Lánzate, Barack, Lánzate (Capítulo 3, fragmento libro Obama Latino)

En este fragmento del capítulo tres podrán asomarse a lo que fue el inicio de la estrategia de Obama sobre el terreno,  es decir la forma en la que fue  imaginado y construido el ejército de simpatizantes del candidato bajo la idea de que se convirtiera en un auténtico movimiento popular.
Iowa fue la apuesta elegida por el equipo de Obama para dar el gran golpe al inicio de las primarias. Cuauhtémoc Figueroa vivió ocho meses en un estado donde casi todos,  del barbero, pasando por el boticario y el maestro, son blancos. Su misión era poner a prueba al ejército de miles de voluntarios que después se convertirían en el motor que movilizó la improbable candidatura de un político novato, negro y desconocido llamado Barack Obama. Iowa fue la apuesta elegida por el equipo de Obama para dar el gran golpe al inicio de las primarias. Cuauhtémoc Figueroa vivió ocho meses en un estado donde casi todos, del barbero, pasando por el boticario y el maestro, son blancos. Su misión era poner a prueba al ejército de miles de voluntarios que después se convertirían en el motor que movilizó la improbable candidatura de un político novato, negro y desconocido llamado Barack Obama.

Lánzate Barack, lánzate

 

Cuauhtémoc Figueroa conoció a Barack Obama una noche de verano. Era un martes 7 de agosto de 2006 y una sábana de nubes espesas se había extendido las últimas semanas sobre Chicago: fue el mes con cielos más nublados en nueve años en la ciudad de los vientos que corren a ráfagas violentas. Más de tres mil personas se apiñaban en un auditorio gigante del McCormick Place, un edificio contemporáneo de acero y cristal que se levanta a unos metros de donde el Río Chicago se extiende como una masa serpenteante de aguas verdes y grises. En el edificio se inauguraba la convención anual de la Federación Americana de Empleados Estatales, de Condados y Municipales (AFSCME), el sindicato más grande del país, y la invitada de honor era Hillary Clinton.

En un olvido artificial, como esas cosas bochornosas que suceden en las familias y que todos fingen que han quedado atrás, permanecía el escándalo sexual del presidente Clinton con Mónica Lewinsky. Hillary Clinton no era más la esposa humillada ante todos: ahora era una poderosa senadora por Nueva York y sin duda una de las estrellas en ascenso en el mundo político de Washington. Casi todos los ojos estaban puestos sobre ella, pero muchos de los asistentes tenían curiosidad por conocer al telonero de la noche: un político negro, joven e inexperto llamado Barack Obama. Entre los sindicalistas, organizadores sociales y trabajadores había comenzado a propalarse la aventura en la que Obama parecía decidido a embarcarse: buscar la nominación demócrata a la presidencia de Estados Unidos. El novato deseaba debutar en las grandes ligas y quería hacerlo por la puerta más ancha.

 

            Fue Obama quien cautivó aquella noche a Cuauhtémoc Figueroa. El senador por Illinois había saltado al escenario nacional en la Convención Demócrata de 2004 con un discurso que con efectividad y sencillez logró universalizar la idea del sueño americano: narró la historia de su abuelo, un cocinero al servicio de los británicos y de su padre, un hombre nacido en Kenia que había viajado con visa de estudiante a Estados Unidos donde conoció a su madre, una mujer liberal de Kansas. El mensaje se incrustó con la precisión de una flecha que parte una manzana por el centro, en la consciencia y en el corazón de miles de estadounidenses: si yo he podido llegar hasta aquí y aspirar a llegar más lejos, todos podemos lograrlo, era la esencia de lo que Obama transmitió esa noche a los asistentes a la convención de Boston y a los millones que lo vieron por la televisión. No fue todo: Obama pronunció otra frase que varios años más tarde la gente solía recordarle cuando lo conocía o lo saludaba detrás de una hilera de vallas de acero: “No hay una América negra, una América blanca y una América latina y una América asiática: sólo existen los Estados Unidos de América”. La idea de la igualdad había penetrado con fuerza en un país que en el paso de los siglos ha cambiado de rostro varias veces al compás de la llegada de nuevos inmigrantes de todas partes. Ese momento significó un antes y un después en la corta vida política de Obama: miles de personas comenzaron a poner atención en el senador de los discursos repletos de prosa y poesía que hablaban de los sueños y las promesas de igualdad de Martin Luther King.

 

            Ante miles de sindicalistas divididos por estados y sentados en un auditorio en forma de media luna, Obama contó otra historia: un día de abril de 1968 los trabajadores de limpia de Memphis se declararon en huelga para exigir mejores salarios y reconocimiento de sindicato. Martin Luther King llegó para unirse al movimiento y cuando se encontraba de pie en el pequeño balcón de su habitación en el hotel Lorraine cayó abatido por cuatro balas. Un día antes de que fuera sepultado, su esposa Coreta lideró la columna de los trabajadores en una marcha a través de Memphis, una caravana que culminaría con el reconocimiento sindical por el que los trabajadores habían luchado durante mucho tiempo. Una batalla que había costado la vida de King. “Este es el legado que ustedes heredaron”, dijo Obama a los sindicalistas reunidos en el salón, elevando la voz con una intención que parecía deliberada.

 

            El senador por Illinois mostró esa noche algunos de los rasgos que meses después lo convertirían en un candidato carismático y poseedor de un idealismo que lo asemejaba no sólo a King, sino a Robert Kennedy, asesinado décadas atrás cuando defendía la idea de un país diferente, un país que aceptara las voces que millones ignoraban: los negros, los pobres, los inmigrantes mexicanos. Esa noche Obama mencionó por primera vez algunos conceptos claves de su filosofía política: los sueños de los estadounidenses “arruinados por un gobierno que no es inteligente ni efectivo”, la esperanza como motor del cambio, la idea de que la lucha iniciada por King continuaba cuarenta años después y la urgencia de impulsar los cambios desde abajo y no a partir del poder autoritario y tradicional asentado en Washington. En la parte final de su discurso, Obama dijo que los trabajadores de Memphis continúan marchando simbólicamente cada año “porque saben que nuestra jornada está incompleta, porque saben que tenemos batallas inconclusas y sueños incompletos”. Terminó golpeando el atril con la mano derecha y levantando la voz hasta que sus frases mutaron en gritos fuertes y sostenidos.

 

“¡Mientras haya desempleados les pido que marchen por empleos! ¡Mientras millones batallen para mantener a su familia con salarios miserables, les pido seguir marchando! ¡Mientras haya quienes no puedan organizarse o sindicalizarse o luchar por una mejor vida, les pido que marchen por solidaridad!” La voz de Obama se había transformado en un rugido. Los miles de sindicalistas que ocupaban el salón se pusieron de pie para ovacionarlo. Había mujeres, hombres viejos y otros más jóvenes y todos lo observaban con gran tensión. Los asistentes alzaron letreros con los nombres de los estados a los que representaban y algunos más audaces blandieron unos carteles de fondo verde con unas letras negras que proclamaban: “Run, Barack, run!” (Lánzate, Barack, lánzate!) Esa noche muchos de los trabajadores reunidos ahí lloraron al escuchar el discurso de Obama, que cerró su mensaje con una serie de frases que eran un anuncio de la ruta que seguiría los siguientes meses: “es tiempo de marchar por la libertad. Es tiempo de marchar nuevamente por la esperanza. Es tiempo de marchar otra vez hacia el mañana que tantos han alcanzado tantas veces en nuestro pasado. Sé que podemos llegar ahí. Yo no puedo esperar para intentarlo”.

 

Figueroa se marchó aquella noche con uno de los banderines verdes que alentaban a Obama a lanzar su candidatura, doblado bajo el brazo. El discurso de Obama había logrado sacudir a los sindicalistas agrupados en el organismo de trabajadores más grande del país. Figueroa recuerda con nitidez la escena y la tensión en el salón cuando el senador evocaba la lucha de Martin Luther King y la marcha incompleta por la libertad. “El silencio era tan abrumador que podía haberse escuchado el sonido de un alfiler al caer al piso”, diría Figueroa tiempo después.

 

Cinco meses más tarde un hombre llamado Steve Hildebrand llegó a la oficina de Figueroa, que trabajaba como director político en la AFSCME de Washington. Lo primero que saltó ante los ojos de Hildebrand fue el banderín que exhortaba a Obama a correr y correr: colgaba como un alegre amuleto en una de las paredes de la habitación. Era diciembre y había llegado para decirle que el senador por Illinois anunciaría unas semanas más tarde su candidatura a la nominación demócrata y deseaba que se uniera al equipo. En un principio Figueroa dudó: toda su vida había sido un sindicalista y aunque había participado en más de una campaña política organizando a la gente, no se imaginaba formando parte de un proyecto político. Hildebrand tenía una amplia experiencia en el trabajo electoral de campo, es decir en la construcción de redes ciudadanas alrededor de un candidato y su proyecto, y persuadió a Figueroa con un argumento que no podía resistir: “ésta no será una campaña como las otras, será una campaña como ninguna”. Le advirtió que la intención era construir un movimiento impulsado por la gente, los trabajadores, los vecinos de los condados y los barrios con la idea de sumarlos activamente al proyecto.

 

La idea sacudió a Figueroa. Unos días después respondió que sí.

 

Los siguientes días no dejó de pensar en otros tiempos. Era como si su cabeza se hubiese mudado a otra época, a los años de su infancia en El Barrio Cuchillo, al recuerdo de las ideas de justicia y libertad proclamadas por el abuelo Danuario, al aroma de los guisos de su madre y las visitas de los líderes sindicales que contaban historias de batallas en las fábricas y los campos verdes de California. Aquellas no habían sido sólo luchas campesinas o sindicales: tenían que ver sobre todo con los valores de justicia y de igualdad a los que su familia y el movimiento de César Chávez dedicaron tantos años de batalla. Figueroa se hizo cargo de la dirección de trabajo de campo electoral, una oficina creada para organizar a los electores demócratas y los simpatizantes del candidato, y comenzó a planear su misión a largo plazo. El invierno comenzaba a provocar tormentas y a formar un interminable paseo de calles transformadas en ríos de nieve en varias ciudades del país cuando se mudó a Chicago, el epicentro de un rumor que se había esparcido como el fuego en una selva de troncos secos: Barack Obama buscaría la nominación del Partido Demócrata.

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