Obama Latino, fragmento, Capítulo 6.

Las Milpas, en el condado de Pharr, Texas. Durante décadas fue el rincón más pobre del país más rico del mundo.

 

Las Milpas, en el condado de Pharr, Texas. Durante décadas fue el rincón más pobre del país más rico del mundo.

Este es el adelanto del capítulo 6 de Obama Latino. En él podrás observar escenas del ejército de simpatizantes movilizándose en Iowa, la primer escala de la elección demócrata, y poco después leerán algunos pasajes de la visita que hice a Texas, días antes del Supermartes. Ahí conocí a Obama, que rompió el protocólo y se fue a parar a las lomas grises del río Bravo, desde donde se observaba pálida Matamoros, y ví por primera vez en plena acción al que Cuauhtemoc Figueroa llamaba casi con veneración “el movimiento”, cerca de Las Milpas, el barrio más pobre de los Estados Unidos, habitado por mexicoamericanos.

Iowa, Texas y la rendición de Hillary

 

José Medina es un californiano alto, de pómulos robustos y una sonrisa que parece estar colgada siempre a su rostro redondo. El 31 de diciembre de 2007 llegó a Des Moines, la capital de Iowa, para unirse a Figueroa y su ejército cuando sólo faltaban tres días para la celebración del caucus en el Partido Demócrata. Los sembrados de maíz estaban nevados y un frío de quince grados bajo cero hacía imposible respirar en la calle sin que los dientes dolieran. Acompañado por su esposa ese día se unió a cientos de personas que caminaban por las calles de la ciudad: tocaban miles de puertas de casas a las que los voluntarios habían llamado semanas y meses antes, con el propósito de recordar a sus habitantes el mensaje de cambio de Obama y pedirles que fueran a votar por él. Comenzaban al amanecer y terminaban cuando el sol se ocultaba y los zapatos les mordían los pies.

El último día llamaron a más puertas que todos los anteriores y no dejaron de hacerlo hasta que anocheció. Medina, un delegado demócrata y viejo conocido de los Figueroa, recuerda que un grupo caminaba por una calle apenas iluminada visitando las casas de gente que nunca había visto antes, hasta que llegó un momento en que todo lo cubrió la oscuridad de la noche y ni siquiera podía ver las nubes de vapor que emergían de su boca. Entonces le dijo a Figueroa: “ya no vemos los números de las casas. Creo que llegó la hora de terminar”. No le hizo ningún caso: a tientas y trompicones, como un ciego extraviado, Figueroa continuó la empecinada misión de narrar a los vecinos de Iowa la historia de Obama y sus deseos de cambiar las cosas en Estados Unidos.

Lo que sucedió al día siguiente sorprendió al mundo: Obama, el senador novato, derrotaba en el inicio de las elecciones demócratas a Hillary Clinton, la candidata con etiqueta de invencible. Ocho puntos de distancia los separaron en el porcentaje total de votantes y Clinton terminó en tercer sitio, detrás de Edwars. Entonces todos en el país, los periódicos y cadenas de televisión más influyentes y también los académicos, políticos y observadores, comenzaron a tener conciencia sobre el ejército de miles de personas que comenzaba a movilizar la campaña de Obama. Iowa también reveló algunos indicios sobre lo que podía esperarse del voto latino en la elección general. En lugares improbables como Sioux City, una pequeña y apacible ciudad de ochenta y cinco mil habitantes, los hispanos —cuya presencia era registrada por el censo oficial en cifras que casi todos ponían en duda— no solo comenzaron a manifestarse, sino que se organizaron para iniciar una participación política inédita. La versión popular indicaba que los hispanos representaban al menos el veinte por ciento de la vida social y económica de la ciudad, pero nunca habían significado una fuerza política importante por temor a ser rechazados por el resto de la sociedad. En otras ciudades Cuauhtémoc Figueroa y sus hombres se habían percatado del clima de hostilidad al que se enfrentaban los latinos en sociedades conservadoras, en las que eran una presencia silenciosa. Carlos Odio, uno de los principales asistentes de Figueroa en Iowa, organizó a los latinos en Denison, otra pequeña comunidad. Era un pueblo donde jamás se había visto a un latino participar en las asambleas partidistas y en enero de 2008 lo hicieron cerca de medio centenar de hispanos. La noche de la elección del candidato demócrata, Odio estaba fuera del caucus cuando llegó una joven latina. Un hombre le impidió el paso porque no creía que fuera ciudadana estadunidense. La chica demostró que era americana y que había vivido ahí toda su vida y aún así no se le permitía entrar. Odio y otros líderes latinos se aproximaron para reclamarle al hombre su actitud. El hombre estaba furioso.

“No puede entrar, porque si entra y vota va a cambiar la dinámica de la asamblea”, recuerdan que dijo el hombre. “Ese es el punto, precisamente”, le respondió Odio. Al final el hombre admitió a la mujer que, junto con otros cuarenta y tantos latinos, por primera vez votaron en Denison. Sin embargo Iowa era tan sólo la punta de un iceberg político que Obama debía superar en el camino a la nominación demócrata, que se resuelve con un complejo sistema electoral en el que no resulta vencedor el candidato que gana más votos populares, sino el que obtiene la mitad más uno (2 mil 117) de los delegados que designan al candidato en la convención y que son repartidos con criterios de proporcionalidad en los cincuenta estados del país. La ruta por delante era larga y prometía ser complicada.

Un mes después de la elección de Iowa, Figueroa estaba metido hasta los huesos en la elección primaria de Texas, un estado familiar para los Clinton. “No me importa si ellos son los hijos predilectos de Texas. Voy a hacer que los texanos sepan quién es Obama y voten por él”, me dijo una mañana fría del mes de febrero. La estrategia de Figueroa consistía en realizar una campaña totalmente distinta, apoyada como en Iowa en el ejército de voluntarios y organizadores y en una presencia intensa de Obama en zonas donde podía tener más éxito entre los grupos que parecían atraídos por su candidatura: los adolescentes que votarían por primera vez, los jóvenes mayores de 20 años, los profesionistas, las mujeres.

“Vamos a llevarlo a pequeñas comunidades donde no sólo pueda alcanzar a los votantes con su mensaje, sino que esté en posibilidades de estar en contacto con ellos, de tocarlos y saludarlos”, dijo Figueroa

Le conté que viajaría para atestiguar la elección en San Antonio y me persuadió para cambiar de planes. “En esa gran ciudad verás lo predecible. Si vas al Valle del Río Grande (Río Bravo), en la frontera con México, podrás ver cómo funciona el movimiento y cómo pelearemos el voto latino en un área muy pobre”. Cuando Figueroa se refería a la campaña casi siempre empleaba el término “movimiento”. Así que un sábado de finales de febrero de 2008 llegué a Brownsville —la población fronteriza más al sureste de Estados Unidos— para verlo en acción.

El sol reverberaba con furia y en las calles se percibía el fragor de la batalla por el voto latino entre las brigadas de Hillary Clinton y Barack Obama. En doce días visité siete ciudades y condados y en algunas tuve la sensación de estar en alguna ciudad extraviada de América Latina. Un día llegué a Las Milpas, una comunidad en la ciudad de Pharr, a unos diez kilómetros de la frontera con Tamaulipas, al noreste de México, que en los años ochenta ganó fama como el vecindario más pobre de Estados Unidos. “Éramos una comunidad fuera de este mundo”, me dijo un hombre viejo, alegre y con unas mejillas robustas que se presentó como Leopoldo “Polo” Palacios, el alcalde del pueblo. Me contó que dos décadas atrás no tenían agua potable, drenaje, ni calles pavimentadas. “Ni qué decir de escuelas y departamento de bomberos y policía. No había nada.” En los noventa el desarrollo comenzó a llegar a este rincón de Estados Unidos. Las cosas habían cambiado, pero Las Milpas aún era un territorio donde la grisura de la vida pobre y complicada representaba un claro contraste en el país más rico del mundo, una confederación de cincuenta estados gigantes donde todo parece multiplicarse en suburbios con céspedes cortados a máquina y centros comerciales que se replican como propagados por una epidemia.

En una esquina estaba reunido un grupo de mujeres y hombres que asaban carne sobre la banqueta, debajo de una lona plástica debajo de la cual había papeletas y casillas para las primarias demócratas. Hacía calor y una nube de moscas merodeaba. Todos eran latinos. Les di las buenas tardes y les pregunté que les parecía Barack Obama. “No nos gusta el hombre”, respondió María Lira, una mujer bajita con una sonrisa a la que faltaban algunos dientes. “Aquí todos votamos por la Hilaria porque tiene más experiencia. Además detrás de un gran hombre, hay una gran mujer”. Los demás recordaron que en el gobierno de Bill Clinton se autorizaron dos reembolsos de impuestos que beneficiaron a miles de hispanos. “A los latinos nos fue muy bien con Clinton”, dijo un hombre llamado Daniel, hijo de la señora Lira. “Y como están de duras las cosas, más vale malo por conocido…”

Por la tarde visité un campamento de Obama en McAllen. La encargada era Rubí Zavala, una morena veinteañera de caderas anchas, hija de padres mexicanos. Siete voluntarios hacían llamadas telefónicas a cientos de hogares hispanos diseminados en Hidalgo, Cameron y Starr, tres de los condados más pobres del país. Sobre unas mesas de metal había latas vacías de Coca Cola y envolturas de papas fritas, el alimento que mantenía a flote a los voluntarios de la campaña. En una de las paredes sobresalía el lema de los equipos comunitarios del candidato: “Respetar, empoderar, incluir”. Una mujer le dijo a Zavala que votaría por Obama porque era la única manera de tener a su hijo de regreso de la guerra de Irak. Un hombre llegó en una camioneta y se marchó con cientos de cartelones que invitaban a votar por el cambio. Me pareció que no se conocían y se lo pregunté a Zavala.

“Nunca lo he visto —me dijo mientras marcaba otro número telefónico— y eso hace común a esta campaña. Somos millones que nunca hemos sabido el uno del otro: nos unifica la urgencia de cambiar este país.”

Me pareció que en Texas chocaban dos fuerzas de naturaleza distinta: la de Hillary Clinton era una campaña tradicional, apoyada por demócratas mayores de cincuenta años y la mayoría de los sindicatos, alcaldes y funcionarios del partido, una clásica estructura vertical que parte de la cúpula hasta descender en el último nivel, los electores. La de Obama parecía un movimiento de fe constituido por jóvenes, estudiantes y hombres y mujeres más jóvenes, en donde los votantes desempeñaban misiones tan diferentes como organizar los mítines del candidato y sus aliados políticos, seleccionar información de potenciales votantes para contactarlos, colocar publicidad en los parques, las calles y los centros comerciales e intentar reunir el mayor número posible de gente dispuesta a asistir a una reunión alrededor de la candidatura de Obama, en ciudades en las que casi todo parecía dominado por la fuerza de los Clinton.

Figueroa no dejó de seguir al pie de la letra la estrategia de inundar Texas con todo lo que recordara a Obama. Por la televisión eran transmitidos varios mensajes en inglés y español en los que el candidato balbuceaba algunas palabras en castellano para referirse a los asuntos que preocupaban a los latinos en Estados Unidos: la calidad de la enseñanza pública, los servicios de salud, vivienda y seguro médico. En la radio también resonaba un bombardeo incesante de comerciales pagados, mientras las principales ciudades eran ocupadas por miles de voluntarios que llamaban a las puertas de los votantes para explicarles por qué Obama representaba la mejor opción. Fue en Texas donde se libraron varias de las batallas más feroces por la nominación demócrata.

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