Capítulo 1 (fragmento del libro Obama Latino)

 
Artemio Arreola, un mexicano nacido en Michoacán, al frente de un grupo de voluntarios de origen indio, paquistaní y mexicano, el día de la elección.

Artemio Arreola, un mexicano nacido en Michoacán, al frente de un grupo de voluntarios de origen indio, paquistaní y mexicano, el día de la elección.

El capítulo de apertura describe la noche del triunfo de Barack Obama en el Grant Park de Chicago y en él se alternan escenas y resúmenes que fueron parte de un recorrido que emprendí días antes por lugares significativos para Obama, en Chicago: los barrios y las unidades habitacionales pobres del sur de la ciudad en donde había sido organizador social veintitrés años atrás; su restaurante favorito de comida Soul, en un peligroso barrio negro, y la movilización de miles de personas el día de la elección, que formaban parte del ejército de voluntarios que impulsaron la candidatura de Obama a partir de un movimiento popular inédito en los Estados Unidos. Algunos de esos pasajes y escenas me sirvieron para hacer preguntas y consideraciones sobre los significados del triunfo de Obama para los estadounidenses. Temas como la segregación racial en la que aún viven los negros hoy día, el surgimiento de una nueva coalición de minorías que transformó esa noche de un golpe el rostro de los Estados Unidos –negros, latinos, mujeres y votantes jóvenes – y una nueva era de hacer política utilizando la tecnología, pero regresando a la movilización y a la participación ciudadana como parte vital de un gobierno, aparecen a lo largo de este capítulo.
 
Uno de los centros comunitarios de Chicago que sirvieron de punto de reunión para los voluntarios de la campaña de  Obama, el día de la elección. Los ejércitos de Obama movilizaron seis millones  de personas para asegurarse que los electores fueran a votar

Uno de los centros comunitarios de Chicago que sirvieron de punto de reunión para los voluntarios de la campaña de Obama, el día de la elección. Los ejércitos de Obama movilizaron seis millones de personas para asegurarse que los electores fueran a votar

 

 

Chicago: escenas de una victoria imposible.

Incluso los periodistas, entrenados para ser testigos desapasionados de la historia, estaban fuera de control. Un italiano rubio gritaba eufórico con un micrófono en la mano y otros saltaban con los brazos en alto. Las únicas que parecían ajenas a la celebración eran tres reporteras negras que permanecían en estado de shock. “¡Oh Dios! ¡Oh Dios! ¡Oh Dios!”, repetían con los ojos tensos por las lágrimas. El comentarista de la televisión, cuyo perfil de ansiedad era proyectado por un monitor gigante, estaba al borde de un ataque de euforia: “¡Barack Obama es presidente electo de Estados Unidos!” exclamó y se sumergió en un silencio intenso mientras las cámaras de la cadena MSNBC hacían una serie de acercamientos de los rostros de quienes festejaban a unos metros de ahí, en el Grant Park de Chicago, transformado en una fiesta babélica la noche de la victoria.

 

           

No debió pasar más de medio minuto antes de que los periodistas reaccionaran. Corrieron para alcanzar la puerta de salida de una carpa semejante a la de un circo, donde casi atropellan a la policía negra que se encargaba de vigilar que sólo entraran los reporteros que habían pagado novecientos sesenta y cinco dólares para tener acceso a un refugio con calefacción, galletas, servicio de internet y el monitor que daba cuenta de los resultados de la elección. Fuera, en un espacio al aire libre del tamaño de tres campos de fútbol, los altavoces repetían frenéticamente que Barack Obama, el hijo de un keniano y una mujer blanca de Kansas, se había convertido en el primer presidente negro en la historia de Estados Unidos. Las reporteras negras que un instante antes parecían a punto del colapso ahora lloraban tomadas de las manos, en un círculo íntimo que nadie se atrevía a perturbar.

 

            A su alrededor cientos de comunicadores japoneses, argentinos, chinos, kenianos, mexicanos, españoles, italianos, sierraleoneses y albaneses se apiñaban y desde los celulares llamaban a sus redacciones para transmitir en vivo. Algunos se tomaban fotografías con la postal de la multitud como fondo y eran muchos los que se abrazaban y besaban con desconocidos. Lo que menos coexistía por ahí en esos momentos era esa idea de la objetividad que con frecuencia convierte a los periodistas en seres insensibles, un ejército de robots dedicados a colectar datos. “La victoria de Obama ha trastocado el orden natural del universo”, se atrevió a pronosticar uno de ellos en el cenit de una celebración universal.

 

           

Unos metros a la izquierda, separada por unos muros de acero, la multitud se sacudía en un estertor masivo. Eran miles los que bailaban, aplaudían, sudaban en el frío helado, gritaban, lloraban, alzaban la mano en señal de V, se abrazaban. Las cámaras de televisión proyectaban en los monitores repartidos en el parque el rostro del reverendo Jesse Jackson: dos hilos de lágrimas corrían por sus pómulos anchos. Era un llanto dulce, como el de un niño feliz. Cientos de pósters con el rostro de Barack Obama en un fondo azul y rojo carmesí apuntaban hacia el cielo gris de Chicago y en las manos ondeaban miles de estandartes con la palabra “cambio”. Era imposible escuchar cualquier cosa más allá de unos centímetros de distancia. “¡Yes we can! ¡Yes we can! ¡Yes we can!” El grito de guerra de la campaña se multiplicaba en un canto inagotable. Estar ahíera especial e intenso, uno de esos momentos en los que algo extraordinario ocurre y transforma de manera contundente al mundo. Miles festejaron con euforia la caída del Muro de Berlín casi veinte años atrás y ahora en Chicago era como si el año nuevo de un nuevo milenio se hubiera anticipado: había gente encaramada en los postes, asomada en los balcones de los hoteles y sobre las puntas de los pies en las bancas que rodeaban al Grant Park, un jardín abrazado por un bosque de rascacielos que al anochecer se estremecía asfixiado por miles de personas que habían llegado con el deseo de atestiguar el gran final.

 

            Pero no habían llegado sólo con la idea de presenciar el ascenso de Barack Obama, con todo lo histórico que suponía. Asistían a la inauguración de un nuevo país. Unos minutos antes, cuando los resultados caían absolutos, como se vienen abajo los cimientos de un viejo edificio, emergían los nuevos rasgos de la sociedad estadounidense. Lo que ocurría era lo más próximo a los efectos de un tsunami demográfico cuya fuerza transformaba de un solo golpe el rostro de Estados Unidos. El gigante cambiaba de piel y los paradigmas se venían abajo: el temor de un golpe de racismo era sepultado por millones de votos. No sólo se desplomaba el poder republicano; se colapsaban las estructuras conservadoras que habían subsistidopor décadas, en un país en el que millones asisten a votar con un arma y una Biblia bajo el brazo. Ahora esas estructuras oscilaban en el olvido y los protagonistas de

una nueva coalición ascendían y ocupaban los espacios de las grandes cadenas televisivas: los jóvenes de treinta años, los millones que votaron por primera vez, los latinos y los negros. Los miembros de una generación formada por minorías que podrían inaugurar una etapa progresista de dominio demócrata en el transcurso de las próximas décadas.

 

La piel de J. Smith es de un tono amoratado y la boca le dolía de tanto sonreír. Estaba en la mitad del parque, con la vista perdida en ese mar eterno de gente. “No lo puedo creer. El sueño terminó. Mañana podré ver a mi hijo a los ojos y decirle que puede ser lo que desee”, decía con una emoción que lo desbordaba. Cerca de él lloraba otra negra y más allá otro grupo de negros se abrazaba. Dirigían los ojos al cielo y las lágrimas resbalaban por sus rostros de ébano. Después movían sus cuerpos en un ritmo suave y acompasado cuando las bocinas disparaban una vieja canción de Steve Wonder: “Sign, Sealed, Delivered I am Yours”. Algunos rezaban en silencio y eran miles los que intentaban hablar desde sus celulares para contarle a sus familiares y amigos lo que estaban viviendo en el parque y lo que ocurriría en unos minutos: Barack Obama, presidente electo de Estados Unidos, aparecería sobre el escenario en cualquier momento.

 

            Era demasiada la gente que lloraba al mismo tiempo y los que más lo hacían eran los negros: lloraban de pie, abrazados con las cabezas muy pegadas unas con otras, o tumbados en el piso, con las piernas pegadas al pecho y las manos sobre la cara, como ocurría con una mujer cerca de las vallas. Lloraban los viejos y las mujeres y también algunos hombres. No era un llanto amargo y desesperado como el que estalla cuando ocurre una tragedia, sino tranquilo y suave, un llanto liberador y comprensible: hace ciento cuarenta y cuatro años, cuatro millones de esclavos trabajaban los cultivos de tabaco, arroz y algodón, y en el siglo XXI resulta imposible no advertir que los negros continúan viviendo segregados, sin compartir en muchos casos las mismas oportunidades que los blancos. Para millones en este país los negros son sucios, irresponsables y violentos; el prejuicio racial se filtra en distintas capas de la sociedad como el viento en un techo roto y esas circunstancias han provocado un contemporáneo apartheid religioso, social y cultural aceptado por todos: los negros habitan sus enclaves y barrios que casi siempre son marginales y pobres, asisten a sus iglesias, escuchan hiphop, tienen sus propias revistas y clubes y su presencia acapara actividades como el básquetbol, el béisbol, el fútbol americano, el boxeo y el atletismo. Muchos de esos campos son reductos de orgullo negro y también zonas de protección de una minoría que no termina de incorporarse a la evolución en el país de las oportunidades: el salario promedio de los negros es setenta y cinco por ciento del sueldo de un blanco. Las minorías en Estados Unidos han vivido aquí o llegado a este país con la idea de que algún día terminará la abstracción de lo que significa la igualdad: millones jamás han vivido ni en un dulce sueño lo que es el sueño americano. En los meses previos a que lanzara su candidatura a la presidencia, Barack Obama era el único afroestadounidense en el Senado. Los espacios que se abren a los negros en las presidencias y direcciones de las empresas del país son casi inexistentes, si se comparan con las oportunidades que reciben los blancos. Conclusión: los negros son fuertes, no son inteligentes.

 

Dos días antes de la elección había visitado Altgeld Gardens, el barrio del sur de Chicago donde Obama trabajó como organizador social hace veintitrés años. Era un domingo y los niños jugaban en unos coloridos columpios del Project, como son llamadas en Estados Unidos las unidades habitacionales construidas por el gobierno para las familias pobres. El país está lleno de esos vecindarios que son las reservas contemporáneas de quienes aún se encuentran en espera de que el país de los excesos les brinde una oportunidad. A juzgar por el panorama del vecindario, algo debió haber hecho bien el joven Obama que en esos años era un recién graduado por la Universidad de Columbia en Nueva York. Altgeld Gardens no se asemeja a las unidades habitadas por los pobres de Harlem o El Bronx neoyorquino, que suelen ser espacios lúgubres e infestados de ratas. No son edificios altísimos como en Nueva York, sino módulos de departamentos de dos pisos color ladrillo. Son sencillos, los jardines lucen podados y los garajes en orden. Hay algunos edificios en remodelación y otros muy viejos tienen las puertas y las ventanas tapiadas. Algunas partes del vecindario parecen los restos de un pueblo abandonado.

 

No había basura en las calles y en las ventanas se asomaban unos alegres cartelones albiazules que advertían: “Altgeld Gardens con Barack Obama”, “Teamsters con Barack” y “Detengan la matanza”. Los niños se balanceaban en los columpios mientras algunas mujeres caminaban con las cestas llenas de ropa hasta una lavandería de fachada amarilla. Grupos de hombres estaban recostados sobre el pavimento reparando automóviles y las familias se preparaban para ir a la iglesia. De las ventanas de algunas casas emergía un dulce olor a pan. Todos los que estaban en las calles, como los que viajaban en el autobús que atravesó Chicago para llegar a Altgeld Gardens, eran negros, incluido el conductor. La unidad fue construida en 1945 para las familias de los soldados que regresaban de la Segunda Guerra Mundial. El noventa y siete por ciento de sus habitantes son afroamericanos. Obama comenzó a trabajar en 1985 en Roseland, West Pullman y en Altgeld Gardens, tres unidades habitacionales del sur de la ciudad. Su trabajo era simple: organizar a los pobres y enseñarles cómo podían vivir de manera menos desgraciada.

 

Era de llamar la atención que en el vecindario, ubicado a unos cuarenta kilómetros del centro de Chicago, los grupos de jóvenes o de viejos y los formados por las madres que cuidaban a sus hijos en los columpios no hablaban de las elecciones, ni de la candidatura de Obama. Casi todas eran conversaciones familiares. Lo primero que se percibía aquel domingo era una expectativa silenciosa sobre la posibilidad de que por primera vez un negro se convirtiera en presidente de Estados Unidos. Tal vez era que estaban demasiado nerviosos o quizá era normal que los descreídos de este país no tuvieran una razón suficiente para pensar que todo podía ser diferente y que Estados Unidos podía cambiar.

 

Unas horas antes había visitado MacArthur’s, el restaurante favorito de Obama, al oriente de la ciudad. Estaba repleto de familias y jóvenes en chaquetas de cuero que llegaban acompañados por abuelos de sombrero y bastón, y por ahí estaban las mesas donde se sentaba a comer unas patas de pavo tamaño Picapiedra cuando era un modesto senador estatal. Hacía fila de pie como todos para ordenar y después se reunía con grupos de cinco o siete personas a conversar sobre los problemas que afectaban a los vecinos y con frecuencia platicaba con el dueño, un negro veterano de la guerra de Vietnam, sobre las condiciones en las que sobrevivían los habitantes de la zona. “Venía una vez por semana y nos llamaba la atención su nombre extravagante y curioso. Hoy todavía tenemos problemas para pronunciarlo correctamente”, me dijo Sharon McKennie, una negra inmensa y hermosa que atendía a los clientes detrás del mostrador. Antes de llegar al restaurante había telefoneado para confirmar que la estación donde debía bajar era Central, en la línea verde del metro. “Ni se le ocurra”, me dijo uno de los empleados. “Es muy peligroso caminar por aquí a cualquier hora”. Al final tomé un autobús. El recorrido comienza en el centro de Chicago y durante un buen rato, quizá veinte minutos, uno puede ver un paisaje compuesto por los restaurantes elegantes, las calles alegres ocupadas por turistas, las marquesinas luminosas de los teatros y las vitrinas relucientes de algunas tiendas de diseño. Después el panorama comienza a cambiar. Aparecen decenas de iglesias, restaurantes de comida Soul y tiendas de discos y ropa de segunda mano. Chicago cambia de color y en las esquinas están detenidos decenas de negros jóvenes y viejos que lanzan miradas furtivas hacia todas partes. Los negocios y las casitas de la zona lucen desvencijados, sucios y pobres y hay una sucesión interminable de terrenos vacíos inundados de basura. Es un clima inquietante, por decir lo menos. El restaurante estaba lleno de negros y sólo había cinco viejos que lanzan miradas furtivas hacia todas partes. Los negocios y las casitas de la zona lucen desvencijados, sucios y pobres y hay una sucesión interminable de terrenos vacíos inundados de basura. Es un clima inquietante, por decir lo menos. El restaurante estaba lleno de negros y sólo había cinco blancos: una pareja de chinos, dos italianos y un hispano unidos por un deseo común: todos habían llegado ahí con la curiosidad de conocer el restaurante que Obama menciona en su libro La Audacia de la Esperanza.

 

            En el restaurante, en los barrios vecinos y en las calles del centro de la ciudad sucedía algo extraño: en Chicago, en la casa de Barack Obama, no se respiraba esa atmósfera que suele envolverlo todo en las vísperas de una victoria largamente esperada. No privaba un clima de fiesta o de emoción contagiosa. Todo lo contrario: había silencio y una tensa calma, el ambiente de una expectativa contenida. Existían dudas y temores que llevaban a los visitantes que portaban con orgullo sus credenciales de periodistas, observadores e invitados especiales, a sostener conversaciones y hacerse preguntas llenas de ansiedad. “¿De verdad crees que ganará Obama?”, era la más recurrente. Otras estaban impregnadas de un tono más alarmista: “¿Crees que habrá fraude? ¿Lo dejarán llegar?”

 

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One thought on “Capítulo 1 (fragmento del libro Obama Latino)

  1. lourdes chavez

    felicidades, solamente inicie la lectura de lo que aqui aparece, me parece totalmente interesante y definitivamente hay que leerlo completo

    es un mensaje compacto breve pero muy honesto bien por ti Wilbert, bien por todo lo que representas y compartes a traves de tus escritos

    lourdes

    Reply

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