a nuestro barco para cambiar al país de la mano de Barack Obama”, advirtió como quien suplica y exige a la vez. Cuando encabezaba esas reuniones siempre estaba en busca de sumar voluntarios a los ejércitos de Obama, pero sólo elegía a los que serían capaces de soportar el calor, la nieve, el hambre o caminar durante horas tocando puertas en las casas de los votantes. Por eso antes del inicio de cada junta solía desactivar el aire acondicionado y pedía a los camareros que no sirvieran ni siquiera agua. “Es una prueba para saber quiénes sobrevivirán en la

gurra”, me contaría después.

Todos lo escuchaban en silencio y en el aire caliente se percibían las tensiones de una elección que mantenía en suspenso a Estados Unidos. Hablaba con el convencimiento de un profeta contemporáneo cuya misión era convencer a los latinos que había llegado el momento de vaciar la habitación de cenicienta que han ocupado en este país y pasar al salón para decidir quién será el próximo presidente de Estados Unidos.

Por primera vez en la historia existía una probabilidad real —no una posibilidad retórica ni utópica como en el pasado— de que los latinos decidieran la elección o al menos que su participación cobrara una influencia trascendente. Con cuarenta y seis millones de habitantes representaban a la minoría poblacional más grande y con crecimiento más rápido en el país: cada treinta segundos un hispano se sumaba a la población de Estados Unidos y cada mes cincuenta mil de llos alcanzaban la edad para votar. Más de dieciocho millones eran elegibles para hacerlo.

El proceso que enfrentaba a Barack Obama y John McCain ofrecía indicios de que los hispanos estaban dejando en el pasado una historia subrayada por una débil participación electoral. En la elección presidencial de 2004 votaron menos del cuarenta y siete por ciento de los que podían hacerlo —comparado con sesenta por ciento de negros y sesenta y siete por ciento de blancos— y en las primarias del mismo año habían participado alrededor de 950 mil latinos. En contraste, cuatro años después en las primarias habían participado más de tres millones de hispanos y algunas estimaciones indicaban que el registro de votantes latinos estaba creciendo a un ritmo inusitado. Los expertos en encuestas trabajaban febrilmente para anticipar cuáles grupos electorales serían claves para definir la elección, y varios llegaban a una conclusión: más que nunca antes los electores latinos estaban en condiciones de inclinar la elección a favor de cualquiera de los candidatos.

En junio una epidemia de campañas había comenzado a expandirse por todas partes con la intención de registrar más votantes latinos. Sin duda el esfuerzo más visible era el anunciado un mediodía de ese mes en la sede washingtoniana del Partido Demócrata: la campaña de Obama invertiría veinte millones de dólares en publicidad dirigida al público hispano por radio y televisión, al lanzamiento de iniciativas para unificar a los hispanos por medio de internet y a lograr que diputados y senadores de origen latino visitaran todas las ciudades y barrios latinos del país que les fuera posible.

“Es gigantesco el número de hispanos que no votan en cada elección y confiamos en que esto cambiará en noviembre”, dijo Federico Peña, uno de los aliados latinos de Obama, un político entrado en los cincuenta años que había sido secretario de Transporte y Energía en el gobierno del presidente Bill Clinton. “No duden una cosa: el voto latino va a ser clave en la elección de noviembre”, sonrió Peña rodeado por un grupo de reporteros, una tarde de verano en la capital del país.

Todo ese contexto explicaba por qué el llamado gigante latino se había transformado en algo cercano a una obsesión para Figueroa. “Ganar para Obama los estados hispanos es un asunto personal”, había advertido en una de las reuniones con simpatizantes demócratas en la capital del país. El desafío era monumental, porque no sólo debía lograr que su candidato obtuviera la mayoría del voto hispano, sino asegurarse de que se tratara de una distancia abrumadora. Las encuestas ubicaban a Obama a la cabeza en la intención de voto latino con sesenta y nueve por ciento por veintitrés por ciento de McCain; cuatro años atrás Bush había obtenido cuarenta por ciento de los votos hispanos, veinte por ciento menos que John Kerry, pero lo suficiente para penetrar en electorados hispanos claves como los de Florida, Nevada y Nuevo México, donde había ganado por una distancia de cinco, tres y un punto respectivamente. Así que Figueroa estaba obligado a lograr lo que en el argot de la política americana se conoce como landslide: un triunfo aplastante que le permitiera a Obama apoyarse en el voto latino en la perspectiva de una elección cerrada.

Figueroa estrenaba su nuevo puesto de jefe de voto latino en la campaña de Obama, aunque en realidad continuaba haciendo más o menos lo mismo que cuando era director de trabajo nacional de bases electorales: reclutar y entrenar a miles de personas para convertirlas en organizadores y voluntarios, sólo que ahora estaba concentrado en los estados latinos. Para entonces había comenzado a designar directores del voto hispano en prácticamente todos los estados del país con el propósito de incorporar las directrices trazadas por el equipo estratégico de Obama, que unas semanas atrás había definido el plan general de la campaña después de evaluar las derrotas demócratas en 2000 y 2004. Una de las conclusiones a las que habían llegado era que Al Gore y John Kerry habían perdido por un número insustancial de votos en varios estados. Esa reflexión los llevaba a definir que era necesario un replanteamiento profundo para colocar a Obama en el escenario nacional con un discurso que desafiara la visión ortodoxa de dividir al país en estados rojos (republicanos) y azules (demócratas). Ganar la elección contra McCain exigía desechar viejas hipótesis y abrir caminos a la victoria en lugares que tradicionalmente habían sido hostiles a los demócratas y su candidato. En ese nuevo concepto de país, a Figueroa se le había encargado una misión imposible: internarse en territorios rabiosamente republicanos y transformarlos de color. Eran cuatro sus objetivos latinos principales: Florida, que sólo en dos de las últimas nueve elecciones presidenciales había votado demócrata, Nuevo México, que en 2004 había regresado a los republicanos después de tres victorias demócratas, Colorado, que salvo un periodo de cuatro años (1992) había sido republicano desde los años setenta, y Nevada, donde George Bush había ganado las últimas dos elecciones. Figueroa tenía claro que no debía atraer sólo a los hispanos en los estados donde el Partido Demócrata mantenía un dominio de varios años o décadas, sino desafiar bastiones simbólicos como Florida y despertar un nuevo ánimo en estados con poblaciones latinas diminutas pero significativas en una elección tan competida, como Pensilvania, Ohio, Indiana y Virginia.

El cuartel general de Figueroa estaba ubicado en Chicago, en las oficinas centrales de la campaña de Obama, pero cada semana viajaba de una costa a otra y de una punta a otra en el país al encuentro de comunidades latinas. Se levantaba todos los días a las siete de la mañana y se iba a dormir cerca de la medianoche. Siempre lo acompañaban en sus periplos Carlos Odio, un cubanoamericano de Miami que era director adjunto de voto latino y Stephanie Valencia, una descendiente de mexicanos que era su asistente. Su equipo estaba formado por hombres y mujeres identificados por varios puntos en común: todos eran jóvenes de entre veinticinco y treinta y dos años y tenían orígenes latinos. Figueroa los había elegido personalmente y ninguno de sus nombramientos era casual.

Carlos Odio, su hombre fuerte, por ejemplo, no sólo conocía Florida como los rincones de su casa, sino que formaba parte de una generación emergente que desde hacía algunos años había comenzado a perfilar el nuevo rostro latino de aquel estado. Odio tenía veintisiete años y como miles de cubanoamericanos tenía una mirada, una opinión y un sentimiento distintos a los de sus padres o abuelos sobre Cuba y la Revolución Cubana. Igual que millones de latinos de tercera o cuarta generación, para Odio tenían una importancia similar o tal vez mayor otros asuntos domésticos como la guerra en Irak, el pago de impuestos y el desempleo en Estados Unidos. Odio era además un viejo aliado de Figueroa: habían sido compañeros de lucha en la crucial elección primaria de Iowa.

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