NADIE CONOCE A NADIE

 

 

Este es un reportaje que escribí para la revista peruana Etiqueta Negra.
etiqueta negra, El que no la debe, no la teme, año 5, número 38

etiqueta negra, El que no la debe, no la teme, año 5, número 38

 

NADIE CONOCE A NADIE

Alguien va a morir en Nueva York.

Por Wilbert Torre.

Christopher McCarthy, un turista que venía de Texas y caminaba junto a su novia por las calles de Manhattan, acababa de visitar el Museo Guggenheim y decidió que era un día hermoso para pasear por Central Park, sólo que cometió un error: se equivocó de tren y llegó con su novia hasta Harlem, en la calle 125. Para regresar al parque, hicieron el trasbordo en el último vagón de la línea C que corre sobre la avenida Central Park West, y, cuando el tren se aproximaba a la estación de la calle 110, un desconocido sentado frente a ellos se lanzó sobre McCarthy. Lo golpeó y, cuando las puertas se abrieron, huyó del vagón. Eran las tres de la tarde con cuarenta minutos del martes 13 de junio de 2006. «Ese hombre no dijo una sola palabra. Sólo saltó encima de mi novio, lo atacó y se marchó», dijo la novia de McCarthy, interrogada después por la Policía. Christopher McCarthy pensó que había sido sólo un golpe, pero sintió algo caliente en su pecho, una herida profunda causada por un cuchillo que le había cortado la aorta y alcanzado el corazón.

En una fotografía tomada aquella tarde, se ve a Christopher McCarthy inconsciente, tumbado sobre una camilla, con una camisa negra y abierta que le deja ver el pecho. Lo están cargando dos paramédicos. No está muerto. McCarthy se salvó porque fue trasladado a tiempo a un hospital. El agresor fue descrito como un hombre negro, de unos veinte años, que vestía pantalones jeans y zapatillas Nike. Horas más tarde todos se enterarían por la televisión que su nombre era Kenny Alexis.

Luego de acuchillar a McCarthy, Kenny Alexis vagó por la ciudad con tres paquetitos de marihuana en los bolsillos. Según los informes del cuartel de Policía de Midtown North en Manhattan, había caminado hasta que anocheció. A las tres de la mañana llegó al Rockefeller Center, ese emblema de Nueva York rodeado por banderas de todos los países que en el invierno se repleta de turistas y neoyorquinos que patinan en una pista de hielo. Kenny Alexis entró al metro y se dirigió a la plataforma del tren F, que a esa hora llevaba de regreso a sus casas a cientos de inmigrantes hispanos que viven en Queens. Ahí encontró a dos mexicanos y le pidió a uno de ellos que le entregara su teléfono móvil. Éste se resistió, y Kenny Alexis le clavó el mismo cuchillo en el estómago y en el pecho, y huyó otra vez. La ambulancia llegó a tiempo y el mexicano se salvó. Media hora más tarde, entró a West Park Market, una tienda de pasteles en la calle 59, y robó una botella de agua mineral. Cuando el dueño le pidió que no se fuera sin pagarla, Kenny Alexis lo amenazó con una navaja. Hungwon Shin, el administrador de la tienda, cogió un bate de béisbol que siempre guardaba detrás de su mostrador. Pero Kenny Alexis ni se inmutó y se fue de allí caminando luego de lanzarle una botella de cerveza. Después enrumbó hacia el sur, hasta que llegó al ombligo de Broadway, a una de las esquinas más visitadas por los turistas que van a la caza de un boleto para asistir al teatro. Eran más de las cuatro de la mañana cuando Kenny Alexis vio a dos mujeres que caminaban por allí, al otro extremo de las taquillas, en la esquina de la calle 47.

***

Kendra Webdale, una escritora que esperaba el tren en la estación de la calle 23 de Manhattan, fue empujada a las vías por un esquizofrénico que había dejado de tomar sus medicamentos, en enero de 1999. Webdale murió arrollada por el tren. Jesse Nettles, un homeless, acuchilló a cinco personas que no conocía, en las inmediaciones de Times Square, entre ellos a un hombre que empujaba un carrito con sus dos bebes. En Mayo de 2004, José Rodríguez de Jesús utilizó un cuchillo de cocina para atacar a tres personas en Herald Square, en la parte media de Manhattan, a unos metros del Empire State Building. Y los vecinos de Garfield, un barrio familiar de New Jersey, aún recuerdan a Ronald J. Popadich, un hombre pacífico que en febrero de 2002 le disparó a su vecina seis veces, abordó un taxi, asesinó al conductor a tiros, robó un automóvil, atropelló a diecinueve personas, escapó y regresó al día siguiente para impactar con el auto robado a otras siete. Una de ellas murió. «Sólo puedo decir que deseaba matar a cuanta gente pudiera», dijo Popadich cuando fue arrestado

Los crímenes casuales llaman la atención de la prensa porque suceden del modo más absurdo, de súbito y sin causa aparente. Se los conoce como random crimes y se producen de manera abrupta, sin que el criminal conozca a sus víctimas, y sin ningún motivo para atacarlas. Eso los vuelve terroríficos: alguien está caminando por una calle tranquila, se cruza con un extraño, y de pronto es acuchillado. La víctima siempre está en el lugar equivocado y en el momento equivocado. Son ataques violentos y a veces extravagantes. The New York Times dice que por lo menos una cuarta parte de unos mil seiscientos crímenes sucedidos en Nueva York entre los años 2003 y 2005 fueron cometidos por personas que no conocían a sus víctimas. Los homicidios provocados por extraños se han duplicado en relación con las estadísticas de la década de los cincuenta, cuando un estudio de Marvin Wolfgang, un especialista en criminología, decía que apenas el catorce por ciento de los crímenes eran cometidos por una persona desconocida, sin motivo aparente.

A diferencia de un asesino en serie, el autor de un random crime actúa sin lógica: no selecciona a sus víctimas ni tiene un plan ni una motivación para cometer un crimen. Casi siempre responde a impulsos súbitos y con frecuencia es aprehendido poco después del ataque. El factor detonante puede ser un momento de locura, un instante de ira, una voz interna que le dice mata, una alucinación y a veces el deseo de llamar la atención de una sociedad que lo ha marginado. El doctor N.G. Berrill, director ejecutivo de The New York Center for Neuropsychology&Forensic Behavorial Science, ha explorado la mente de varios asesinos. Sentado en su consultorio privado, frente a la parte baja de Manhattan, una zona urbana y gris, tiene una hipótesis de trabajo: Nueva York es una isla diminuta donde viven ocho millones de personas en medio de grandes tensiones. Un random crime puede sucederte en cualquier parte del mundo. Sólo se necesita una mezcla de pobreza, locura, violencia, desempleo, presiones laborales, alcohol y drogas, para que alguien se enfade de ver a la gente sonreír. «Todo eso, en algún momento, lleva a que una persona decida salir a las calles y matar», dice el Dr. Berril. «Lo sorprendente es que no ocurran más crímenes bizarros en Nueva York. No entiendo cómo la gente puede comportarse bien con tanta tensión encima» Pero la ciudad de los rascacielos, que ha sido calificada por el FBI como el sitio más seguro de los Estados Unidos –los robos y homicidios han descendido ahora a los niveles más bajos desde los años sesenta–, sigue siendo escenario de los ataques más desequilibrados, súbitos y bizarros.

Después de pasar los torniquetes del metro en la estación de la calle 110 y Broadway, la segunda semana de julio de 2006, Michael Steinberg, un trabajador del servicio postal de Nueva York, no imaginó que lo iba a atacar un hombre al que nunca antes había visto: Tareyton Williams rebanó el pecho de Steinberg y le perforó un pulmón con un par de sierras eléctricas que había robado antes de una estación de trabajadores del metro. El delincuente logró escapar y unas veinte calles abajo golpeó a un hombre que paseaba a su perro. Fue detenido por la policía poco después. Tareyton Williams estuvo cinco años en prisión acusado de vender crack. Luego de que la prensa lo bautizó como El Atacante de la Sierra Eléctrica, fue llevado al Hospital Psiquiátrico Bellevue para una evaluación mental.

* * *

Luego de haber acuchillado a un turista y a un inmigrante, Kenny Alexis vio a dos mujeres en la esquina de la calle 47 de Manhattan y se acercó a conversar con ellas. También ellas eran turistas. A las cuatro de la mañana, como en todos los veranos, hay turistas caminando a esa hora por el ombligo de Broadway. Pero ellas no le hicieron caso y siguieron su camino hasta que Kenny Alexis empuñó su cuchillo y las atacó por la espalda. Una de ellas cayó al piso. Un guardia de hotel y dos taxistas que pasaban por ahí llamaron a la policía, y las turistas fueron rescatadas por una ambulancia. Al final sobrevivieron. Diez minutos después, unos agentes detuvieron a Kenny Alexis en un McDonalds de la calle 46, cuando estaba comiendo una hamburguesa.

Kenny Alexis declaró que había decidido acuchillar a esas personas porque ya estaba cansado de que la gente lo viera con extrañeza, y que era un homeless que viajaba con regularidad entre Boston y Nueva York. En sus investigaciones, la policía encontró que Kenny Alexis había aterrorizado a una mujer con un cuchillo, en Boston, y también que había causado destrozos en un restaurante y amenazado a una mujer que revisaba su hoja de solicitud de empleo. Dos psiquiatras lo habían diagnosticado sano. Después de actuar con violencia por tercera vez, fue internado en un hospital psiquiátrico y un juez lo liberó no sin antes ordenarle tomar unas medicinas recetadas por los médicos. Kenny Alexis se fue a vivir un mes en un refugio para pobres antes de atacar de nuevo.

–Tanta violencia puede ser resultado de una gran tensión, furia y desilusiones acumuladas –dice el Dr. Berrill en su consultorio de Brooklyn–. Es probable que Alexis sufra desequilibrios mentales. Por eso se enfureció cuando una chica lo rechazó. Su reacción fue: voy a tomar un cuchillo para mostrar a todos lo enfadado que estoy.

Pero la ciudad de Nueva York ya no se parece a esa ciudad fustigada por asesinos y pandillas que aterrorizaban a sus habitantes en los años ochenta, cuando morían con violencia unas dos mil quinientas personas a cada vuelta del calendario. Ya no hay asaltos en los bancos ni enfrentamientos armados ni cientos de violaciones en las calles. El Central Park, memorable escenario de peleas entre las gangs de Nueva York, es ahora un oasis urbano en donde los neoyorquinos organizan picnics familiares. Hay treinta y seis mil policías en las calles y hasta existe una fuerza especial formada por un millar de agentes que suele infiltrarse en mezquitas y organizaciones árabes buscando pistas de futuros ataques terroristas. El 11/9 generó temores excesivos: hay pánico de que un avión se estrelle en un rascacielos, pero los habitantes de Nueva York caminan por las calles sin preocupaciones menores. «Si ves algo, di algo, denúncialo», pide la policía en afiches de los vagones del metro, mientras la Gran Manzana presume de su estadística de isla blindada contra todo tipo de fechorías: la tasa de homicidios en los Estados Unidos aumenta, pero en Nueva York disminuye en casi dos por ciento cada año.

–Esta ciudad es única –dice Eugene O’Donell, un ex policía y profesor del John Jay Criminal Justice College de Manhattan–: Nueva York atrae a los buenos y a los malos, es un imán que llama a personas peligrosas y criminales locos. Quizá esa sea la causa de tantos random crimes. Antes encerrábamos a las personas con trastornos mentales en condiciones brutales e inhumanas. Ahora puedes verlas vagar en el metro y en las calles.

El Dr. Berril ha salido de su consultorio en Brooklyn y ahora está en el Barrio Chino, frente a la prisión ubicada en la calle Centre. La llaman «Las Tumbas» y es una estructura vertical color arena que se asemeja a un mausoleo egipcio. Es la cárcel donde son recluidos quienes son arrestados en Manhattan. Berrill recuerda que en Las Tumbas estuvo recluido Justin Volpe, un policía que fue sentenciado a treinta años de prisión luego de que violara a un gay con su bastón de defensa, sólo porque éste lo había golpeado. Volpe le reventó los intestinos.

El doctor recuerda que, cuando entrevistó al policía para elaborar su perfil psicológico, lo sintió destruido. Justin Volpe no podía creer lo que había hecho. Le dijo que había deshonrado a su familia, formada por varias generaciones de policías italianos. « ¿Por qué le hice eso a ese hombre? ¿Por qué me hice esto a mí?», recuerda que le preguntó. Volpe le contó que la semana previa al ataque había sido terrible. Un niño se le había muerto en los brazos en un edificio de pobres y había rescatado el cuerpo de un bebé con mordeduras de ratas.

–Una cosa de esas te puede meter en una súbita espiral de violencia –dice el Dr. Berrill–. Así pueden suceder los crímenes más absurdos, en un instante de locura.

En julio de 2006, Nicholas Bartha decidió acabar con el pleito legal que tenía con su esposa por la posesión de una residencia histórica en Manhattan: provocó una explosión con gas que destruyó la casa. Era una mansión avaluada en seis millones de dólares, ubicada en la calle 62 esquina con Madison, una zona de Manhattan con tiendas exclusivas y edificios millonarios. Bartha decidió volar la casa minutos antes de las nueve de la mañana, cuando pasaban por ahí decenas de ejecutivos que iban a sus oficinas y gente que suele pasear perros ajenos. Nadie murió, pero cuatro personas y diez bomberos sufrieron heridas por la explosión. La escena de ruinas, columnas de humo y ambulancias parecía la de un atentado terrorista, pero la ciudad más segura de los Estados Unidos sólo volvía a ser presa de un nuevo instante de locura. Un cronista de The New York Times escribió un texto criticando las reacciones de tranquilidad de los ciudadanos cuando supieron que la explosión no había sido causada por un grupo terrorista: «¿Por qué tanto alivio? – dijo Clyde Haberman- .A menos que en Nueva York algo cambié de manera drástica, es más probable que tengamos que vivir entre personas más dementes que los terroristas». Nadie conoce a nadie.

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