Este es un perfil que escribí en Animal Político sobre Fidel Samaniego, tal vez el último de los cronistas del poder en México. El poder lo sedujo: fue el reportero más cercano a Carlos Salinas de Gortari. El poder lo encumbró y fue su Waterloo. Su historia es un recordatorio de las relaciones peligrosas y los caminos entreverados entre la prensa y el poder.
A los cinco años, en los primeros trazos de la infancia, Fidel Samaniego aprendió a transformar los sentimientos en palabras: un 10 de mayo, cuando los demás niños envolvían regalos, alineó cinco letras, encontró ritmos y significados para cada una de ellas, y escribió un acróstico para Evita.
Su niñez transcurría entre música y verbos dramatizados en un departamento de la calle Danubio, donde las ventanas abrazaban el oro desnudo del Ángel de la Independencia. Con frecuencia su hermano Felipe se sentaba al piano y su papá declamaba “La noche arrodillada”, del tío Miguel, un poeta veracruzano que ondeaba como una bandera su amistad con Octavio Paz.
Desde entonces Fidel supo que una de las cosas más dolorosas es almacenar palabras igual que se colecciona estampas o mariposas. Las letras debían cobrar vida y transformarse en emociones, y él se distraía formando versos e inventando historias. Sin compartirlo con nadie alimentó la fascinación que le provocaban los poemas de su tío y sorprendió a todos al ganar el primer lugar en un concurso de poesía de escuelas de enseñanza primaria. Entre la envidia y la incredulidad, un maestro de un plantel rival preguntó:
–¿Cómo es posible que un niño escriba esto?
Evita era una dulce dama de hierro en la casa que compartía con cuatro varones. Mimaba a sus tres hijos como una tía cómplice y los reprendía con el látigo de los argumentos. No había nada que detestara más que imponer una orden. Conversaba con sus hijos todo el tiempo, empeñada en gobernar armada de razones.
A la hora de la cena se hacían bromas y reían como si a la mesa estuvieran sentados unos camaradas. Los fines de semana caminaban sobre Reforma y subían a un trolebús que los dejaba en el bosque de Chapultepec. Por la tarde iban al cine y no se perdían ningún concierto al aire libre. A los hermanos Samaniego –Felipe, Fidel y Arturo– el bigote les creció escuchando cantar a Rafael en la Alameda.








