Marshall Ganz: volver a creer 40 años después (Fragmento capítulo 5 libro Obama Latino)

  

César Chávez y atrás, a su derecha, Marshall Ganz, cuando ambos lideraban la Asociación Nacional de Tabajadores Campesinos que desafió a la poderosa industria de la uva

César Chávez y atrás, a su derecha, Marshall Ganz, cuando ambos lideraban la Asociación Nacional de Tabajadores Campesinos que desafió a la poderosa industria de la uva

Este  capítulo explica la manera en la que Cuauhtémoc Figueroa, designado por Obama director nacional de trabajo de campo electoral , imaginó la forma en la que organizaría a millones de simpatizantes recordando las batallas de sus padres y abuelos en los barrios chicanos de California,  y cómo fundó los campos de entrenamiento Obama donde preparó a miles de organizadores utilizando las mismas tácticas de lucha y organización que el legendario César Chávez empleó cuarenta años atrás para alzar en lucha a la Asociación Nacional de Trabajadores Campesinos contra la poderosa industria de la uva. Algunas escenas muestran al profesor Ganz, cerébro de la organización de Chávez, entrenando a los organizadores de la campaña con estrategias de organización y motivación y con el método de narrar historias –utilizaba como modelo el que Obama había pronunciado en la Convención de Boston – como instrumento para hacer contacto con los electores.

 Cuando los hombres de Obama orinaban en el cuartel general de la campaña —un rascacielos color carbón en la avenida Michigan de Chicago— sobre sus cabezas pendía un gigantesco mapa de Iowa, un inevitable recordatorio del reto que tenían por delante. Estaban concentrados en ese estado convencidos de que Obama sólo podría obtener un triunfo sorpresivo si empleaba una estrategia opuesta al método utilizado por anteriores candidatos: un presupuesto gigante capaz de soportar un bombardeo interminable de mensajes difundidos por radio y televisión para atraer a los grupos más amplios de votantes —mujeres, trabajadores del campo, retirados y ancianos— hacia un candidato cuya imagen era puesta a la venta como si fuese un producto comercial. En 1976 Jimmy Carter logró atraer caras distintas a las elecciones internas, pero desde entonces casi todos los candidatos habían renunciado a la posibilidad de despertar el interés de electores diferentes a los votantes de siempre. Sólo Howard Dean lo intentó en 2004, cuando quiso acercar a los estudiantes de secundaria y a los universitarios inspirados por el espíritu revolucionario de su candidatura, pero fracasó de manera rotunda. En unas horas perdió su posición de gran favorito para terminar relegado a un triste tercer lugar, detrás de John Kerry —que al final ganaría la nominación demócrata— y el senador John Edwars.

Transcurría el mes de abril de 2007 y el equipo de campaña intentaba trazar una ruta para acometer las primarias demócratas. La tradición impone al candidato que llega en condición de favorito la obligación de salir victorioso en Iowa, uno de los estados más pequeños del país, independientemente de que el proceso de nominación considere elecciones en los cincuenta estados y puede prolongarse hasta seis meses. También es de esperarse que el candidato puntero triunfe en las elecciones posteriores de Nueva Hampshire, Carolina del Sur y Nevada. El equipo había trazado una estrategia temprana centrada en Iowa, que se rige bajo el sistema de caucus, una palabra con raíces norteamericanas indias que significa “reunión de los jefes de las tribus dominantes”. El caucus es un sistema cerrado en el que participan sólo los miembros del partido, de modo que las cosas estaban claras para los estrategas de Obama: en un escenario en el que Hillary Clinton intentaría ganar con el voto de las mujeres y John Edwars de los trabajadores rurales, la única posibilidad de que el senador por Illinois pudiera disputar la elección era por medio de una organización que le permitiera acercarse no sólo a esos grupos, sino a otros votantes que suelen ser ignorados. Para tener posibilidades, Obama y su mensaje debían llegar a los habitantes de Iowa por la única vía que le haría posible soportar el embate de las campañas millonarias que desplegarían sus adversarios: el contacto directo con la gente.

Figueroa ya se había instalado en su nueva casa en Des Moines, la capital de Iowa, aunque viajaba con frecuencia a Chicago para estar presente en las reuniones de evaluación de estrategias en las oficinas centrales de la campaña. El clima era tibio y la mayor parte de los días había un sol brillante de primavera. Un día de finales de mayo llamó a un viejo amigo y compañero de luchas de su familia: Marshall Ganz, profesor de organización y liderazgo en la Universidad de Harvard. Le dijo que tenía un asunto sin resolver: miles de voluntarios se habían presentado en las oficinas atraídos por la candidatura de Obama, pero tenía problemas para organizarlos de manera que se convirtieran en el motor capaz de movilizar a millones.

“Debemos encontrar la forma de que estos ejércitos pongan a Obama en la ruta de la victoria y no tenemos una idea clara de cómo lograrlo. ¿Contamos con usted?”, le preguntó Figueroa.

Me parece fantástico. Hagámoslo”, respondió Ganz sin pensarlo dos segundos.

¿Cómo podría negarse? Siempre había sido un luchador desde que en 1964, un año antes de graduarse, abandonó Harvard para unirse a la defensa de los derechos civiles de los negros en Mississippi —justo en la época en la que dos jóvenes activistas blancos habían sido asesinados—y dos años después al movimiento de César Chávez. Ganz había regresado a Bakersfield, el pueblo de California donde creció, con la idea de volver a Harvard y en esas estaba cuando se percató que en los campos de California también ocurrían cosas terribles y descubrió las condiciones inhumanas en las que trabajaban miles de campesinos mexicanos. Ahí conoció a los padres y a los tíos de Figueroa y en los campos de California comenzó a poner en práctica un método de organización comunitaria que despertó en los campesinos un espíritu de lucha inspirado en las ideas de libertad, justicia e igualdad. Por medio de charlas calle por calle y casa por casa, Ganz, que había sido estudiante de psicología, emprendió una larga y difícil jornada: lograr que miles de humildes campesinos sin ningún tipo de poder se organizaran. “David derrotó a Goliat porque tenía una estrategia”, era la idea esencial que Ganz intentaba transmitir a los trabajadores inmigrantes.

El sindicato de Chávez realizó varios paros y boicots nacionales apoyados por iglesias y estudiantes y en abril de 1966 logró un triunfo histórico que trascendió la lucha campesina y se convirtió en un movimiento por los derechos civiles. El estratega detrás de esa guerra había sido Ganz, apoyado en tres elementos esenciales: la enorme motivación que había en los líderes del movimiento, sus relaciones estrechas con los campesinos y algunas teorías y tácticas de organización comunitaria. Ganz era el hombre que necesitaba la campaña de Obama para construir un movimiento inspirado en los mismos valores que, varias décadas después de aquellas luchas, continuaban uniendo a los estadounidenses en medio de todo lo que los separaba.

Asesorados por Ganz, en junio Figueroa y Plouffe tomaron la decisión de fundar en Chicago los campos de entrenamiento Obama. Por medio de la página web del candidato lanzaron las primeras convocatorias y cientos de jóvenes comenzaron a inscribirse para asistir a las sesiones inaugurales en Chicago. No era la primera vez que Ganz participaba en una campaña política. Una mañana de junio de 1968 había viajado con doscientos campesinos mexicanos a la parte este de Los Ángeles. La misión de esos hombres, todos indocumentados, era llevar a votar a los ciudadanos estadounidenses por el candidato demócrata que encabezaba un movimiento popular apoyado por negros e inmigrantes: Bobby Kennedy.

Por la noche Ganz y su pandilla de campesinos mexicanos asistían a una fiesta para celebrar el triunfo y esperaban fuera de un salón a que Kennedy los recibiera, cuando algo sucedió. Ganz recuerda gritos, carreras, una gran confusión. El candidato acababa de ser asesinado. Para Ganz la ruta del país dio un vuelco y meses más tarde, con la elección de Nixon, la lucha por los derechos civiles se transformó en la opresión sistemática de las minorías. Los ideales de Kennedy fueron sepultados por las nuevas políticas de criminalización del gobierno de

Nixon, advierte Ganz, un tipo robusto de sesenta y cinco años, cabello gris y un bigote de morsa vieja.

La candidatura de Obama representaba la posibilidad de reanudar una era progresista interrumpida con el asesinato de Kennedy, cuyos ideales no se extinguían en los deseos de integración racial y justicia social, sino que abarcaban una agenda más amplia de igualdad, inclusión y oportunidades. Para Ganz el gobierno de George Bush era sin duda el punto más profundo de lo que Estados Unidos podía llegar a ser. Así que se preparó para dejar por unos días su cubículo de profesor en Harvard. Debía ir al encuentro de cientos de voluntarios unificados por un deseo que comenzaba a extenderse de un estado a otro y de una ciudad a otra, como una infección fuera de control: la urgencia de cambiar el rumbo del país.

En esos días los resultados que mostraban las encuestas eran abrumadores: no había una sola que no ubicara a Hillary Clinton a la cabeza de los sondeos realizados entre distintos sectores de habitantes de Estados Unidos. Realclearpolitics, uno de los sitios políticos online más consultados por el mundo político de Washington, especializado en la compilación y el análisis milimétrico de encuestas, presentaba en mayo un cuadro estadístico de la contienda demócrata: la senadora Clinton se mantenía en la punta de la competencia con diez puntos sobre Obama. Pero lo importante no era eso, sino el comportamiento de las encuestas desde el inicio de la contienda, cinco meses antes: Obama, que en los albores del año estaba veinte puntos atrás de Clinton, había logrado acortar la distancia hasta reducirla a solo ocho puntos en sus mejores días. La senadora por Nueva York aún dominaba la escena y los periódicos de todo el mundo la retrataban como un gigante imposible de vencer: era la Goliat que Obama debía derrotar.

“¿Cuántos de ustedes vieron el discurso que pronunció Barack Obama en la Convención Demócrata de 2004?” Marshall Ganz caminaba por los pasillos de un aula escolar disparando preguntas en una de las primeras sesiones de entrenamiento a quienes se convertirían en los organizadores de la campaña. Figueroa me había explicado que desde un principio decidió entrenar organizadores y no voluntarios, porque los segundos siguen órdenes y los primeros toman decisiones. Los organizadores tendrían un rol más extenso y esencial: participarían desempeñando tareas de coordinación que tradicionalmente recaen sobre los mandos intermedios del Partido Demócrata y de la campaña. Y al egresar de los campos de entrenamiento viajarían a todos los estados con la misión de encontrar líderes en los barrios para transmitir sus conocimientos y dirigir a miles de voluntarios en todo el país.

Camisa remangada hasta los antebrazos y caquis color miel, Ganz no parecía uno de esos profesores inalcanzables de Harvard, sino un sencillo maestro de barrio. En el salón estaban acomodadas unas cien personas que habían sido seleccionadas según algunas características que indicaban que tenían cualidades para ser líderes y formar equipos de mando. Un mar de manos se agitó en respuesta a la pregunta de Ganz, que permanecía de espaldas a una pared blanca a la cual estaban adheridos cartones con palabras como “liderazgo”, “cuesta arriba” y “organización”; en un muro lateral se leía una inscripción: “una ofensa a una persona es una ofensa a todos”. La composición del público asistente era un microcosmos de lo que es Estados Unidos del siglo XXI: La mayoría eran jóvenes claramente menores de veinticinco años; había más mujeres que hombres y una decena de personas cuyas edades oscilaban entre los cincuenta y setenta años. En las sillas estaban acomodadas personas anglosajonas y otras de origen afroamericano, indio, hispano y asiático. Los primeros siete minutos transcurrieron en un diálogo fluido en el que se alternaban preguntas de Ganz y respuestas de los asistentes.

— ¿Qué recuerdan del mensaje de Obama?

— Dijo que no hay estados rojos y azules —respondió un hombre.

— ¿Por qué recuerdas esa frase?

— Porque me llegó al corazón.

— ¿Qué parte te sacudió?

—Tiene que ver con la triste y eterna división del país en demócratas y republicanos.

— Eso significa que la unidad y la relación colectiva son valores muy importantes —dijo Ganz.

— Creo que algo radical en esta elección es que no estamos tratando de ir en contra de los republicanos, no deseamos golpearlos y acabar con ellos; estamos hablando más de la unidad que necesita el país —advirtió una mujer.

— Eso quiere decir que prefieres el poder del amor antes que el poder destructivo. —Una risa general invadió el salón—. No estoy bromeando —dijo Ganz y se acarició con la mano derecha el denso bigote entrecano—. Hablamos de los mismos valores: la comunidad, la unidad, la interdependencia

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