Los Premios Nobel de la Risa (dan que pensar)

Este es el reportaje Los Premios Nobel de la Risa que escribí para la revista peruana Etiqueta Negra. Julio Villanueva Chang me pidió pasar algunos días con Marc Abrahams, el matemático de Harvard que se toma con una seriedad científica la misión de rastrear y premiar a inventores y científicos cuyo trabajo no merece guiños y aplausos de la ciencia más aburrida y formal.

Por Wilbert Torre con Ilustraciones de Fito Espinosa

La seriedad de Marc Abrahams parece una broma: es un matemático egresado de la Universidad de Harvard cuyo trabajo consiste en rastrear por el mundo los inventos más inauditos de la ciencia, o de la idea más aburrida que uno suele tener de ella. Abrahams lo dirá después: él busca inventos y descubrimientos bellos, feos, inteligentes, absurdos, asquerosos, simpáticos o ridículos. Así lo hace al menos desde 1991, cuando creó los Ig Nobel para premiar a esos creadores de lo absurdo que iba descubriendo en sus propias indagaciones. Un Ig Nobel es, traducido al castellano, un Innoble Premio Nobel: una parodia de la ciencia más seria y, en teoría, más efectiva. The Washington Post ha llamado a Abrahams «el gurú nacional de la Academia Sucia» y The American Medical Association lo ha apodado «el duende de la ciencia».

Abrahams vive en el último piso de una residencia de madera que alquila en una colonia de científicos, un confortable barrio de Cambridge, muy cerca de Harvard, ese planeta habitado por genios y estudiantes de política y economía que después mutan en presidentes. Allí convive con su esposa, una investigadora asociada en la Escuela de Negocios de Harvard, y con su mascota, un perro alegre que es parte rat terrier, parte jack russell y parte basenji, y tiene la cabeza y el lomo moteados en blanco y negro, como una vaca enana y flaca. Vivir tan cerca de Harvard significa para Marc Abrahams estar en un laboratorio motivador. «Es un ambiente que potencia tu imaginación y tu curiosidad», dice. Le divierte además que cuando un extraño toque el timbre buscándolo a él, quien abra la puerta pueda ser una vecina malhumorada: sucede que hay tres residencias en la calle Sacramento que tienen el mismo número 44. Cualquiera podría equivocarse de familia.

El inventor de los Ig Nobel es también un coleccionista de fetiches: en el comedor de su departamento hay un flamenco rosa de tamaño natural creado por Don Featherstone, ganador de un Ig Nobel en la categoría de Arte por haber hecho popular la decoración de mal gusto en los hogares norteamericanos. A un lado de la estufa descansa un carrusel de hojalata y sobre una mesa, junto al refrigerador, hay pedazos de lo que fue una pelota. Al costado de ésta hay un papel con un mensaje escrito con buena caligrafía: «Restos de la pelota destruida por Milo». Muchas paredes están cubiertas además con papeles y afiches: un periódico londinense que da cuenta de un maestro de ética que quiso matar a su esposa, una mandíbula batiente de hojalata, un cerebro humano de plástico y las fotografías de varios Ig Nobel.

Abrahams tiene cincuenta años, pero parece menor: viste como un estudiante universitario –camiseta debajo de un suéter gris– y en uno de los bolsillos de sus gastados jeans suele guardar un llavero incómodo: un par de testículos plásticos del tamaño de unas pelotas de golf. Dice que los inventó un hombre de Missouri, Gregg A. Miller, para ayudar a animales con problemas psicológicos: Buck, su perro, había sido castrado y estaba deprimido. Así que Miller decidió inventar una prótesis de testículos caninos para levantarle el ánimo. Tiempo después, Buck volvió a ser un perro alegre según su amo, y Miller ganó el Ig Nobel de Medicina en el 2005. No es un chiste. Marc Abrahams no es de esas personas que se ríen y hacen bromas todo el tiempo. Su fama se basa en el método científico más despreciado e inútil: el beneficio personal. No el suyo, sino el de los propios inventores. Los ganadores de los Ig Nobel no descubren curas a terribles enfermedades ni inventan artefactos interestelares. ¿Por qué nos reímos de ellos? Quizá la comedia científica en la vida de los Ig Nobel esté en que nadie piensa en buscar soluciones tan complejas a los problemas más banales de cada día. Sólo un Ig Nobel tiene una curiosidad a prueba de carcajadas: la falta de testículos de un perro no parece ser una obsesión de toda la humanidad.

El creador de los Ig Nobel trabaja en dos computadoras al mismo tiempo. Abrahams dice que nunca ha medido las horas que dedica a rastrear candidatos a su premio, pero que lo hace la mayor parte del día. Para encontrarlos, lee por Internet periódicos de Estados Unidos, Inglaterra, Australia, Irlanda, Chile, Canadá, Noruega y Alemania. Suele buscar las noticias más pequeñas o aquellas a las que los diarios dedican las últimas páginas. Así encontró, por ejemplo, la historia de un ex miembro del cuerpo de marines de Estados Unidos que luego ganó el Ig Nobel de Medicina por someterse a un descabellado método para controlar los efectos de las mordeduras de su mascota, una serpiente cascabel: luego de ser mordido por ésta, se conectó los labios a una de las bujías de su automóvil y mantuvo el motor del vehículo a tres mil revoluciones durante cinco minutos. El ex marine había leído sobre esa cura contra la mordedura de serpientes en una revista pornográfica. En vez de curarlo, el método agravó su estado, pero el paciente sobrevivió y su caso fue inscrito en el Centro Toxicológico de Oklahoma. Abrahams también encontró así los experimentos de unos médicos que trabajaron durante años en la elaboración de un extenso manual para liberar los penes atrapados en las cremalleras, y el increíble caso de John Keogh, un australiano que en el 2001 decidió patentar la rueda. Sí, Keogh decidió patentar un invento ajeno y de miles de años de antigüedad. Su invento, sin embargo, fue aceptado por la Oficina Australiana de Patentes. Keogh, al menos en Australia, es el inventor de la rueda. La tarea de Abrahams es casi detectivesca, y cuenta también con aliados que le envían información de periódicos de Japón, Corea y China.

Hasta los treinta y cinco años, Marc Abrahams había trabajado en Hurzweil Computers Products, una compañía de programación de computadoras. Recuerda que allí se dio cuenta de que las reuniones de trabajo eran demasiado largas y aburridas, así que un día comenzó a llevar cochecitos y juguetes mecánicos que arrastraba por el vestíbulo del salón donde se reunía el equipo de programadores. Llevó un jinete que hacía acrobacias montado en el lomo de un caballito, un elefante azul que dominaba una pelota y un carrusel que giraba alrededor de un globo terráqueo.

–Las primeras veces, algunos me miraban extrañados –dice–. Pero una semana después, todos estábamos allí discutiendo asuntos serios mientras arrastrábamos los juguetes por el piso.

Ahora Marc Abrahams posee una colección de juguetes de goma y hojalata que tienen la particularidad de moverse, saltar, girar, rodar e hincharse de las más extrañas maneras. Con ellos, ha llenado un estante de una pared de su casa. Sentado frente a la cama que comparte con su esposa, hay un policía de plástico con un brazo que crece medio metro. Abrahams dice que nunca se cansó de sus juguetes, pero que en algún momento decidió inaugurar una colección de descubrimientos cuyo principal mérito fuese provocar la risa. Todo comenzó a finales de 1990, cuando decidió enviar por correo una serie de artículos de humor científico a la revista Journal of Irreproducible Results, creada en 1955 por los israelíes Alex Kohn y Harry Lipkin, a quienes evoca como «dos eminentes y divertidísimos científicos». Tenía curiosidad por saber si aquella revista aún existía. Pasaron algunas semanas y una noche recibió la llamada de un hombre que decía ser el propietario de la revista: le dijo que le habían fascinado sus artículos y le preguntó si quería ser el nuevo editor. Abrahams aceptó. Luego llenó la revista de historias muy diferentes a las que suelen publicar las solemnes y rigurosas publicaciones de ciencia. Cada vez que aparecía un nuevo número de Journal of Irreproducible Results, su buzón de correo en Cambridge, Massachussetts, era asediado por decenas de científicos que le pedían ayuda para ganar el Premio Nobel de la Academia Sueca. Él respondía que no tenía ningún poder e influencia y que no podía ayudarles, pero aun así los científicos lo perseguían.

–A veces se sentaban frente a mí durante horas para contarme con gran detalle lo que habían inventado y por qué debían recibir el Nobel –recuerda Abrahams.

La mayoría de los inventos parecían bromas y daban ganas de reírse de ellos, pero sus autores mostraban absoluta seriedad cuando explicaban sus merecimientos.

–Sí, merecían un premio, pero definitivamente no el Nobel.

En el verano de 1991, Abrahams decidió que si la flemática Real Academia Sueca no premiaba a esa estirpe de inventores estrafalarios, entonces él lo haría. Así creó los Ig Nobel Prizes.

–Al principio se burlaban de nosotros. Ahora tenemos legiones de admiradores en el mundo –dice Abrahams, bajando por las escaleras de su casa.

Se pone un abrigo, guantes y una gorra azul, y sale a la calle llevando a Milo, su perro, atado a una delgada correa. Abrahams saca de su bolsillo el llavero de los testículos de goma y abre la puerta de un viejo Ford Escort. Sobre el tablero hay tumbada una iguana verde de plástico. El cielo gris de Cambridge ha comenzado a pintarse de blanco. Es mediodía y ha empezado a nevar.

* * *

Cada año, unas siete mil personas proponen sus inventos y descubrimientos pensando en ganar alguno de los diez Ig Nobel que se entregan cada 10 de diciembre en el teatro Sanders, el más grande y antiguo de la Universidad de Harvard. En un mundo en constante búsqueda de la cura del cáncer y que juega día a día con la posibilidad de clonar fetos y rastrear el mapa del genoma humano como si fuese la cartografía de cualquier vecindario, que un hombre descubra el traje perfecto para impedir el ataque de un oso puede provocar un estallido de carcajadas. Su nombre es Troy Hurtubise, un inventor canadiense de cuarenta y dos años que ha pasado casi la mitad de su vida diseñando un traje de plástico y titanio para protegerse contra los ataques de osos grises, esos monstruos que pesan hasta setecientos kilos.

Hay un video que Marc Abrahams suele mostrar: allí se ve a Hurtubise metido en un traje de titanio que parece una armadura galáctica y con un casco tan grande como un televisor de veintiséis pulgadas. En el video se ve además cómo el tronco de un árbol de ciento sesenta kilos se estrella contra él como una flecha. Hurtubise vuela un par de metros y cae al suelo.

–Estoy bien –dice Hurtubise, desde la pantalla que reproduce el video, bastante aturdido–. Estuvo mejor que la prueba anterior.

La escena continúa con Hurtubise en primer plano, haciendo muecas de dolor y frunciendo las cejas. El inventor empezó a imaginar este extraño escudo cuando él mismo fue atacado por un oso gris en British Columbia, una zona boscosa del suroeste de Canadá. Hasta la fecha, según Abrahams, Hurtubise ha invertido unos ciento treinta mil dólares en su proyecto The Ursus Mark Versión VII, el nombre que le ha puesto a su armadura galáctica. Hurtubise está seguro de que su trabajo es una contribución a la humanidad, pero ése y otros inventos lo mantienen en un estado de permanente zozobra financiera. Sus proyectos más recientes son The Angel Light [Luz de Ángel], un artefacto tubular que, según él, proyecta rayos láser que permitirían ver a través de paredes y de los cuerpos humanos, y The God Light [Luz de Dios], una pieza fabricada con sesenta y siete lentes y cinco gases que emite casi el mismo poder de iluminación del Sol en un día de verano y que serviría, según Hurtubise, para devolverle la vista a un ciego.

Stop. Fin del video.

Quizá, como ha dicho Gary Dryfoos, un ex maestro del Massachusetts Institute of Technology (MIT), si las creaciones de Troy Hurtubise funcionan, «lo espera un Premio Nobel», uno de verdad. Mientras ese momento llega, Hurtubise y su traje de titanio ganaron el Ig Nobel de Ingeniería por su contribución a la lucha del hombre por mantenerse a salvo del oso gris.

–No importa que estos inventos funcionen o no. Los Ig Nobel honran el gran caos en que vivimos –dice Abrahams en su casa de Cambridge.

En ese caos del mundo, los ganadores de los Ig Nobel sólo podían ser elegidos por un comité igual de excéntrico: se le llama la «Barra de Gobierno» y está formada por diez personas. Abrahams aparece a la cabeza, le siguen varios Premios Nobel (los auténticos), Linda Siperstein (productora de la ceremonia de premiación) y también un desconocido que es convocado al pasar por la calle la única vez que la Barra de Gobierno se reúne en casa de Abrahams. Él recuerda que así ha conseguido que voten varios estudiantes de Harvard que se dirigían a sus clases, o algunos de sus vecinos que sólo caminaban por allí. Es decir: un juego de azar, como suele suceder con los grandes descubrimientos.

Porque la ciencia es también un accidente, y hay decenas de científicos que encontraron aquello tan maravilloso que no buscaban, en forma inesperada. Algunos de los grandes avances de la humanidad ocurrieron por casualidad y existe una palabra en inglés para nombrar lo que se halla sin ser buscado: serendipity. La ciencia más tradicional también está llena de descubrimientos fortuitos. El físico francés Henri Becquerel, por ejemplo, descubrió la radioactividad en forma casual: había guardado en un cajón una placa fotográfica envuelta en papel y, junto a ella, un frasco con sales de uranio. Pasó un tiempo hasta que descubrió que la placa se había ennegrecido como si en ella se hubiese impreso algo. Otra casualidad: en 1964, los radioastrónomos R. Wilson y A. Penzias calibraban unas antenas para comunicación por microondas cuando detectaron una señal extraña. Al principio pensaron que era una interferencia, pero en realidad se trataba de lo que un equipo de astrofísicos de la Universidad de Princeton buscaba con desesperación: los restos de la energía liberada por la explosión que, según la teoría del Big-Bang, dio origen al universo. Penzias y Wilson recibieron el Premio Nobel de Física por su descubrimiento accidental. Serendipity. Y no sólo los descubrimientos trascendentales han tenido este tipo de origen: la goma de las hojas autoadhesivas llamadas post-it no era lo que sus creadores buscaban. Algo no había resultado como querían y el pegamento de sus papelitos siempre se desprendía. Ahora los post-it son un fracaso exitoso, uno de los descubrimientos más rentables, efectivos y universales de la historia del hombre.

Quizá lo único que diferencie a un auténtico Nobel de un Ig Nobel sea que mientras los primeros procuran un beneficio mundial, los segundos tratan de mejorar la vida sexual de sus mascotas o evitar el zarpazo de un oso gris que merodea por el vecindario. Quizá sólo buscan calmar su propia curiosidad y nos reímos porque a veces no tienen que ver con nuestras vidas: no nos interesan. Esta conclusión es tan real que los Ig Nobel no siempre se entregan a quienes inventan o descubren algo. También se premian las que Marc Abrahams llama «proezas irrepetibles». Una de ellas es el caso de los Éclaireurs franceses, un grupo de jóvenes limpiadores de graffiti que borraron las pinturas rupestres de las paredes de la cueva de Mayrieres, cerca de Bruniquel. Y también hay casos de pacifismo condecorado: en el 2000, para recortar sus gastos, la Marina de Gran Bretaña ordenó a los hombres de la Escuela de Artillería de Cambridge, cerca de Plymouth, gritar ¡bang! en lugar de jalar el gatillo de sus armas. Pero después de otorgado el Premio de la Paz, la Barra de Gobierno recibió cartas de ciudadanos alemanes indignados porque sus tropas también gritaban ¡bang! y merecían haber ganado esa categoría de Ig Nobel.

Tres de cada cuatro premios Ig Nobel han sido de naturaleza científica. En 1994, el doctor Robert López injertó ácaros de la oreja de un gato en sus propios oídos para experimentar los daños que sufre un felino: al cabo de una semana perdió temporalmente el oído izquierdo. Años después, un investigador norteamericano detonó la sexualidad de las ostras alimentándolas con Prozac: consiguió que se reprodujeran diez veces más después de darles ese antidepresivo. La gastronomía también ha tenido siempre un lugar de lujo en los Ig Nobel. Un físico británico, Len Fisher, determinó en 1999 la mejor manera de mojar una galleta: ayudado con una lijadora, una máquina de rayos X, varias balanzas, un microscopio y la ecuación Washburn para calcular el flujo capilar en una materia porosa, Fisher comprobó que una galleta de jengibre se moja en su punto a los tres segundos, una galleta digestiva a los ocho, y que las galletas con chocolate se mojan mejor con la cara opuesta hacia abajo. Un año después, Jamusheen, una conferencista motivacional australiana, sostuvo que el hombre no necesita comer, sino que le basta con practicar el respiracionismo, una habilidad para absorber todos los nutrientes, vitaminas y alimentos por medio de la fuerza vital universal o energía chi. Jamusheen dice que ha vivido sin comer desde 1993, aunque un periodista jura que la sorprendió pidiendo un menú vegetariano en un avión.

Los últimos Ig Nobel premiados no son menos extravagantes. Por ejemplo, Premios Ig Nobel, 2005. En Química: Edward Cussler de la Universidad de Minnesota y Brian Gettelfinger de la Universidad de Wisconsin por un experimento que respondía a esta interrogante científica: ¿La gente nada más rápido en agua o en almíbar? Un nadador profesional lo hizo en ambos líquidos y demostró que no había diferencias. Premio de la Paz: Claire Rind y Peter Simmons de la Universidad de Newcastle, Reino Unido, por monitorear electrónicamente la actividad cerebral de un saltamontes mientras observaba el filme La Guerra de las Galaxias. En Biología: Benjamin Smith y Michael Tyler de la Universidad de Adelaida, Australia, y Yoji Hayasaka, del Instituto Australiano de Investigación del Vino, por olfatear y clasificar los olores producidos por ciento treinta y un especies de ranas cuando se encontraban estresadas. En Nutrición: Doctor Yoshiro Nakamats, de Tokio, Japón, por fotografiar y analizar cada una de las comidas que consumió durante treinta y cuatro años. En Economía: Gauri Nanda, por inventar un reloj despertador que no sólo suena, sino que además corre y se esconde como una mascota traviesa y huidiza, asegurando que su dueño se levante de la cama para ir a trabajar, lo que en teoría añade horas productivas de trabajo. Su despertador parece un extraño animalito de peluche. Se llama Clocky.

* * *

Gauri Nanda, una ex estudiante india-estadounidense del Instituto Tecnológico de Massachussetts (MIT), tiene la certeza de que Clocky es capaz de despertar también ternura y hacer reír a la gente. «Lo cual, en estos días caóticos, es algo verdaderamente difícil», dice. Es mediodía de un viernes de febrero en Cambridge y ella no logra liberarse de un terrible jet lag. Acaba de regresar de China, donde estuvo dos semanas. Cada día visitó a un fabricante de productos electrónicos. Se citaba con ellos en sus oficinas centrales de Beijing y después viajaba en automóvil hasta sus fábricas en alguna provincia. Nanda lleva puestos unos jeans ajustados, una chaqueta juvenil y unas botas color café que le alcanzan las rodillas. Tiene veinticinco años, el cabello lacio y negro, y una figura que podría ser de modelo de pasarela: es delgada y tiene el rostro afilado, los labios breves y las cejas pobladas. Es linda.

Cuando viajaba para encontrarse con los fabricantes chinos, Gauri Nanda siempre cargaba con ella un juguete del tamaño y la forma de una caja de kleenex, un objeto de felpa con dos llantas: Clocky es el reloj despertador tan poco común por el que ganó el Ig Nobel de Economía en el 2005. Nanda trabajó en Clocky durante meses hasta que consiguió perfeccionar la cualidad que lo hace diferente a cualquier despertador: si su alarma suena una vez y no consigue despertarte, Clocky se lanza al suelo desde tu mesa de noche y empieza a girar y a rodar por el piso y a pitar hasta que finalmente logra que te levantes para atraparlo y silenciar su ruido enloquecedor.

–Es curiosa la reacción de la gente: cuando conocen a Clocky, piensan que es un invento demoníaco –dice Nanda–. Pero cuando lo ven en acción, comienzan a reír.

La inventora está segura de que a las personas les inspira ternura, y que incluso les recuerda a sus mascotas. A ella se le ocurrió la idea de Clocky cuando empezó a tener problemas para despegarse de la cama y poder llegar puntual a sus clases en el MIT. Cada mañana, desperdiciaba dos horas desactivando la alarma de su antiguo despertador que sonaba cada cinco minutos.

Esta mañana de febrero, Gauri Nanda está sentada en una cafetería cerca de Harvard Square, comiendo un sándwich de jamón y queso, y sobre su mesa está Clocky: parece un ladrillo cubierto por una alfombra y en cada costado lleva una llanta como de carrito de juguete. Al frente, en lo que podría ser su cara, tiene una pantalla rectangular que indica la hora. Nanda cuenta que tenía unos gatos que todas las mañanas, antes de despertarse, le mordían los dedos de los pies, y así pensó en la posibilidad de crear un despertador que se convirtiera en un diminuto cachorro suelto en su habitación y que no dejara de moverse y gruñir hasta arrancarla de las sábanas. Por eso Marc Abrahams y la Barra de Gobierno de los Ig Nobel decidieron darle el premio de Economía, «por su contribución a que la gente salte fuera de la cama todos los días, lo que teóricamente añade muchas horas productivas a las jornadas de trabajo».

Ahora Nanda carga a Clocky en brazos y lo mira con una ternura que parece como si lo estuviese arrullando. A un metro de ella, dos niños rubios observan con curiosidad el juguete. «¡Mamá, tiene llantas!», grita uno de ellos. Este modelo es el prototipo original de Clocky, así que si lo tomas en tus manos es posible descubrir que lleva en su piel peluda las cicatrices que le han causado tantos saltos desde la mesa de noche. Una de sus llantas está rota.

–El día que terminé de trabajar en Clocky sentí que había parido a un pequeño robot que tenía una mente propia –dice Nanda mientras pasa una de sus manos por el lomo del despertador–. Clocky tiene una personalidad propia. Era fenomenal haber terminado de trabajar en él, pero siempre me descubría observándolo. Era obsesiva, como una madre con su bebé. Quería asegurarme de que sería capaz de sobrevivir a tantas caídas.

Ahora ella trabaja en un nuevo prototipo: dice que cambiará el rostro de Clocky, de manera que la pantalla mudará hacia la parte superior y quizá también perfeccione las llantas.

–Es lindo, pero tiene que serlo aún más –añade la inventora.

Por alguna razón, según Clocky, en este instante son las cuatro de la tarde con un minuto, aunque en realidad es la una y veinticinco. Clocky está adelantado a su tiempo.

–El viaje a China lo afectó –se ríe Nanda.

Su vida es como la de cualquier inventor: horas de horas de tedioso trabajo en un laboratorio. Todo el tiempo hay que diseñar, probar, calibrar, ensayar, corregir. Y fuera del laboratorio, un peregrinaje interminable en busca de dinero y apoyo. A pesar de ello, Gauri Nanda tiene nuevos proyectos en mente.

–Son inventos para solucionar pequeños problemas de la vida cotidiana, situaciones que pueden perturbarte cada día.

Se despide y guarda a Clocky en una bolsa plástica. Luego camina hacia el metro, hacia otra cita de trabajo. Su mascota de plástico y felpa dice que son las cuatro con siete minutos.

* * *

Marc Abrahams está nervioso e impaciente: dentro de dos semanas emprenderá una gira por seis ciudades de Europa junto con varios Ig Nobel 2005. Su ansiedad puede tener justificación: sus Ig Nobel Prizes han dejado de ser un evento marginal al que acudían apenas unos trescientos curiosos a principios de la década del noventa, para convertirse en una caravana de científicos de lo inesperado que viaja por el mundo haciendo presentaciones que transmite en vivo la National Public Radio. Pero ahora es un mediodía de febrero del 2006 y el inventor de los Ig Nobel está en su casa, caminando de un lado a otro en el último piso de madera.

Robin Abrahams, su esposa, ha subido a saludarlo. «¿Estás bien, querido?», le pregunta. Ella camina sin zapatos, con unos calcetines de colores, una falda larga y un suéter ancho. Él le pide una taza de café. Robin Abrahams es investigadora asociada en la Escuela de Negocios de Harvard, pero tiene un trabajo adicional: es la responsable de vigilar que nada falle en las ceremonias de entrega de los Ig Nobel. Además escribe cada semana una columna en The Boston Globe dedicada a aconsejar sobre códigos de etiqueta social: no interrumpir mientras otras personas hablan, no eructar en público, no apoyar los codos sobre la mesa. Es imposible no reírse con algunas de las cartas que le llegan. Hace unos meses, un lector le preguntó qué debía hacer ante un dilema: había sido invitado a una boda con el pedido especial de la novia de que llegara disfrazado de mujer, y entonces le preguntaba a Robin si no podría significar una falta de respeto a la solemnidad de la ceremonia. «No creo que cumplir con los deseos de una novia signifique faltar al respeto a la boda –le respondió ella en su columna del Boston Globe–. Si la novia no está tomando la ceremonia en serio, ciertamente nadie está obligado a hacerlo». En su juventud, Robin Abrahams fue una actriz de comedias que solía presentar monólogos en cafés y teatrines. Las preocupaciones de los Abrahams no parecen las de una familia promedio.

Durante unos instantes, Marc Abrahams parece congelado detrás de la ventana que da al jardín exterior de su casa.

–He visto un mapache –exclama con serenidad, sin retirar un instante los ojos de un árbol gigante y sin hojas.

–¿Un mapache? ¿Dónde? –pregunta su esposa, que camina seguida por Milo.

–Allá, dentro del hoyo en aquel árbol.

Robin abre los ojos desmesuradamente. Nada. A veinte metros de distancia tan sólo se puede ver la corteza dura, gris y borrosa del árbol. Algunas hojas secas en las ramas.

–No veo nada –dice ella–. ¿Puedes decirme con más exactitud en dónde?

Él escudriña el paisaje del jardín como uno de esos científicos obsesivos, como si tuviera un ojo apuntando a través del lente de un microscopio.

–Allí –dice con certeza, apuntando su índice hacia la parte media del árbol–. Dentro de aquel hoyo.

Ella se mueve hacia un lado y entrecierra los ojos. Se desespera. Aún no puede ver nada. Pero entonces exclama:

–¡Sí, puedo verlo! ¡Puedo ver su cuerpo moverse al compás de su respiración!

Desde la ventana del estudio de Marc Abrahams sólo puede verse un agujero en el árbol y, adentro, con mucho esfuerzo y quizá con algo de imaginación, una cosa que crece y se encoge rítmicamente. Pero Abrahams sonríe, satisfecho. Es como si sus ojos nunca dejaran de rastrear objetos en los que nadie más puede reparar.

* * *

Marc Abrahams conduce ahora su automóvil con su perro Milo saltando en el asiento trasero. Casi no habla mientras está al volante, pero se emociona cuando pasa frente a una casa de madera en un barrio de residencias con jardines frontales llamado Garden Street, en Cambridge. «¡Es Lipscomb!», grita apuntando con el dedo a un hombre flaco, alto y con anteojos enormes que batalla para meter una caja en la maletera de su automóvil. Lleva puesta una gorra rusa. Está nevando.

–¡Es Lipscomb! –repite Abrahams–. Lo apodamos El General.

William Lipscomb fue Premio Nobel de Química en 1976, pero además es un hombre con un extraordinario sentido del humor. Nació en una familia de músicos: su madre fue maestra de canto y tiene una hermana compositora. Él es clarinetista y es también un fanático de la música de cámara. A los once años, su madre le regaló un equipo de laboratorio para niños y dos días después fue a la farmacia a comprar sus propios químicos.

–Algunos eran tan peligrosos que ahora su venta está prohibida –recuerda Lipscomb, divertido.

En unos meses, dice, su laboratorio infantil había crecido de tal manera que desde entonces nunca pudo dejar la química. En la adolescencia, Lipscomb empezó a leer cuentos de Conan Doyle. Los devoraba, y así se quedó enganchado a Sherlock Holmes. Desde que conoció los Ig Nobel en 1991, sólo ha faltado a dos ceremonias de premiación: a ambas no asistió porque estaba enfermo.

–Algunos pensarán que es extraño que un científico que dedicó veinticinco años a investigar la composición del boro pueda encontrar fascinación en la música y ser un apasionado de las aventuras de Holmes –dice Lipscomb.

Ahora que se acerca a sus noventa años parece infatigable. Habla con soltura y lucidez. Prefiere las corbatas de moño y, si son de colores, mejor aún.

–La gente piensa que los científicos son gente seria que siempre está pensando en cosas formales. Yo prefiero tomarme las cosas con humor.

Lipscomb se siente atraído por los Ig Nobel porque, según él, están llenos de cosas inesperadas, inauditas, impensables. Él mismo dedicó más de dos décadas a estudiar la composición del boro –el quinto elemento de la tabla periódica, utilizado en los fuegos artificiales, como escudo contra ciertas radiaciones y para fabricar piezas aeroespaciales– tratando de hallar la presencia de ocho componentes. Lo hizo una, cinco, diez veces. El resultado siempre era un error. «Entonces me acordé de Doyle y apliqué el método Holmes: cuando hayas agotado todas las posibilidades menos una, ésa es la correcta». Contra toda lógica, optó por analizar una composición de nueve elementos en el boro y resolvió el problema. Lipscomb ganó el Nobel de Química al estilo Sherlock Holmes. Esta mañana de invierno en Cambridge está apurado. Quiere salir de casa antes de que la nevada se haga más intensa.

Quince minutos más tarde, Abrahams se estaciona frente a un lago casi redondo, del tamaño de diez canchas de fútbol. Es una de las reservas ecológicas de Cambridge y suele venir a este sitio a caminar. Desde hace unos meses lo hace siempre acompañado por Milo, que corre sobre la tierra cubierta de nieve. Una mujer pasa a unos metros, con un perro enano. «Por favor, aleje a su perro de aquí», le pide ella a Abrahams en un tono poco amable. Él parece no alterarse nunca. «Sí, claro que sí. Fue un gusto conocerla», le responde a la mujer con una sonrisa irónica. Muy cerca de allí trotan algunos jóvenes cubiertos de ropa hasta las orejas y hay un gran número de abuelos que caminan con sus perros. Cuando se encuentran, sonríen y se saludan en forma amistosa. Minutos más tarde se acerca al lago Linda Siperstein, la mejor amiga de Abrahams, una veterinaria joven, de cabello rizado, que en cada mano lleva a un perro atado con una correa. Son dos perros muy grandes y negros. Uno de ellos ha perdido el oído y tiene canas en la cara y en la cabeza. Abrahams no llama a Linda Siperstein por su nombre, sino por las tres primeras letras de su apellido: Sip.

–¿Cómo van los preparativos para la gira por el Reino Unido? –pregunta Sip.

–He estado pensando en incluir a Gerald, el dueño de Gerald’s Place.

Gerald es un hombre que se dedica a organizar charlas y debates políticos en su hotel de Edimburgo, en Escocia, y a quien sus amigos y huéspedes de todo el mundo –políticos, estudiantes, científicos, intelectuales– llaman por su nombre de pila. Gerald es también amigo de Linda Siperstein y de joven fue miembro de las fuerzas armadas británicas. Abrahams quiere convencerlo de asistir a las ceremonias con su viejo uniforme militar. «Sería espectacular», dice él.

–Mmm, creo que estaría feliz de participar –Sip le sigue la conversación–. Pero no sé si tenga aún ese viejo uniforme. Podría quedarle muy chico.

–Mejor aún, será más cómico, Sip.

Comedia. Show. Eso buscan las ceremonias y las giras de los Ig Nobel por el mundo. En Londres, por ejemplo, Abrahams debe reservar habitaciones de hotel para unas doce personas. Y también verificar el aforo de un teatro y un museo en esa ciudad. Editar el guión de las presentaciones, porque cada ceremonia de premiación de los Ig Nobel se ha convertido en una función teatral con cantantes de ópera, auténticos Premios Nobel que asisten como invitados especiales, discursos de célebres científicos, y hasta la intervención de la adorada Miss Sweetie Poo, una niña de vestido blanco y cabello recogido en trenzas que, cuando los premiados rebasan el minuto que tienen como límite para dar sus discursos, se pone de pie enfrente de ellos y empieza a gritar «¡Detente! ¡Me estás aburriendo! ¡Detente! ¡Me estás aburriendo!» hasta que el condecorado deja de hablar.

Linda Siperstein ha sido productora de varias ceremonias de los Ig Nobel y es también la persona encargada de notificar a los ganadores cuando han sido elegidos. Una vez que aceptan, los invita a asistir al teatro Sanders de Harvard. Los gastos corren a cuenta de los propios premiados, una condición a la que accede la mayoría. Linda Sip recuerda que en algunas ocasiones, quizá menos de cinco, los premiados han rechazado el Ig Nobel porque piensan que es una locura o que puede provocarles problemas laborales. El caso más reciente fue el de un estadounidense que declinó porque el consejo directivo de su empresa consideraba que ese premio podía desprestigiarlos. Los premiados que sí asisten al teatro Sanders suelen llegar acompañados por familiares o amigos. La ceremonia es muy divertida.

–Mi escena favorita es cuando Moeliker se para detrás del atril y levanta con una mano un pato muerto. ¡Es demencial! ¡La gente enloquece! –se excita Abrahams cuando recuerda la última ceremonia de entrega de los Ig Nobel.

Moeliker es un especialista en aves del Museo de Historia Natural de Rotterdam que ganó en el 2003 el Ig Nobel de Biología por filmar durante setenta y cinco minutos el primer caso documentado de necrofilia homosexual en aves: la víctima fue un pato. Después de diseccionarlo, Moeliker descubrió que era macho. El pato, que volaba por los alrededores del museo, se estrelló accidentalmente contra las paredes transparentes del lugar y cuando murió por los golpes fue copulado por otro pato. El cuerpo del animal ha sido preservado en el museo.

La ceremonia de entrega de los Ig Nobel Prizes es una puesta en escena a la que asisten unas mil doscientas personas que pagan por ello. Los boletos se agotan varias semanas antes. El maestro de ceremonias es Abrahams. Todo se inicia con un desfile de hombres y mujeres disfrazados: son los miembros del Museo de lo Grotesco –dedicado a coleccionar piezas de arte de mal gusto–, los Abogados a Favor y en Contra de lo Complejo, las Abuelitas contra la Gravedad, el Club Juvenil de los Científicos –con integrantes que pueden tener siete años de edad– y la Asociación de Hombres Barbudos. Son grupos extravagantes que existen de verdad y que siempre cumplen su propósito: lograr que la audiencia rompa en sonoras carcajadas apenas al inicio de la ceremonia. Después se presenta una señora vestida de negro con un sombrero de plumas rojas: la llaman La Matriarca y es la encargada de pronunciar las palabras de bienvenida, lo que se conoce como el discurso «Welcome, welcome». La Matriarca aparece en el escenario y alguien de allí la conduce al atril. Se enfrenta con seriedad ante el micrófono, se toca el sombrero, pide a un hombre barbudo y barrigón limpiar sus anteojos, abre un portafolio, saca cuatro carpetas y descarta decenas de hojas hasta que finalmente elige una. Al fin, con extrema concentración, pronuncia sus líneas: «Welcome, welcome». Bienvenidos, bienvenidos. Nada más. Sólo esas dos palabras componen su discurso y, tras pronunciarlas con emoción, se retira del escenario.

El público la ovaciona. Es el turno de Miss Sweetie Poo, la niña que se aburre de los discursos: «¡Detente! ¡Me estás aburriendo!». Marc Abrahams también ha pensado en las personas que llegan desde distintas partes del mundo acompañando a los laureados. Como él no quiere que nadie se pierda un detalle de la ceremonia, ha decidido convocar a traductores voluntarios. Uno a uno los va anunciando y, ya juntos, forman un círculo alrededor de un solo micrófono. Cuando Abrahams inicia su discurso, da el nombre de los premiados y los intérpretes comienzan a traducir del inglés al ruso, al alemán, al ucraniano, al turco, al japonés. Todos al mismo tiempo. Además, por si hiciera falta, hay un hombre transformando las palabras a clave Morse. En la ceremonia de 1993 se instituyó una costumbre que con el paso del tiempo se ha vuelto tradición: cuando los Ig Nobel suben al escenario para recibir sus premios, el público debe lanzar cientos de diminutos aviones de papel. En una ocasión, el piso estaba tan cubierto de avioncitos que se caminaba con dificultad. Entonces Abrahams tuvo otra idea: una persona debía barrer el escenario. Pronto hubo un voluntario: el físico Roy Glauber, profesor de la Universidad de Harvard.

Durante diez años Roy Glauber barrió con nobleza y vigor el escenario en cada ceremonia de los Ig Nobel. «Como Gandhi, Roy Glauber cumplió con humildad su tarea por largo tiempo, hasta que el mundo reconoció su grandeza», ha recordado Marc Abrahams en un artículo publicado en Annals of Improbable Research, la revista de humor científico que edita cada dos meses. Dos días antes de la ceremonia del 2005, Glauber le informó que no podría asistir porque tenía una serie de «cosas imprevistas». Había recibido una llamada de Suecia: le informaban que acababa de ganar el Premio Nobel de Física. El auténtico. Aquella vez no era una broma.

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