Las Mil y Una Noches de Queens

Travesias foto Mil y una noches de Queens.

Esta es la crónica  Las mil y una noches de Queens publicada por la revista Travesías en mayo de 2007. Disfruté todo lo que encontré a mi paso: los viejos indios de turbante que pasaban junto a mi empujando carritos del supermercado, el destartalado y alegre cine donde viejos y niños bailan y se carcajean con los éxitos de Bollywood, y los manjares de 8 dólares que sirven en el Jackson Dinner. 

Wilbert Torre

Alí es el doorman de un edificio en el Upper East Side de Manhattan. Rebasa los 50 años, es amable, dulce con los niños y es musulmán. Nunca bebe alcohol ni come cerdo, y no lleva guantes como lo hacen los porteros de los edificios más elegantes de la ciudad. Siempre viste un viejo saco azul con un logotipo inútil en la solapa. Trabaja toda la semana y espera con ansiedad el séptimo día, cuando se mete al subway sin importar si es invierno, ni esa asma crónica que lo persigue desde pequeño: cuando desciende en la estación 74 de Queens, Alí se transforma.

 

“Fuera de mi país no existe un mejor lugar en el mundo que la Pequeña India de Queens”, me dijo con la sonrisa de un niño vestido para el paseo dominical. “Este barrio es increíble. Es como regresar a casa y a las calles de mi infancia”, exclamó Alí, un inmigrante nacido en el Este de la India, con sus gafas color cereza bailándole en la punta de la nariz.

Comprendí lo que Alí me dijo cuando caminé por primera vez las calles de la Pequeña India de Nueva York. Era un jueves de finales de enero y el frío atacaba con furia, te paralizaba los dedos si no llevabas guantes. A pesar del clima gélido, la Pequeña India era un lugar encantador y diferente a cualquier otro espacio étnico que hubiera visitado antes.

Si el barrio chino de Manhattan es un mundo único con sus calles abarrotadas, sus tiendas coloridas, sus pescaderías al aire libre y esos patos que penden en las vitrinas transparentes, el barrio indio de Nueva York compite con méritos: es un planeta en escala, con sus abuelos de barba blanca y turbante detenidos en las esquinas, sus mujeres envueltas en saris de seda de colores, su música punjabi flotando en las calles y esos restaurantes que despliegan ollas rebosantes de curry amarillo, anaranjado y color pistache.

Recorrer el barrio indio de Queens es revivir de súbito ese mundo que aparece en los relatos fantásticos de Las mil y una noches, sólo que remasterizado por la modernidad de Nueva York: en los aparadores de las joyerías indias resplandecen collares de oro de 24 kilates y del tamaño de un melón y a veces hasta puedes encontrarte por ahí a las princesas indias del siglo XXI: mujeres envueltas en saris trazados por una tropa de sofisticadas diseñadoras que han cambiado para siempre el concepto de la vestimenta india más clásica.

El barrio indio de Queens nació hace 17 años, como resultado del mismo proceso de evolución de las grandes corrientes migratorias de Nueva York. En las décadas de los setenta y los ochenta alrededor de 90 mil indios y pakistaníes llegaron y se dispersaron por la ciudad. Pero en los noventa el flujo de inmigrantes se duplicó (el censo de 2000 registró 206 mil indios), empezó a concentrarse en Queens y las calles y el rostro de la Gran Manzana se transformaron una vez más, como parte de esa larga historia de cambios sociales provocados por la penetración de una nueva y creciente comunidad.

Los indios se concentraron en Jackson Heights, una región populosa del noreste de Queens, situada a media hora de Manhattan por subway, donde también viven y trabajan cientos de miles de inmigrantes argentinos, mexicanos, colombianos, ecuatorianos, chinos, coreanos y filipinos. Su diversidad étnica la ha llevado a ser considerada el melting pot más importante de la ciudad.

Jackson Heights asimiló las tradiciones de los inmigrantes del sur de Asia y mutó en el barrio indio de Nueva York, situado en la intersección de la Avenida Roosevelt y la calle 74. Es una escuadra formada por unas 10 calles llenas de restaurantes, joyerías, peluquerías, almacenes de saris y estéticas, y una tienda que aquel jueves observaban atónitos unos turistas japoneses: sus vitrinas estaban repletas de cientos de diminutos dulces de todos los colores posibles.

De acuerdo con los cálculos oficiales, hasta 2006 unos 300 mil indios vivían en el área conformada por Nueva York, Connecticut y Nueva Jersey. Es una de las migraciones con más rápido crecimiento en la ciudad y también una de las más sólidas y pujantes; se sitúa en el nivel educativo más alto de las migraciones contemporáneas —con estudios superiores a la secundaria—, tiene buen manejo del inglés, ingresos de clase media alta y niveles ínfimos de pobreza.

La presencia de la comunidad india es un referente que puedes encontrar en distintas partes de la ciudad.

A 15 minutos del barrio indio de Queens, en Flushing Meadows —cerca de la casa de los Mets y del circuito tenístico donde cada año se juega el Abierto de los Estados Unidos—, se levanta el Templo de la Comunidad India de América del Norte, un edificio moderno y gris que atrae a miles de personas en las celebraciones religiosas; la Pequeña India se ha expandido de una decena de establecimientos en los noventa a más de 300 comercios, y la Universidad de Columbia, en el Upper West Side de Manhattan, hasta fundó el Bhakti Club (Club de la Devoción), que se dedica a promover la cultura espiritual de la India.

ALÍ Y ALÁ
La presencia de Dios y la creencia de que la comida, la meditación y la lectura de versos y libros sagrados (como el Bhagavad Gita, libro de sabiduría y manual histórico y religioso) representan una forma de conexión espiritual, son una tradición vital en la vida de las familias indias, dentro y fuera de su país.

Una tarde, Alí, el doorman del edificio del Upper East Side, estaba reclinado en un escritorio respondiendo un cuestionario de la comunidad india a la que pertenece. Eran por lo menos doce preguntas y Alí las respondía con parsimonia. ¿Cuál es el libro sagrado más importante de su religión? ¿Cómo elige a la esposa con la que se casará? ¿Cree en la reencarnación?, inquirían las tres primeras.

Alí parecía muy concentrado respondiendo el cuestionario. “Para el pueblo indio la religión es algo vital. Dios es una presencia constante”, dijo. Luego citó, por ejemplo, que los indios musulmanes suelen ofrecer a Dios los alimentos, pero no lo hacen en una oración pronunciada sobre la mesa.

“Le ofrecemos a Dios la carne que nos preparamos al cocinar. Es un ritual que no podemos pasar por alto”, dijo Alí entrecerrando los ojos y simulando la escena sobre el escritorio: sus manos estaban separadas con las palmas apuntando al cielo y parecían sostener una presencia invisible. “Somos un pueblo muy religioso, donde además conviven varias religiones. Los musulmanes somos minoría, pero estamos creciendo”, sonrió luego, empuñando un café negro con la mano derecha.

Alí tiene el cabello lacio y muy negro, la piel ceniza, una esposa india y dos hijos adolescentes que nacieron en Nueva York y crecieron en la calle 110 de Manhattan, en el barrio conocido como Spanish Harlem. Cuando la familia asiste los domingos a la Pequeña India, visten como cualquiera; él lleva unos pantalones de casimir y camisa blanca, su hijo jeans y una camiseta y las mujeres un sari de seda clásico.

En los días hábiles de la semana, los hombres indios visten de la misma manera, pero cuando llega el viernes su vestimenta cambia de manera radical. Las mujeres también guardan temporalmente los saris y las lehangas, esos espectaculares corsés de colores adornados con cristales y espejos.

“En la mezquita, los viernes, las cosas son distintas. Todo es más solemne y la ropa es menos colorida y mucho más formal. Cuando vamos a la mezquita somos muy cuidadosos”, me dijo Alí y se despidió. Era un viernes y el fin de semana, cosa rara, no iría al barrio indio, hacía demasiado frío para su asma y su esposa estaba en cama, con resfriado.

La mezquita a la que asiste Alí es uno de tal vez cientos de templos musulmanes que se encuentran dispersos en todos los barrios de Nueva York. Es un edificio contemporáneo de acero y cristal, con una luna creciente en la cúspide, que se levanta en la calle 96 y la tercera avenida de Manhattan.

Dentro del templo, los hombres oran en silencio, cubiertos por pijamas punjabi —una túnica holgada— y las mujeres visten salwar (una prenda amplia y similar a un pantalón de pijama que se ajusta en la cadera y los tobillos) y kameez, unas túnicas largas. Algunas mujeres llevan el rostro cubierto. Los adultos varones suelen llevar en la cabeza llamativos sombreros llenos de pliegues y rematados por piedras, como el que usaba Alí Babá, el humilde leñador persa que descubrió el tesoro robado por cuarenta ladrones, en uno de los cuentos de Las mil y una noches.

Cada octubre en el barrio indio de Queens tiene lugar una de las celebraciones religiosas más importantes de la India: el Diwali, que también es la más universal en el extenso mundo del hinduismo. Significa “paseo de lámparas” y simboliza la victoria de Dios sobre el mal.

Gadadhara Pandit Dasa es un monje del movimiento Hare Krishna y es capellán del mismo ministerio en la Universidad de Columbia. Es un hombre delgado y de apariencia frágil que lleva unas gafas redondas. “La gran sombrilla del hinduismo acoge varias creencias filosóficas y espirituales, pero el Diwali es una celebración común entre todas las sectas”, explicó el monje. “En Londres es tan importante que se celebra en la Casa de los Comunes (Cámara Baja del Parlamento británico).”

Durante ese festejo, la avenida Kalpana Chawla, la principal de la Pequeña India de Queens, se ilumina con lámparas de papel y en sus calles tiene lugar un gran festival al que en los últimos años ha asistido como invitado el alcalde Michael Bloomberg.

Pero en realidad el Diwali tiene mucho más significado que una fiesta: es un ritual en el que las casas y los comercios son purificados con la luz de las lámparas, como sucede en la épica Ramayana, que describe la victoria del dios Rama sobre el demonio Rayana que personifica a la lujuria, envidia, ira, codicia y el orgullo.

Las tiendas y las casas indias son adornadas y las mujeres visten saris de seda recién comprados. En las noches de octubre, lucen unos hermosos y enormes collares de oro y en sus antebrazos bailan alegres decenas de pulseras multicolores.

“Es una celebración que purifica al pueblo indio para que Dios pueda vivir en el templo de nuestros corazones”, explicó el monje de los Hare Krishna de la Universidad de Columbia.

BOLLYWOOD ULTRAMARINO
Lo primero que uno puede ver al bajar las escaleras del metro neoyorquino en la esquina que forman las calles 74 y 37 de Jackson Heights es el cine Eagle, un edificio antiguo que tiene una marquesina blanca y destartalada. Hace décadas llevó el nombre de Earle y era un templo de las películas pornográficas.

Ahora ese teatro es la catedral neoyorquina de Bollywood, término resultado de la fusión de las palabras Bombay y Hollywood que ya ha sido aceptado por el diccionario Oxford para nombrar a una clase de cine indio que hace palidecer al Hollywood estadounidense: produce más de 800 cintas cada año y vende más entradas que el de ningún otro país en el mundo. Los indios, habitantes del segundo país más poblado del orbe (1 100 millones de personas) también son propietarios de la industria cinematográfica más grande del planeta.

“Es un mundo que nunca parpadea. El cine indio es una máquina de sueños que produce en profusión una nueva fantasía y un romance todos los días”, subraya la sección cultural del Consulado indio de Nueva York. Los trabajos más celebrados de Bollywood han reunido a una tropa de hermosísimas actrices indias en cintas que, en Nueva York, han abarrotado no sólo el viejo cine Eagle de Queens.

En una ceremonia con alfombra roja, a principios de enero de 2007, fue estrenada en Times Square la película Guru, con las estrellas Abhishek Bachchan y Aishwarya Rai, una hermosa actriz india con unos ojos desconcertantes: el grado de intensidad de la luz puede tornarlos verdes o azules, o una mágica fusión de ambos. Antes de hacer cine, la bella Rai tuvo un empleo pasajero: fue Miss Mundo.

Un martes previo al Día de San Valentín volví al barrio indio de Queens y llegué hasta las puertas del cine Eagle. “Las películas llevan subtítulos en inglés”, me anunció con amabilidad un indio flaco con una sonrisa sin dientes. Compré una entrada que me costó cinco dólares (en Manhattan un boleto regular vale 11) y entré a ver Salaam-e-Ishq, una película que relata seis historias de amor.

El Eagle es muy parecido a los cines mexicanos antiguos: es grande, con techos altísimos y una gran pantalla. Ocho bombillas iluminan la sala y en los pisos unas delgadas hileras de foquitos azules ayudan a adivinar las butacas en la oscuridad. Esa tarde la concurrencia del Eagle estaba formada por un matrimonio y cuatro niños, siete mujeres jóvenes, tres hombres con pinta de coreanos y unos cuantos abuelos.

Salaam-e-Ishq es una clásica comedia de Bollywood. Un amigo neoyorquino me había dicho que el cine indio contemporáneo era simpático y utilizó la palabra kitsch para describirlo. La película resultó divertida, pero distinta. Casi podría decir que fue peculiar: nunca había visto un largometraje en el que los protagonistas bailaran un video clip y en esta película no lo hicieron una, sino siete veces.

Filmada en 2006, la película es romántica en grado extremo y está salpicada por detalles que tenían doblados de risa a los abuelos y a los niños del público: peleas que tienen de fondo esos sonidos clásicos de las caricaturas y algunos efectos que ponían a caminar a gran velocidad a un abuelo y a bailar las aguas de una piscina al ritmo de la música.

Otra particularidad de Bollywood son las coreografías: en Bride and Prejudice, una de las cintas recientes más celebradas, Aishwarya Rai, la bella de los mágicos ojos verde-azules, se encuentra con su amado en una playa. Ahí comienza un video clip en el que al final terminan cantando y bailando no sólo la pareja y sus acompañantes, sino los turistas y los bañistas de la playa, con todo y sus tablas de surfing.

Cuando salí del cine Eagle había oscurecido y comenzaba a nevar, pero las calles de la Pequeña India aún estaban llenas. Eran cerca de las siete de la noche. Había unos cuantos grupos de turistas y muchas familias indias salían después de hacer compras en Patel Brothers, un enorme supermercado de productos indios. Las familias caminaban hacia donde habían estacionado sus automóviles, seguidas por unos viejos de turbante que empujaban carritos del mercado.

La media docena de veces que visité el barrio indio de Queens pude encontrarme con algunas cosas que me parecieron peculiares en una ciudad como Nueva York: niños de todas las edades y en cantidades industriales (en Manhattan no es tan fácil encontrar a tantos pequeños juntos), numerosos abuelos y abuelas trabajando en las joyerías y en los almacenes de ropa, y a muchos indios gastando mucho dinero en joyas y vestidos.

CURRY Y COCTELES EN EL JACKSON DINER
Los fines de semana las familias indias suelen pasar el día en el barrio de Queens. Los sábados o domingos a las seis de la tarde, los restaurantes están por lo general casi llenos, aunque tienen la ventaja de ser bastante amplios en comparación con los de Manhattan.

En la calle 74, entre las calles 36 y 37, está uno de los viejos favoritos de la comunidad india: el Jackson Diner, que abrió en la década de los ochenta y posee un extenso menú de comida del norte y el sur del país. Junto con el Bombay Palace de Manhattan, es uno de los restaurantes indios más celebrados por sus tandoori (pollo y pescado sazonados con yogur y asados al carbón) y sus curry de pollo, camarones, cordero y cabra.

El Jackson Diner es un restaurante sin pretensiones, con mesas y sillas de madera y sillones amplios donde se despliegan varios gabinetes para grupos mayores. La entrada está tapizada por recortes de periódicos y reconocimientos de la guía culinaria Zagat. No es un ambiente de bar, pero tiene una simpática barra y casi siempre se escucha música punjabi. En una esquina hay un monitor que todo el tiempo pasa video clips y películas de Bollywood.

Si visita el Jackson Diner un día hábil de la semana, al mediodía se encontrará con una buena concurrencia de familias indias y turistas que asisten atraídos por un evento no común en una ciudad como Nueva York: un servicio de bufé que cuesta 9 dólares con 20 centavos con impuesto incluido y que ofrece cinco variedades de curry con pollo, lentejas y cordero; pollo tandoori, arroz, pan indio, unas redondas tortas de papa, ensalada verde y postre.

Por las noches el ambiente es distinto. Asisten a cenar ejecutivos y comerciantes indios acompañados por sus esposas y con frecuencia hay grupos de jóvenes neoyorquinos que beben cerveza y unos cocteles que llevan por nombre Bombay Dream y Punjabi Blue Diamond.
Las mesas son atendidas por meseros pakistaníes, indios y mexicanos que visten camisas color cereza y pantalones negros. Ninguno usa turbante y algunos llevan el cabello hasta la espalda, sujeto en una cola de caballo.

Una noche lluviosa y fría de miércoles probé un par de platillos de curry y uno me provocó un déjà vu, esa extraña sensación llamada también paramnesia que consiste en creer que has experimentado antes lo que estás viviendo en el momento. Me sucedió cuando probé el pollo Makhala, un manjar delicioso preparado con mantequilla, yogur, jugo de limón, jitomate y gran massala, una mezcla de hierbas del norte de la India.

Al final, mi mala memoria logró encontrar lo que ese platillo me había recordado: las pechugas en salsa de nata de la Hostería de Santo Domingo, en la Ciudad de México.

Ese día hice un recorrido nocturno por el barrio indio, aunque en realidad no hay nada prometedor para quienes están en busca de bares, discotecas y otras diversiones más intensas.

UN MAHARAJÁ NEOYORQUINO
Entonces descubrí otro mundo para mí desconocido: el de las joyerías indias. En la avenida Kalpana Chawla hay varias de ellas formadas en hilera. En Colombia, en la Ciudad de México y en el mercado de joyas de Manhattan había visto miles de brazaletes, collares, relojes y aretes de oro desplegados en vitrinas interminables, pero jamás mis ojos se habían encontrado con piezas del tamaño (y del peso) de las que vi esa noche fría en Queens.

Me llamó la atención la vitrina de la joyería Karat 22: desplegaba decenas de collares repletos de unos finos tejidos de filigrana. Parecían telarañas de oro construidas por una tarántula gigante. La mayoría eran tan grandes como el babero de un niño de dos años y tan costosos como un automóvil. Uno que resplandecía en una esquina tenía un precio que me pareció estrambótico: 20 mil dólares. Estaba junto a un modelo de oro en escala del Taj Mahal, el mausoleo indio que tenía un costo más terrenal: mil dólares.

“¿Cuánto vale ese collar?”, preguntó un indio joven de bigote recortado que vestía un abrigo gris.

“Setecientos dólares. Es uno de los más pequeños, pero también es uno de los más lindos”, le informó una mujer de cabello negro y largo con unos hermosos ojos castaños. El hombre sacó del bolsillo del pantalón un montoncito de billetes doblados y le pagó en el instante. En veinte minutos vi a media docena de indios comprar anillos, brazaletes y collares de oro. Ninguno utilizó tarjeta de crédito en esa noche previa al Día de San Valentín.

Más tarde visité una tienda enorme de ropa india cuyo vestíbulo estaba abarrotado por maniquíes que vestían saris, pijamas punjabi y corsés adornados con cientos de piedras y cristales. Los maniquíes tenían los ojos verdes y azules y los atuendos femeninos se anunciaban en cifras que con facilidad rebasaban los mil dólares.

En el sótano, una mujer con su hija parecían absortas observando un estante en donde estaban acomodados decenas de vestidos indios para niña.
“Será su primer vestido tradicional y quiero algo lindo”, dijo la mujer, una india de unos treinta años que vestía unos blue jeans y un suéter con la leyenda Donna Karan en el pecho, mientras intentaba elegir entre varias prendas rosas y amarillas con lentejuelas y cristales.

La mujer y la niña dejaron la tienda minutos después, sin ponerse de acuerdo: la madre insistía en un sari color negro y la niña deseaba uno rosa.

Cuando salí del almacén de ropa las calles de Queens comenzaban a teñirse de blanco con la nieve que había llegado a destiempo. Ya estaba en el subway cuando vi una imagen que me pareció mágica: junto a los andenes caminaba un viejo indio con una barba blanca que llevaba puesto sobre el cuerpo y encima de un turbante azul un gran abrigo café; era un maharajá neoyorquino a punto de abordar un elefante de aceroπ

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