Crímenes made in USA

crimenes usa

WILBERT TORRE . CORRESPONSAL

El Universal Sábado 21 de abril de 2007 NUEVA YORK.- Asesinos seriales, masacres, crímenes casuales, francotiradores y súbitos acuchilladores forman parte de una galería criminal tan frecuente como horrorizante en Estados Unidos. Esos actos atraen la atención del mundo cuando ocurren en escuelas y universidades -como la reciente matanza en la Universidad Tecnológica de Virginia-, pero muchos otros han sucedido en un cine, en un restaurante, en el metro, en las calles y hasta en un parque.

En medio de todo hay un tema que los expertos observan con tanta preocupación como la proliferación de armas y la escalofriante facilidad con la que es posible comprar una de ellas: las políticas públicas para la atención de los problemas de salud mental en Estados Unidos. En este país, el método más común para cometer suicidio es el uso de un arma de fuego, que utiliza 60% de quienes deciden quitarse la vida. De todos los suicidios, 80% son cometidos por hombres blancos, de acuerdo con un estudio de la Alianza Nacional sobre Enfermedades Mentales de EU. A mediados de los 90, un estudio realizado por esa institución determinó que los suicidios representaban la novena causa de muerte en el país. En 1995 decidieron acabar con su vida 31 mil 384 personas. Un alto porcentaje de esas muertes ocurren en universidades y centros de enseñanza superior. Cientos de estudiantes se suicidan y otros cometen homicidios y masacres sin que las autoridades gubernamentales y escolares sean capaces de detectar y atender los problemas mentales que a la postre son encontrados en la historia clínica o la conducta diaria de esas personas. Cho Seung-Hui, el joven sudcoreano que asesinó a 32 personas en la Universidad Tecnológica de Virginia, también decidió suicidarse. Antes de cometer la masacre, Seung-Hui había escrito cuentos perturbadores. Sus compañeros y maestros lo describen ahora como un hombre solitario y sumamente extraño. En su récord aparecen denuncias de sus compañeras de clase, que en apariencia fueron molestadas por Seung-Hui. Pero antes de la matanza, nadie se ocupó de estudiar esa conducta, o no lo suficiente. Eugene O´Donell, un ex policía neoyorquino, experto en criminología, que ha estudiado durante años los crímenes, opina que ha fracasado la política de acción pública para atender a las personas que padecen trastornos mentales. Menciona que antes el gobierno encerraba a las personas desequilibradas y las trataba en condiciones lamentables. Ahora muchas de ellas están en las calles. La mayoría son pacíficas, pero algunas pueden entrar en un estado de locura y comenzar a matar. “Vayamos más allá de la superficie en la masacre de Virginia y no nos detengamos en un simple control de armas”, propuso Bailey Childers, dirigente de la organización Progressive Majority. “Es necesario iniciar un debate abierto acerca de la salud mental en Estados Unidos. Es urgente desterrar los estigmas que impiden a mucha gente pedir ayuda”. The New York Times encontró que Cho Seung-Hui comparte la mayoría de las características y rasgos de conducta detectados en los autores de varias masacres incluidas en un estudio realizado en 2000. El análisis sobre 102 rampage killings (rachas de asesinatos) indica que la mayoría fueron cometidos durante el día, por hombres blancos con educación. Siete de todos ellos eran asiáticos y alrededor de un tercio se suicidó. En Nueva York, en lugares tan distintos como un parque, el metro, una casa, un paseo de turistas y en una discoteca han ocurrido algunas masacres como la del lunes en la Universidad Tecnológica de Virginia. En febrero de 2002, Ronald J. Popadich, un hombre desempleado que vivía en casa de su madre, en un pacífico barrio de Nueva Jersey, asesinó a tiros a su vecina, abordó un taxi, mató al conductor, robó un automóvil, atropelló a 19 personas, huyó, y regresó al día siguiente a las calles de Manhattan para arrollar a otras siete. Al final de esa racha de furia, Popadich mató a cuatro personas. “Deseaba asesinar a cuanta gente pudiera”, declaró Popadich al ser arrestado. En marzo de 1990, Julio González, un cubano desempleado, riñó con su novia una noche en Happy Land, una discoteca del Bronx. Después de intercambiar palabras con un vigilante del club, salió a la calle, caminó hasta una gasolinera, convenció a los empleados de venderle una lata de combustible, regresó a la discoteca y le prendió fuego: 17 personas murieron. En 1999, un enfermo mental que había dejado de tomar sus medicinas empujó a las vías del tren a Kendra Webdale, una mujer que deseaba ser escritora. En otra ocasión, Jesse Nettles, un hombre sin hogar, acuchilló a cinco personas en Times Square, entre ellas a un hombre que empujaba un carrito con sus dos bebés. Más recientemente, Kenny Alexis atacó a cinco personas con un cuchillo. A una de ellas le atravesó la aorta, una tarde de verano, a un costado del Central Park. Pero esas cosas no pasan sólo en Nueva York. En 1966, Charles Withman asesinó a su madre y a su esposa. Horas después, subió hasta la torre de observación de la Universidad de Texas y abrió fuego. Mató a 14 personas antes de ser asesinado por la policía. El último capítulo en esta historia de asesinatos en Estados Unidos ocurrió tres días después de la masacre en Virginia: en un barrio de Queens, Jimmy Lee Dawkins, un joven de 20 años con un historial de disturbios mentales, mató a su madre, al compañero sentimental de ésta, a una enfermera y luego se suicidó con una pistola. La madre había denunciado al hijo varias veces, pero la policía se negó a arrestarlo.

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